Algunos trabajos recientes permiten conocer mejor el mundo del transporte en la España moderna, pero la cuestión del coste de la circulación de las mercancías se encuentra todavía en un punto ciego (; ; ). Efectivamente, es un tema complejo y resulta casi imposible hoy calcular el coste final de esa circulación porque para ello sería necesario disponer, a un tiempo, del precio del servicio de transporte y de todos los costes añadidos al mismo (). Además, las fuentes disponibles son escasas, si bien, en el curso de nuestra investigación sobre la carretería de los siglos XVII y XVIII, hemos conseguido acumular una serie de escrituras notariales en las que una serie de demandantes piden a los carreteros que transporten sus mercancías de un lugar a otro. La ayuda de esta documentación es valiosa, aunque, obviamente, tiene al menos dos lagunas. La primera, es que muchas veces desconocemos si el precio indicado en el contrato incluía o no el coste de los diversos peajes (pontazgos, portazgos, puertos secos, etc.), razón por la cual no podemos saber qué coste final recaía sobre el demandante. La segunda, se refiere a las rutas de viaje realmente seguidas y, por tanto, al kilometraje total recorrido, así como a las dificultades encontradas en el camino y que alargarían el viaje. Por este motivo, es complicado relacionar los precios del transporte indicados en los contratos con la distancia real o con la duración del viaje, que son cuestiones distintas. Junto a ello, está la incertidumbre derivada del manejo de las unidades de medida utilizadas, el cual va de la mano de la imprecisión de las cantidades transportadas. Finalmente, y dado que no conocemos el valor intrínseco de las mercancías transportadas, resulta difícil realizar una valoración de la parte que representaba el transporte en el precio de las mercancías, igual a como algunos autores lo han intentado, incluso de manera aproximada (; ).
A pesar de todas estas dificultades, en este trabajo trataremos de ofrecer algunas aproximaciones al tema. De entrada, señalar que nos situaremos del lado del transportista y no del solicitante de la carga, que se hace cargo de otros gastos, los cuales, a lo largo de la cadena de transporte, afectan al costo los productos y repercuten en su beneficio comercial. No obstante, además del precio de ese transporte, sería interesante conocer la ganancia de los carreteros teniendo en cuenta sus costes fijos y no fijos (mantenimiento y permuta de los bueyes, salarios de los empleados, compra o reparación de carretas, material y saqueríos, pago de cualquier derecho de paso, gastos de los pleitos, etc.). Pero, ante la falta de documentación contable tendremos que prescindir de este aspecto, por muy importante que pueda ser desde el punto de vista microeconómico en una empresa de este tipo. A partir del estudio de la documentación de uno de los territorios de carretería de la Castilla moderna, centrada en Almodóvar del Pinar, nos proponemos pues perseguir estos dos objetivos complementarios.
Ubicada en la Manchuela, a poco menos de 50 kilómetros al sur de Cuenca, Almodóvar
del Pinar fue desde principios del siglo XVII una de las tres principales áreas carreteras
de la Castilla moderna, junto con la de Burgos-Soria y la Sierra de Gredos (; Palomar del Río-Merino de la ; ; ; ; ;
1. DETERMINAR EL PRECIO DEL TRANSPORTE
Los autores que han trabajado sobre el coste del transporte en las economías preindustriales
han puesto de manifiesto una serie de parámetros y criterios que podrían regir la
determinación de los precios de ese transporte (
1.1. Competir entre agentes del transporte y fidelizar a los clientes
Una de las primeras cuestiones a tratar se refiere a la libertad de los agentes del
transporte para fijar los precios de este ¿Cuál era su verdadero margen de negociación,
sobre todo en el caso de una carretería cuya actividad tendió a depender cada vez
más de la contratación pública, en especial al servicio a la monarquía (
Sin embargo, subcontratar una operación de transporte significaba realizarla en unas
condiciones menos favorables, tal vez introduciendo en ella una relación de dominación
sobre los transportistas locales, algo que no repercutía en el precio del transporte
para el cliente, sino en el margen de beneficio de la persona que, en última instancia,
realizaba el trabajo. Así, el 5 de octubre de 1625, Juan de Ávila, que previamente
había tratado con un habitante de Ocaña llevar 250 fanegas de trigo de Villarrobledo
a Murcia a 6,5 reales la fanega, traspasó su contrato a Martín Real, también de Almodóvar
del Pinar, prometiéndole la entrega de solo 5,75 reales por fanega, o sea, una disminución del 11,5% de su propio contrato, lo que obviamente significó
una menor ganancia para el transportista subcontratista. Suponemos que el contratista
inicial se reservaba la diferencia del precio. Esta dominación de Juan de Ávila sobre
Martín Real también se expresa en el hecho de que el primero sí sabía firmar pero
el segundo no
¿No tenían el Estado y otros agentes institucionales, clientes de los carreteros,
un papel regulador de los precios del transporte? ¿Utilizaban estos actores públicos
la competencia entre transportistas locales, o entre zonas aledañas, o modos de transporte
(carros versus mulas, esencialmente), para beneficiarse de tarifas ventajosas que permitían que
los propios transportistas se garantizasen un mercado, y quizás un cierto monopolio
sobre él? ¿La existencia de una organización profesional promovida por la monarquía
(la Cabaña Real de Carreteros del Reino), no tenía, precisamente, como objetivo limitar
la competencia y crear un interlocutor único (
¿La fidelidad de un cliente significaba tarifas preferentes, creando una relación comercial muy personalizada? Para el caso de los carreteros de Almodóvar del Pinar, la respuesta se complica por el hecho de que a medida que la monarquía se convertía en el demandante principal, como interlocutor estaba cada vez más distante, tanto geográfica como estatutariamente y, por tanto, la negociación no se producía en pie de igualdad, aunque sí que tenía lugar. Sin embargo, por lo menos en su primer período de actividad, los carreteros habían trabajado para la demanda privada transportando lana, barrilla y sosa, madera y cubas, con lo que tenían interlocutores de diferentes tipos y, quizás, sería interesante saber cómo se adaptaba su comportamiento negociador en cada situación. Pero la relación entre la fidelidad de los clientes y la aplicación de precios preferenciales no puede documentarse porque es raro que, para el mismo producto y período, existan contratos de transporte entre un mismo transportista y demandante, hecho que no permite hacer comparaciones entre varios clientes.
