0. ADVERTENCIAS INICIALES
Desde que Stolerdijk publicó en 1986 su Crítica de la razón cínica es habitual señalar la diferencia que existe en el modo en como nosotros hoy entendemos el término cínico y como se comprendía en el inicio de la escuela cínica. Estoy convencido de que la historia de este cambio no se inicia en el XVIII tal y como sugirió , sino que es un cambio gradual que comienza en el Renacimiento y toma cuerpo en el XIX, pero no quiero hacer aquí ninguna proclama exegética y tan sólo deseo constatar lo que resulta innegable: para nosotros el término cínico se define de la mejor manera al modo de cuando afirma que nuestra situación hoy es cínica en la medida en que sabemos lo que está mal, pero aún así lo hacemos. En nuestros días el cínico es el que tras un análisis crítico de cualquier situación, esboza una media sonrisa, se encoje de hombros como si nunca hubiera remedio y sigue haciendo lo que su análisis le ha dicho que no está bien. Sabemos que no poca de la ropa, los alimentos y los móviles que usamos están hecho con un sufrimiento cuasi esclavista, pero ¡qué le vamos a hacer! Por el contrario el cínico «clásico» al ver algo que su pensamiento crítico ha rechazado prorrumpe en una carcajada, cuando no un insulto, y lo rechaza de plano absteniéndose de participar en ello aun a riesgo de, como sucedió en su día, vivir en la pobreza y la exclusión.
El cínico antiguo es un moralista estricto y no deja de ser interesante el modo en como cambió de significado la palabra permitiendo evitar el duro entrenamiento que la labor cínica suponía a fin de no entrar en contacto y rechazar tajantemente lo que se piensa que no es correcto. En cualquier caso no voy a hacer aquí un trabajo de historia de las ideas –que no deja de ser tan interesante como esclarecedor para entender nuestro presente– y me vale con señalar que voy a usar la doctrina cínica original; aún más: mi idea es utilizar a Diógenes, Crates e Hiparquía, el denominado cinismo más estricto, y participar lo justo de las ideas de Antístenes, quien se suele tomar como el iniciador de este movimiento, así como tratar de evitar al cinismo más «blando» que comenzó con el mundo latino.
Vayan como segunda advertencia mis disculpas: no soy un buen conocedor del campo de la filosofía antigua ni ducho en ella, pero me parece que el cinismo puede abrir una ventana de aire fresco ante nuestro confundido, que no confuso, presente e invitar a recoger algunas sugerencias del pensamiento cínico es lo que aquí pretendo; por ello doy por supuesto que se me concederá que para una invitación tal no he de ser un excelente conocedor de la filosofía cínica. Añadamos a esta segunda advertencia el hecho claro de que no sabemos nada con seguridad y de modo fiable de la doctrina cínica pues no se conservan escritos de la misma de cierta entidad y nuestro acercamiento a los héroes cínicos es a través de lo que nos cuenta Diógenes Laercio en su Vida de los filósofos unos quinientos años después de que quienes instituyeron la escuela cínica (Antístenes, Diógenes, Crates e Hiparquía) hubieran muerto. También se suelen usar otras citas de fuentes en las que no hay garantía última de fiabilidad pues suelen mezclar lecturas estoicas del cinismo cuando no admiraciones del primer cristianismo por lo que se dice que dijeron Crates o Demócrito. La ausencia de fuentes fiables se ha tomado en la exégesis cínica como un hándicap remediable en la medida en que el análisis detallado puede limpiar y contrastar los dichos cínicos que se nos han transmitido (y dígase aquí que el cinismo es en buena medida una filosofía de dichos).
1. ALGUNOS ELEMENTOS DE LA DOCTRINA CÍNICA A TENER EN CUENTA ANTES DE COMENZAR
Como dije anteriormente, mi ánimo no es hacer exégesis del mundo cínico, sino tomar su ejemplo, aprender de semejante propuesta de vida; con todo, creo que es conveniente recordar –siquiera de modo sucinto– algunas de las líneas de prédica y entrenamiento cínico para poder situarnos ante un movimiento tremendamente olvidado ya. He dicho prédica y entrenamiento y ello es así porque el cinismo es más bien una propuesta de modo de vida que se elabora con la propia vida itinerante del peregrino cínico, una vida que no para nunca de entrenarse para no perder la elasticidad y fuerza moral para llevar a cabo sus propias exigencias de virtud.
En primer lugar se debe señalar su apuesta por la naturalidad, por nominar de tal modo el convencimiento de que el retorno a la naturaleza es la única manera de vivir conforme a la virtud (tomando la ya clásica distinción sofista entre nómos y physis): solo debemos sentirnos obligados y condicionados por las necesidades naturales. Diógenes rompe su escudilla cuando ve beber a un niño con sus manos, el uniforme del cínico es simplemente un manto que por la noche se enrolla y sirve de arropo, la vida es dadivosa cuando nos ofrece un plato de lentejas, afirma Crates..., en fin, las necesidades han de ser las precisas que la naturaleza impone porque sólo así minimizamos lo que nos obliga y podemos adquirir libertad y no dependencia. Vivir de acuerdo con la naturaleza es la única manera de ser feliz y por ello el primer imperativo cínico consiste en deshacerse de las necesidades que no sean las necesarias para poder caminar por la vida, de servirse de lo mínimo necesario e imprescindible («bastarse con lo que se tiene a mano» es una repetida máxima cínica). La búsqueda de la autosuficiencia, de la autarquía es lo que permite la apátheia y la ataraxia o imperturbabilidad que las escuelas helenísticas tomaron para sí de una manera u otra; por ello la opción es una vida de pobreza, de tener lo menos posible y consumir lo mínimo: se duerme en una tina y toda la posesión que se celebra es la de un manto, un zurrón y un cayado (sin consumo no hay mejor manera de marginarse de las convenciones no naturales con las que se funda una sociedad a la que se pretende insultar y educar). Aun así, Diógenes presume de ser más rico que el emperador persa pues, como él, pasa el verano en Corinto y el invierno en Atenas (en una cueva, es verdad, pero tiene también las mismas vacaciones).
En segundo lugar hay que decir que esa naturalidad supone también corporalidad. No sólo que el cínico exprese claramente las necesidades naturales de su cuerpo, sino que vive-actúa-predica con su cuerpo. Crates saca de la depresión a su cuñado devorando varios platos de lentejas y pedorreándose posteriormente en una reunión de elevados espíritus, Hiparquía se exhibe desnuda sin ninguna vergüenza a fin de rebatir las dudas sobre su capacidad intelectual por ser mujer; no son escasos los sucesos en que la argumentación se apoya en la actuación corporal, en el teatro que con el cuerpo se desarrolla.
