Con algunas notables excepciones, rara vez se han cruzado en la historiografía española de la temprana edad moderna los caminos de la Historia Militar, la Historia de la Sexualidad y la Historia de las Mujeres y el Género (; ; ; ; ; ; ; ). Si bien, desde el imparable avance de la nueva Historia Militar se han abierto temáticas preocupadas por el entorno social, económico y cultural de los soldados, todavía es difícil escuchar las voces de las mujeres que entraron en contacto con el ejército (; ; ; ; ). Voces, por otro lado, muy complicadas de hallar en las fuentes pues, a diferencia de los soldados, los ego-documentos femeninos de contexto militar para el siglo XVI son muy escasos. Aun así, es posible hacer una historia de las mujeres en los ejércitos españoles y estimamos que esta posibilidad debería convertirse en una prioridad en los próximos años.
¿Cómo comprender la vida cotidiana, las aspiraciones personales y profesionales de los soldados, o los mismos procesos de guerra, conquista y ocupación, cuando tendemos a omitir un elemento crucial de esta ecuación? Sin duda alguna, los ejércitos de la época tenían una importante presencia femenina, la cual ha sido largamente ignorada hasta ahora, en que recibe cada vez más atención por parte de las historiografías europeas. De hecho, esta vertiente de estudios se encuentra en su apogeo en el centro y norte del continente, como lo demuestran conocidos estudios de o . Más aún, recientemente en Alemania se ha creado el ResearchNetwork Military, War and Gender/Diversity cuyo principal objetivo consiste en comprender las dinámicas de género y diversidad en el entorno militar y de la guerra desde la edad moderna hasta la actualidad. Incluso en Francia los estudios que giran alrededor de este tema se están multiplicando en los últimos años (; ; ). Unas investigaciones que pueden servir como marco, pero, también, como espacio comparativo para aquellos trabajos que vayan saliendo a la luz en los mundos ibéricos. Y esto, partiendo de la base de que los ejércitos españoles contaban con unas particularidades propias, relevantes, frente a las de los existentes en otros enclaves europeos (). Una nueva corriente de estudios que debe hermanarse, necesariamente, con esa larga tradición historiográfica latinoamericana que ha tenido en cuenta el crucial papel desempeñado por las mujeres en los procesos de conquista e integración de los territorios americanos en la monarquía hispánica (v.g., ; ).
En el marco de esta incipiente comprensión de la presencia de las mujeres en los ejércitos de la monarquía, no cabe duda de que la sexualidad y las relaciones afectivas de los militares deben ser objeto de estudio principal. Sin embargo, conviene reflexionar, primero, sobre qué tipo de mujeres estamos pensando cuando hablamos de «mujeres y ejércitos» en aquel siglo XVI. Y es que ese marco es tan amplio como la propia sociedad de la época, si bien cabría referirse, aunque fuese brevemente, a aquellas que de manera esporádica o continuada ejercieron la prostitución. Esto es, a aquellas que los soldados frecuentaban en las mancebías, cuando se alojaban en villas y ciudades, o a las que, de hecho, los acompañaban en campaña y fueron conocidas habitualmente como mugerespublicas. A su lado estaban también las esposas legítimas, que paciente —o impacientemente— esperaban —o no— a sus maridos mientras se encontraban de servicio. Otras, en cambio, compartían la vida diaria de su cónyuge en espacios residenciales militares permanentes, como castillos y fortalezas, y algunas de ellas se convertían en mujeres del bagaje, siguiendo así a las tropas en sus desplazamientos. Entre estas últimas se hallaban además las hijas y otras familiares de los soldados, sin obviar a trabajadoras como las lavanderas, las criadas o las cocineras (; ; ; ; ). Pero entre las que estaban, y no debieran estar, encontramos también a las «amigas» o «mancebas», cuya unión sexo-afectiva con el soldado no estaba legitimada por matrimonio.
Una vez encuadrado el objeto de estudio, aclarar que con este trabajo pretendemos realizar una primera aproximación al fenómeno del amancebamiento en las tropas españolas del siglo XVI. Comenzaremos realizando un recorrido por las narrativas y discursos contenidos en los principales tratados militares y religioso-militares de la época. En un segundo momento, esta información de tipo teórico será contrastada con la contenida en las ordenanzas militares, que nos permitirán establecer el marco legal del fenómeno. Vistos los textos teóricos y legales, terminaremos aproximándonos al papel que jugó el amancebamiento en la vida cotidiana de los soldados a través del estudio de algunos casos específicos provenientes, principalmente, de crónicas de guerra, autobiografías militares y documentación de archivo del reino de Granada.
1. ESCÁNDALO Y VICIO: UN MARCO TEÓRICO-LEGAL
El amancebamiento en el Antiguo Régimen puede entenderse, a grandes rasgos, como una relación sexo-afectiva que se establecía entre una mujer y un hombre fuera del matrimonio, y que generalmente implicaba un cierto grado de convivencia o, en algunos casos, el desarrollo de una vida completa en común. La duración de estas uniones era variable —desde períodos de tiempo muy cortos hasta muchos años— y tenemos que distinguirlas del concepto de «barraganía», el cual existía en la Castilla medieval y podía conllevar algún tipo de formalización legal de la unión, si bien no en clave de sacramento matrimonial, sino de una serie de términos acordados entre los miembros de la pareja (). Aunque, en este sentido, ha habido investigaciones que han revelado que en los amancebamientos podían darse también este tipo de acuerdos formales, inclusive en el terreno económico ().
Es fácil imaginar que los militares se hallaban entre los grupos humanos donde se registraba una mayor incidencia de esta práctica, si bien el amancebamiento no se limitaba, ni mucho menos, al mundo castrense, ya que era frecuente entre la población general e, incluso, entre los propios eclesiásticos (). A menudo, los registros inquisitoriales nos permiten acercarnos a la percepción popular del amancebamiento, puesto que muchos hombres y mujeres fueron castigados por pensar y manifestar que los encuentros sexuales esporádicos y vivir amancebado no era un «pecado mortal» y, entre ellos, se encuentran, obviamente, los militares (). No obstante, tanto desde un punto de vista jurídico como moral-religioso, vivir amancebado no estaba bien considerado y era punible, aunque la gravedad del hecho dependía en buena medida del estado de las personas involucradas (). Estar amancebado podía tener consecuencias no solo en el plano espiritual y legal, sino también influir en la dimensión del estatus y en la fama pública del individuo y su familia. Así, al igual que otros comportamientos que se identificaban con la «mala vida», el amancebado podía ver cuestionada su posición social o sus posibilidades de ascenso socio-económico. Más allá de esta concepción general, si el amancebamiento de los clérigos dio lugar a la aparición de regulaciones y de consecuencias particulares en función de su oficio, veremos que algo semejante pasó en el ejército español del siglo XVI (). Y es que las prácticas de control sexual entre los distintos sectores socio-profesionales difirieron, como nos lo indica el caso de los militares.
