1. INTRODUCCIÓN
La tesis de este trabajo es que la obra de Elias Canetti (1905-1994) contiene el estudio interdisciplinar de dos fenómenos socio-antropológicos de contrapoder, la masa y la metamorfosis, y que estos revelan un pensamiento ético y social subyacente. Como demostración, se lleva a cabo una revisión de los principales conceptos canettianos, y un análisis relacional para dilucidar el papel que estos juegan en el conjunto del pensamiento del autor. Para este fin, la principal obra de estudio es Masa y poder (Masse und Macht, 1938-1960), a la que Canetti dedicó parte importante de su vida, pero también se atiende a otros textos menores del autor. En este sentido, el presente trabajo asume que el pensamiento de Canetti, si bien pretendidamente no sistemático ni formalmente filosófico, es unitario y coherente en el conjunto de su obra.
En el apartado segundo se lleva a cabo una presentación de los supuestos socio-antropológicos que rigen el pensamiento de Canetti y que permiten una mejor comprensión de sus ideas. Seguidamente se aborda la importante cuestión del poder, examinando sus dinámicas y las connotaciones negativas que tiene para Canetti, y se justifica que su existencia es sólo cuantitativamente dependiente del tipo de régimen político. El cuarto apartado está dedicado a la masa, concepto abordado con anterioridad por la sociología y la psicología, pero tratado con otras metodologías y perspectivas por parte de Canetti, con el fin de iluminar connotaciones socio-antropológicas no despreciativas. Finalmente, en el apartado quinto se aborda el difícil concepto de “metamorfosis”, y se argumenta que en el conjunto del pensamiento canettiano emerge como el principal mecanismo de resistencia efectiva contra el omnipresente sistema del poder.
2. SUPUESTOS SOCIO-ANTROPOLÓGICOS
Canetti parte de un principio antropológico rector: el miedo a la muerte (; ; ). No se trata originalmente de un miedo patológico, aunque puede degenerar hacia la patología; se trata de un miedo justificado por la realidad de la siempre presente amenaza de muerte como el enemigo absoluto de la vida. Según Canetti, desde tiempos primitivos y en todos los pueblos del mundo, los empeños sociopolíticos están destinados a la protección o al alivio frente a este miedo y esta amenaza. Se trata por tanto de un principio que gobierna por oposición: es el rechazo y la evitación de la muerte y del miedo que esta provoca lo que condiciona todo fenómeno humano. Desde las primeras asociaciones, las mutas, hasta los complejos sistemas parlamentarios, pasando por monarquías y tiranías, y por revueltas sociales y comunidades religiosas, toda actividad social y política humana es explicable según Canetti por el miedo a la muerte y a sus emanaciones.
En este esquema antropológico, tanto lo social como lo político están siempre atravesados por el poder y por la masa. Son las dos principales fuerzas históricas, los dos grandes fenómenos humanos que se distinguen por su opuesta manera de enfrentarse a la muerte, y por la complicada dialéctica que las relaciona. En general, el poder se opone a la masa y la masa se opone al poder; pero la masa permite resistencias que conviven con el poder, y el poder no deja de pretender la domesticación de la masa. Detrás de todo ello, o en paralelo, Canetti concibe sin explicitarla una ética de la empatía y de la creatividad, fines exclusivos del ser humano, como animal que desea algo más que la mera autoconservación ().
3. EL PODER
3.1. Dinámicas del poder
El poder (Macht) es para Elias Canetti un fenómeno vertical. Su principal instrumento es la orden (Befehl). La orden es original y esencialmente una amenaza de muerte (). Pero en las sociedades democráticas, en las relaciones profesionales o incluso familiares, la orden se ha “domesticado” () y toma formas más aparentemente inofensivas. Sin embargo, cuando se emite una orden siempre se está generando una situación de jerarquía, de distanciación anímica y de poder. El poder se fortalece con el cumplimiento de cada orden. En el mandado, cada orden ejecutada deja clavada un aguijón (Stachel) si y sólo si esta es cumplida (). Pero eludir órdenes no es fácil, como se verá, tanto por la amenaza de muerte que llevan implícita como por la “cautividad voluntaria” en la que la mayoría de personas se ha educado por la domesticación y la desnaturalización de las relaciones de poder ().
El poder no es por tanto para Canetti un fenómeno exclusivamente político. En la política, y sobre todo en el ejército, puede tomar sus peores formas, porque los aguijones que quedan clavados se acumulan, invisibles a los demás, pero dolorosamente perceptibles para el mandado (). El miembro de una jerarquía militar tiene un modo de liberarse de los numerosos aguijones que va recibiendo desde arriba: emitiendo a su vez órdenes hacia abajo (). Pero este siniestro sistema nunca permite al mandado liberarse verdaderamente de los aguijones, pues toda expulsión va acompañada de una nueva recepción. Por ello, y por la naturaleza externa y ajena del aguijón, el mandado no se considera responsable de las consecuencias de sus actos obedientes, cuando estos no se corresponden con su propio código moral, y se siente sorprendido e incrédulo ante el crimen cometido, en lugar de culpable (). El grupo militarizado se convierte así en una colectividad vertical y jerarquizada que autogenera estabilidad. Sus miembros sufren mejor los aguijones clavando otros en sus inferiores, aunque nunca se trate de una verdadera liberación. Los de abajo, sin embargo, los que no mandan sobre nadie, se encuentran en una situación de insatisfacción que sólo podrá revertir el ascenso de rango ().