En tercer lugar, aunque quizá debiera ser lo primero que hubiera que reflejar, pues es lo que les granjeó la fama que les hizo hundirse en el olvido, hay que señalar su decidida franqueza de palabra, su reputada insolencia o, de modo más generoso, la apuesta por la entera libertad de palabra; es la parresia que encandiló al ultimísimo Foucault. No callan ante nada ni ante nadie. Son sinceros ante Alejandro si les quita el sol o ante el mundo entero si en las escaleras del templo les apetece tener relaciones sexuales. La apuesta cínica por la parresia, por la insolencia, es la que conduce a una vida perruna (cínica): sin aidos o vergüenza, lo cual en Grecia era fundamental para comenzar la vida social. Hablar «natural», de acuerdo a la naturaleza, es hablar sin filtros culturales, sin vergüenza.
En cuarto lugar no se puede olvidar el primer lema cínico: «falsificar moneda». Con tal divisa se ponen en solfa todas las asunciones éticas, políticas o religiosas, todos los convencimientos y asumidos creados por la cultura para sobrellevar, oponerse o modificar –dígase aquí lo que se prefiera– la vida pegada a la naturaleza. Todo lo que no se remite directamente a la naturaleza nos presenta necesidades superfluas que no generan sino infelicidad (en un convencimiento cuasi schopenhaueriano de que nos llevan a un consumo continuo que no se satisface jamás). No debemos olvidar que Diógenes se allegó a la filosofía tras un problema legal que tenía que ver con la falsificación de moneda; puesto que estamos con un falsificador de moneda, estamos con alguien que no toma en serio absolutamente nada, que no cree en ningún concepto ni término convenido (y lo son todos excepto los pegados a nuestra desnuda vida natural). Esto es lo que lleva al cínico a ir en contra de todos, a entrar en el teatro, como hace Diógenes, cuando todos salen pues «es lo que me he esforzado en hacer toda mi vida» (DL VI 64).
Si unimos la faceta de falsificador con la decidida corporalidad de la doctrina cínica tenemos, en quinto lugar, algo muy propio de su modo de explicación: nos quedamos sin argumentación día-lógica. Realmente no hay palabras más allá de las que se puede mostrar en un ejemplo vivencial. Es el momento del célebre «la mesa y el vaso los veo, Platón; pero no veo la meseidad ni la vaseidad» (DL VI 53) o de la negación de una proposición con la mera acción sin palabras (v.g., ante la definición de que el hombre es un bípedo implume la contra-argumentación es simplemente soltar delante de Platón un gallo desplumado). Sin moneda «legal» perdemos las definiciones fiables, el diccionario que respalda los significados y conceptos y nos quedamos ¿con qué? Para lo que aquí va a interesar sólo nos resta el ejemplo que no es sino la vida que dice lo que es ser cínico. En este sentido, cuando se trata de hablar, de argumentar, de defender una postura o poner en duda una creencia, el cínico simplemente hace, actúa. Quizá por ello su prédica se establece en el peregrinaje, en no poseer una casa fija (un diccionario, un acuerdo donde reposar).
Seguramente por esto que acabo de mencionar, y dígase en sexto lugar, los cínicos son cosmopolitas; y lo son porque son errabundos sin descanso y no porque como en el caso de los estoicos (hijos de los cínicos, pero algo más «serios») crean que hay algo así como una humanidad que a todos nos una (y aúne). El cínico se declara ciudadano del mundo pues está convencido de que la polis, propia del nomos, es el lugar donde se traiciona la virtud () a la que se llega sencillamente con seguir a la naturaleza. El deambular cínico en general no entiende ni de guerras ni de naciones ni de constructos éticos y políticos; ni quiere entender: por eso Diógenes se proclama cosmopolita, porque iba «sin ciudad, sin hogar, privado de patria, misero, errante, mendigando el pan de cada día» (DL VI 38). Esto implica, no lo olvidemos, que no es ciudadano de ningún país o ciudad, pero también que es ciudadano del cosmos, de un universo que compare con todos los humanos sin excepción de sexo raza y con otros seres vivos con los que entiende que forma una cadena común (DL 69).
2. ANTES DE SEGUIR NO OLVIDAR EL DEVENIR DEL CINISMO
Los motivos cínicos se pueden rastrear de un modo claro en el estoicismo, amén, aunque de manera algo menos clara si bien no oscura, en el mundo del escepticismo y del epicureísmo. Habitualmente se aduce, y creo que con no escasos motivos, que las escuelas helenísticas buscaban el apoyo de Sócrates y se retrotraían al maestro a través de Antístenes a quien llegaban vía Diógenes (linaje que no deja de ser ficticio pues a pesar de las anécdotas contadas parece que Antístenes no fue maestro de Diógenes y que su relación con Sócrates es más bien ocasional). Dejando aparte este deseo de buscar un origen con pedigrí, lo cierto es que el esfuerzo por alejarse de las necesidades que no fueran naturales daba hilo para coser tanto el estoicismo como el epicureísmo y, qué duda cabe, el deseo de poner en solfa cualquier creencia o dogma cultural no estaba muy lejos del escepticismo. Con todo, el cínico es algo más radical o por lo menos más escandaloso y su insolencia, su falta de aidós, no casaba en absoluto con la urbanidad estoica que es, en definitiva, quien se hizo con la mayoría de los motivos cínicos de un modo claro.
Estoy seguro de que la diferencia fundamental se origina en el escándalo que propicia el cínico con su falta de vergüenza. A fin de urbanizar al cinismo y sacarle, también, de la mera predica con el ejemplo que rehúye toda discusión de calidad, el mundo estoico desarrolló una mayor complejidad teórica de todos los motivos cínicos. Sin dejar de tener en alta estima el valor moral de Diógenes, se limaron sus insultos y procacidades para que pudiera entrar en una fina asamblea (¿alguien se imagina a un pordiosero descalzo en un banquete?). Ello no fue sólo un cometido estoico pues sin ninguna duda se puede afirmar que todos los pensadores, al menos hasta la Ilustración, alabaron en la figura de Diógenes su alejamiento de los deseos y las pasiones, su vida morigerada, su temple y fortaleza ante las tentaciones del lujo y los placeres; pero no pudieron admitir que tal se lograra a base de no disimular ante nadie ni las necesidades de Deméter ni las de Afrodita.