La preocupación por la presencia de soldados amancebados en los ejércitos peninsulares se remonta fácilmente a la baja edad media. Forma parte de una serie de mecanismos de control de la sexualidad que se establecieron en el ámbito militar, los cuales jugaban un papel semejante a las restricciones civiles y religiosas que podemos encontrar operando en el seno de la sociedad castellana. Consideramos que este tipo de mecanismos existen en Occidente desde al menos la Antigüedad y que no siempre concuerdan con los modelos familiares, con los valores morales y religiosos de la sociedad, ya que pueden estar asociados a premisas propias, que actúan en paralelo a ellos, como la disciplina militar o la practicidad económica (; ). Para el caso peninsular sabemos que fue de manera bastante temprana cuando se intentó fijar una normativa militar interna que en el futuro afectaría a la vida afectiva de los soldados. Así, en las Ordenanzas de los Reyes Católicos de 1503 se estipulaba que:
cualquier escudero o su criado que sacare mujer casada o viuda o doncella u otra cualquier y la tuviere por manceba pública ahora la tenga consigo o en otra cualquier parte que la tuviere que demás de las penas de derecho por el mismo hecho sea despedido el tal escudero de la capitanía y en esta misma pena caiga cualquiera que se casare o desposare dos veces ().
Esto es sumamente interesante, pues Fernando e Isabel no solo condenaban el amancebamiento con cualquier tipo de mujer, juzgándola, como era común, en razón de su estado (doncella, casada, viuda), sino que obligaban a la expulsión del escudero de la tropa. De este modo, la transgresión de la norma tenía consecuencias claras para la trayectoria profesional del militar. En este brevísimo fragmento, los Reyes Católicos también apuntan a otro problema que se planteaba en los ejércitos: el elevado riesgo de bigamia (; ).
A lo largo del siglo XVI hubo un esfuerzo evidente por parte de las autoridades militares españolas en dejar claro qué mujeres podían, y cuáles no, acompañar a las tropas. Un esfuerzo no exclusivo del contexto peninsular, ya que es posible hallarlo sin dificultad en otros ámbitos europeos, caso de lo sucedido por ejemplo en las regiones de habla alemana y francesa, donde sin embargo existen notables diferencias sobre qué mujeres acabaron finalmente aceptándose en cada ejército (; ; ; ). En los españoles estaban permitidas las esposas legítimas y un número regulado de mujeres que ejercía la prostitución. Contra el matrimonio nada se podía decir en el plano moral, si bien es cierto que las autoridades militares no solían ver con buenos ojos el casamiento de sus soldados amparándose tanto en cuestiones de disciplina militar como en motivos económicos, mientras que la prostitución militar reglada era respaldaba bajo la lógica del «mal menor» (; ; ; ; ). Se aducía que la presencia de estas mujeres ayudaría a evitar las violaciones, los raptos, las seducciones ilícitas e, incluso, la bestialidad y la sodomía (; ; ).
Sin embargo, a diferencia de ocurrido con la tolerancia de la prostitución, dado que contaba a un tiempo con voces críticas y favorables a ella, hubo un absoluto consenso en condenar el amancebamiento (v.g., ; ; ; ; ; ). Un consenso que se advierte asimismo en otros ámbitos legales y teórico-militares europeos: sabemos que prohibiciones y objeciones semejantes se dieron durante el siglo XVI en las tropas que sirvieron en Inglaterra, Francia, Suecia y el Sacro Imperio (; ; ; ; ; ). Algo lógico, si pensamos en la general reprobación que hubo en el occidente cristiano de las relaciones sexuales extra-matrimoniales. Aunque, como esperamos mostrar en futuros estudios, también en estas tendencias de control de la sexualidad de los soldados había diferencias notables. Por ejemplo, los ejércitos españoles mantuvieron una distinción mucho más clara, tanto en la tratadística como en la legislación, entre las mujeres que eran consideradas esposas legítimas y mancebas, mugeres publicas. La contraposición a este proceder la tenemos en el caso alemán, donde la distinción lingüística entre prostituta y concubina es volátil, marcada por un lenguaje peyorativo que tiende a definir, en los casos más extremos, a todas las mujeres del ejército como Huren ().
En la tratadística española se impuso un argumentario relativamente uniforme contra el amancebamiento en el que cabría detenerse. Para comenzar, fijémonos por ejemplo en la postura del capitán Martín de Eguiluz, quien, hablando de las funciones del maestro de campo, consideraba que éste debía procurar que «en su tercio no aya official, ni soldado amancebado, por muchos respetos; si bien deve de conceder que aya algunas mugeres públicas en cada compañía» (). Pues, desde su punto de vista, estar amancebado «es escandalosa cosa y tiene muchas dificultades» (). ¿Pero qué había de malo para Eguiluz en tener una «amiga»?
Lo primero, condenación de su ánimo. Lo segundo, se quita fuerças de su persona, que es lo que mucho deve guardar, porque tiene oficio de mucho trabajo; gasta la bolsa, es gran murmuración entre las gentes, para el servicio del Rey muy dañoso, que hará mil faltas: y puede ser tal la joya, que le traya a perdición y trabajos. El oficial amancebado, mal puede reprehender al soldado que lo fuere, porque en mandándole que eche la manceba de casa (que assi es su nombre) luego ay murmuración, y dizen que eche el primero la suya ().
El escándalo público, las habladurías y la posibilidad de ensuciar la imagen del rey, se entremezclan en este fragmento con los motivos religiosos, económicos y disciplinarios. En esto, sin duda, coincidía Eguiluz con la visión del tema que nos ofrece el capitán Marcos de Isaba, quien en 1594 condenaba, en su famoso Cuerpo enfermo de la milicia española, a los maestros de campo que toleraban el amancebamiento:
Tambien sele à de poner por Edicto, que no sea amancebado y desonesto publico, por casas de mugeres de mala vida, porque fuera de lo que a su salud toca, y al malissimo exemplo que a sus soldados da, por donde ay vna corrupcion y hidiondez en esta milicia Española, a cerca deste vicio: Del qual son autores los Maesses de Campo, en las villas y ciudades, por donde passan y estan de estancia, causan tanta aberración, y ponen en tanta confussion y detrimento a los vezinos, que de su mal proceder y viuir, se quedan espantados, y por otra parte muy maravilladas, que su Rey se sirva y emplee, de hombres tan infames y de poco respeto ().
Para Isaba, el amancebamiento era un mal común que, más allá de las consecuencias internas que tenía para el ejército, caso de su correcto funcionamiento y del mantenimiento de la disciplina de las tropas, poseía una dimensión pública. Y es que era en ese marco público donde los militares aparecían ligados de manera íntima a la imagen del rey, capaces pues de arrastrarla y de lastrar la buena fama del monarca merced a la serie de comportamientos licenciosos que pudieran realizar, al por ejemplo escandalizar a los vecinos de las villas y ciudades por las que pasaban con espectáculos de franca desvergüenza pública. Cierto que en la lectura de Isaba no hay intentos de encubrir las relaciones ilícitas con mujeres, aunque veremos que, en la práctica, a menudo los soldados intentaban evitar las consecuencias que podían llegar a sufrir si eran hallados en semejantes amoríos.
En un reciente estudio, José Luis Heras realizaba una interesante reflexión acerca de cómo en la edad moderna española la noción de escándalo iba mucho más allá de ser un mero acto individual, al afectar al interés público, por ser capaz de alterar el orden establecido, de herir la moral colectiva e, incluso, de atacar las creencias religiosas dominantes (). Heras considera que, en la sociedad civil, el amancebamiento, pero también otras relaciones sexuales ilícitas, como la homosexualidad o el adulterio, podían ser maneras de desafiar «el orden familiar preestablecido», razón por la cual en su persecución se manifiestan los importantes intentos de control de la sexualidad llevados a cabo en la sociedad del Antiguo Régimen (). Entendemos que esta idea es aplicable al entorno militar, pero con una notable particularidad: que los soldados estaban al servicio del rey. De ahí que sus escándalos y malos tratos pudiesen tener mayores consecuencias cuando se producían en poblaciones amigas de la monarquía o en los dominios del propio Imperio.