Existe un segundo factor que da estabilidad al ejército: la existencia de un ejército rival. La masa bélica, degeneración de la masa pura, consigue mantenerse en el tiempo gracias a la convivencia y rivalidad con la masa enemiga (). Estas dos masas, instrumentalizadas y deformadas por el poder, con jerarquizaciones internas, sobreviven gracias a la dualidad amigo-enemigo, configuración que representa la esencia de la política según , y que para Canetti refuerza la estructura del poder y la figura en su cúspide, el superviviente.
3.2. Sujetos del poder: el superviviente
Los principales atributos del poderoso, según Canetti, son la supervivencia, la soledad, y la paranoia. El primer atributo tiene que ver con la actitud ante la muerte. El poderoso configura su poder sobre el sentimiento y los efectos de su supervivencia. La supervivencia es, para Canetti, no la mera conservación de la vida, sino la conservación de la vida cuando otros la pierden. Esta conservación contrastiva produce en el ser humano la “satisfacción de no ser uno mismo el muerto” (), y dicha satisfacción va siempre ligada a un inexorable sentimiento de soledad e individualidad, enfatizada por la masa de víctimas de la que no se forma parte. El modo en que el poderoso puede tomar el control de su supervivencia es matando él mismo: esta es su gran tentación, mediante la cual pasa a sobrevivir por elección propia y busca hallar la preciada sensación de invulnerabilidad (; ). Por ello, “para el poderoso, vencer y sobrevivir son una misma cosa”, y esta victoria es sobre todos los muertos, aliados o enemigos, porque “la sensación de fuerza que le produce haberlos sobrevivido es en el fondo más intensa que el pesar que pueda sentir por ellos”: “por el simple hecho de seguir con vida se siente de algún modo el mejor” ().
El segundo atributo del poderoso, resultado de sus relaciones con la muerte y con los muertos, es la soledad. El individuo aislado es casi siempre para Canetti alguien que pretende combatir a la muerte mediante el poder y las órdenes. La individualidad es peligrosa, porque “una soledad creativa capaz de ganarse la inmortalidad, solo es por su naturaleza una solución para muy pocos” (). El recelo de Canetti con respecto a las vidas solitarias tiene algo de clásico, aunque como más adelante se mostrará, concibe una cierta individualidad que puede resistir a la estructura de la orden sin ser atrapado por ella.
La descripción canettiana de la vida del superviviente tiene otro aspecto clásico, que se hace reconocible al recordar la caracterización que Platón hace del tirano en el Libro IX de la República, o en los lamentos de Hierón en el diálogo homónimo de Jenofonte. Para Canetti, los poderosos no conocen la amistad, y viven imbuidos de un miedo comparable al que ellos ejercen sobre los demás. Si bien mantienen a la muerte alejada matando, pues decretarla es su prerrogativa, los poderosos “no duran siempre; sus súbditos saben que también sus días tienen un fin, fin que podría incluso precipitarse” (). Por esta razón, “la sensación de estar en peligro es siempre muy vívida en el poderoso” (). La jerarquía que se organiza por debajo del superviviente funciona mediante el miedo y la amenaza que este emite junto con cada orden descendiente. Los afectados por las órdenes sienten la creciente molestia de los aguijones, y esta puede llevar a diferentes formas de rebeldía o conspiración, porque “una orden que amenaza con la muerte pero que al final no mata, deja el recuerdo de la amenaza” (). El poderoso lo sabe, e incrementa la violencia, pero con ello su propio miedo también aumenta. “Es en la fuente misma de la orden, en aquel que imparte órdenes por iniciativa propia, que no las recibe de nadie y que, por así decirlo, las genera, en quien se concentra al máximo el miedo a dar órdenes” (). Pero no por ello deja de darlas, pues no sabe ni puede hacer otra cosa. En esta degeneración solitaria, el poderoso se vuelve paranoico, y ve en cualquier otra forma de supervivencia una amenaza a su posición ().
Canetti ilustra el tercer atributo del poderoso, la paranoia, a partir del caso real de Daniel Paul Schreber. Para Canetti “la paranoia es, en el sentido literal de la palabra, una enfermedad del poder” (), y el hecho de que en el caso de Schreber “el enfermo no llegara a ocupar nunca la monstruosa posición que tanto ambicionaba”, no resta valor a su testimonio (). Aunque su situación no sea de poder fáctico ni esté realmente amenazado, el poderoso vive en “un incesante desenmascaramiento de los enemigos” (). Con esto se hace más visible que las formas más atenuadas de poder, incluso las formas más aparentemente inofensivas, tienen algo del paranoico violento y temeroso. Canetti no deja de insistir en que toda orden “no es otra cosa que una condena a muerte pendiente” (). Por ello, la tentación de combatir las amenazas de muerte encaramándose a su jerarquía, sobreviviéndolas y remitiéndolas, sólo puede llevar a la soledad y a la paranoia, es decir, a la ocupación del mismo sitio del poder que se pretende combatir, y así firmar la sentencia de muerte de los demás y, en último término, de uno mismo ().