Los primeros pensadores cristianos fueron de modo partisano admiradores de la escuela cínica, tanto de la griega original –y dura– como de la latina –algo más acomodada y contemporizadora–, pero decidieron no mencionar las actitudes cínicas más escabrosas. Del mismo modo ya en el Renacimiento, de la mano de Montaigne, Pascal o Bayle se desea recuperar la franqueza, no consumo y deseo de autarquía cínico, pero hay mucha incomodidad con su «naturalidad» corporal (Cfr. ). En la Ilustración el deseo de revolucionar el mundo social se acrecentaba con la lectura del mundo cínico si bien se estaba en contra de su poca habilidad social y, por decirlo así, disgustaba la dificultad de introducir a un cínico en un salón, por decirlo así (); pensemos sin ir más lejos en la «incomprensión» que provoca el sobrino de Rameau o simplemente recordemos que Rousseau fue calificado de cínico –si bien de manera bastante incorrecta–. En este sentido creo que tiene razón Shea cuando afirma que a pesar de su posición marginal en la historia del pensamiento los cínicos han ofrecido un legado largo a Occidente en el Renacimiento y la Ilustración pues, en definitiva, «mucho del interés generado por el cinismo en el siglo XVIII y en el XX deriva de las tensiones internas por buscar un lenguaje apropiado para comunicar la crítica social (¿Cuánto de la mordacidad del cínico se puede y se debe utilizar?) y de la necesidad profundamente sentida por los filósofos de una base ética desde la que comprometerse con la crítica» (). La cuestión problemática siempre fue la misma: al purgar al cinismo de sus trazos más soeces (al urbanizarlos) resulta que el mundo cínico aparece como una pequeñez al lado de Sócrates o del estoicismo y, más importante, al pulirlo de tal modo se pierde lo que era en último término el cinismo, a saber, un modo de vida, que toma como elemento fundamental de la propia identidad la parresia y la corporalidad y que, para lo que aquí interesa, sólo sabe hablar con el ejemplo.
Suavizar el desprecio insultante de los modos de vida más comunes es lo que terminó llevando a nuestra comprensión actual del término cinismo. El proceso por el cual el cínico clásico se convirtió en nuestro cínico contemporáneo fue largo y no es este lugar para desarrollarlo, pero, en esencia, se constituyó bajo el convencimiento –creo que bastante comprensible– de que en la medida en que resulta imposible en una sociedad civilizada seguir el entero ejemplo cínico que precisamente ataca todo elemento de civilización, nos pueden ayudar en el señalamiento de lo que está mal, pero sus remedios nos son tan exigentes como vergonzosos; así, pues, con una sonrisa cínica aceptamos eso que está mal y aun sabiendo que está mal, lo seguimos haciendo (es Žižek siguiendo a Sloterdijk quien habla aquí).
3. EL ESCEPTICISMO CÍNICO
Aunque no es lo más renombrado de la escuela cínica, quisiera comenzar desde su señalado escepticismo que, como no podía ser de otra manera, comienza –o se alía– con su apuesta por falsificar moneda que en este momento se podría traducir como falsificar conceptos o asunciones culturales –no naturales–. Antístenes es el fundador de la escuela cínica aunque bien es cierto que su ligazón con la misma se ha puesto en duda en algunas ocasiones por quienes ven en él algunos detalles cínicos, pero aún no la falta de aidós. No le voy a dar vueltas a esta cuestión pues como he indicado al principio ni soy un entendido sobre el mundo antiguo ni es mi intención elaborar un trabajo de exégesis filosófica, así, pues, por el momento le voy a utilizar para señalar el interés cínico por cuestiones cercanas a lo que hoy llamaríamos filosofía del lenguaje o lógica, interés que se especifica en su negación del universalismo de los conceptos o de la definición para apropiarnos del significado (Cfr. ) que es la que lleva al «Platón, no veo la meseidad ni la vaseidad» de Diógenes.
Pero lo que me interesa recoger de su negación del universal es su recaída en un escepticismo (o una crítica continua si se prefiere) que se queda, al final, sin palabras. Puestos a falsificar el lenguaje (la moneda) no hay modo de tener una moneda común para intercambiar informaciones, deseos o argumentos. No podemos entendernos lingüísticamente cuando toda intelección basada en conceptos (en un diccionario que nos diga qué significa siempre cada palabra) queda impugnada, y posiblemente ese sea el motivo por el cual la verdad objetiva de las cosas se muestra en la acción misma, en la presencia silenciosa, singular e incontestable de lo real (en un gallo desplumado); de aquí que Comte-Sponville pueda afirmar que el reino del cinismo es sin palabras, es un silencio en el que se despliega la verdad (). Lo que es, es eso que se muestra haciéndolo.
El mismo modo de hablar cínico no nos permite tener claro ni el estilo en que se habla ni lo que se quiere decir al hablar. En efecto, los cínicos están especializados en un modo de hablar serio-cómico (spoudaiogéloion), es decir, la exposición de pensamientos serios a través de medios humorísticos que en no pocas ocasiones rechazan la sutileza en favor de la simplicidad (aunque no se debe pensar que eran obtusos ni estúpidamente de sal gruesa []). Lo cómico resulta el traje de lo serio y ello, ciertamente, da la impresión de que hace de lo serio algo poco serio.
Al hablar serio-cómico unamos por un lado su reconocida charis, la gracia o gracejo que les llevaba a hablar con cierta ligereza y chanza y, por otra parte, la querencia cínica por la parodia que recoge lo más formal y reverenciado y se ríe con/de ello. Ni siquiera los maestros clásicos, ni Homero ni Solón, se libran de un tratamiento humorístico, paródico (no hay respeto por nada podríamos decir –ningún drama respetable, ningún discurso memorable–). Y lo remarcable del caso no es tanto que no sepamos en qué estilo se nos está hablando, si se está siendo irónico, chistoso o serio, sino que realmente por ello mismo no sabemos qué es lo que se nos quiere decir. O mejor: no lo sabemos con claridad si nos remitimos únicamente a las palabras, a ese dissoi logoi que buscaba y no encontraba Antístenes.
No se debe ocultar que el modo de hablar cínico no espera respuesta; lanza el puñetazo y no espera contraargumentos ni refutaciones. Esto es claro en el caso de Diógenes, muy obvio en las respuestas de Hiparquía, y es lo que en algún momento se ha comparado con el estilo de Niestzche. Se puede afirmar que no se trata de una apuesta por la ironía, la cual asume una cierta inteligencia al oyente, sino que por el contrario en el caso cínico la situación es un «¡lo tomas o lo dejas!» y si el oyente no lo entiende es asunto suyo (). Esta diferencia entre el ironista y el cínico es importante (al menos para la conclusión de este trabajo): el cínico se diferencia del ironista en que mientras este último deja a su interlocutor el trabajo de descifrar inteligentemente su significado oculto (y en ello va que si no lo hace no es inteligente y merece cierto desprecio), «el lenguaje cínico es excesivo y suena a una “guerrilla retórica” que ataca con aforismos que hacen burla, con chanzas que se mofan para exponer nuestras debilidades» () y ante las que no cabe inteligencia ninguna, sino simplemente recibir la bofetada y aprender o despertar con ella.