Narrativas semejantes, asociadas al escándalo y al deservicio al monarca, pueden encontrarse asimismo cuando los tratadistas y los cronistas se refieren a episodios sobre el abuso en los alojamientos, las violaciones, las agresiones físicas y verbales, los robos y otros crímenes que enturbiaban la percepción que los vasallos tenían de los ejércitos del rey y causaban animadversión en la población local (). Señalar que, en un sentido práctico-militar, enfrentarse a una población agraviada por la violencia o por los malos tratamientos del ejército podía tener consecuencias terribles para los propios soldados (). En este sentido, infringir determinadas normas socio-culturales sobre las relaciones de carácter sexo-afectivo podía llegar a convertirse en un desencadenante más a favor de la violencia contra los militares y la revuelta, y en contra de la ocupación, los alojamientos y los pasos de tropas, tal y como se ha demostrado recientemente en el caso de Pamplona (). Por esta razón es que la adecuación del comportamiento moral de las tropas podía tener un impacto directo sobre el desarrollo de los conflictos o el mantenimiento de la paz.
En los discursos ideales elaborados por los tratadistas españoles, el amancebado se encuentra en la misma categoría que los ladrones, los violadores, los borrachos, los vagabundos, los jugadores e incluso los blasfemos. El maestre de campo Sancho de Londoño sitúa también al personaje junto a los malos cristianos, a los hombres que no sirven bien con sus armas y a aquellos que maltratan a sus huéspedes durante un alojamiento militar (). Forman parte, por tanto, de una serie de soldados capaces de corromper a sus camaradas, que no son adecuados para el servicio del rey y que crean graves problemas a la disciplina militar. Al respecto, el amancebamiento se presenta como un vicio y se integra en el anti-ideal del soldado que construyen estos textos, ya que, según ellos, el Perfecto Soldado Católico tenía como una de sus características ejemplares la castidad, junto a otras como la fuerza, la obediencia o la fe en dios (). Frente a esto, el amancebado es presentado como aquel que se deja arrastrar por los placeres de la carne, que rompe con la disciplina interna que prohíbe tales prácticas y que hace gala por ello de un notable grado de desobediencia, y eso, sin tener en cuenta que, al vivir en una relación ilegítima, comete grandes pecados, aspecto este último que solo es tangencialmente abordado por los tratadistas militares. En este sentido, la mayoría de autores que eran o habían sido altos mandos se limitan a expresar —en lo relativo al pecado— que el amancebamiento va en detrimento del alma, cuestión que, lógicamente, encuentra un mayor eco en los textos escritos por eclesiásticos. Un buen ejemplo de ello es el del fraile Francisco Antonio, quien prefiere hablar de «enemigas» antes que de «amigas», a la vez que se expresa con gran virulencia cada vez que toca el tema de la sexualidad de los soldados:
Y por mas cadenas y ataduras que le pongan de amonestaciones, reprehensiones, amenazas, sermones, y confessiones, no ay cosa que le tenga, sino que todo lo rompe y despedaça: y assi como cosa ya sin remedio, da consigo en las sepulturas, que son las casas de las amigas y malas mugeres, lleno de gusanos, y de mal olor, y de podre, y mal francés, y otras mil enfermedades ().
En definitiva, el amancebado es presentado casi como un «loco» al servicio de su amiga, palabra que aparece como sinónimo de manceba en muchos de estos tratados, pero también en las fuentes de archivo. Sobre esto, Francisco de Pedrosa escribía en 1541 acerca de la tendencia de muchos soldados a vestir de manera alocada por «algunos votos o prometimientos a sus amigas», usando de este modo modelos estrafalarios que muchas veces acaban por convertirse en norma, lo cual supone por su parte reconocer la influencia de estas amadas sobre la moda militar (). Según decía Bernardino Escalante, aquellos que se entregaban al vicio de la sensualidad se convertían también en «covardes en sus determinaciones, y poco venturosos en ellas, y vienen à ser floxos, enfermos, y perezosos, y mal acreditados» (), cuestión esta nada extraña, ya que en los discursos sobre la prostitución no eran infrecuentes los relatos que la relacionaban con la enfermedad y la debilidad física derivadas de la entrega a los placeres ilícitos de la carne (; ; ; ). En este punto, el mencionado Escalante se refiere a un caso concreto de amancebamiento que termina trágicamente. Así, un cabo de escuadra en la compañía del capitán Barahona, en plena marcha de Crecentin a Alba, en el Monferrato, región piamontesa, viajaba con una «amiga» suya que, como era costumbre, debía caminar con el bagaje. De improviso, las tropas fueron emboscadas por los franceses, pero el cabo, que estaba en primera fila de fuego, abandonó el combate para «poner en cobro la amiga y su bagaje». Percibido de ello el capitán, en un arrebato mató a ambos, si bien «después que se le passo la cólera, hizo por ello gran sentimiento» (). Ya fuese por el amor del cabo anónimo a su «amiga» sin nombre, ya por la codicia de proteger sus bienes, o por una mezcla de ambas cosas, los dos sufrieron las consecuencias de su decisión. Un relato este que, por otra parte, encaja con esa lectura tan presente en la literatura militar europea del soldado enamorado que pierde el sentido de la prioridad y la disciplina, pues la obligación militar y el objetivo del combate debían valer más que el sentimiento y el deseo por una mujer (). En todo caso, este tipo de formulaciones sobre el daño que generaba el amancebamiento perdurarán hasta bien entrado el siglo XVII y, probablemente, lo excedan en el tiempo (v.g., ).
En una esfera paralela, en los discursos contra el amancebamiento se encuentran también argumentos de índole económica, un factor que nunca debe ser pasado por alto cuando reflexionamos sobre el control de la sexualidad de las tropas. El ya mencionado Sancho de Londoño, al criticar a los amancebados, consideraba que no solo «son causa de mil revueltas, y trahen a los que las tienen distrahidos del servicio de su Rey», sino que sus «amigas» «consumen las pagas, y lo que pueden ganar de los enemigos, y robar de los amigos» (). Aunque el ejemplo más perfecto de este tipo de formulaciones lo podemos encontrar en un tratado anónimo, posiblemente de mediados del siglo XVI, conocido como Relación de algunas cosas cumplideras al servicio de su magestad acerca de la gente de guerra, escrito supuestamente por un hombre que había sido soldado en los ejércitos reales durante más de veinte años. En él, su autor se muestra descontento con el gran número de mujeres que hay en los ejércitos españoles, y considera que esto va en:
deservicio de dios y de su magestad. Y en daño y perjuyzio de los pueblos y comarcas donde alojan, porque por sustentar y vestir a las amigas que tienen no solo empeñan, mas lo buscan de doquiera que lo puedan aver justo y el injusto, y lo que peor es que algunos de los ministros que avian de castigallo y dar exemplo a los soldados estan amigados públicamente.