3.3. Sujetos de poder: el parlamento
En los sistemas democráticos hay una suerte de contención del superviviente, si bien este siempre amenaza con aparecer dentro o fuera de la propia estructura parlamentaria. Para Canetti, el sistema parlamentario es la situación de poder desde la cual los poderosos pueden ser más fácilmente controlados, y que funciona mediante una hibridación de los fenómenos de la individualidad paranoica y de la masa. Sin embargo, no cabe duda de que para Canetti el parlamento es un lugar de poder, y el Estado democrático un contexto de jerarquías políticas y económicas, en el cual el sistema de la orden rige generando distancias y recelos, si bien esconde o reprime su esencia más funesta y su amenaza originaria. Así describe Canetti la estructura del poder en las sociedades no específicamente totalitarias:
Ciertas jerarquías firmemente establecidas en todos los ámbitos de la vida no permiten a nadie tocar a quienes están por encima de él, ni descender, salvo en apariencia, hacia los que están por debajo. Estas distancias están equilibradas entre sí de manera diferente, según cada sociedad. En algunas se hace hincapié en las diferencias de origen; en otras, en las relacionadas con la profesión o la propiedad. ()
En una sociedad democrática, por tanto, el sistema de la orden rige igualmente, si bien de manera más atenuada y contenida por no ser castrense, y genera distancias y recelos entre sus miembros en lo que Canetti llama el “temor a ser tocado” (Berühngsfurcht) (). En la cúspide de esta sociedad no se yergue el superviviente, sino una cámara parlamentaria. Como ha observado , Canetti tiene una concepción “agonística” del sistema parlamentario: “el bipartidismo del parlamento moderno utiliza la estructura psicológica de los ejércitos combatientes”, pero ambos bandos “combaten renunciando a matar” (). Tomando de Schmitt la oposición amigo-enemigo como la esencia de lo político, Mouffe parece ver en la concepción parlamentaria de Canetti la deseable transición desde lo antagónico a lo agonístico, esto es, desde la violencia e intransigencia a la confrontación sobre un espacio de encuentro (). En efecto, para Canetti el requisito fundamental de la actividad parlamentaria es la ausencia de la muerte:
Dentro del parlamento no puede haber muertos. Eso queda muy claramente expresado en la inmunidad del parlamentario (…). El sistema parlamentario funcionará mientras se mantenga dicha inmunidad. Y se desmoronará en cuanto alguno de sus integrantes se permita contar con la muerte de cualquier miembro de la corporación. Nada es más peligroso que el ver muertos entre estos vivos. Una guerra es una guerra porque cuenta con muertos en su resultado. Un parlamento solo será parlamento mientras excluya los muertos. ()
Por lo demás, sólo la exclusión de la muerte distingue al parlamento de la batalla y a los partidos de los ejércitos. Si bien “la masa de muertos queda fuera de juego” (),
la votación sigue siendo decisiva en tanto que instante en que se miden realmente las fuerzas. Es el vestigio del choque cruento, que cristaliza de diversas maneras, incluidas amenazas, injurias y una excitación física que puede llegar a las manos, incluso al lanzamiento de proyectiles. Pero el recuento de votos pone fin a la batalla. ()
Por tanto, la actividad parlamentaria es un fenómeno del poder, sólo que desde una retención o distanciamiento de la esencia mortal de este. Pero es la constancia del miedo a la muerte y sus amenazas lo que lleva a la transición del enfrentamiento violento al enfrentamiento parlamentario: “con cada una de las papeletas la muerte es, por así decirlo, descartada. (…) Quien juega con estos números, quien los borra o los falsifica, vuelve a dar cabida a la muerte sin darse cuenta” (). La muerte sobrevuela el parlamento como sobrevuela el resto de la sociedad. Las órdenes que descienden desde los órganos democráticos van cargadas de la amenaza mortal, si bien en forma reprimida. La esencia del poder permanece, aunque se haya sustituido la guerra por la actividad parlamentaria. Por ello, piensa Canetti, aún sin la posibilidad de un conflicto bélico, siempre queda el riesgo fundamental: la emergencia de un superviviente ().
4. LA MASA
4.1. Tradición demofóbica y caracterización canettiana
Se ha mostrado cómo, para Canetti, los miembros de toda sociedad mínimamente compleja viven con algún cierto grado de miedo, ya explícito ante amenazas de muerte desnudas, ya implícito entre jerarquías y órdenes suavizadas en el seno de los Estados de derecho. Se ha comprobado también que, en los sistemas democráticos, el parlamentarismo es un instrumento para evitar la guerra y la muerte, pero no para evitar el poder, fenómeno que el parlamento refuerza y del cual participa. Asumido, por tanto, que el sistema de la orden y las implícitas amenazas de muerte están presentes en cualquier sociedad jerarquizada, cabe preguntarse a continuación en qué consiste el concepto canettiano de “masa”, así como su papel sociopolítico en relación con el poder.