Por todo lo anterior creo que se puede deducir que para entender al cínico hay que interactuar con él, para entender su humor hay que estar en el contexto en el que nos insulta, se burla de nosotros o encomia nuestros actos. No hay modo de tener un escrito para todo tiempo y lugar en el que se nos diga cuál es en esencia la doctrina cínica y quizá por ello han pasado a la historia a fuerza de dichos, de anécdotas, de lo que se dice que dijeron; y repito, lo remarcable de todo esto no es tanto que no tengamos nada con cierta sustancia y seguridad de ninguno de ellos, sino que en último término se necesita de nuestra vida o de nuestro entrar en su vida para conocer, para saber qué es lo que nos están diciendo, qué quieren decir con la broma que puede ser seriedad o incluso un insulto. Diógenes, Crates, Hiparquía, todos siguieron a Sócrates, o al menos les conservamos con el mismo tono de quien no escribe y tan sólo predica, da ejemplo, habla sin parar (pues sólo vive –su prédica sólo vive– cuando se cuenta) y ello requiere que les miremos, que atendamos a su ejemplo. Por ello les es tan importante el zurrón y el cayado: salir al mundo y llamar la atención con actos extravagantes en el caso de Diógenes o amablemente resolviendo conflictos como sucedía con Crates, el caso es que se les mire, que se atienda a lo que están haciendo –viviendo– y que se comprenda lo que se quiere expresar precisamente interpretando lo dicho desde lo vivido.
¿Dónde está la sabiduría del mundo cínico? ¿qué virtud nos enseña? La sabiduría se muestra –más que se dice– presentando una vida que, con un duro entrenamiento continuo –una ascesis– alcanza la felicidad al no dejarse afectar –al ser imperturbable– por los embates de la vida. Al igual que los epicúreos, los escépticos o los estoicos pensaban, ello es posible sólo si reducimos esos embates al mínimo, lo cual es tarea hercúlea (y Heracles es el héroe cínico) que presenta la excelencia, la virtud. Pero eso sí, es importante repetir que se presenta sin palabras, o con palabras confundentes a fin de subrayar que es el ejemplo el que ha de hablar. Pensemos en nuestro presente plagado de dichos, redichos y diretes, de afirmaciones fake, interesadas, de memes cómicos y banales; ahí posiblemente la traducción de la sabiduría cínica sería quizá centrar la sabiduría en simplemente observar la vida de quien lo dice para evaluarle como ejemplo moral o no y con ello hacerle caso u olvidarle.
4. EL EJEMPLO, LA MANERA CÍNICA DE NARRAR
En un excelente trabajo sobre la escuela cínica Long afirma que si no podemos abstraer un modelo teórico a partir del estilo extravagante de conducta y expresión literaria de los cínicos, ello es así porque no debemos pensar en el cinismo con una doctrina, sino más bien como una forma de vida (). Mostrar con su paso un modelo de vida ejemplar es la verdadera «teoría» cínica; una propuesta cimentada en el ejemplo que, alzado desde la crítica, no sólo condena el pecado, sino que lo rechaza y lo evita. Nada que ver con nuestra sonrisa cínica, con nuestra aguda habilidad crítica que dedica su trabajo a clarificar los errores, ocultamientos y vasallajes en los que nos apoyamos sin que ello obste a seguir viviendo en/de lo que negativamente criticamos. La carcajada cínica aparece con la burla y el desprecio, con el insulto, y tras ella se vive el rechazo que da el paso para salirse de un mundo que por muy querido que sea se considera no adecuado a la vida humana –y salir del mundo es salir al mundo, es levantar el culo y cerrar tras de sí la puerta. Olvidando cualquier tipo de comodidades y reposo, el cínico ha de ligar su vida al peregrinaje.
¿Peregrino con destino a dónde? Posteriormente veremos que seguramente la admiración de Foucault no estaba desencaminada y el esfuerzo moral del cínico sea la construcción, la estilización de sí y tal fuera, posiblemente el faro guía de su deambular por el mundo; pero, falsificador de moneda nato, seguramente ni en tal ideal se permite creer sin burlarse de ello y lo que nos ofrece, en definitiva, es aquello de lo que no habla de modo expreso, pero sí deja decir sin palabras, a saber, su caminar. Antes que un destino final, lo que el peregrinaje cínico señala es un camino, unos pasos errabundos que no se detienen en ningún último paso (quizá ni siquiera en una posible estilización final de sí). Si errar por la vida sin casa segura es la clave de la virtud, si la pobreza y rehúse de los placeres limitándose a las necesidades más básicas (que se han de satisfacer de la manera más sencilla) es la recomendación del sabio, se entenderá que estamos ante una ética tremendamente exigente. No es cometido sencillo decidirse a no colaborar con aquello que nos hace la vida más fácil y que, por qué dudarlo, tiene también no pocos puntos de justicia a su favor; mas en la medida en que es trabajo exigido por la virtud, debemos obligarnos a un duro entrenamiento que permita rechazar aquello que tan tentador es (sin ir más lejos, nos quedamos sin las convenciones del nomos que, si bien pudieran estar entreveradas de alguna inmoralidad, nos proporcionan, reconozcámoslo, un sabroso pedazo de justica y comodidad).
«El cinismo, pues, es un modo de vida, pero uno tal que alza reclamaciones filosóficas y en este sentido la polaridad entre “modo de vida” y “filosofía” es falsa [...] Estas reclamaciones filosóficas están basadas en un criterio aceptado por todas las filosofías antiguas: “vida acorde a la naturaleza”» () lo cual no es sencillo y exige aprender a sufrir, precisa de una ascesis que supone constante práctica y entrenamiento tanto mental como físico. El hecho de que la escuela cínica comience en un gimnasio (el gimnasio de los perros) bajo el emblema de Hércules posiblemente sea una casualidad, pero una muy esclarecedora porque es necesario entrenar para ser fuertemente moral, para decirse a sí ante cualquier circunstancia, para depender sólo de sí, para rehuir de aquellas necesidades que son ficticias y nos esclavizan (casi todas). Característica principalísima del cinismo es el énfasis en la necesidad de endurecer el cuerpo, de ser fuertes, ya que la buena condición física «fomenta estados mentales que facilitan acciones virtuosas» () y es aquí donde se puede apuntar una diferencia fundamental con la ascesis estoica, pues frente al estoicismo que se apoya en lo que podríamos llamar ejercicios espirituales, el cinismo asegura la salud del alma fundamentalmente en ejercicios corporales ().