Desde luego, la imagen que nos ofrece este escrito anónimo es la de unas poblaciones que, más allá del escándalo que podían causar las parejas amancebadas, se veían obligadas a sustentar a sus mujeres. Recordemos que los alojamientos militares durante el siglo XVI se solían producir muy a menudo en los hogares de las distintas localidades por las que pasaba la tropa, de ahí que su economía pudiese verse gravemente afectada por ella. De tal modo que sus habitantes no solo debían lidiar con el escándalo y el riesgo de que algunas de sus mujeres fuesen seducidas o agredidas por los militares, sino también con una carga económica adicional injustificada. Pero el autor del anónimo va más allá, al insistir en que muchos soldados empeñaban sus bienes e incluso los tomaban de donde no debían para poder mantener a sus mancebas, aunque su propuesta para solucionar el problema no pasa por la prohibición y el castigo, en línea con la mayoría de los autores. Al respecto, afirma que ninguno debería vivir amancebado y reconoce que muchos lo hacen excusándose en que tienen amigas «para que le sirvan y que no podrían vivir limpios sin ella» pero que algunos soldados incluso «tienen hijos en ellas o las tienen preñadas». En esta tesitura, expone una particular medida para remediar estos casos:
Se devia de procurar que entre todos los soldados del tercio les ayudasen cada uno con un real para casarse con ellas o para casalas con otro o para ayudar a criar los hijos, attento que es mayor obra de misericordia rescatar un hombre de pecado mortal que de tierra de moros y si con ellos se hiziese esta buena obra que luego se casasen o descargasen dellas y no tornasen a enrredarse con ellas ni con otras, con apercebimiento que el que lo contrario hiziese fuese condenado a galera y perdiese el sueldo y bienes como hombre infame y que con achaque se salir de peccado auia llevado el sudor de los otros y el hombre que no tuviese hijos en las tales mugeres ni las tuviese preñada que luego se apartase della y ella del, sopena de perdimiento de bienes y desterrados del exercito.
Una propuesta ingeniosa: que los miembros del tercio colaborasen para que las uniones ilícitas que han resultado en hijos pudiesen convertirse en matrimonios y que, una vez dado este paso, se impusiesen duras penas si el soldado reincidía en su conducta. Pese a ello, no hemos encontrado de momento referencias a que una medida semejante llegase a establecerse realmente, aunque sí sabemos que en algunos casos estas mancebas podían convertirse en legítimas esposas, con variadas consecuencias.
Para que los altos mandos militares tuviesen la capacidad de controlar la presencia de soldados amancebados debían conocer primero en detalle la vida de cada uno de sus hombres. Así al menos lo consideraba Marcos de Isaba, quien afirmaba que el sargento mayor tendría que «saber de cada uno, y de que vive, y en que Compañía tiene su plaça, y con que licencia salio della, y como está tanto tiempo ausente de su bandera, que negocios tan largos se le ofrecen» (). Una vigilancia que para Bernardino de Escalante iba mucho más allá de la disciplina militar y de cubrir «las necesidades corporales de los soldados», pues el sargento pasaba por ser maestro «del bien de sus almas, persiguiendo y desterrando todo pecado publico de las banderas, como son amancebados, y ladrones, y todos los que vivieren infamemente» (; ). Con todo, estas medidas de control y vigilancia sobre la moral y el comportamiento sexual de los soldados no se quedaron en la tratadística ni permanecieron tan solo en el marco teórico. En el caso español, son muchas las ordenanzas militares que preceden a la aparición de los tratados militares, cuya abundancia es especialmente cuantiosa a finales de siglo. Por ejemplo, Felipe II provee una instrucción, dada en el Bosque de Segovia en agosto de 1565, para que el capitán Pedro de Andrada aliste una compañía de 250 hombres en Úbeda, Baeza y su tierra, apuntando a la vez una serie de comportamientos que deben ser evitados a toda cosa entre los reclutas, como el amancebamiento y la blasfemia:
Asimismo habeis de tener cuidado que la gente de la dicha compañía no saquen ni lleven mugeres de los lugares donde estuvieren, ni las tengan por mancebas, y que se escusen los reniegos y blasfemias y otros pecados públicos, y los della vivan cristianamente y en toda buena orden y disciplina ().
De hecho, tras las ordenanzas de los Reyes Católicos de 1503, la legislación militar española del siglo XVI insistirá de manera sistemática en la prohibición de tener una manceba (). En 1552, en las ordenanzas de Metz, se establecía que nadie al servicio del rey pudiese llevar «ninguna muger particular consigo sino fuere su muger legítima casado y vellado con ella y que de otra manera todas las mugeres que vinieren en el exercito sean publicas y comunes» (). Esto es, como ya habíamos comentado, la presencia tolerada de las esposas legítimas y prostitutas frente a las mancebas. Y la ordenanza insiste en que si se descubre:
que algunos soldados o, oficiales de nuestra gente de guerra tuvieren, o, traxeren en este exercito de su magestad tales mugeres por amigas particulares suyas los echen del campo y queden dente en adelante inhábiles para poder tener cargo de guerra, demas que seran castigados por las penas a nuestro arbitirio reseruadas y mandamos que tengan cuydado los Capitantes cada uno en su Compañía so pena de la desgracia de su magestad y privado de la dicha compañía ().
Algo muy semejante puede leerse en las ordenanzas que se expidieron en 1555 en Salucia para el ejército de Italia, o en las de 1568 para Maastricht. Ese mismo año había llegado a oídos del duque de Alba que algunos infantes españoles de los presidios de Flandes vivían con descuido; en consecuencia, dio orden de que «ningún soldado esté amancebado y el que lo estuviere después de avisado sea privado del sueldo y desterrado del tercio como infames». Medidas semejantes establecía Felipe II en sus Instrucciones, expedidas en Badajoz en junio de 1580, donde se estipulaba que los amancebados debían perder el sueldo, su ventaja y tener un castigo al albedrío del rey o del capitán general. Con particular interés, Felipe II insistía en que se tuviese cuidado de ello, «so pena de nuestra desgracia».
Entre los castigos más comunes se halla la pérdida de la posición militar e, incluso, la prohibición de volver a servir en el ejercicio de la guerra. También, el destierro, la suspensión del cargo y, desde luego, la prohibición de juntarse nuevamente con la «amiga» aunque esta hubiese dado hijos al soldado. ¿Pero qué pasaba con las mujeres que vivían así, amancebadas? A diferencia de las que ejercían la prostitución, en su caso no parecen haber estado sometidas a la amenaza legal de la violencia física o material por parte de la jurisdicción militar. Y esto, teniendo en cuenta que ordenanzas como la de 1555, contemplaban que las mugeres públicas pudiesen ser azotadas ante la tropa y desvalijadas si su número fuese superior al estipulado para la campaña, que era de seis mujeres por compañía. Eso sí, las «amigas» de los soldados podían en cambio padecer la arbitrariedad de los altos mandos en cuanto cambiase la opinión imperante sobre la (in)tolerancia de la presencia femenina y, consecuentemente, sufrir algún tipo de castigo ligado al incumplimiento de las nuevas órdenes.
Si en el plano legal y teórico la presencia de mancebas en las tropas españolas no era tolerada, no parece no ocurrir lo mismo cuando la cosa se refiere a las tropas extranjeras, en cuyo caso todo apunta a que su regulación pudo haber sido más laxa. Por ejemplo, es conocida la ordenanza de Madrid para la organización de la infantería alemana, dada el 1 de agosto de 1572; en ella, se establecen una serie de criterios relativos a los cauces a seguir si uno de estos soldados moría. La ordenanza nos confirma que:
si algún soldado tuviere alguna amiga consigo y tuviere hijos con ella o fuere preñada y habiéndose muerto él, haya de quedar el dicho hijo o hija o ella heredera de todo lo que se hallare consigo en la guerra y su sueldo corrido, en caso de que no tuviese el dicho difunto en su tierra mujer e hijos.