Canetti habla de la masa (Masse) en un sentido popular del término. Este sentido comparte las características de la expresión etimológica original, mâza, que en griego antiguo significa, como ahora en una de sus acepciones, un cuerpo informe y moldeable de harina destinado a la cocción (RAE, s.f. def. 2). La masa humana es por tanto una aglomeración física y sincrónica de personas, cuyas principales características son la homogeneidad, la densidad y la potencia de adoptar distintas formas y de realizar diversos fines ().
En este conjunto de atributos han coincidido los principales estudiosos de masas, mayoritariamente pertenecientes a una difusa pero rastreable tradición socio-antropológica, que ha sido justificadamente descrita como “demofóbica” (). Esta tradición ha consistido en una cierta mirada aristocrática en sentido intelectual que se halla ya implícita en las exigencias racionales de la antigua filosofía griega en cuanto al êthos del individuo mejor, y que se explicita en la naciente sociología decimonónica, en un contexto de recelo por parte de la burguesía intelectual ante las nuevas ideologías igualitaristas de la creciente clase trabajadora (). A principios del siglo XX se puede hablar, por tanto, de una tradición firmemente asentada de estudio de las masas desde un menosprecio racional en la cual Gabriel Tarde, Gustave Le Bon, Sigmund Freud y Ortega y Gasset son algunos de los nombres más ilustres. En general, esta corriente de sociología y psicología de masas ha atribuido a las multitudes otras características desde su perspectiva demofóbica, además de las mencionadas en el párrafo anterior. Son principalmente tres: la degeneración temporal de los caracteres (), el seguimiento y veneración de un líder () y la falta de libertad de sus miembros ().
Canetti no está en absoluto de acuerdo con esta triple caracterización. La distancia intelectual respecto de su objeto, propia de los estudiosos de masas anteriores, no está presente en un autor que ha sido felizmente llamado “the first autobiographer of crowds” (). La masa no es para Canetti ni algo ajeno ni algo esencialmente despreciable. Escribe Masa y poder, de hecho, marcado por su experiencia como parte casual de una masa que en 1927 prende fuego el Palacio de Justicia de Viena (). En ella descubre “lo grato que es entregarse a la masa” (), y esta vivencia le lleva a reprochar a los estudiosos de la tradición (especialmente a Freud) que en su trabajo se hayan “cerrado a la masa” ().
La masa es para Canetti, por tanto, un fenómeno espontáneo y radicalmente igualitario, pero también dinámico y volátil. Su punto álgido es la “descarga” (Entladung), término con el cual el autor describe el instante en que los integrantes de la masa se desprenden de los aguijones impuestos desde las jerarquías en que están imbricados, y por el cual dejan de estar sometidos y de temer al poder (). Así, a partir de la descarga la masa se convierte en una formación humana en la cual no tiene cabida el sistema de la orden y las amenazas que este conlleva. No puede haber órdenes dentro de la masa, ni liderazgos ni jerarquías. Al menos no en la masa genuina, como se mostrará más adelante.
Si bien las masas masivas hacen su aparición más visible a partir del siglo XVIII, para Canetti los fenómenos de masas existen desde que existe el ser humano, pues incluso los animales se unen en formaciones de naturaleza parecida. De hecho, la forma primigenia de la masa, a la que el autor llama “muta” (Meute), está basada en la manada de animales que cazan en igualdad (). Como se ha dicho, para Canetti la individualidad es por lo general peligrosa y extraña a la naturaleza humana. No parte de un hipotético estado natural de seres aislados, y tampoco concibe una distinción antropológica entre “hombres masa” y “hombres selectos” (), por la cual algunos individuos nunca formarían parte de una masa, mientras que otros lo son siempre aunque no haya aglomeración. La masa es por tanto un mecanismo antropológico de unión y homogeneización antiquísimo, que por su naturaleza se emplea desde sus primeras formas para llevar a cabo hazañas en común y para protegerse de las individualidades peligrosas.
La compleja caracterización que Canetti hace de la masa le lleva a la configuración de un extenso catálogo. Existen, en una primera clasificación según la intensidad de sus atributos fundamentales, masas abiertas o cerradas, rítmicas o retenidas, y rápidas o lentas; en una segunda clasificación según la dominante afectiva, masas festivas, dobles, de acoso, de fuga, de prohibición y de inversión. Estas últimas merecen mención especial, pues de entre las masas genuinas son las únicas cuya actividad es política, en el sentido de que pueden intervenir en el orden político. Se trata de las masas revolucionarias, que aspiran a invertir la jerarquía del poder, y cuyo ejemplo paradigmático es la toma de la Bastilla.
