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José Antonio Salas Auséns
Universidad de Zaragoza
Núm. 13 (2004), Artículos
DOI: https://doi.org/10.15304/ohm.13.567
Recibido: 03-12-2012 Aceptado: 03-12-2012
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Resumen

Galicia, tierra de emigración, fue en la segunda mitad del XVIII región de oportunidades para un puñado de personas procedentes de otros países. Aún numéricamente poco importantes -poco más de 700 en 1791, fecha en la que parece se dio la cifra más elevada- franceses, portugueses, italianos, alemanes y en menor medida ingleses, irlandeses, flamencos, etc., se fueron instalando en el territorio gallego, preferentemente en sus ciudades más pobladas -Ferrol, A Coruña, Santiago y Vigo-. Relativamente cualificados, podían aprovechar las oportunidades que se les presentaban en sectores como el comercial, favorecido en el caso gallego por la apertura del mercado americano y por el nuevo papel otorgado por la corona a núcleos como A Coruña o Ferrol. Al amparo del crecimiento urbano y de la demanda generada por la construcción naval y por el ejército, se desarrollaron otras actividades como la herrería, la industria harinera o la del calzado en las que los inmigrantes tuvieron una presencia importante. Fuera de éstas, el abanico de ocupaciones desempeñadas por los extranjeros fue muy amplio, abarcando todos los sectores, incluido el primario con presencia casi exclusiva de portugueses. Todo apunta a que los extranjeros no se encontraron con actitudes de rechazo por parte de la población gallega y el mejor indicio es el elevado porcentaje de matrimonios con españolas, superior al observado en otras zonas del país.

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