Publica Verba en su número 53 (2026) un artículo con el título “Prejuicios lingüísticos en un lingüista: Benítez Burraco y la “obsesión por la diversidad lingüística””, firmado por Víctor Manuel Longa Martínez y Juan José López Rivera, dos profesores de la Universidad de Santiago de Compostela (y miembro el primero del comité científico de la propia revista). Resulta que, para sorpresa mía, el lingüista prejuicioso soy yo. El artículo en cuestión viene a decir que tengo dos caras: una, medianamente respetable: la de profesor e investigador en lingüística; otra, del todo reprobable: la de apologeta del nacionalismo español en medios conservadores como ABC. Y que, en el fondo, me aprovecho de mis conocimientos lingüísticos para manipular al lector no experto en los temas de la disciplina, reforzando, en particular, sus prejuicios sobre las lenguas vernáculas de España, los dialectos del español y las variedades no normativas de nuestra lengua. Supongo que a mayor gloria de la unidad de España (o algo peor). Soy, en definitiva, agente coadyuvante de lo que los autores denominan opresión lingüística. El equipo de dirección de la revista me ofrece la posibilidad de escribir esta réplica a algo que, a todas luces, no debería haber aceptado publicar.
Dado que no estamos (aún) como en los tiempos de Vyshinsky, cuando se pedía a quienes se quería purgar (cancelar lo llaman ahora) que confesaran voluntariamente culpas inexistentes, no voy a ofrecer aquí razones por las que la animadversión hacia la diversidad lingüística que me achacan Longa y López Rivera existe, a todas luces, solo en su imaginación. Si estos dos autores se quitasen los gruesos anteojos ideológicos que distorsionan su visión de las cosas, ellos mismos podrían percatarse fácilmente de que no existe tal inquina. Pero a la vista de lo que han sido capaces de escribir, lo anterior es mucho esperar. Animo, en cambio, al lector de esta réplica a que busque mis publicaciones en Google Scholar, Scopus, PubMed, PsyArXiv o cualquier otra base de datos o repositorio al uso. Podrá juzgar por sí mismo la verdadera naturaleza de mis opiniones, así como el reconocimiento que han tenido en la comunidad científica. Mencionaré, tan solo, mi reciente trabajo programático en Cognitive Processing, cuyo resumen comienza con esta frase: “Linguistics needs to embrace all the way down a key feature of language: its diversity”. No creo que sea necesario añadir mucho más a este respecto.
Sí me pronunciaré, en cambio, con algo más de detalle, sobre la naturaleza del artículo de Longa y López Rivera y sobre su inadecuación, a mi modo de ver, para aparecer entre los publicados por Verba. Para empezar, no creo que una revista científica deba ocuparse de las opiniones vertidas por un particular en la prensa, por mucho que versen sobre los temas de interés para la propia revista y aunque quien se pronuncie al respecto ejerza como autoridad en la materia (catedrático de universidad en este caso). Sin duda, se puede (y se debe) estudiar, y hasta valorar, lo que los medios difunden sobre las cuestiones que competen a los lingüistas. Y podría ser interesante saber de qué manera informan sobre los asuntos en los que el lenguaje o las lenguas están implicados los propios lingüistas cuando devienen divulgadores, entrevistados u opinadores. Pero en ese caso, es imperativo hacer un trabajo científico riguroso, en el que se examine una muestra suficientemente representativa de voces, temas y formatos, y que haga un análisis estadístico de los datos recabados, con objeto de alcanzar conclusiones que sean significativas y, por tanto, suficientemente ecuánimes. Solo llegados a este punto es admisible verter algún tipo de opinión al respecto, especialmente si uno considera que lo que revela el estudio realizado es perjudicial en algún sentido, pero siempre diferenciando de un modo inequívoco entre hechos contrastados y valoraciones propias. Por otro lado, cuando se enjuicia algo, es de recibo considerar tanto lo positivo como lo negativo de aquello que se juzga; se ha de valorar en qué está equivocada una propuesta, pero reconociendo también todo aquello en lo que acierta. El texto de Longa y López Rivera no es