4.2. Peligros y limitaciones
En estas clasificaciones, los dos principales tipos de masa son la abierta y la cerrada. Se trata de la distinción fundamental para comprender las dinámicas de poder tanto de los parlamentos, como de los ejércitos y de las religiones. Canetti insiste en que la masa genuina, o “la masa propiamente dicha”, es la masa abierta (). La masa abierta es aquella que tiende a crecer enérgica y espontáneamente, y que no deja de hacerlo hasta que comienza a desintegrarse. La masa cerrada, en cambio, es mucho más duradera, pero al precio de ser menos numerosa y de tener un crecimiento limitado (). La masa cerrada consiste en una espera y en un estatismo, en una retardación del “estallido” (Ausbruch), fenómeno por el cual una masa cerrada se abre, y comienza así su crecimiento y por tanto su disolución (). La masa cerrada retarda el estallido mediante la lentitud y la repetición, y la pausada extensión temporal de que dispone permite la generación en ella de jerarquías internas. Esto es lo que ocurre en las grandes religiones, “que llevan en la sangre, por así decirlo, el sentimiento de desconfianza ante las insidias de la masa” (). Algo similar ocurre en los ejércitos, como ya se ha apuntado, que por su naturaleza multitudinaria tienden a parecer masas, pero que realmente son deformaciones de estas, corporaciones jerarquizadas bajo el mando de poderosos. El ejército nunca puede ser una masa abierta, esto es, una masa pura, de igualdad y espontaneidad interior (). Además, el ejército tampoco puede ser una masa única, si quiere verdaderamente perdurar; por ello siempre ha de formar parte de una masa doble. La excitación armamentística paralela, y de nuevo, la dualidad amigo-enemigo, son los hechos necesarios para que un ejército numeroso perviva en su forma de masa degenerada, esto es, en la forma de masa cerrada. Su duración, y también el riesgo de muerte que enfrentan sus miembros, hacen de la masa bélica la forma más corrupta e impropia de masa, y la más susceptible de ser instrumentalizada por el superviviente (). Este fenómeno de masas dobles ocurre también, como se ha visto, en la actividad parlamentaria, con dinámicas muy parecidas a las de la guerra, si bien con muchos menos peligros.
Por todo esto, las formas cerradas de masa no pueden ser en ningún caso fenómenos de contrapoder. Al contrario, o bien son formas sometidas al poder, o bien son formas del poder mismo. Sólo la masa abierta, es decir, la masa genuina, es un fenómeno de contrapoder, y lo es según sus atributos genéticos. La masa abierta siempre alcanza el momento de la descarga, y este momento es el que la constituye propiamente como masa (). Entonces rige dentro de ella la plena igualdad, y en sus miembros se da una verdadera “liberación de los lastres distanciadores” (). Nada puede el poder contra una masa abierta que ha llegado a su descarga; las órdenes no pueden penetrar en ella ni surgir en su interior, porque los miembros de la multitud se han vuelto invulnerables a los aguijones ().
Como fenómeno de contrapoder, no obstante, la masa abierta tiene una limitación igualmente genética: está destinada a la disolución (). Canetti lo explica del siguiente modo:
Sin embargo, el momento de la descarga, tan feliz y anhelado, lleva en sí su propio peligro. Adolece de una ilusión fundamental: esos hombres que de pronto se sienten iguales, resulta que no lo son en realidad ni para siempre. Cada uno vuelve luego a su casa y se acuesta en su propia cama. Conserva su propiedad y no renuncia a su nombre. (…) La masa misma, en cambio, se desintegra. Presiente esa desintegración y la teme. Solo puede subsistir si el proceso de descarga se prolonga en otras personas que se unen a ella. Solo el incremento de la masa impide a sus integrantes tener que cargar otra vez con el peso de sus lastres privados. ()
La masa solo ofrece una liberación pasajera de los aguijones, y por tanto una resistencia temporal contra el poder; por su parte, el poder pervive y espera fuera de la masa, y cuando esta se disuelve, subsume de nuevo a sus miembros en su jerarquía. Este destino fundamental de la masa, de hecho, es uno de los atractivos para los que ingresan en ella. Y es esta dinámica inexorable la que lleva a Canetti a la siguiente conclusión: “‘Libre’ es solamente el hombre que ha aprendido a eludir órdenes, y no aquel que solo después se libera de ellas” ().
5. LA METAMORFOSIS: EL FENÓMENO DE CONTRAPODER EFICAZ
La pregunta obligada a continuación es en qué consiste para Canetti aprender a eludir órdenes. En el Epílogo de Masa y poder el autor parece hacerse la pregunta a sí mismo, en un tono mucho más grave: “el superviviente es el peor de los males de la humanidad, su maldición y quizá también su perdición. ¿Será posible eludirlo en el último momento?” (). En la sentencia “eludir” vierte el verbo ausweichen, y en la pregunta el verbo entkommen. Si bien el primer uso traduce connotaciones más próximas a “evitar” o “evadir”, y el segundo a “escapar”, el sentido fundamental de ambos es el mismo, y se revela comprendiendo el papel de uno de los conceptos canettianos más oscuros y literarios: la metamorfosis (die Verwandlung).