Un modo de vida nos ofrece el cínico. Efectivamente, no hay lugar a dudas: el cínico vive como piensa y eso es fundamental de modo que si «Diógenes y Crates [...] no hubiesen vivido vidas concordantes con su pensamiento, su filosofía hubiera quedado desacreditada». Porque muestran, porque viven lo narrado, los cínicos son maestros de vida que no discurren dia-lógicamente, sino que viven insolentemente, espetando por doquier incomodidades y mostrando con su vida que por duro que parezca se puede apechar con una vida de disciplina moral. Es esto lo que me gustaría recoger del mundo cínico, pues si hoy parece que ya no tenemos filosofía ni reflexión que no sea críticamente negativa, hábil para conocer todos los males que nos aquejan, pero incapaz de encontrar un modo de vida que pudiera evitarlos (ya que el mundo social que genera los males es el que nos ofrece sin ir más lejos la posibilidad de señalar tales males), la prédica cínica nos ofrece un ejemplo de vida crítica (que falsifica moneda) que se entrena dura y continuamente para tener la fortaleza de rechazar de plano entrar en colaboración con ese justo equilibrio entre bien y mal, entre justo e injusto, entre moral e inmoral. ¿Con qué palabras? Simplemente mostrando su vida de un modo persuasivo. Y mostrar es la palabra que dice cómo decir cuando hemos perdido el diccionario.
La descripción que habitualmente se ofrece del periodo helenístico, el que acoge a cínicos, estoicos, epicúreos y escépticos, es muy semejante a la que hoy tenemos de nuestro presente líquido. Con Alejandro no es que se avecine un imperio, es que realmente la polis pierde su fuerza como referencia y con ella se pierde al mismo tiempo un lugar del pasado donde incardinar los valores con los que se había organizado el mundo moral. Por ello la respuesta común de los movimientos helenísticos es la de cultivar el propio jardín. Del mismo modo aquella quiebra de valores que hace unos años era una queja constante en nuestros media y que hoy es la sorpresa ante movimientos que niegan o matizan la democracia y el Estado de Derecho con el que hemos forjado nuestro mundo, nos deja en un presente no muy diferente al que debieron conocer los cínicos. Quizá por ello hoy nos son habituales las referencias al estoicismo, la apuesta por gestionar las propias emociones, por comprenderse a sí (quizá estilizarse) y posiblemente por ello el estoicismo vende libros y contenidos mediáticos. En último término parece como si no nos quedara también sino cultivar el propio jardín ante un presente salvaje allende la valla que lo protege. El cínico levantaría el dedo acusador ante este retirarse a sí porque, al cabo, tal repliegue sigue viviendo y dependiendo de palabras que se imponen, que no se falsifican ni cuestionan; sigue dependiendo de un diccionario que le precede. No cambia nada. Por ello casi mejor mirar y ver, atender a las obras más que a las razones.
Me resulta imposible leer el mundo cínico y no recordar el pequeño escrito de Benjamin titulado El narrador. En él se nos dice que la esencia del narrador es que vive lo narrado y que tal vivencia es recogida por el oyente como garantía de verdad de lo que escucha. Es imposible la tercera persona que, nos dice Benjamin, es propia de la novela que comienza con el mundo moderno; al narrador le exigimos que cuente la historia porque es parte de su vida, bien porque la ha vivido de alguna manera, bien porque tuvo un encuentro donde se le contó. No hay, además, valoración moral en la narración, sino simplemente la presentación –moral– de unos hechos que se ofrecen al público y es este quien los ha de tomar como mejor considere. Pero la invitación queda hecha; la narración, que es un peregrinaje que no siempre recuerda cómo empezó por ser generalmente un cúmulo de aventuras (de dichos, de cosas curiosas que se cuentan, como ocurre con la doctrina cínica), se ofrece de manera sencilla y muestra lo que dice no pontificando, no asegurando, ni siquiera argumentando en mucho, sino simplemente mostrando. En algún momento en la mitad de nuestra modernidad alguien comentó que las cuestiones morales son del orden del mostrar y quizá no estuviera muy alejado de la doctrina de aquellos cínicos griegos.
Puesto que el oficio cínico ha de ser el de falsificador de moneda, no cabe aquí otra cosa sino la confianza en su propio paso peregrino por la vida (en el acto de falsificar). No caben ídolos, no héroes más allá de ese Heracles que preside el gimnasio donde se entrena la virtud, no caben dioses ni ayudas, ni confianzas en la naturaleza (que no deja de llevarnos con destino a la muerte), ni en la racionalidad (el pensador más fino, maestro lógico, es burlado por la lógica de Hiparquía). El viaje del peregrino es con su discurrir el lugar donde se nos presenta la virtud; no diciendo cómo se debe caminar, no argumentando que su vida es preferible a ninguna otra, sino tan sólo invitando al viaje, a levantarse y no parar quieto; enfrentándose con fortaleza a lo que la contingencia de la vida presente: las respuestas son siempre tan contextuales como lo es el paso del peregrino, pero siempre están edificadas con la fortaleza de la virtud en la cual se expresa y forja una vida sabia –virtuosa–.
No se han de echar las campanas al vuelo en este momento: la invitación a veces es un insulto, un puñetazo, un descaro diogénico, aunque también puede hacerse con la amabilidad de Crates, el «abrepuertas» recibido con afabilidad en todas las casas. En todo caso no hay que buscar más de lo que hay: el cínico con su vida da ejemplo de una vida que a través de los tiempos si bien se ha considerado muy exigente nunca se ha dudado de su excelencia, de su virtud.
5. LA CRÍTICA CÍNICA
No se puede poner en duda que el cinismo ha estado a lo largo de toda la historia como base de la denuncia y si bien es cierto que tiene afinidades con posturas conservadores, también lo es que tiene un potencial crítico al replantear todas nuestras asunciones (). ¿Qué tipo de potencial crítico? Bien, quisiera terminar sugiriendo una posible respuesta.
, ante una cuestión parecida (qué puede ofrecernos el cínico hoy), hace un recorrido rápido por los modelos de recuperación del cinismo el cual voy a seguir en este momento. Por un lado, están quienes desean recuperar la labor del cínico como un apunte continuamente crítico que aceptando el mundo que tenemos no se queda conforme con él y trata de señalar sus fallas. Es una postura que recuerda en mucho al ironista rortyano y que ciertamente ha capitalizado casi todas las recuperaciones del cinismo en el ámbito de los Estados Unidos. Por otro lado, están aquellos que tomando la definición de del cinismo como «la condición de perdida de fe (belief)» en el mundo que tenemos (lo cual, ciertamente, refleja muy bien tanto el tiempo de Diógenes como el nuestro), se muestran como lo que Allen califica de nihilistas. Son aquellos que toman la visión pesimista de nuestro presente, alzan todas las críticas posibles, pero no encuentran el camino apropiado para ir más allá de la crítica negativa que, con habilidad, señala todos nuestros males. Ante este panorama, ante un mundo dominado por un sistema capaz de asimilar a cualquier Sócrates enloquecido que cague en medio de la calle, Allen considera que el cínico afirma con su vida una vida diferente (). Esta posición me parece cínicamente muy adecuada: posiblemente sean individualistas, es cierto que quizás sólo se tengan a sí y su virtud, pero con su vida el cínico desintegra y en tal negatividad algo positivo puede ocurrir, pues el incumplimiento de las normas, la transgresión de los modos habituales del debate público, puede ser útil para tal debate.