nada de lo anterior. Por una parte, constituye una crítica de un solo artículo, escrito por una sola persona, sobre un solo tema y aparecido en un solo medio de comunicación. Por otra, se centra únicamente en lo que el autor de dicho artículo yerra a juicio de sus fiscales, pero escamotea al lector todo aquello en lo que acierta. Y acierto, a mi humilde modo de ver, en poner sobre la mesa algunos de los problemas a los que conduce este adanismo lingüístico que Longa y López Rivera parecen profesar con tanto entusiasmo, a saber, creer que toda forma de hablar es igual a las demás y de que todo el mundo habla (y tiene derecho a hablar) como le place. Lo primero es algo que matizan en gran medida decenas de estudios sobre la estructura de las lenguas y su evolución en respuesta a cambios en el ambiente físico, el entorno social o nuestra propia biología. Lo segundo es algo que cuestionan, ya sin ambages, centenares de trabajos sociolingüísticos y pragmáticos acerca de las dinámicas sociales seguidas por las lenguas y el modo en que las usamos para la comunicación. Y desde luego, ambos autores ignoran en su texto lo más obvio (y preocupante): las nefastas consecuencias que ha tenido históricamente el etnolingüismo llevado al extremo, del tipo que parecen propugnar, porque también en nombre de las lenguas minorizadas se ha excluido, denigrado y oprimido (y hasta asesinado), como es fácil comprobar sin salir de España. Usar las lenguas para la confrontación social es algo inscrito, por desgracia, en la naturaleza humana, y no únicamente en la de los hablantes del español o del estándar. En suma, a diferencia de lo que parecen creer Longa y López Rivera sobre sí mismos, nadie está en posesión de la verdad, ni nadie se equivoca al cien por cien. Otra cosa es que, como decía Goethe en uno de sus aforismos, “a la hora de destruir, todos los argumentos falsos son válidos; al construir, en absoluto. Lo que no es verdad no construye”. El texto de Longa y López Rivera es un claro ejemplo de ello.
Longa y López Rivera tratan además de disimular lo sesgado de sus juicios arropando cuanto dicen con una profusión de términos (pseudo)técnicos y citas de supuestas autoridades que, si bien pueden confundir al lector no experto y hacerle pensar que lo que lo que ellos afirman es una verdad contrastada, no engaña, en cambio, al conocedor del tema. Obviamente, a quienes citan son siempre los mismos (en esencia, a Moreno Cabrera), pero ignoran muchos otros nombres, tanto o más autorizados, que mantienen posiciones contrarias a las suyas y que son partidarios, por tanto, de políticas lingüísticas muy diferentes a las que ellos defienden. Dada la filiación política que fácilmente se les adivina a ambos autores, posiblemente no les haga demasiada gracia saber, por ejemplo, que la idea que tanto parece haberles molestado en mi tribuna, de que un estándar vertebra y cohesiona un territorio donde se hablan variedades lingüísticas diversas, es de un autor tan poco sospechoso de reaccionario como el famoso historiador marxista Hobsbawn. Y como esto, todo lo demás en este texto de Longa y López Rivera, metamorfoseado, a ratos, en mera diatriba ad hominem.
En definitiva, dejando al margen la poca elegancia que revela pergeñar un escrito de este jaez, una vez redactado Longa y López Rivera deberían haber elegido (y la dirección de la revista habría hecho bien en recomendárselo) un medio más apropiado para difundirlo: con suerte, la prensa ideológicamente afín; y si no hay tal suerte, el mitin político, aunque en ambos casos sería recomendable aligerarlo de tanta neolengua y tanta citación reverencial, que amenazan con volverlo ininteligible hasta para el militante más fanatizado. Sea como fuere, no es un texto, a mi modo de ver, para aparecer en una revista como Verba, que siempre ha sido referente de buenas prácticas en la investigación en lingüística y de mejores prácticas editoriales, y que no necesita, para mantener su prestigio, congraciarse con los círculos políticos e ideológicos que parecen frecuentar Longa y López Rivera, que es la impresión que se tiene cuando se ve entre sus páginas un libelo como el que firman estos dos activistas a la violeta.