En Masa y poder Canetti dedica muchas páginas al fenómeno de la metamorfosis. Sin embargo, es en “La profesión de escritor” (Der Beruf des Dichters), discurso posterior que se publicó como parte de La conciencia de las palabras (Das Gewissender Worte, 1975), donde aborda la cuestión con más claridad explicativa. La metamorfosis es el fenómeno por el cual un ser animado cambia de forma, y no es erróneo pensar en primer lugar en la recopilación de Ovidio o en otras obras mítico-literarias. En Masa y poder, de hecho, uno de los ejemplos en los que Canetti más se detiene es en el episodio de la pugna entre Menelao y Proteo, narrado en la Odisea (IX, 449-462). Menelao, un rey poderoso, quiere apresar al anciano del mar para sonsacarle información, pero Proteo se resiste. Su resistencia no consiste ni en la violencia ni en la huida, sino en la metamorfosis. Mediante esta lleva a cabo una sucesión de transformaciones, con las que pretende eludir las órdenes de Menelao, que sin embargo no renuncia a su presa, avisado como está por Idotea de las mañas del anciano (). Que Proteo finalmente se rinda al poder del atrida podría llevar a pensar que no se trata del mejor ejemplo de los méritos de la metamorfosis. Sin embargo, Canetti no para mientes en ello, y sigue describiendo otros casos de tradiciones no europeas, esperando que se haya comprendido lo que la metamorfosis debería ser con respecto del poder. Pues bien, en “La profesión de escritor”, Canetti prefiere centrarse en la metamorfosis como fenómeno literario y vivencial, y como objeto de conservación y transmisión de la literatura. En las sociedades jerarquizadas por las relaciones de producción, dice Canetti, “los escritores deberían mantener abiertos los canales de comunicación entre los hombres” (). Esta comunicación es “el único acceso real al otro ser humano” (), y ha sido descrito con “términos como compenetración y empatía” (1); sin embargo, añade Canetti, “por razones que no puedo enumerar ahora he preferido la palabra ‘metamorfosis’, mucho más presuntuosa” ().
¿Qué papel juega exactamente la metamorfosis en la literatura? El escritor, según Canetti, tiene la “condición de custodio de las metamorfosis” (). Más adelante añade: “la verdadera profesión de escritor consistiría, para mí, en una práctica permanente, en una experiencia forzosa con todo tipo de seres humanos, con todos, pero en particular con los que menos atención reciben” (). Si bien la del escritor no es para Canetti una profesión política, y si bien la metamorfosis no es una herramienta propiamente política, pasajes como este muestran que la metamorfosis como resistencia al poder es algo más que una mera elusión como la de Proteo, o como la del intelectual aislado del mundo que persigue alguna forma de libertad interior. De hecho, Canetti se permite asociar la noción de responsabilidad a la de metamorfosis, con un tono y una intención éticamente prescriptivos que no se encuentran en Masa y poder:
He dicho que sólo puede ser escritor quien sienta responsabilidad, aunque tal vez no haga mucho más que otros por acreditarla a través de la acción individual. Es una responsabilidad ante esa vida que se destruye, y no deberíamos avergonzarnos de afirmar que dicha responsabilidad se alimenta de la misericordia. Carece de valor si es proclamada como un sentimiento universal e indefinido. Exige la metamorfosis concreta en cada individuo que viva y esté allí. Y el escritor aprende y practica la metamorfosis en el mito y en las tradiciones literarias. ()
El escritor tiene por tanto una responsabilidad para con la humanidad, y esta responsabilidad puede realizarse mediante la metamorfosis literaria. Parece adecuado entender que las interconexiones humanas que así se establecen son lo contrario a la soledad del superviviente y a las relaciones de poder. Refuerza esta idea el hecho de que Canetti atribuye al poderoso la curiosa propiedad de la imposibilidad de metamorfosearse. Si bien el poderoso puede engañar, pretendiendo ser lo que no es, la simulación nada tiene que ver con el dinamismo y la fluidez de la metamorfosis (). Por ello, y como ilustra la figura de Menelao, un atributo del poderoso paranoico es la antimetamorfosis, esto es, el “incesante desenmascaramiento de los enemigos” (). Se demuestra así que el miedo del poderoso, al que ya se ha aludido más arriba, consiste en un miedo a las metamorfosis, y a la resistencia que esta ofrece contra el poder.
Es conveniente concluir este apartado relacionando la noción de metamorfosis con la de inmortalidad. Se ha insistido hasta aquí en la importancia socio-antropológica del miedo a la muerte, y en cómo el poderoso intenta evitarla aliándose con ella y matando. Se ha hablado también de la dificultad de resistirse al poder y a su aliada en soledad, sin conformar una masa. Pero se ha mostrado también, en cuanto a la metamorfosis, cómo el escritor puede emprender una tarea que, desde una cierta individualidad, puede conectar a las personas para llevar a cabo una defensa que no requiere la densidad de la masa. Si bien la búsqueda de la inmortalidad es casi siempre un atributo del paranoico, hay un cierto tipo de inmortalidad que Canetti considera aceptable y deseable, y esta es precisamente la que puede alcanzar el escritor. En Masa y poder Stendhal es el ejemplo dado, pero otros nombres, como el de Robert Musil, Karl Kraus o Franz Kafka podrían haber tomado su lugar. Stendhal representa, para Canetti, “la imagen diametralmente opuesta a la de aquellos poderosos que, al morir, arrastran consigo a todo su entorno a la destrucción” (): a través de su literatura, “sobrevivir ha perdido su aguijón y el reino de la enemistad puede darse por concluido” (). La búsqueda de la inmortalidad no tiene por tanto que ser destructiva. Hay una lucha contra la muerte que se puede emprender sin encaramarse al poder, porque “matar para sobrevivir no puede tener relevancia alguna para el escritor, pues no quiere sobrevivir en el presente” (). Lo que desea el escritor, por el contrario, es la “inmortalidad literaria” (). Esta inmortalidad es la única victoria duradera contra el poder y la muerte, la única que no es temporal ni se vale de medios violentos. Parece una conclusión segura, pues, que la metamorfosis es la vía para la inmortalidad literaria del escritor, así como para la fundación y mantenimiento de nexos empáticos que, a través de la “misericordia”, puedan llegar “a los que menos atención reciben”. Parece también probable que el aprendizaje para eludir la orden deba darse mediante la metamorfosis y la literatura, permitiendo estas tejer redes humanas de relaciones éticas horizontales en las cuales ponerse en el lugar del otro se muestre como el mejor instrumento para evitar la verticalidad del sistema de la orden. Con ello puede darse una respuesta a la preocupación que Canetti no deja de mostrar a lo largo de Masa y poder, y con la que de hecho terminan las últimas líneas de la extensa obra: “quien quiera ejercer algún control sobre el poder, deberá mirar de hito en hito y sin miedo la orden, y encontrar los medios para despojarla de su aguijón” ().