En el caso de la demanda pública —fidelidad verdadera de un cliente privilegiado—
no podemos saber si la tarificación observada corresponde o no a los precios de «mercado».
Respecto al mercurio transportado de Almadén a Sevilla y, seguramente, al plomo de
Linares, los carreteros se sometían a una tarifa establecida por la monarquía o a
la que había sido negociada previamente con ella. Así, entre 1718 y 1723, el precio
del transporte del mercurio fue siempre de 15 reales por quintal, pero, entre 1747
y 1755, este disminuyó a 12 reales, si bien, las escrituras notariales nos especifican
que esto se debió a los respectivos convenios firmados con la hacienda real. Y lo
mismo se aplica a los 20 reales por carreta de 40 arrobas para la entrega de madera
en las minas de Almadén, entre 1747 y 1755, durante el invernadero de los bueyes.
Para la cebada que los carreteros del pueblo se encargaron de llevar a los ejércitos
borbónicos durante la guerra de sucesión española, en 1708 estos se quejaban de que,
y a pesar de que el acuerdo inicial previera 7,5 maravedíes/legua/fanega, al final
fueron sometidos a un precio máximo de solo 6 maravedíes
1.2. ¿Un «efecto producto»?
Relativo a los productos, otra serie de criterios debe ser cuestionada: ¿se facturaban los distintos productos de la misma manera? ¿Los más frágiles, los que necesitaban de cuidados o los más peligrosos —pensemos en el azogue— eran tratados durante el proceso de transporte de la misma manera que aquellos que requerían menos precauciones? ¿El precio de transporte de los productos perecederos era más alto que el de los demás? Dicho de otra manera, ¿había un coste adicional, por peso y distancia igual, para las mercancías en función de su calidad? E igualmente, ¿qué pasaba con aquellos productos que debían llegar rápidamente a una feria? ¿Estaba dispuesto el mercader a pagar más para asegurarse de que se cumplieran los plazos de entrega, siempre y cuando el beneficio que obtendría dependiese de ello?
El efecto de la proximidad temporal a una feria o de los plazos cortos exigidos por
algunos mercaderes sobre el incremento del precio del transporte fue evocado por Francis
Brumont, a través del manejo de la información contenida en la correspondencia de
Simón Ruiz, al estudiar el coste de ese transporte entre Medina del Campo y Bilbao
a finales del siglo XVI (
Todo esto que estamos diciendo se podría resumir en una única pregunta: ¿cuál era el efecto del producto sobre el precio del transporte? ¿Se observan variaciones lo suficientemente significativas como para sugerir que se tenía en cuenta el tipo de mercancía en la determinación de su coste? Es un tema difícil, pero trataremos de ofrecerle algunas respuestas. Debido a una cierta diversidad de productos y a un número bastante notable de menciones nos basaremos en el período 1610-1650. Hemos calculado el precio medio del transporte por producto de una tonelada a lo largo de una distancia de 100 kilómetros, década a década, convertido en equivalente de números de bueyes para de este modo obtener un valor más real, comparable en todo el período, y poder hacer así un promedio del medio siglo considerado. En la siguiente tabla y gráfico presentamos los resultados obtenidos.
Fuente: Elaboración propia a partir de AHPC, Protocolos notariales de Almodóvar del Pinar.

Podríamos invocar las dificultades de cálculo de las distancias y las equivalencias
de pesos y medidas para cuestionar estos resultados, pero el hecho de que el precio
del porte de una tonelada de trigo sea casi un 85% más barato que el de la lana no
puede deberse enteramente a las inexactitudes de los cálculos. Puestos en una escala,
el trigo, la sal y el jabón se sitúan en la parte inferior, la barrilla, la sosa y
la madera en el medio, y la lana en la parte superior, debido a un mayor coste del
transporte por un peso equivalente. Más que el producto en sí quizás sea el estado
de los caminos lo que explicaría estas diferencias significativas
Cabe pensar que el trigo, la sal, el jabón, a los cuales podemos añadir el azogue,
se cargaban y descargaban en lugares suficientemente accesibles para las carretas
y que utilizaban caminos bien acondicionados para el acarreo
Estos datos se confirman si ampliamos la muestra a los dos siglos estudiados. Lo evidencian claramente los datos recogidos en la siguiente tabla:
Fuente: Elaboración propia a partir de AHPC, Protocolos notariales de Almodóvar del Pinar.
1.3. Fletes de regreso e invernaderos: los atractivos del destino
No podemos pasar por alto una cuestión que debía de haber preocupado a los transportistas
a la hora de aceptar un encargo: ¿hasta qué punto estaban seguros de volver con un
flete de regreso o, según la estación, de encontrar un invernadero para sus bueyes?
Es evidente que retornar con las carretas vacías no era la mejor opción para rentabilizar
una operación. ¿Se tenía en cuenta esta variable en la determinación del precio del
transporte (
Es probable que los carreteros que, por ejemplo, transportaban lana a Cartagena contasen
con volver con barrilla o sosa producidas en el reino de Murcia, o con pescado, del
mismo modo que a su regreso de Sevilla, a donde llevaban mercurio, volviesen cargados
a su vez de productos de ultramar
Fuente: Elaboración propia a partir de AHPC, Protocolos notariales de Almodóvar del Pinar.
