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El espíritu de la esperanza

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  • Erika Sánchez- Jordan+−
Erika Sánchez- Jordan
UNAM
Mexico
https://orcid.org/0009-0004-2607-200X
Vol. 44 Núm. 2 (2025), Recensións
https://doi.org/10.15304/ag.44.2.10372
Recibido: 2025-01-03| Publicado: 2025-11-10
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Sánchez-Jordán: HAN, Byung-Chul (2024). El espíritu de la esperanza. (Traducción de Alberto Ciria), Barcelona: Herder, 144 p.

Sumario

    Los efectos de las turbulencias e incidentes sociales cargados de dramatismo son percibidos en la actualidad por los sujetos como estímulos para la proliferación de profundos temores y angustia. En este sentido, el autor coreano Byung-Chul Han presenta su último trabajo titulado El espíritu de la esperanza, destacando en primera instancia la presencia de un fantasma que recorre el mundo: el miedo. Resulta indudable que, en los últimos años, la sociedad ha vivido hechos históricos que logran influir en la construcción de su propia narrativa: pandemias, catástrofes climáticas y guerras, que hasta el momento continúan su curso y cuyos efectos permean al ser humano causando miedo. El futuro se torna incierto y difuso, no hay más esperanza; pues como dice el autor: “de tantos problemas por resolver y de tantas crisis por gestionar, la vida se ha reducido a una supervivencia” (Han, 2024, 7).

    La influencia del miedo se manifiesta en el terreno político como la preferencia de la sociedad por las corrientes de derechas que, sin más argumentos, optan por la mano dura para castigar y resolver cuestiones que ponen en peligro la existencia de la sociedad. Por ende, la democracia se torna en un espejismo que poco a poco se desvanece. El autor coreano considera que el miedo provoca el entorpecimiento social y, por tanto, ralentiza el desarrollo de la democracia hacia ese ideal de las mayorías que deciden por el bien común, y donde las comunidades se protegen entre sí con el propósito de alcanzar el bienestar y la felicidad. De ahí que la esperanza se relaciona con el miedo de manera dialéctica, pues el miedo conlleva a la desesperación y sin esta última no podría descifrarse la esperanza. Es decir, la esperanza es motivada intrínsecamente por la desesperación y el miedo; en otros términos, requiere de la negatividad. Así, la esperanza implica igualmente la búsqueda incesante del cambio y de un nuevo rumbo para poder abandonar el miedo y sus derivados.

    El autor inicia el primer capítulo, titulado “Esperanza y acción”, abordando las significaciones de la esperanza desde diferentes perspectivas filosóficas. Es así que Byung-Chul Han se enfrenta al punto de vista de Camus, quien sostiene que la esperanza es una forma de resignación. Pero el coreano dice que esto es una interpretación limitada, pues la esperanza, lejos de resignarnos, es el antídoto que nos obliga a perseverar. La esperanza ya no solo es pasiva, sino que es reconocida como acción, pues es aquel estado espiritual que contiene una dimensión activa hacia aquello que queremos; pero sobre todo nos inspira a lo nuevo y nos impulsa a actuar, siendo esto parte de la idea central de su trabajo. En este sentido, se debe señalar que la esperanza apunta hacia un horizonte desconocido pero lúcido, para el que es menester desvincularse de todo tipo de avance tecnológico o del propio capital, pues los consumidores no tienen ninguna esperanza, únicamente deseos y necesidades. Por ello, dice el autor que la esperanza le da un brillo especial al mundo: lo ilumina y lo amplía. La esperanza es acción, pues tiene el poder de transformar la vida alejándose de cualquier deseo material ominoso.

    Señala Han que la esperanza tiene un núcleo activo, y que su dinámica motiva y alienta nuestros actos y al mismo tiempo los prevé y presagia; pues la esperanza se relaciona con el futuro, vislumbrándolo como el futuro ideal de los sujetos. Dicho núcleo activo es el propio espíritu de la esperanza. Este último estimula el cambio y el movimiento, y el autor se aventura a decir que la esperanza impulsa la evolución de manera inconsciente. La esperanza se entiende entonces como el resultado de un vaivén que se gesta desde la negatividad, desde la desesperación, de manera que cuanto más profunda y obscura sea esta, más intensa será la esperanza. Esto último es identificado por Han como la dialéctica de la esperanza, pues sin la presencia de la desesperación no existiría más que el optimismo.

    Entre los autores con quienes Han debate destaca Hannah Arendt. Esta no termina de identificar la relación entre la acción y la esperanza, ya que para ella la esperanza no es esencial para la acción; a saber, atribuye la esperanza del hombre como resultado de la acción y no a la inversa. Además, Arendt agrega que en el propio actuar no es relevante la esperanza. Empero, dice Han que Arendt no se da cuenta de que el motor de la esperanza es la acción. Por ello, “el espíritu de la esperanza inspira e infunde una pasión por lo nuevo. De este modo la acción pasa a ser una pasión” (Han, 2024, 36).