6. CONCLUSIÓN
En este trabajo se ha defendido que la masa y la metamorfosis son para Elias Canetti dos fenómenos de contrapoder, es decir, dos mecanismos socio-antropológicos de resistencia contra el sistema de la orden y sus perjuicios. Se ha argumentado además que estos dos fenómenos se relacionan de una manera muy distinta con el poder. La masa puede por un lado acabar sometida al superviviente, y por otro tiene en su forma más pura el inexorable atributo de la temporalidad. En cambio, la metamorfosis no tiene limitaciones temporales, y no puede degenerar en una forma susceptible de ser sometida al sistema de la orden.
Esto ha llevado a la conclusión de que la metamorfosis, como fenómeno antropológico, protohistórico y mitológico, pero también y sobre todo como fenómeno psicológico-literario, es la herramienta social e intelectual que según el pensamiento canettiano puede aportar una protección duradera y salvífica frente a la omnipresente amenaza del poder. Si esta conclusión es correcta, puede afirmarse que la interdisciplinar obra de Elias Canetti contiene un pensamiento ético e incluso sociopolítico implícito, y que este puede abrir la puerta a futuros análisis contrastivos con otras propuestas ético-políticas más célebres que durante el siglo XX han dominado el campo intelectual de los estudios de filosofía práctica.
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Notes
[1] No se emplea la palabra “principio” en un sentido cronológico, sino en el sentido del término griego arkhé: gobierno que determina y condiciona.
[2] Canetti utiliza esta expresión (freiwilliger Gefangenschaft) sin aludir al célebre Discurso de la servidumbre voluntaria (Discours de la servitude volontaire, 1576) de Étienne de la Boétie.
[3] El sistema de la orden, de su estabilización y de su aceptación, tal y como lo describe Canetti, recuerda poderosamente al esquema de clientelismo piramidal con el que La Boétie (vid. nota al pie 2) trata de explicar la servidumbre voluntaria que sostiene a las tiranías ().
[4] No hay constancia de que Hannah Arendt haya leído Masa y poder antes de escribir Eichmann en Jerusalén (), ni de que Canetti haya leído Los orígenes del totalitarismo (). Aunque Canetti apenas habla del Tercer Reich, él mismo reconoce que “en lo esencial, Masa y poder es un análisis del nacionalsocialismo” ().
[6] Esta actitud antropológica ante la muerte es bien retratada por Tolstoi mediante la voz narrativa del relato La muerte de Ivan Ilich (1886): “Aparte de las conjeturas sobre los posibles traslados y ascensos que podrían resultar del fallecimiento de Ivan Ilich, el sencillo hecho de enterarse de la muerte de un allegado suscitaba en los presentes, como siempre ocurre, una sensación de complacencia, a saber: ‘El muerto es él; no soy yo’” ().
[7] “Y el enemigo de la sociedad ciudadana es, por naturaleza, y no por casualidad, o bien un ser inferior o más que un hombre. Como aquel al que recrimina : “sin fratría, sin ley, sin hogar”. Al mismo tiempo, semejante individuo es, por naturaleza, un apasionado de la guerra, como una pieza suelta en un juego de damas” ().
[8] Si bien Canetti no da referencias para una posible conexión, es improbable que desconociera el texto platónico, y aunque así fuera, la coincidencia de la intuición psico-política de ambos pensadores bien merece ser observada. Platón afirma que los hombres tiránicos “no son en toda su vida amigos de nadie, sino que siempre son déspotas de alguno o esclavos de otro” (Rep. IX 576a2-4), y que por ello el tirano vive “henchido de miedo durante toda su vida y lleno de sobresaltos y dolores” (579e4-5). Otra semejanza reseñable y sorprendente es el uso metafórico que Platón hace de kéntron, habitualmente traducido por “aguijón” (Rep. IX 573a8, 573e5). En el mismo libro de la República, los aguijones son emitidos por las pasiones, que tiranizan al resto del alma. Si bien el tratamiento platónico de la concupiscencia no está en forma alguna presente en Canetti, sí hay un notable parecido en el hecho de que tanto el Stachel como el kéntron son dolorosas imposiciones de una instancia ajena con pretensiones de dominación.