Según nuestros cálculos, los precios del transporte a Madrid no destacan por su carácter
elevado —y por tanto no era un negocio especialmente atractivo— comparado con otros
destinos. Es más, esos precios incluso podían llegar a ser inferiores, a veces sin
ningún significado real (como hacia 1630)
Por su parte, el reino de Murcia fue una zona de invernadero, igual a como lo sería
más tarde el Valle de Alcudia en relación con las minas de Almadén y el transporte
del mercurio hasta Sevilla. En estos casos, los carreteros tenían dos incentivos:
el invernadero de los bueyes y el cargo de vuelta. Quizás también los tenían con la
sal cargada en las salinas de Monteagudo, localidad lindante con Almodóvar del Pinar,
con destino a los alfolíes de varias localidades de la «Siberia extremeña»
Otro atractivo del destino podía ser la cantidad transportada ¿Existe una disminución gradual del precio debido al peso total transportado, cuestión esta que, a su vez, nos remite de nuevo a la de la fidelización del cliente? Sobre estos puntos, las fuentes apenas responden, ya que para hacerlo se requeriría de una serie de datos coherente para un mismo producto y momento, pero con diferentes pesos. Sin embargo, el trigo en 1625 (nueve casos) y 1661 (seis casos) o la sosa en 1647-1650 (seis casos) desmontan esta hipótesis, al presentar precios de transporte como equivalentes para cargas muy diferentes, que van de simple a cuádruple. Por lo tanto, no podemos considerar este factor como decisivo a la hora de fijar las tarifas de transporte.
1.4. Plazos, duración, distancias
¿Qué es lo que más contaba en la determinación del precio, la distancia o la duración
del viaje? Se sabe que los mercaderes buscaban reducir el tiempo de circulación de
sus productos para de este modo obtener una mayor rentabilidad por ellos (
El relato hecho en agosto de 1648 por Juan del Hoyo, de Carboneras de Guadazaón,
población situada a menos de 30 kilómetros al norte-noreste de Almodóvar del Pinar,
dice mucho sobre las adversidades a las que se enfrentaban los transportistas; adversidades
relativas a los cargos, las pérdidas económicas causadas y las repercusiones en los
precios cobrados. En compañía del almodovareño Lorente Martínez, el mencionado Juan
había acordado hacerse cargo de 740 quintales de barrilla y sosa en Fuente Álamo,
Jumilla y Fortuna, en el Reino de Murcia, para llevarlos a Torrijos, cerca de Toledo.
Un viaje de unos 440 kilómetros a un precio de 17 reales el quintal
Cuando hablamos de duración, hay que considerar otros factores, como los accidentes
exógenos relacionados con la coyuntura que afectaba al transporte. ¿Las guerras, la
inseguridad, la meteorología (nieve, lluvia, heladas, inundaciones, calor, sequías,
etc.) tenían un impacto en los precios? Este aspecto introduce la cuestión de su estacionalidad:
¿había una temporada más cara y otra en la que los precios eran más bajos (
No sabemos en qué medida se plantea la cuestión para los carreteros de Almodóvar del
Pinar, ya que, de noviembre a abril más o menos, una gran parte de los bueyes invernaba
y, en estas condiciones, el transporte era, de hecho, estacional. La estacionalidad
también estaba presente debido a las diferentes especializaciones de los viajes desarrolladas
a lo largo del tiempo. Así, el transporte de mercurio se realizaba en primavera y
el regreso de Sevilla dependía de la llegada de la flota de Indias, puesto que el
cargamento de vuelta estaba compuesto por productos coloniales. Por tanto, sea por
el tipo de mercancía, sea por la estación, estación, producto y precio del transporte
correlacionan. Lo muestran los datos presentados en la Tabla 4, los cuales ponen de manifiesto que el transporte veraniego era más caro, al contrario
de lo sucedido en el caso inglés
Fuente: Elaboración propia a partir de AHPC, Protocolos notariales de Almodóvar del Pinar.
Pero existía asimismo un efecto estacional más coyuntural, con veranos especialmente
afanosos, como ocurrió en el de 1707, cuando, en el marco de la Guerra de Sucesión
española, los carreteros se lamentaban de que los bueyes «están mui flacos y cansados
por lo mucho que an trabajado este berano pasado en las conduziones de trigo, arina
y zebada que han hecho desde la Mancha y villa de Alarcón a la villa de Requena y
ziudad de Balencia»; unos viajes que les impidieron trabajar más el resto del año
En lo que concierne la estacionalidad, también podía entrar en juego otro factor,
el de una actividad de transporte no profesional y ocasional por parte de campesinos
que buscaban hacerse con unos ingresos adicionales por esta vía en determinadas épocas
del año. Los especialistas coinciden en que los precios cobrados por ellos eran inferiores
a los estipulados por los transportistas profesionales
2. DEL PRECIO AL COSTE DEL TRANSPORTE
En la sección anterior hemos evocado los diferentes criterios que podían incidir sobre
la determinación de los precios del transporte en las sociedades preindustriales.