Estoy convencido de que la crítica viene como añadido de la afirmación moralista de un modo de vivir virtuoso y en este sentido gusto de la lectura que atrajo a Foucault y Sloterdijk; para el primero el cinismo es una práctica vivida de la filosofía, una estilización de sí, donde la vida es manifestación de la verdad, para el segundo el cínico habla a los demás con un diálogo de carne y hueso y por ello al filósofo tradicional le es difícil entenderle (sobre estas apreciaciones ver ). Ambos ven en el cinismo un modelo de autoconstrucción de sí que me parece que puede ser piedra de toque para impugnar relaciones de poder existentes en la medida en que esa construcción de sí siempre mira a los demás, que no se hace sólo para estilizarse a sí mismo, sino que tal estilización supone un diálogo y deseo de estar con quienes me rodean.
Porque el cuidado de sí cínico es moralista, es decir, mira a otros, se dirige a otros, no es misántropo y si inicialmente se nos dice que se rechazan, por ejemplo, las relaciones familiares (y las familias eran sobre todo lazos sociales y responsabilidades económicas), lo cierto es que el cínico no puede vivir si no es ofreciendo su ejemplo a otros; Crates, el abrepuertas, era recibido con gusto en todas las casas (y resolvía los conflictos que hubiera), y el mismo Diógenes resultó un pedagogo querido por sus pupilos y alabado por Jeniades de Corinto, quien le había comprado como esclavo; en definitiva, los cínicos «observaban el modo de ser felices ellos mismos, mientras que se cuidaban de los demás sólo en la medida en que comprendían, según creo, que el ser humano es un animal social y político por naturaleza» (Juliano, Discursos IX [VI] 18, p. 200 d-20, p. 203 c. MG: 302. Subrayado mío).
Pues si no es en ese afán misionero ¿para qué la parresia, para qué esa voluntad de incomodar e insultar? La idea que avanzó en su día Luis Navia es que los cínicos en general se veían a sí mismos como «médicos de la humanidad cada uno con su peculiar estilo de la terapia filosófica; Diógenes apelaba a distintas formas de confrontación y vituperio y en ocasiones incluso a golpes, mientras que Crates optaba por el asesoramiento jovial y la orientación afectuosa. En todos los casos sin embargo el objetivo era uno y el mismo, en pocas palabras se intentaba curar a la gente de su typhos [de su arrogancia o prejuicios]» (). En verdad es el carácter misionero del cinismo el que da sentido a su desvergüenza y a su mismo estilo serio-cómico. Si Diógenes es un exhibicionista lo es para llamar la atención sobre lo que quiere mostrar con su vida –a fin de educar moralmente–; muy probablemente actúe como quien protagoniza un papel de una obra de teatro, seguro que no poco de lo que se dice de él viene dado por un afán de epatar, pero aunque Diógenes sea un personaje creado por él mismo, lo relevante es lo que, como fuere, muestra.
El modo de vida es virtud en acción y la única manera de dar razón, de argumentar tal virtud es precisamente viviéndola: por eso el exhibicionismo cínico no sólo en las actuaciones, sino también en los dichos que desean escandalizar para llamar la atención sobre una moral tan impactante para el público heleno como exigente. Se argumenta, de este modo, un modelo de filosofía para beneficio de los demás a quienes se dirige el argumento (ya Diógenes era virtuoso per se, pero se exhibe para hacer virtuosos a los demás, es el maestro del coro que da las notas en un tono más alto para que los demás entonen a la altura adecuada –DL VI 35–). No puedo estar más de acuerdo con cuando afirma que el cínico es un benefactor agresivo que actúa con dedicación misionera o como un médico que porta medicamentos desagradables pero necesarios para remediar el mundo remediando en primer lugar el yo. Y ello no es contradictorio. En este sentido Moles insiste en calificarles de individuos independientes más que aislados, y en reclamar que la filantropía como amor a la humanidad es integral al cinismo (). Esto puede resultar extraño cuando oímos de la boca de Diógenes mil invectivas contra la humanidad o cuando constatamos la negativa cínica a cualquier relación familiar, sentimental o de ligazón de amistad e incluso magisterio, mas no olvidemos que son perros y como canes viven en la ciudad, acompañan a los humanos. El cínico vive solo, pero vive en sociedad, actúa, obra, hace el payaso solo, pero lo hace en el gimnasio, en el ágora, en el templo, en los baños (); en definitiva: no concibe el cuidado de sí sin una mirada a los que le rodean.
Pudiera ser que toda la crítica que nos cabe sea mostrar otra forma de vida. O sugerirla a través de dimensión específica hacia la acción que posiblemente no ofrece con claridad un «modelo social» alternativo, pero al salirse de los modos habituales de comprender nuestro presente sí que muestra un camino diferente y pone en tela de juicio la ruta que habitualmente se recorre y exige ejemplo en quienes nos hablan. De nada valen las palabras que no se ven efectuando una vida. De este modo, y por resumir por qué leer hoy a Diógenes, el cinismo es más que una ayuda a la crítica tal y como habitualmente la entendemos; el cínico narra y «la mitad del arte de narrar radica precisamente, en referir una historia libre de explicaciones» en la que no se espera contestación (). Por ello tan sólo muestra la burla carcajeante: ni dios, ni razones, ni, por supuesto, considerar que se puede razonablemente, con aidos, cambiar nada; se trata sencillamente de que cada quien, sin otras argumentaciones que su propio ejemplo, su vida, pueda, tras falsificar moneda y subvertir los valores, emprender su viaje en una peregrinación sin descanso que exige un duro y continuo entrenamiento, un exigente esfuerzo. Ese viaje es la manera de hablar cínica, es la única palabra que sin necesidad de diccionario el heredero de Diógenes cree que nos puede entregar. No hay más, pero es innegable que ahí, sin más discusiones que el ejemplo o el consejo, hay mucho dicho.
Posiblemente sea cierto que ya no tenemos un lenguaje apropiado con el que comunicar la crítica social (), pero quizá sí se pueda mostrar con el ejemplo algún modelo de oposición y creación de la vida. Por finalizar con las palabras de Benjamin: «aunque hoy el “saber-consejo” nos suene pasado de moda, eso se debe a la circunstancia de una menguante comunicabilidad de la experiencia. Consecuentemente, estamos desasistidos de consejo tanto en lo que nos concierne a nosotros mismos como los demás. El consejo no es tanto la respuesta a una cuestión como una propuesta referida a la continuación de una historia en curso» ().