No se sitúa a las mancebas de los alemanes al nivel de las esposas legítimas, pero se otorga una cierta seguridad económica a las numerosas parejas que se formaban de manera muchas veces temporal con ellas. Al respecto, vale la pena citar aquí los trabajos que han estudiado la vida de los Landsknechte, de sus mujeres y las Maiehen, es decir, esas uniones que podían durar lo mismo que la campaña (). Si bien, es posible, que esa concesión que acabamos de anotar hacia las «amigas» de la infantería alemana, al igual que asegurarse que sus bienes y sueldos llegasen a sus mujeres e hijos y otros familiares en caso de muerte, tuviese como objetivo favorecer la recluta y la participación de estas tropas en los ejércitos imperiales. En este tema vale la pena traer a colación las palabras de Puddu sobre las tropas españolas, el «nervio» del Imperio, de las que se esperaba y exigía todo, frente a las de las demás naciones de la monarquía (). Esto no significa que, a efectos prácticos, no pudiesen también ser beneficiadas por la corona las hijas naturales de los militares españoles, tal y como atestigua el notorio caso de Juliana Romero (). En este punto, confiamos en poder realizar en un futuro próximo una comparativa más amplia y compleja entre el control de la sexualidad en los ejércitos españoles y el llevado a cabo en otros espacios mediterráneos y centro-europeos, lo que esperamos nos permitirá comprender mejor las dinámicas multi-normativas del contexto militar moderno.
Para ir poniendo fin a este apartado sobre el marco legal, advertir que todo apunta a que el amancebamiento de los soldados estuvo sujeto a la jurisdicción militar hasta los inicios del siglo XVIII. En este sentido, Felipe V resolvía en abril de 1714 que «el conocimiento de las causas de amancebamientos [...] está reservado á la Justicia ordinaria, sacándolas de la militar, y de los Jefes de las dos Casas Reales». Sobre ello se volvería en leyes posteriores: primero en octubre de 1715, y luego en 1750, ya bajo reinado de Fernando VI, cuando se estableció que los casos de amancebamiento de los Guardias de Infantería se verían ante la justicia ordinaria. Una tendencia que parece haberse afirmado a lo largo del siglo XVIII, pues las disposiciones de Carlos III inciden también en esta excepción del fuero castrense.
2. LOS AMORES PENADOS
En los Diálogos de Diego Núñez Alba, un soldado llamado Miliciano, que busca dejar atrás la guerra, se encuentra con su primo Cliterio, decidido por su parte a convertirse en soldado. Es una obra donde se reflexiona sobre la guerra y la vida militar, y en la que Miliciano critica con dureza a los que «llaman [...] libertad a la licencia, que tienen de renegar, de robar, de jugar, de tener siempre una amiga, como si hubiese mayor sujeción, que la del largo vicio» (), pues a pesar de todas las prohibiciones, de todo lo estipulado en tratados y ordenanzas, muchos militares blasfeman, caen en el juego, roban y, tantos otros, están amancebados. En este punto queremos ofrecer al lector algunas reflexiones sobre la vida de estos soldados y sus «amigas», y establecer qué aspectos nos permitirán abordar en el futuro el estudio de las complejas dinámicas sexo-afectivas imperantes en el seno de los ejércitos españoles.
Cabe preguntarse, en primer lugar, sobre los motivos personales que pudieron llevar a hombres y mujeres a iniciar una relación de este tipo, una relación no legitimada por el matrimonio. Si atendemos a lo dicho por el anónimo soldado que hemos citado, muchos hombres se excusaban de estar amancebados para estar limpios y cuidados, lo cual encaja con el hecho de que las mujeres ejercieron un papel fundamental en los ejércitos europeos de la primera edad moderna en labores esenciales, como lavar la ropa, cocinar o, incluso, cargar con las posesiones de sus amados. De ahí que para el soldado pudiese ser cómodo llevar consigo a una mujer, de manera semejante a como otros muchos llevaban a los mozos a su servicio. Pero más allá de estas cuestiones ligadas al confort, ¿hubo alguna una lógica económica en tener a las «amigas» en campaña? John Lynn ha considerado que las female campfollowers —término empleado en el ámbito anglosajón para referirse al heterogéneo tipo de mujeres del bagaje— desempeñaban un rol fundamental en la economía de campaña, en especial a través de la rapiña (). No obstante, hasta el momento, la mayoría de las fuentes referidas a los ejércitos españoles apuntan más al gasto que suponía mantener una de estas mujeres que a las ventajas de tipo económico que ofrecían a ese nivel. Los comentarios al respecto no son escasos. Recordemos por ejemplo las palabras de Martín de Eguiluz sobre los militares que dilapidaban su bolsa en «amigas» o los de Sancho de Londoño acerca de los soldados que llegaban a robar para mantenerlas, como también los del mencionado anónimo soldado cuando se lamentaba de lo «mucho que echan en vestidos y en dar a mugeres». Por su parte, los testimonios de los tratadistas y los altos mandos pueden estar sesgados, alinearse con los intereses económicos del ejército y la monarquía, pero, como los soldados particulares, acaban incidiendo en el notable gasto que suponían las «amigas». Acerca de este tema, vale la pena traer a colación el relato de la vida del famosísimo capitán Alonso Contreras, ya en el siglo XVII, quien en varias ocasiones explica cómo sus amantes se beneficiaban de él (). Así pues, en nuestro caso, la rapiña no parece haber sido un objetivo esencial —al menos no formalmente reconocido como tal por las autoridades o los soldados— a la hora de procurarse compañía femenina en los ejércitos españoles. Aunque, no cabe duda de que en momentos de necesidad, las mujeres participarían activamente en la búsqueda de alimentos o en facilitar por todos los medios que su campamento pudiese sobrevivir. De ahí que sea necesario distinguir entre lo que pudo ser el deseo y fin expreso de tener una «amiga», y la práctica real de la economía de campaña.
Lo curioso es que, a pesar de las numerosas quejas sobre el excesivo gasto que causaban las mancebas, los textos nos indiquen a menudo la suerte de orgullo que suponía llevar a una «amiga» bien ataviada y cómoda (). Nuestro autor anónimo diría, con grave queja, que los soldados «se empeñan para trahellas vestidas y a cavallo como señoras, y los malaventurados que esto hazen (allende de vivir en peccado mortal) andan desnudos y a pie, y primero sirven a la señora que a su bandera». Junto a otros elementos, como la vestimenta, el armamento o las muestras públicas de habilidades y talentos, exhibir a la «amiga» lujosamente engalanada podía ayudar a «elevar» al soldado sobre sus camaradas. Esto, sin duda, nos muestra otro aspecto interesante de la masculinidad militar moderna, muy conectado al espíritu general de la autobiografía militar, donde las hazañas bélicas se entremezclan con las amorosas. Todo apunta a que no se trataba solo de tener una «amiga», sino de mantenerla con fasto. Como observador externo del fenómeno, el también cronista Alonso de Sanabria no duda en decir que los soldados españoles, a diferencia de los alemanes, llevaban incluso a mujeres «agenas por más que señoras», y el mismo Alonso de Contreras se orgullecía de tener consigo a su Isabel, «con más autoridad que si fuera hija de un señor, y cierto que quien no sabía que había estado en la casa pública le obligaba á respeto, porque era moza y hermosa y no boba» ().