Ahora, basándonos en los datos recopilados en las fuentes, es necesario que presentemos
algunas cifras. Dos ejes complementarios nos guiarán en la exposición. El primero,
concierne la evolución del valor del transporte a lo largo de los dos siglos estudiados,
el cual, suele aparecer expresado en dinero en los contratos manejados
2.1. Evolución de los precios del transporte en Almodóvar del Pinar (siglos XVII-XVIII)
El corpus documental a partir del cual hemos construido la curva de la evolución de
los precios nominales del transporte de los carreteros de Almodóvar del Pinar (Gráfico 2), lo constituyen unos 200 contratos notariales. Antes de pasar a comentar los resultados,
conviene hacer una aclaración de orden metodológico. No pueden ignorarse las dificultades
inherentes a las medidas de peso o de capacidad utilizadas y la imprecisión de las
distancias recorridas y las rutas seguidas por los carreteros. Las unidades de medida,
sobre todo de peso, y a veces de volumen, o las distancias, plantean importantes problemas
de conversión. Cuando en el contrato se indica un lugar de partida, uno de destino
y un precio por arroba o por quintal transportado, sólo hay que intentar reconstituir
el recorrido para obtener la distancia. En este caso, hemos elegido las vías camineras
más probables en función de la información que toda la documentación, y en ocasiones
la bibliografía, nos proporciona, aunque siempre queda un margen de error. No obstante,
las cosas se complican cuando la unidad de medida no se expresa en peso sino en volumen,
ya sea en fanegas, carros, carretas, carretadas o cargos, pero esta forma de presentar
los precios es muy minoritaria
Para las carretadas y carretas, hemos adoptado la carga de 40 arrobas —460 kilos—
que corresponde a lo que ofrecen la mayoría de los casos documentados
Por último, en algunos casos, muy raros, el precio del transporte se indica en dinero
por legua. Una conversión en reales por tonelada kilométrica hubiera sido posible
si la legua no plantease en sí misma un problema. En efecto, después de 1568 podríamos
considerar que se trataba de la legua común de Castilla, fijada entonces en 5,57 kilómetros
(

En el gráfico 2 presentamos las medias decenales de los precios nominales que aparecen indicados
en las fuentes manejadas. Su evolución ha de tener en cuenta el aumento generalizado
de los precios, pero, aun así, dicha evolución nos ofrece información interesante.
En ese movimiento general alcista que refleja a lo largo de los dos siglos destacan
dos períodos de reflujo muy notables tras unos años más o menos a la baja


La conversión del precio del transporte en su equivalente en trigo permite obtener
un precio lo más cercano posible a su valor real, deducido pues de una gran parte
de los efectos que sobre él ejercieron la coyuntura económica y los problemas monetarios,
mientras que con el precio de los bueyes se quieren comparar dos valores vinculados
a una misma actividad económica. En ambos casos, en el equivalente de bueyes o trigo,
la fisonomía de la curva es bastante similar y pone de manifiesto la existencia de
dos períodos divergentes. El primero, con antecedentes, fue sobre todo de 1660 a 1690
y se caracterizó por el predominio de un precio relativamente bajo del transporte;
el segundo, situado entre 1700 y 1740, estuvo por el contrario marcado por un costo
del acarreo más caro, cuyo precio real aumentó de 1680 a 1700 en casi un 130%, e incluso
un 270% de 1680 a 1720, ante el descenso que se produjo luego en la segunda mitad
del siglo XVIII y su casi posterior estabilización (Gráfico 3). La tendencia general no se corresponde aquí con la descrita en su día por Pierre
Ponsot para la Andalucía occidental, donde el precio del transporte experimentó una
caída bastante clara, del 60%, entre mediados del siglo XVII y el primer tercio del
siglo XVIII, mientras que, en nuestro caso, observamos un aumento global del 46% al
49% de los precios reales debido a la recuperación de los primeros años del siglo
XVIII (
La aceleración de la caída de los precios reales del transporte en las décadas de
1660 y 1670 se corresponde con la rápida e importante disminución del número de transportistas38 y de su actividad tras del fuerte crecimiento experimentado desde 1640 (
En la década de 1700, el aumento de la demanda por parte de la monarquía para abastecer
con cereales a su ejército no solo repercutió en el número de carreteros, que se disparó,
sino también en los precios del transporte (Gráfico 4). Ante esta situación, la corona, en su posición de demandante, tenía que ofrecer
precios atractivos para captar y retener a los transportistas que necesitaba. En nuestro
caso, el efecto estimulante de las guerras sobre el transporte es real, tanto en la
década de 1640 como a principios del siglo XVIII. Esta observación contradice lo señalado
por Francis Brumont en su artículo sobre el transporte entre Medina del Campo y Bilbao
a finales del siglo XVI, donde afirmaba que los acontecimientos políticos y militares
de la época dificultaron la circulación de mercancías y dejaron sin trabajo a muchos
arrieros, obligándoles a ofrecer sus servicios a precios reducidos (
Después de 1760, el descenso del precio se produce en paralelo al hundimiento del
número de carreteros que sugieren las fuentes. En consecuencia, durante esta fase,
no parece que el servicio a la corona, casi exclusivo en el caso de productos como
el azogue o el plomo, hubiese hecho subir los precios de los acarreos pese a que la
caída experimentada por el número de transportistas redujese la oferta. Sin embargo,
una cosa parece cierta, los precios obtenidos confirman las hipótesis de David R.
Ringrose, Julien Villain y Dan Bogart de que, en los casos de España, el noreste de
Francia e Inglaterra hubo una disminución del coste real del transporte del 30-40%
entre las décadas de 1720 y 1780 (
Fuente: Elaboración propia a partir de AHPC, Protocolos notariales de Almodóvar del Pinar.
Ya en la segunda mitad del siglo XVIII, ¿que la actividad de transporte en Almodóvar del Pinar dependa en gran medida de los encargos de la monarquía (azogue de Almadén, plomo de Linares) o, en general, de la contratación pública (suministro de carbón para Madrid) explica solo la caída de los precios o habría que tener en cuenta otros factores?
En el noreste de Francia, estudiado para el mismo período por Julien Villain, se registra
la existencia de una serie de factores que pudieron haber contribuido a reducir los
costes del transporte, ya sean estos de naturaleza económica (como la mayor oferta
de carretas disponibles) o técnica y material (como la mejora de las infraestructuras
o el progreso de los equipamientos: ejes metálicos, ruedas cercadas con hierro, tren
articulado, aumento de la carga del carro en casi un 66% respecto al pasado, etc.)