6. CONCLUSIÓN
No es sólo el ejemplo del excelente y fuerte sabio lo que deseo presentar aquí, sino el hecho de que ello sirve de ejemplo, de modelo con el que contrastar a quienes hoy cínicamente no dejan de hablar y poner en marcha relatos de un tipo u otro. A la luz de la virtud cínica nuestro deber es falsificarlos, mas sobre todo exigir que se ejemplifiquen, que se hagan vida puesto que esa es la única palabra que el sabio cínico no ha dicho que se puede tomar en cuenta. Hemos asumido que lo importante es el relato y quien tiene la hegemonía sobre el mismo, pero en este punto quizá mereciera la pena falsificar moneda de modo grosero: ¿hay relato si no hay ejemplo? ¿acaso hay palabra sin vida efectuada?
En último término lo que quiero exponer con todo lo dicho no es tanto la recuperación del mundo cínico, que también, sino la propuesta de que es el ejemplo el índice de fiabilidad o veracidad de cualquier propuesta. En un mundo donde parece que la falsificación de moneda, de conceptos, la transmutación de valores, parece que ha conseguido el propósito cínico y es difícil encontrar ningún fundamento fiable, ninguna verdad; en un presente en el que hemos asumido el lema de la quiebra de valores como si fuera el signo de los tiempos, posiblemente exigir a las noticias fake, a las políticas que varían y cambian sin ningún recato, a la argumentación Twiter o Tik-tok que su único valor ha de partir del ejemplo que conforman, de la vida que hacen explícita, pudiera ser un remedio para nuestro confuso presente. Es evidente que el hábitat del cinismo original era una Grecia pequeña y que seguramente la virtud cínica hoy apenas sea posible sino en pequeños lugares y vidas, pero ello no ha de ser óbice para que se pueda establecer la exigente moral de la virtud de vivir como se predica.
Realmente no es necesario apostar por la pobreza diogénica para ser cínico; a través de la historia se pueden señalar nombres reconocibles bajo el emblema del cinismo que no son tan radicales como Diógenes (). Crates fue amable y era bien recibido y querido; La Republica de Zenón es una obra cínica escrita por quien dará la salida al estoicismo, Juliano admiraba era continuamente objeto de burla por su austeridad, mas en verdad no era una persona pobre; son no pocos los cínicos que sin ser Diógenes apuestan por el ejemplo como discurso. No la palabra que debe ser falsificada, sino el ejemplo y eso es lo que da a todos un parecido de familia que nos permite llamarles cínicos aunque cuando sean menos radicales que Diógenes, de un cinismo menos ortodoxo (¿pero no es el cinismo una apuesta contra la ortodoxia?).
Notes
[1] Realmente, como apunta García Gual en la línea de Sloterdijk, «el cinismo moderno, esa “mala conciencia ilustrada”, busca también, como el antiguo, la senda de la felicidad [...] pero después de tantos libros, de tantas revoluciones, de tantas críticas filosóficas, está desencantado de todo y no mantiene la actitud de desafiar a las normas abiertamente» ().
[2] El estoicismo, no muy alejado en su doctrina moral del cinismo, de alguna manera lo recogió y urbanizó. De tal manera no pocas de las referencias a la filosofía cínica que tenemos están hechas desde asunciones estoicas que tienden a reflejar el mundo del cinismo de una manera algo sesgada. La exégesis meticulosa es la que nos presta cierta ayuda aquí y aunque nunca se llega a una completa seguridad de que algo sea cínico o cínico tamizado por el estoicismo o, posteriormente, por el cristianismo, todos los estudiosos han asumido que se puede disponer de cierta fiabilidad contrastando fuentes. En todo caso es importante señalar que partimos sin ninguna seguridad más allá de lo que podamos conjeturar con alguna precaución.
[3] Antes de seguir adelante vaya una última consideración de tipo bibliográfico. A partir de ahora las citas referidas a los cínicos las haré de la siguiente manera: (a) si citan el libro VI del libro de Diógenes Laercio, Vida, opiniones y sentencias de los filósofos, utilizaré la edición de , citándola como DL, que siendo tan estupenda como la de C. García Gual se me hace más fácil para localizar las citas. Y (b) si las citas refieren a cualquier otra fuente, utilizaré la edición de citando como MG seguido del número de página de la misma.
[4] Afirma que el «deseo de volver a la naturaleza está profundamente arraigado en el cinismo» siendo evidente que cuando Diógenes se entrena para liberarse de las ataduras sociales tiene el convencimiento de que está recuperando un paraíso perdido. Diógenes «proclamaba que los dioses habían otorgado a los hombres una vida fácil, pero que estos lo habían olvidado en su búsqueda de exquisiteces, afeites, etc.» (DL VI 44).
[5] Eso sí, no olvidemos que aunque parecido en resultados el camino de la imperturbabilidad se recorre con otros convencimientos: «No por ser indiferentes a todo llamaron cínica a nuestra filosofía, sino por aguantar con firmeza lo que resulta insoportable a otros a causa de su blandura o de la fama. Así pues, por esto y no por lo primero nos han llamado perros» (Epistola 49, MG: 541).
[6] Se dice que Crates «no había alcanzado un gran renombre por su riqueza, sino por su pobreza» (Estobeo, IV 33,27, MG: 523) y él mismo afirmó que «la carencia de posesiones es propia de la libertad» (Epifanio, Contra las doctrinas heréticas III, 2, 9 (III 28), MG: 523). Eso sí, no se ha de olvidar, como apuntó en su momento que la pobreza no es un objetivo en sí, sino el precio de la libertad.
[7] Cuando Zeus, tras observar las consecuencia de la donación que a los humanos nos hizo Prometeo, advirtió que la vida en sociedad, en una polis, seguramente devendría difícil y conflictiva, encargó a Hermes que nos proporcionara el aidos junto con la diké pues eran los dos elementos imprescindibles para poder vivir en comunidad.
[8] Suele ser habitual señalar en este punto lo que siguiendo a podemos recordar ahora: el lema paracharáttein tò nómisna literalmente significa «falsificar moneda», mas el término nómisna además de moneda en curso significa también instituciones vigentes. Nietzsche ya apunto a algo similar cuando tradujo la expresión como transmutar los valores.
[9] «Por ello también, al serle planteada a un cínico la argumentación contra el movimiento [la defendida por Zenon], no respondió nada, sino que se levantó y caminó, probando de hecho y por medio de la acción que el movimiento es real» Sexto Empírico, Bosquejos pirrónicos, III, 10, 66. MG: 188.