No podemos olvidar hablar del deseo sexual de los soldados y de sus necesidades afectivas. Más allá de los casados, que generalmente llevaban consigo a sus esposas tanto en campaña como en las ciudades donde estuviesen alojados o residiendo, los militares podían acceder a un número más o menos regulado de mujeres dedicadas a la prostitución. Por testimonios de soldados, crónicas y las propias ordenanzas, no cabe duda de que muchos recurrían a ellas de manera efectiva. No obstante, aunque el pecado del amancebamiento era grande y las autoridades militares, e incluso algunas figuras eclesiásticas, daban preferencia a la prostitución, los hombres parecen considerar que había en este tipo de convivencia algo superior al mero hecho de recurrir a mugerespúblicas. Pensemos por ejemplo en Alonso Enríquez de Guzmán, quien durante su juventud como militar declaraba «un día, pasando por donde están las mujeres, evitando mayores pecados, me concerté con una y la llevé á Calabria» (). Aquel idilio duraría poco, ya que un viejo amante de la moza se la arrebataría presto. Pero para Enríquez parece preferible tener aquella una, que no muchas. Y ahí, el caso del joven noble venido a menos no es un ejemplo aislado.
La sexualidad, lejos de ser una necesidad mecánica, estaba profundamente influenciada por el deseo particular, la emoción y el propio marco socio-cultural, con lo cual, en muchas ocasiones, excedía el mero anhelo del encuentro esporádico. Cuando pensamos sobre todo en soldados bisoños, el amancebamiento podía servir para mantener una relación sexo-afectiva de larga duración y darles así un soporte emocional, e incluso físico, que no debía derivar en matrimonio, ya que el soldado podía y buscaba ascender, por lo que su propio éxito le permitiría quizás en el futuro realizar un enlace más aventajado. En otros casos, el amancebamiento se producía porque era imposible mantener una relación sexo-afectiva de otro tipo. Por ejemplo, si el soldado o la mujer estaban ya casados, como le pasó a Pedro de Samaniego, del que luego hablaremos. Aunque, en ocasiones, este tipo de relaciones podían acabar derivando en bigamia. Un ejemplo muy común sería el del capitán Francisco López de Godoy, vecino de Málaga en 1587, casado con una mujer de Toledo. Pese a ello, entró en amoríos con una malagueña. Al ser hallado in fraganti en la casa del padre, se casó con ella, declarando luego a la Inquisición que pensaba que su primera mujer había muerto. De poco le valió la excusa: fue condenado a seis años de galeras sin sueldo ().
Entre los soldados del siglo XVI no es fácil detectar la existencia del amor romántico hacia la mujer. Yuval Harari afirmaba, y no sin razón, que los memorialistas renacentistas trataban poco el amor y que cuando las mujeres aparecían mencionadas en sus escritos rara vez lo hacían con un cariz romántico (). Cierto que, salvo excepciones, la exaltación del romance no es una característica de las Vidas de Soldados españoles, donde predominan sobre todo vanagloria de las conquistas sexuales y una incipiente picaresca (). Como se ha apuntado, en los textos de autoría militar de los siglos XVI y XVII las relaciones amorosas y las mujeres no están tan idealizadas como en los libros de caballerías, y cuando las segundas entran en liza en ellos a menudo es bajo la forma de personajes volubles, con errores y contradicciones (; ; ). No en vano, el capitán Contreras o el soldado Miguel de Castro pudieron entablar largas y significativas relaciones sexo-afectivas con mujeres que habían ejercido la prostitución o, como en el caso de Miguel de Castro, que todavía seguían ejerciendo (; ). Esta visión realista no implica que los soldados no experimentasen el amor o profundas conexiones emocionales con respecto a ellas. Acerca de esto, estimamos que sería muy simplista reducir su vida sexual y afectiva a lo dicho en (auto-)narrativas que, muchas veces, estaban orientadas a la construcción de una imagen favorable e interesada del militar; en ellas, todo pasa por impresionar, alardear, conseguir mercedes o ascensos y, a veces, arrepentirse de actos y pecados pasados (). Y eso, a pesar de que en algunas de estas (auto-)narrativas podamos encontrar atisbos de amores, a veces fallidos, como el que podía haber sentido el mencionado Contreras por Isabel de Rojas, o el citado Miguel de Castro por Luisa de Sandoval.
Aunque en la mayoría de obras y fuentes consultadas no existe un marco que nos permita hablar in extenso sobre la dimensión emocional del soldado, algunos ejemplos encontrados son muy paradigmáticos de ella y nos ayudan en cambio entender el grado de implicación y el riesgo que asumieron a la hora de mantener determinadas relaciones sexo-afectivas ilícitas. Porque hubo amancebamientos largos que desembocaron en el establecimiento de familias y que, en ocasiones, persistieron a pesar de los numerosos problemas que ello suponía. Sin embargo, en esta primera aproximación al tema solo nos detendremos en unos pocos casos específicos, los cuales constituyen el anticipo de un estudio archivístico del tema que en estos momentos tenemos en curso. Aun así, esperamos nos permitan entender la siempre importante desviación que existió entre el plano ideal, entre el nivel discursivo, y la realidad de la vida cotidiana en la cual se movían los hombres y mujeres del siglo XVI. Los mencionados casos se sitúan en el reino de Granada antes de la guerra de las Alpujarras, en un contexto complejo, marcado por las numerosas tensiones que se sucedieron entre la población cristiano vieja y la morisca, y la continua presencia de militares sobre el territorio. Es en este ámbito donde encontramos un ejemplo que muestra claramente cómo el amancebamiento puede llevar a la ruina a un hombre de armas, quien, conscientemente, decidió ignorar las limitaciones que sobre su conducta imponía la legislación militar y los preceptos de la tratadística al uso. Nos referimos a la relación que mantuvieron el ya citado Pedro de Samaniego y Brianda de Játiva (o Jativia).
Hace algunos años, María Esther Galera presentaba un precioso compendio documental sobre mujeres en el Archivo del Patronato de la Alhambra. En él, se encontraba el informe remitido al conde de Tendilla en 1558 sobre la incontinencia y el cohecho cometidos por el capitán Pedro de Samaniego (). Su caso, que debió haber conocido , ha podido completarse gracias a otros hallazgos realizados en el mismo archivo, y a todos ellos nos referiremos a continuación.
Pedro de Samaniego formaba parte de la compañía del conde de Chinchón, donde fue capitán. Era un hombre problemático. El mencionado José Ángel Tapia no dudó en calificarlo de «azote» de los moriscos almerienses (). De hecho, Samaniego y muchos otros militares causaron un sinfín de problemas en la región de las Alpujarras y en otras áreas del reino de Granada en las décadas previas a la rebelión (; ). Al respecto, son numerosas las fuentes que nos remiten a los abusos que cometió contra la población morisca, en especial durante los alojamientos militares. Junto al daño causado a la economía de las familias por esta vía, sabemos además que el capitán Samaniego generaba escándalo allá por donde iba al estar amancebado con una morisca casada (). Brianda de Játiva, vecina de Almería, mantuvo con él una relación de al menos cinco años ante los ojos de su marido, Bernardino Aziet. Según algunos testigos, Samaniego la habría apartado de su vera y le impedía hacer vida marital con él. Para ocultar la situación, en vez de mantenerla consigo en su casa, la había instalado en la de uno de sus soldados, Alonso de Morales, que vivía a muy poca distancia. Una estrategia —obviamente, no muy efectiva— de evitar levantar sospechas, o de dificultar la obtención de pruebas, de un amancebamiento que era bien conocido en la ciudad de Almería y sus alrededores. Durante esos años, Brianda tuvo un hijo varón de Samaniego, con quien él convivía, lo cual revela el grado de compromiso que el militar mantenía hacia esta relación ilícita. Pero, y por si esto fuera poco, resulta que Samaniego estaba además casado con una mujer cristiano vieja llamada Constanza de Araoz, la que sufría grandes penas y pasaba «mala vida» por no saber cómo apartar a su marido de la manceba ().