(
¿Se pueden comparar estos precios con los de otros lugares? Para el siglo XVIII, David
R. Ringrose recopiló algunos datos heterogéneos y dispersos de diversos productos
y modos de transporte; unos datos que doce años después fueron reutilizados y corregidos
por Santos Madrazo (
Fuente: Elaboración propia a partir de AHPC, Protocolos notariales de Almodóvar del Pinar.
2.2. El coste del transporte
Como explicamos en la introducción, en este trabajo nos hemos situado del lado del
transportista y no del mercader o demandante, esto no significa que no podamos intentar
abordar la cuestión del efecto que tuvo el transporte sobre el precio de los productos.
Sin embargo, hemos de confesar que no disponemos de suficiente información cuantitativa
para calcular el coste final de las mercancías una vez llegadas a su destino, a manos
del mercader. Aun así, a pesar de las dificultades relacionadas con la imprecisión
de las fuentes y las unidades de medida, y con la diversidad de los productos transportados,
cuyo valor generalmente desconocemos, hemos tratado de calcular qué proporción podría
representar ese transporte de las mercancías en el precio de algunos de esos productos,
es decir, el coste añadido que suponía su circulación. Como esto solo se puede hacer
para los años que presentan datos lo suficientemente coherentes, hemos tomado en consideración
apenas veinticinco casos, concentrados todos ellos en seis años diferentes (Tabla 7). Estos casos, conciernen a tres productos (trigo, sal y lana), a los cuales hemos
sumado el azogue de Almadén, que es, en sí, un caso especial
Fuente: Elaboración propia a partir de AHPC, Protocolos notariales de Almodóvar del Pinar.
Sin sorpresa, nuestros resultados confirman que cuanto mayor era la distancia recorrida
y menos costoso era el producto, más pesaba el transporte en su precio final. Así,
en el caso de la lana (cuyo precio rondaba los 1.800 reales/tonelada en 1618-1619),
para una distancia media documentada de casi 200 kilómetros, el transporte implicaría
un aumento de su coste adicional en un 12%, mientras que para el trigo (en torno a
los 360 reales/tonelada en 1625), en un trayecto medio de unos 230 kilómetros, ese
coste adicional llegaba a ser casi de un 42%, incrementando así el precio del producto
considerablemente. Las comparaciones que podemos hacer con estudios semejantes van
en la misma dirección. Cuando Francis Brumont estudió el transporte —unos 320 kilómetros—
entre Medina del Campo y Bilbao hacia 1570, los cinco casos que maneja arrojan un
peso del precio de transporte sobre el valor de las mercancías de entre un 3,6% y
un 7,3%; unos porcentajes bastantes bajos debido al alto valor intrínseco de los productos
concernidos
La tabla que esta autora presenta en su trabajo pone de manifiesto el impacto de la
distancia sobre el coste de los cereales. Por ejemplo, en el caso del trigo, en distancias
de 50 a 75 kilómetros, el transporte representaría entre el 4,5% y el 5,5% de su valor
final, mientras que para trayectos de casi 350 kilómetros este aumentaría alrededor
de un 49% (
Los datos de la Tabla 7, nos han permitido argumentar en base a las distancias medias recorridas por las distintas mercancías, pero también podemos ofrecer cálculos más teóricos (Tabla 8). Sin embargo, hay que reconocerlo, estos cálculos tienen el inconveniente de alejarse de la realidad de los viajes realizados por cada una de esas mercancías, ofreciendo solo la ventaja de permitirnos realizar comparaciones y observar la progresividad del coste del transporte sobre el precio de los productos.
| Distancia recorrida en km. | Trigo | Lana | Sal |
|---|---|---|---|
| 50 | 9,3 | 3,1 | 6,8 |
| 100 | 17,0 | 6,0 | 12,7 |
| 150 | 23,5 | 8,8 | 18,0 |
| 200 | 29,0 | 11,5 | 22,6 |
| 250 | 34,0 | 14,0 | 26,7 |
| 300 | 38,0 | 16,0 | 30,4 |
| 350 | 41,7 | 18,4 | 33,7 |
Fuente: Elaboración propia a partir de AHPC, Protocolos notariales de Almodóvar del Pinar.

La Tabla 8 y el Gráfico 5 ilustran lo que hemos dicho, es decir, que para un mismo peso y distancia el transporte representaba un coste adicional, el cual era tanto más importante cuanto más barato era el producto. Así, para un trayecto de 100 kilómetros el transporte supondría solo el 6% del precio de la lana, el 13% de la sal y el 17% del trigo, pero el 40% en el caso del trigo una vez llegados a los 350 kilómetros, mientras que, a esa distancia, para la lana el peso del transporte en su coste no superaría el 20%. Ahora bien, ya fuese para productos básicos como el trigo o la sal, estos viajes eran muy comunes, pero si el acarreo aumentaba su precio final, más lo hacía con la lana, visto que, en 1618-1619, ese precio podía acercarse a unos 2.000 reales por tonelada una vez transportada, mientras que los de una tonelada de trigo solo alcanzaban los 520 reales.
Por otro lado, todos estos datos nos permiten calcular la distancia a partir de la
cual el precio del transporte igualaba al que tenía el propio producto (véase Tabla 7). Debido a sus bajos valores intrínsecos, el trigo y —en parte— la sal eran los más
afectados. De este modo, se estima que, en 1625, una vez superados los 552 kilómetros
(los 450 en 1750), una tonelada de trigo costaría más en transporte de lo que valía.
Este tipo de cálculos también fueron hechos por Santos Madrazo con el trigo entregado
al pósito de Madrid en agosto y septiembre de 1769 por once localidades castellanas.