[10] «Por eso él solo tenía a toda la tierra por patria, sin elegir ninguna en especial, y cuando fue capturado no añoraba a Atenas ni a sus íntimos y amigos de allí, sino que se hizo amigo íntimo de los piratas y trataba de corregirlos. Y después de ser vendido, vivía en Corinto igual que antes en Atenas» Arriano, Diaribas de Epicteto III 24, 64-66. MG: 379)
[11] Que la mitad de lo que conservamos sobre Hiparquía sean los títulos de sus obras, todas de carácter lógico, o los requiebros silogísticos que hace para burlarse de Teodoro el ateo, ha de querer decir algo sobre esto. En realidad, aunque los cínicos pasen por indiferentes al legado escrito y la discusión filosófica, es evidente que ello no fue así. Combinaron su conocimiento del legado teórico de su tiempo con la apuesta por la pobreza y el peregrinaje y ello dio, como expresa , una escritura que parte del conocimiento culto pero que se expresa como se expresaría un loco para decir la verdad (con dichos, chistes, parodias, pantonimas, etc.)
[12] La denominación es posterior a los primeros cínicos y la primera vez que aparece es mencionando el estilo de Menipo de Gádara, un discípulo de Crates, al que se le califica de «burlador de lo serio». En castellano se ha traducido como estilo serioburlesco y seguramente ello es lo más adecuado –sin ir más lejos así lo usa alguien mucho más entendido que yo ()–, pero espero que se me permita denominar aquí el estilo como cómico-serio que es la manera más habitual de calificarlo en las lecturas anglosajonas.
[13] Le tomo la palabra a García Gual: los chistes, anécdotas, etc. de los cínicos «son como petardos que el terrorismo intelectual del cínico coloca al pie de los monumentales sistemas ideológicos, quiebros ágiles contra la seriedad fantasmal de la opinión dominante, muecas un tanto de payaso, oportunas e inteligentes para desenmascarar esa aparatosa seriedad de las ideas solemnes y las convenciones cívicas» ().
[14] Sin ir más lejos Crates se inicia en el cinismo –y en sí mismo– vendiendo todo su patrimonio y echándose a caminar con una mano delante y otra detrás. «He sabido que convertiste toda tu hacienda en dinero, lo llevaste a la asamblea y lo cediste a tu patria. Y que situándote en medio de todos, proclamaste “Crates libera de Crates a Crates”» (Epístola pseudodiogénica 6. MG: 393).
[15] Antístenes se formó en el gimnasio Cynosarges cuyo protector religioso era Hércules y allí comenzó a impartir su enseñanza. No se debe olvidar que Heracles era considerado otro apátrida y desarraigado ni que el Cynosarges era un gimnasio situado a las afueras de la ciudad y frecuentado por ciudadanos de menor estatus.
[16] Nada más evidente, nada más ejemplar, nada con menos «palabras» pues «el ascetismo físico incluye no sola las privaciones de lo que consideran innecesario, sino también el endurecimiento ante las inclemencias del tiempo, como soportar al descubierto un fuerte aguacero o un viento helado o las dificultades naturales habituales y el diario entrenamiento en las tradicionales gimnasia y palestra» ().
[17] La cita continúa como sigue: «La filosofía ética griega se supone que dice cómo ser feliz y cómo se debería vivir para serlo. Se considera que el filósofo está tan interesado en la felicidad como su audiencia, y que las razones que pueda aducir ante ésta para vivir de una determinada manera son las que él mismo cree lo bastante convincentes para actuar en consecuencia» ().
[18] Con todo, repito de nuevo, los cínicos también argumentaban y escribían tratados de filosofía formales que si bien apenas se han conservado son los que le permiten entrar en discusiones con lo más granado de los pensadores de su tiempo. Sería absurdo pensar que, por ejemplo, la discusión que tiene Hiparquía con Teodoro el ateo, no se desarrollara en un ambiente de formalidad filosófica, por decirlo así. Lo cual no obsta a las imposiciones del estilo que es serio y es cómico. Y es, no lo olvidemos, sin vergüenza.
[19] «La desconfianza cínica hacia el argumento abstracto es meramente la otra cara de su creencia en que la prueba de la verdad es menos cuestión de agudeza lógica que de capacidad del filósofo para practicar persuasivamente lo que enseña» ().
[20] Dice Benjamin que la huella del narrador está «por doquier a flor de piel en lo narrado, si no por haberlo vivido, por lo menos por ser responsable de la relación de hechos» que se cuentan ().
[21] De un modo posiblemente demasiado optimista se puede decir que ante la pregunta qué solución propone el cinismo la respuesta es «ninguna solución si por tal se entiende un programa social o político alternativo. Esto puede parecernos difícil siquiera de entender porque, habituados como estamos a esa idea tan pertinaz como infundada de que, planteado un problema, debe haber alguna solución, ni siquiera se nos pasa por la imaginación que puede haber problemas que, sencillamente, no tengan solución alguna. Tal concepción puede resultarnos psicológicamente inadmisible, pero eso no la convierte desde luego en lógicamente menos plausible» ().
[22] No son pocos los ácidos comentarios de Platón acusándole de que había buena parte de vanidad en su ansía de llamar la atención siquiera por el lado de la pobreza, el insulto y la desvergüenza. En todo caso, lo cierto es que tenía éxito al concitar atención: «Estaba un joven discurseando en público, cuando Diógenes que había llenado de altramuces el regazo de su vestido, empezó a comerlos, colocándose frente a él. Habiendo ganado así la atención de la concurrencia manifestó que se hallaba admirado de ver cómo todos desatendían al orador para fijar la vista en él» (DL VI 48).
[23] Algo exageradamente, a mi modo de ver, afirma que la vida que simplemente se vive, que no se afirma con palabras, sino con actos, es lo que patentiza la fuerza de la voluntad como elemento primordial del cinismo; puesto que no hay universal, afirma, todo el valor reside simplemente en la afirmación de una voluntad buena (esa es la virtud), con lo que al final el principio de todo valor es simplemente la voluntad.
[24] «Cierta vez, Alejandro se presentó junta a él y le intimidó: “Yo soy Alejandro, el Gran Rey”. “Y yo, contesto aquel, soy Diógenes, el perro”. Preguntándosele por qué se le llamaban “perro”, su respuesta fue “Meneo la cola a los que me dan algo, ladro a los que no me dan y muerdo a los malvados”» (DL VI 60).
[25] «Cuando Platón le motejó de perro, asintió: “Lo soy, en efecto, pues retorno a los que me han vendido”» (DL VI, 40. El subrayado es mío).
[26] Cuando se circula a gran velocidad por una autopista y se repara en la antigua carretera y a lo lejos los pueblos que esta cruzaba, quién no ha pensado en hacer el mismo camino por los antiguos trazados. Quizá algo tan pequeño sea hoy la sugerencia cínica que, a poco que recapacitemos, no es tan pequeña.