[9] Tampoco mencionado por Canetti, en una línea platónica insiste Jenofonte en lo desdichada e hiperbólicamente temerosa que resulta la vida del tirano: “como aquella desazón que tenías entonces, tal es, o aún más terrible, la que sienten los tiranos, que, además, no sólo se imaginan tener enemigos frente a ellos, sino también por todas partes en torno suyo” ().
[10] En Memorias de un enfermo de nervios (), Schreber relata a modo de autobiografía los síntomas de lo que probablemente sería diagnosticado en la actualidad como un caso de esquizofrenia. En el culmen de su delirio, Schreber llega a creerse invulnerable, el preferido de Dios, e incluso el único ser humano vivo sobre la Tierra ().
[11] Acerca de la renuncia por parte de Canetti a estudiar explícitamente los totalitarismos y los dictadores del siglo XX como arquetipos del poder, y la relación de esta actitud con su distancia respecto del “mainstream intelectual” de su época, vid. .
[12] Theodor W. Adorno, pese a expresar recelos acerca de la metodología de Masa y poder, está de acuerdo con Canetti en que las sociedades no necesariamente totalitarias, estando atravesadas por el poder, incorporan en su sustancia la amenaza de muerte ().
[13] V. gr.: los aforismos de Heráclito sobre los hombres ignorantes (en ), las consideraciones políticas de Platón y Aristóteles acerca de hoy polloí (; ), las reflexiones epicúreas sobre la vida del sabio () o el “odi profanum vulgus, et arceo”, de .
[14] “¿Cuál es la invención, el descubrimiento, la iniciativa verdadera que se deba a este ente impersonal, la multitud? Se dirá: ¿Las revoluciones? Ni siquiera esto” ().
[15] “Las civilizaciones han sido creadas y han estado guiadas, hasta ahora, por una reducida aristocracia intelectual, jamás por las masas que no tienen poder más que para destruir” ().
[16] “El carácter ominoso y compulsivo de la formación de masa, que sale a la luz en sus fenómenos sugestivos, puede reconducirse entonces con todo derecho hasta la horda primordial” ).
[17] “En los motines que la escasez provoca suelen las masas populares buscar pan, y el medio que emplean suele ser destruir panaderías” ().
[18] Hay quien ha visto una poderosa influencia del psicoanálisis en la obra de Canetti, pese al rechazo del pensamiento freudiano que este exhibe: .
[20] “Quienes reciben muchas órdenes y están por tanto llenos de esos aguijones, sienten un poderoso impulso a deshacerse de ellos. Y tienen dos maneras de hacerlo. Pueden transmitir hacia abajo las órdenes que han recibido de arriba; aunque para eso tiene que haber, claro está, inferiores dispuestos a recibir órdenes de ellos. Pero pueden también devolver a sus superiores lo que durante largo tiempo han venido soportando y sufriendo por su culpa. (…) Esa masa, cuya descarga consiste principalmente en una liberación colectiva de ‘aguijones-órdenes’, deberá ser designada como masa de inversión.” ().
[21] Canetti se refiere aquí a la masa abierta, la que surge con el estallido que implica el fin de las repeticiones jerárquicas y ordenadas propias de la religión.
[22] “La más segura y, a menudo, única posibilidad de conservarse es, para la masa, la existencia de una segunda masa a la cual pueda remitirse” ().
[23] Como el propio Canetti admite, el hecho de no considerar al ejército una masa en el sentido pleno de la palabra es uno de los principales rasgos que le distancian de Freud (; ).
[24] “En ninguna parte se siente más libre, y si tan ardientemente desea seguir siendo masa es porque sabe lo que le espera luego. Cuando retorna a sí, a su ‘casa’, vuelve a encontrarse con todo, imitaciones, cargas y aguijones” ().
[26] Olivier Agard también ha visto en la explicación canettiana de la metamorfosis literaria la base de un pensamiento ético propio: “Pour Canetti, la littérature est un lieu d’élaboration et de mise en œuvre d’une telle éthique alternative à la logique de la puissance et ouverte sur la métamorphose” ().
[28] En este mismo sentido apunta Ritchie Robertson: “people with this capacity [of transformation] are not confined to the prison of the self and are not obliged to escape from it into the crowd” ().
[29] En una conversación radiofónica del año 1983 Canetti hace la siguiente reflexión, poderosamente iluminadora, sobre el papel de un escritor como Kafka ante el poder en sus formas más cotidianas: “Kafka described in his work every possible form of humiliation, of fear of power, of avoidance of power, and by doing that he has shown power in a much fuller way than we usually think of it. When we say ‘power’ we just think of a strong person exerting power and what this power looks like, but we tend to forget that power is displayed in a number of situations all the time in our lives, not only politically or in dramatic events. If one wants to know what power really is, one can’t refer to the great stormy things, to thunder and lightning or the things treated in history, one has to show it in everyday life, in hundreds of different situations, and these situations Kafka not only explored. I think he felt them” ().