Según ellos, el promedio en el cual el acarreo era más caro que el propio producto
—en una escala de 426 a 766 kilómetros— eran los 572 kilómetros
Con el mercurio estamos ante una situación muy diferente debido a su altísimo valor
y, también, a su estrecha relación con la monarquía, la cual se encargaba de su explotación
y envío a muy larga distancia. Pierre Ponsot, utilizando datos de Antonio Matilla
Tascón, calculó que en 1621 el transporte del mencionado mercurio con carretas desde
las minas de Almadén hasta Sevilla representaba solo entre el 2% y el 2,5% de su precio
final (
Finalmente, quedaría por aclarar el coste comparado del transporte por carretas con
el realizado mediante el empleo de mulas. A la vista de los datos que aportan al respecto
los pocos autores que se han ocupado de ello, creemos que tenemos que coincidir con
Moisés García de la Torre
3. CONCLUSIONES
¿Respondía a criterios bien definidos la determinación de los precios del transporte? Ciertamente, en el sentido de que hubo una clara correlación entre el precio, el peso de lo transportado y la distancia recorrida, pero el coste del acarreo también dependía de muchos otros factores que lo hacían fluctuar según las situaciones. Más que el tipo de producto en sí, las dificultades materiales de circulación y los accesos se situaban entre aquellos que podemos comprobar con claridad. No podemos afirmar que la competencia entre los transportistas locales jugase un papel decisivo en el precio del transporte, porque, por lo que hemos visto, esta apenas se aprecia en la documentación, quizás anulada por la existencia de una comunidad profesional unida y, también, por el papel regulador que la contratación pública imponía a sus tarifas. Sin embargo, lo que sí sale a la luz en los contratos de transporte es el resultado de las negociaciones y las relaciones de poder entre el cliente (el solicitante) y el transportista, y no las discusiones que previamente pudo establecer la competencia entre varios carreteros. Aun así, no descartamos la existencia de competencia con transportistas de otros pueblos, con los que no había acuerdos de precios —tal y como hemos documentado—, como también con diferentes tipos de transporte. Es cierto que el uso de mulas resultaba más caro, pero, en cambio, los arrieros cubrían el territorio mucho más profundamente y accedían a lugares donde las carretas no podían llegar sino era a costa de grandes dificultades y gastos, además de ir más rápido que ellas, lo que les daba una ventaja clara en el negocio a pesar de que su coste era más elevado.
Dicho esto, hay que reconocer que el resultado no es unidireccional. Dependiendo de las circunstancias, el equilibrio de fuerzas pudo estar a favor del cliente, en el caso de la existencia de una oferta extensa o, por el contrario, del transportista, si el demandante tenía necesidades urgentes y pocos interlocutores disponibles. Igualmente, no cabe prescindir del hecho de que la contratación pública, principalmente de la mano de la monarquía, no jugase un papel clave en la determinación de los precios del transporte: al alza, si tenemos en cuenta que la corona tenía una demanda y encontraba pocos transportistas, o a la baja, si pensamos que asegurarse contratos públicos durante años significaba aceptar precios bajos por parte de los carreteros, los cuales de este modo se garantizaban un cuasi monopolio.
Atender al estudio de la evolución del precio real del transporte a largo plazo era también uno de nuestros objetivos. Por ello, las series que hemos reconstruido ponen de relieve cual fue la situación específica de los carreteros durante unos dos siglos. Así, advertimos como los períodos de guerra tuvieron un impacto en la demanda, provocando un aumento de los precios y, como resultado, que algunos períodos de posguerra se viesen gravemente afectados por ellos. Esto es particularmente evidente tras la década de 1660, en los años que siguieron a la larga secuencia bélica que enlazó guerra de los Treinta Años y guerra de independencia portuguesa. Asimismo, nuestros resultados confirman la hipótesis planteada en su día por David R. Ringrose, y luego evidenciada por otros autores para Inglaterra y el noreste de Francia, acerca de la significativa disminución que conoció el precio real del transporte en la segunda mitad del siglo XVIII. Las razones exactas de ello se nos escapan, pero el fenómeno coincide con la pronunciada disminución del número de carreteros que se desprende de las fuentes con posterioridad a la década de 1730 y, también, con el aumento de la especialización carretera en el transporte de mercurio, plomo y carbón vegetal al servicio de la corona, por lo que cabe preguntarse si los carreteros, menos numerosos localmente, no se habrían sometido a precios más bajos para así garantizar la supervivencia de su actividad.
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Notas
[1] En efecto, la duración del viaje no está necesariamente correlacionada con la distancia
debido a rutas más o menos difíciles de recorrer, o a estaciones más favorables que
otras (véase al respecto,
[2] Remitimos al lector al contenido de este artículo para más precisiones sobre los transportes y la carretería en la zona de Almodóvar del Pinar.
[3] El área de actuación de la carretería de Almodóvar del Pinar se extendía más de 200.000 km2, cubriendo una amplia parte del centro, sur y este de la Península Ibérica, desde Extremadura hasta las costas murcianas y valencianas, desde Cádiz y Sevilla hasta en norte de Madrid y Aragón.
[4] Archivo Histórico Provincial de Cuenca (en adelante AHPC), Protocolos (en adelante P), 1934/4, Alonso Chillarón, f. 200, 24/09/1625 y f. 210 v., 05/10/1625.
[7] Estas dos localidades están separadas por unos 37 km., cada una a 20 km. de Almodóvar del Pinar (Arguisuelas en el noreste; Barchín en el suroeste). El hecho de que el sacerdote de Arguisuelas, Juan de Ávila, también carretero, conocido por aparecer en otros documentos posteriores, se convierta en el portavoz de los carreteros de Barchín indica cierta influencia, incluso poder, por su parte.
[8] Otro documento del 03/10/1729 nos indica que los carreteros de Almodóvar solicitaron a la justicia real para que prohibieran a los carreteros de Barchín y Arguisuelas el transporte de azogue de Almadén a Sevilla (AHPC, JUD 122/7, 03/10/1729). En el documento especifica que en la altura todavía no se había dictado sentencia.