Cuando podía, Samaniego hacía vida con Brianda. Comían y cenaban juntos. Asimismo, la llevaba consigo cuando las tropas se desplazaban, cuestión esta de interés, pues nos remite a una pareja móvil que convivía asiduamente y a una relación en la cual Samaniego parecía necesitar o anhelar la compañía de la morisca allá donde fuere. Igualmente nos indica también que las poblaciones locales por las que pasaba la tropa debían alojar a la manceba, algo que, como ya apuntamos, pesaba sobre la economía de sus habitantes, amén, en su caso, de ser un hecho escandaloso. De vez en cuando Samaniego llevaba a su amada a una propiedad que tenía a unas leguas de la ciudad de Almería, donde pasaban varios días a solas y, a veces, en verano, dormían juntos en la playa (). Si estaban en la ciudad, entonces él se preocupaba de enviar a casa de su subordinado Morales ropa, comida y lo necesario para que Brianda estuviese servida. Todo ello, desde luego, en detrimento de Constanza de Araoz, su legítima esposa, quien no tenía el amor de su marido y veía como este derrochaba su hacienda. Por su parte, Bernardino Aziet, el esposo de la morisca, había intentado recuperar a su mujer en varias ocasiones, llegando a marchar camino de la ciudad de Granada para denunciar el hecho ante el capitán general del reino de Granada. Pero nunca consiguió llegar a la capital. En el curso del viaje fue interceptado por los hombres de Samaniego, quienes con amenazas verbales y físicas trataron de silenciarlo, pero también acudiendo a regalos «envenenados» que buscaban atarlo y comprometerlo con la situación: Samaniego le dio un caballo y, posiblemente, intentó extorsionar luego a Aziet por ello. En este punto, un testigo en la posterior causa judicial da a entender que al inicio de la relación el marido consintió, e incluso prostituyó, a Brianda con Samaniego, dejando que este se acostara con ella una noche por dos ducados (). Con todo, fuese cual fuese el rol del marido, no cabe duda que el capitán usaba a los soldados a su mando para favorecer y mantener oculta su relación con Brianda, además de para llevarla consigo y atender sus necesidades, lo que nos advierte de la existencia en su entorno de una trama de complicidades que trataba de evitar las consecuencias de los actos de Samaniego, quien, por su parte, abusaba notablemente de esta manera de su posición.
Finalmente, las quejas contra Pedro de Samaniego y Pedro de Haro llegaron a oídos del capitán general y las pesquisas comenzaron. Incluso es posible que el propio rey estuviese al tanto del asunto, vista la real cédula que Felipe II emitió ese mismo año de 1559, la cual refiere los agravios cometidos por algunos soldados y el amancebamiento de un capitán con una casada en los pueblos de Guadix y Almería. En este contexto, la relación amorosa y la posición de Samaniego en el ejército estaban en juego. Sabemos que acabó siendo castigado por el amancebamiento con Brianda en septiembre de 1559 y que fue condenado a diez años de destierro de las Alpujarras, a la suspensión del oficio de capitán por un año y al pago de veinte ducados de pena para la cámara del rey. Junto a ello, se le prohibió volver a ver a Brianda: «no se junte más con Brianda de Jativia ny le hable ni converse en público ni en secreto so pena de cinquenta myll maravedíes para la cámara y fisco de su Magestad y de suspensión del oficio de capitán».
No sabemos cómo afectó la condena a Samaniego, a Brianda y a su hijo. Aunque si hemos de creer a los testigos, estos afirmaban que Brianda vivía amancebada contra su voluntad. Y si esto era cierto, la mencionada condena pudo haber sido un fin deseado a una relación basada en el abuso, ¿o acaso mentían los declarantes? En esta tesitura, cabe preguntarse entonces ¿cuáles fueron los sentimientos de Brianda hacia el militar cristiano viejo, hacia el padre de su hijo? De momento, no hemos encontrado probanza alguna en la que testificase la morisca, si bien no descartamos hallarla en un próximo futuro. Por tanto, su voz sigue silenciada, igual que la de la mayoría de las «amigas» anónimas de los soldados. Solo un testigo pone ciertas palabras en su boca, al afirmar que «le ha dicho, tres días a, la dicha Brianda que daría las mejores ropas que tiene porque el capitán Samaniego le dejase hacer vida con su marido» (). Quizás la joven aludía a los bienes que el militar le facilitaba y que, al parecer, esta no deseaba. Con todo, no sabemos si Brianda y Samaniego cumplieron la sentencia, aunque, años después, el capitán vivía apostado no muy lejos de Almería, a solo treinta kilómetros de la ciudad, en la villa de Tabernas ().
Al pensar en los motivos que pudieron llevar a estas mujeres a seguir a las tropas o a amigarse con un militar, es más fácil caer en la especulación que encontrar fuentes históricas que nos hablen con claridad de todo ello. El amor, la seducción, las falsas palabras de matrimonio y el deseo asoman en los pleitos donde aparecen las mujeres que han mantenido relaciones sexuales extramatrimoniales con los soldados. No es difícil concebir pues el amancebamiento como algo que contenta a dos amantes que no pueden entablar una relación legítima al estar uno de ellos casado, o si acaso, ¿a tres amantes a un tiempo? Un caso de este jaez ocurrió en Mojácar en el verano de 1551, cuando un atónito marido denunciaba ante las autoridades que su esposa se había acostado no con uno, sino dos soldados en numerosas ocasiones. Dos militares, llamados Alonso García y Diego Mateo, que además entraron en su casa, le robaron y se llevaron, con aparente consentimiento, a su mujer, para comenzar a vivir todos juntos un particular triángulo amoroso. Sin embargo, en otras ocasiones, seguramente las mujeres no eligieron convertirse en «amigas» motu proprio, quizás la misma Brianda no lo hizo. En este sentido, la imagen de la «amiga» forzada puede llevarnos a pensar en una dimensión de violencia y sexualidad donde la dominancia de los militares y su fuerza coercitiva pudieron ser fundamentales para «amigarse», en particular, en comunidades tan vulnerables como la de los moriscos granadinos antes de la rebelión. Sea como fuere, es sumamente complejo y difícil encontrar o acceder al «consenso» de estas mujeres a través de la información contenida en la documentación judicial, incluso si esta se refiere a los cristianos viejos. Podemos verlo, por ejemplo, gracias a lo sucedido en un pleito coetáneo al de Brianda y Samaniego.
El 3 de agosto de 1559, en Motril, villa costera de Granada, un soldado llamado Damián Hernández, de la capitanía de Leonardo de Valdivia, fue sorprendido a las diez de la noche en casa ajena con una mujer en el lecho. Un mando, el capitán Aguilera, ordenó atrapar in fraganti al soldado que, al parecer, había sido amonestado en ocasiones anteriores por no querer apartarse de la joven, Catalina Morena. Esta, tenía unos 28 años y no era su esposa, pues se hallaba casada con otro hombre. El capitán Aguilera acusaba a Damián Hernández de estar amancebado y de tener a Catalina «contra su voluntad». Aquella noche, tanto ella como Damián fueron detenidos e interrogados. Él alegó que no estaba amancebado, sino que en ese momento le entregaba su ropa a ella para que se la lavase. Y lo mismo decía Catalina: que el soldado le había traído un hato de ropa y un colchón para lavar, y que no habían dormido juntos, a pesar de haber sido hallados en la cama. Al respecto, Catalina insistía en que era él quien estaba tumbado, mientras que ella solo se encontraba sentada a su lado. Ambos negaron firmemente el amancebamiento y la realización de cualquier acto carnal. Y de haber sido forzada contra su voluntad o de tener una señal de esta violencia en su cuerpo, Catalina nada dijo ni tampoco mostró a los interrogadores. En un proceso de una rapidez inusitada, Damián Hernández fue condenado a no juntarse más con Catalina:
debaxo de tezado ni en parte sospechosa so pena de çien açotes e mas e condeno al dicho Damian Hernández en que pierda las armas con que sirve a su magestad e mas que pierda el sueldo que se le debe desde principio deste año de quinientos e cinquenta e nueve años e sea despedido del dicho sueldo desde oy dicho dia e aplico las dichas armas para gastos de justicia.