    En el segundo capítulo se aborda el tema del conocimiento y la esperanza, esbozando de manera breve la relación de la esperanza y el pensamiento. Del pensamiento se indica que posee una dimensión entrelazada con los sentimientos, pues pensar no solo implica ser inteligente y saber calcular de forma rápida; el que piensa no es inteligente: el pensamiento es aquello que nos abre las puertas a lo totalmente distinto. Así, Han rescata lo dicho por Deleuze: “Quien piensa es un idiota” (Han, 2024, 53). Y así es; todo aquel que pueda iniciar de nuevo, todo aquel que tenga esperanza, será un idiota. Además, la esperanza y el conocimiento convergen, pues el pensar no implica, ningún tipo de represión de nuestras pulsiones, sino todo lo contrario: es menester el amor y la dedicación que lo oriente.

    El pensamiento no es un proceso puramente intelectual, sino que incluye una disposición afectiva. De acuerdo con la noción platónica, “el amor es constitutivo del conocimiento” (Han, 2024, 54). Siguiendo este sendero, Han logra reconocer que la esperanza, al igual que el amor, genera sus propios conocimientos, y la mayor diferencia entre amor y esperanza es que la esperanza se sitúa en el territorio de lo desconocido, de lo que no es y de lo inexplorado. Así, resulta valiosa la concepción de Han sobre el pensamiento y la esperanza pues “el pensamiento de la esperanza desplaza el interés cognoscitivo desde el pasado hacia el futuro, desde lo sido hacia lo venidero, y opone al ya de siempre, como temporalidad de la esencia, el todavía no” (Han, 2024, 61). Es así que la esperanza se articula sobre el camino del conocimiento hacia lo que aún no ha llegado, lo trascendental, sin titubear en el pasado y siempre dirigiéndose hacia el futuro.

    En el tercer y último capítulo, Han plantea una cuestión fundamental: ¿puede la esperanza convertirse en una forma de vida? Para abordarla el autor vincula la angustia con la esperanza, dado que la angustia es un estado mental común en la sociedad contemporánea. La angustia no se manifiesta por algo en concreto, al igual que la esperanza; ambas se identifican como modos ontológicos básicos que nos enfrentan a lo incierto. Sin embargo, la angustia, como revela Heidegger, es un estado ontológico que solo puede superarse desde el yo. La esperanza, en cambio, se presenta como el aliciente del ser humano, aquello que lo motiva y lo moviliza a navegar por lo desconocido y venidero –lo nonato dice Han– mientras la angustia se repliega en la esencia, en el yo, en la muerte.

    En el contexto actual, como es sabido, el neoliberalismo –como forma superior del capitalismo– persiste y continúa avanzando. En este orden de ideas, la concepción heideggeriana triunfa en su noción del ser como sujeto aislado, y la angustia se devela como el estado de ánimo que acompaña al ser en esta profunda y prolongada crisis, estimulando la ruptura de la cohesión social y minando la mancomunidad, como menciona el autor. Estos factores se conjuntan formando un panorama difuso que para muchos es imposible abatir. Es la execrable alienación, la individualización extrema y la competitividad en lugar de la cooperación, así como la superficialidad de las relaciones, lo que daña el tejido social contemporáneo. Tal tejido resulta caracterizado por una analítica existencial, en la que la existencia se manifiesta como una carga muy pesada e insoportable que descompone y omite la orientación hacia un futuro más brillante. Pero en este panorama sombrío hay posibilidad de sostenerse por medio de la diligencia amorosa y la esperanza. Dice Han que esto es el consagrarse al otro con amor y afecto. De este modo la angustia se podrá superar mediante lazos sociales de cooperación, pues el centro de tales lazos no es el yo sino el otro.

    La inmanencia del yo en nuestros días representa una alternativa de la que se puede prescindir en los terrenos de la existencialidad; así, la esperanza se presenta abierta a todas las posibilidades venideras infringiendo las normas y valores neoliberales. Han presenta su trabajo desde la desesperación, obscuridad y pesadez del contexto actual, y nos invita a resistir esa lógica neoliberal para recuperar el sentido de comunidad, siendo la esperanza esa luz que guía y orienta el devenir. No solo se trata de un pensamiento o un deseo, pues la esperanza es más que una ilusión, ya que logra trascender hacia lo venidero con amor y se proyecta sobre lo que aún no ha nacido. Es esa luz que dirige la existencia hacia la acción y a un estado más llevadero en el vaivén contemporáneo. En este sentido, vale la pena plantearse que la esperanza deberá ser cultivada entre los sujetos, pues solo así la existencia se abrirá hacia la idea de sociedades solidarias donde la comunidad sea el motor del cambio dirigido hacia un mejor futuro.

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