[9] AHPC, P 1950/10, Juan Ruiz, f. 12, 14/02/1708. Los carreteros enviaron a Madrid a dos de los suyos para contratar el transporte de cebada, pero también para exigir que se volviera al precio de 7,5 maravedíes/legua/fanega. Desconocemos el resultado de sus negociaciones. Solo sabemos que pasados uno y dos años después, enviaron a tres nuevos procuradores a Madrid para firmar otros contratos de transporte de grano para los ejércitos reales, pero no sabemos a qué precio (AHPC, P 1950/11, Juan Ruiz, f. 8, 11/02/1709; P 1950/12, Juan Ruiz, f. 35, 17/02/1710). Hay bastantes menciones al transporte de grano para la monarquía durante este período, pero ninguna indica un precio de transporte.
[10] En este sentido, son interesantes los contratos que se firmaron en 1655 y 1681. En 1655, en un período en que el transporte se pagaba a unos 95 reales/tonelada/100 km, un habitante de Budia pagó a unos 110 reales la corambre que le entregaron por carretas desde Sevilla (AHPC, P 1942/2, Agustín de Briz, 25/01/1655). En 1681, para el transporte de 1.000 arrobas de suela curtida y pellejos en pelo desde Sevilla a Tembleque, el cliente pagó unos 115 reales/tonelada/100 km, un precio muy superior al del transporte en la época ya que la media se establecía alrededor de 70 reales/tonelada/100 km (AHPC, P 1944/1, Agustín de Briz, f. 6, 04/03/1681).
[11] Para reflejar más la realidad del transporte, el precio medio (0,294 buey/tonelada/100 km.) es el precio medio ponderado de todos los géneros, teniendo en cuenta el peso relativo de todos los productos transportados y no sólo de los seis de la muestra. El promedio aritmético (no ponderado) sería de 0,255 buey/tonelada/100 km.
[12] Decimos diferencias bastante significativas porque, por poner un ejemplo, transportar trigo en 300 km. en una carreta de 40 arrobas costaría el precio de 0,26 bueyes, mientras que la misma carga en la misma distancia para la lana ascendería a 0,48 bueyes, es decir, convertidos en reales de 1650, 91 y 168 reales respectivamente.
[13] Incluimos en este concepto todo lo que pueda afectar los trabajos de carga y descarga de unos productos muy distintos que presentaban varios aspectos, tamaños, dimensiones y métodos de ensacar.
[14] Así, en 1614, un contrato especificaba que 300 fanegas de trigo de Yecla debían ser entregadas a Valdemoro «donde las carretas puedan llegar sin peligro ni perjuycio alguno» (AHPC, P 2118/3, Pedro Martínez, 01/09/1614). Igualmente, en 1625, 500 fanegas «puestas en cargadero» de Villanueva de los Infantes o 250 fanegas en cargadero de Villarrobredo (AHPC, Alonso Chillarón, P 1935/4, f. 151 v., 01/09/1625 y f. 210 v, 05/10/1625).
[16] No hemos incluido el carbón vegetal por falta de información sobre el precio de su transporte en el período considerado, pero los datos que tenemos apuntan a una equivalencia de 0,34 buey/tonelada/100 km, lo que lo pondría al mismo nivel que la madera y la lana y confirmaría nuestra hipótesis.
[17] Las cubas no se pueden incluir en los cálculos porque se facturan por unidad y no se indica su peso, pero tenemos algunas aclaraciones en algunos contratos que van en esta dirección (AHPC, P 1937/3, Alonso Chillarón, f. 78, 28/07/1634: las cubas se cargarán «en cargadero donde puedan llegar a cargarlas las carretas en el término de Billar del Humo»; f. 81, 07/08/1634: las cubas serán cargadas en Villar del Humo «en donde puedan llegar a cargarlas con las carretas»).
[18] AHPC, P 1635/1, Alonso Chillarón, f. 58v, 20/06/1619. Los lugares indicados en esta escritura, y en otras de mismo tipo, son Zaorejas, Valsobre, el Pozuelo y Peñalés, a unos cien km. al norte de Cuenca. La lana, en bruto, iba destinada a Toledo.
[19] Esto, también, podría ser una de las razones que explicarían el precio más barato del transporte de mercurio cuyo único destino era Sevilla.
[20] Cabe señalar, sin embargo, que la gama de precios para Madrid varía de 52 a 103 reales/tonelada/100 km., lo que da un promedio que no sea muy significativo.
[21] Noreste de la actual provincia de Badajoz, en los límites con la de Ciudad Real, estando la más alejada de las localidades a 65 km. de Almadén y la más próxima a unos 25-30 km.
[23] Según Bogart, en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XVIII, el transporte en invierno era entre un 30% y un 50% más caro que el del verano. La diferencia desapareció entre 1750 y 1800.
[27] Fernand Braudel escribió al respecto que el transporte campesino, como cualquier
actividad adicional, se pagaba muy por debajo de su verdadero precio de coste
[28] La carretería local nació sin duda gracias al transporte de madera y la existencia de «leñadores-carreteros» que proporcionaban una probable población «flotante» de carreteros que podía absorber parte de la demanda durante los períodos de creces.
[30] Carretadas, carretas, cargos, carros, para expresar la cantidad transportada, representan el 5,5% de los casos; el precio por fanega transportada (volumen), por su parte, representa el 20%, mientras que la expresión por peso (arrobas, quintales) llega al 69%. En el 3% de los casos, lo que se destaca es la distancia en leguas particularmente en algunos contratos de transporte de madera en 1631-1632 y de cebada en 1704 y 1708. El 2,5% restante se divide entre unos pocos casos que indican el número de días de transporte, un precio llamado «regular» o simplemente el precio total de lo transportado.