En suma, lo había perdido todo: su sueldo, las armas y la plaza. Mucho más que el mencionado Pedro de Samaniego, quien solo fue castigado a una privación temporal del oficio. Frente a él, Damián Hernández había arruinado su carrera por ese supuesto amorío, al habérsele aplicado, y a diferencia de Samaniego, la condena más dura que establecían las ordenanzas. Por esta razón, o quién sabe si diciendo la verdad, el soldado se decidió a denunciar al capitán Aguilera ante el conde de Tendilla, afirmando que ni había sido escuchado ni había recibido traslado del proceso, a la vez que alertaba del «peligro que se puede recrecer si su marido lo saber». Lo cierto es que no sabemos dónde estaba el esposo de Catalina, pero parece evidente que con esa alusión el soldado apuntaba los riesgos que de su mano podrían padecer él, Catalina o ambos, en cuanto tuviese noticia de lo ocurrido. Las semanas fueron pasando y Damián siguió intentando resolver el enredo. Apeló entonces la sentencia el 4 de septiembre, y entre los días 9 y 12 de agosto escribió una serie de memoriales donde ponía de manifiesto las ofensas, injurias y malos tratamientos que había recibido del capitán. Según el soldado, este le había agredido verbal y físicamente, incluso golpeado con el puño de la espada en la cabeza. No tenemos noticia de que estas quejas hayan surtido efecto ante el capitán general, pues ahí se pierde el rastro dejado por las actuaciones de Damián Hernández. Y en todo ello, una vez más, la dificultad de encontrar la voz íntima de la «amiga», que esta vez solo niega y calla.
3. A MODO DE CONCLUSIÓN
Pensar en el hombre de armas de la Monarquía Hispánica como un ser amado y a su vez amante tiene todavía un extraño encaje en la historiografía española. Y pensar en la mujer que de manera voluntaria, o bajo unas coacciones en ocasiones difíciles de atisbar, decidía compartir su vida con ese hombre es aún más complejo. Como siempre, la falta de fuentes nos obliga a ser cautos con la vida de estas mujeres que, además, no pertenecían a las élites sociales del Antiguo Régimen. A nuestro entender, no cabe otra opción que seguir investigando en detalle las Vidas de Soldados y las crónicas, seguir buscando en los archivos los testimonios de estas «amigas», para que mujeres como Brianda puedan esclarecer con sus testimonios cuál fue su papel en la historia, aunque esos testimonios no sean más que una breve sombra de sus experiencias y emociones como compañeras ilegítimas de los militares.
Con todo, hoy sabemos que muchas parejas amancebadas vivieron y viajaron con el ejército por los dominios de la monarquía. El escándalo, el alboroto, la indignación de las comunidades locales y, desde luego, los gastos que generaban, formaron parte de las preocupaciones de las autoridades militares españolas. De ahí que este tema ocupase un puesto relevante en la tratadística militar y que, desde su marco teórico, comenzase a construirse una imagen del amancebado opuesta en todo a la del Perfecto Soldado Católico; una imagen que resumía en su seno los comportamientos más indeseados del hombre de armas. Y esto, sin olvidar la implementación de una legislación militar, a través de las ordenanzas que, desde al menos el reinado de los Reyes Católicos, prohibía el amancebamiento. Pero, en la práctica, las necesidades sexuales y afectivas de los soldados parecen haber sobrepasado esos marcos teóricos, ideales y legales. Hombres como el capitán Samaniego estuvieron dispuestos a encubrir su relación, a usar a los hombres bajo su mando para hacerlo, a perder el favor, el sueldo y el mismo oficio a cambio de poder seguir al lado de su manceba.
Agradecimientos
Agradezco a los evaluadores sus valiosos comentarios, los cuales han ayudado a mejorar este trabajo. Esta investigación ha sido posible gracias a la ayuda JDC2023-050875-I, otorgada por el MICIU/AEI/10.13039/501100011033 y el FSE+. La publicación forma parte de las actuaciones de los proyectos, Protagonistas del Orbe: los soldados y las mujeres de los tercios como agentes de cambio cultural entre 1560 y 1630 (Fundación Séneca y la Agencia de Ciencia y Tecnología de la Región de Murcia, referencias 22516/PI/24 y 10.13039/100007801) y Del Mediterráneo al Atlántico. Circulación de Agentes, discursos y prácticas de intermediación en la Monarquía Hispánica (siglos XVI-XVIII) (PID2023-149854NB-I00, financiado por el MICIU/AEI/10.13039/501100011033 y los fondos FEDER-UE).
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Notas
[1] Los primeros apuntes sobre las formas de unión sexo-afectiva en los ejércitos españoles se pincelaron en , entre ellos algunos aspectos del amancebamiento.
[3] Relación de algunas cosas cumplideras, Biblioteca Nacional de España (en adelante BNE), ms. 12615, fol. 165.
[8] Ya para el siglo XVII, Ventura de la Sala y Abarca narra cómo varios militares son desposeídos de sus mandos por casarse con sus «amigas». Uno de ellos, al parecer, se volvió loco a raíz de que le quitaran su compañía de capitán por este hecho (), también hay casos concretos en el trabajo de .
[10] Ordenanza que de parte de su Majestad el rey D. Carlos I expidió en Salucia el Duque de Alba, virrey de Nápoles, a 1 de agosto de 1555 y Ordenanzas publicadas en Maaestreche a 1 de septiembre de 1568 cuando entró el Príncipe de Orange ().
[12] En este particular fragmento, responsabiliza de vigilar este asunto a los coroneles. Instrucciones expedidas en Badajoz en 1580 ().
[13] Ordenanza que de parte de su Majestad el rey D. Carlos I expidió en Salucia el Duque de Alba, virrey de Nápoles, a 1 de agosto de 1555 ().
[14] Para poner un ejemplo bien conocido, pensemos en el ejército español que en 1532 atraviesa el Trentino italiano, cuando se produce un reparto de pólizas que determinan que solo algunas mujeres pueden continuar su seguimiento a las tropas. Finalmente se producen expulsiones y una mujer, posiblemente embarazada, es ahorcada (; ).
[15] Ordenanzas dadas en Madrid a 1 de agosto de 1572 para el buen régimen y organización de la infantería alemana ().
[20] El nombre de campfollowers es habitual en inglés, no obstante, preferimos el uso mujeres del bagaje, que puede ser traducido a women of the baggage train, teniendo en cuenta que el término inglés implica que las mujeres siguen al campamento, y no son una parte íntegra de estas sociedades de campaña.
[22] Como siempre demuestra el caso de las mujeres del bagaje del ejército del Gran Capitán en Cefalonia ().
[24] Alonso de Sanabria, Comentarios de la Guerra de Túnez. BNE, ms. 1937. Agradezco este apunte a la profesora Cristelle Baskins.