[31] Por ejemplo, esta es, entre muchas, la equivalencia señalada en varios contratos para el transporte de madera a las minas de Almadén entre 1747 y 1755. No significa, sin embargo, que no haya existido carretas de más capacidad.
[34] AHPC, P 1940/3, Juan Escribano, f. 27, 02/05/1645: 30 carretas más o menos para 11 cubas; P 1642/2, Agustín de Briz, 29/04/1655: se necesitan tres carretas por cuba.
[35] Que sería, de hecho, una legua vigente después de 1769, que fue fijada a 24.000 pies
o sea 6,7 km. También, existía durante los siglos XVI y XVII la legua larga de unos
6,5 km. (
[36] Entre 1640 y 1670, el descenso sería de unos 10% pero entre 1670 y 1690 alcanzaría el 30%. De 1710 a 1730, los precios nominales habían poco disminuido y pierden más de unos 20% entre 1730 y 1740.
[37] Hemos tomado como base del precio del trigo (
[38] El transporte estudiado por J. Villain utilizaba carretas con una capacidad de carga mucho mayor que en Almodóvar (unos 1.360 kg hacia 1720; unos 2.250 kg hacia 1780), tirados por cuatro caballos, lo que no tiene nada que ver con los vehículos utilizados en Castilla que, todavía en la segunda parte del siglo XVIII llevaban cargas de unos 460 kg.
[39] Explican los autores que después de 1750, se hizo un nuevo trazado del camino para
permitir un mejor desplazamiento de las carretas de bueyes, pero quedaron tramos en
mal estado que siguieron dificultando el transporte. En cuanto a la política de mejoras
y construcciones de carreteras de la segunda mitad del siglo XVIII, véase
[40] Escribe el autor, hablando de la década de 1770 que estudia más precisamente como ejemplo de contratos de transporte del azogue: «el binomio bueyes-carretas continuó siendo, como durante todo el siglo XVIII, el medio de transporte preferido, con un porcentaje para la década que estamos estudiando que se situó en el 80% de todo el azogue que salió del cerco de buitrones» y destaca que, en 1781 y 1778, la proporción superaba el 90%.
[41] Por supuesto, somos conscientes de la imprecisión de los cálculos realizados porque, por ejemplo, el precio del trigo varía a lo largo del año, también según su calidad (simplemente trigo, trigo recio, candeal, limpio, delgado, claro, cuyos precios pueden ser muy diferentes en el mismo documento o al mismo tiempo), lo que ignoran los precios que hemos recogido en un inventario u otro tipo de escritura. Además, ya se trate de trigo u otros productos, es probable que los mercaderes los obtuvieran a un coste menor. En este caso, los resultados que presentamos deben considerarse como mínimos.
[44] AHPC, P 1952, Juan Ruiz, f. 24, 04/03/1721 y f. 131, 21/07/1721. El precio indicado es la estimación del mercurio robado con «sus empaques y demás peltrechos».
[45] Sin embargo, no hay que olvidar que, una vez en Sevilla, el azogue estaba lejos de
haber llegado a su destino puesto que tenía que cruzar el Atlántico y luego llegar
a las minas de plata americanas que lo necesitaban, lo que encarecía aún más el precio.
Por otro lado, el envasado y embalaje del azogue requerían de muchos cuidados, preparación
y materiales que repercutían en el precio del producto (
[46] García de la Torre se refiere a tarifas contenidas en una pragmática del 13 de septiembre de 1627 sobre «la tasa de precios y salarios». Sin embargo, no es seguro que los ejemplos de 1627-1628 que da el autor confirmen totalmente sus aserciones, ya que si, en un caso, se trata efectivamente de una tarifa para carros tirados por bueyes (carros de bueyes: 2 maravedíes/legua/arroba), en el otro, no se trata de un transporte a lomos de animales, sino de carros tirados por mulas (carros de mulas: 3 maravedíes/legua/arroba) Dicho esto, sí que hay un coste adicional del 50% cuando se utilizan mulas.
[47] Escribe este autor: «Si el porte se hacía por carro se podían reducir notablemente los costes, aunque el tiempo empleado era mayor».
[48] Los datos que proporcionan estos autores para el siglo XVII ponen claramente de manifiesto el coste más elevado (generalmente alrededor de tres veces más) del lomo de caballerías que de las carretas de bueyes para el transporte del mercurio a Sevilla.
[49] Añadamos a los autores citados D. Gerhold quien calcula, por el caso inglés, que
el transporte a lomo de animales era más caro del 12% respecto al carro (
[50] P. Ponsot habla de 7 u 8 reales por 1 quintal de mercurio traído de Almadén a Sevilla en 1621 por una carreta, pero 11 reales a lomos de animal, es decir, entre un 38% y un 57% más caro para la mula. D. R. Ringrose da tarifas para el grano en 1773 de 10-12 maravedíes/fanega/legua para los carreteros contra 15 a 20,5 para las mulas (así, tendríamos un coste adicional alrededor del 60% para los lomos de las mulas).
[51] Hemos calculado esta diferencia para cuatro décadas de los siglos XVII y XVIII, a partir de los numerosos precios de animales, carretas y material indicados en nuestra documentación. Tendríamos que matizar teniendo en cuenta el coste, durante algunos años, del mantenimiento y la depreciación de una cabaña mular y otra de bueyes y carretas. Sabemos, por ejemplo, que el coste de la alimentación de los bueyes era más elevado.
[52] Como lo explican M. Silvestre Madrid y E. Almansa Rodríguez, los bueyes necesitaban 30 a 40 días para conducir el mercurio de Almadén a Sevilla mientras que las mulas, pasando además por un camino más directo, lo hacía en 7-10 días. S. Madrazo escribe: «Se sabe de las carretas de bueyes avanzando entre 12 y 18 km. diarios y de las mulas progresando de 30 a 40 km. al día».


