Aunque por desgracia el colonialismo ha existido siempre como sistema de dominación y explotación, el ejercido por los países europeos en los restantes continentes desde hace unos 500 años fue especialmente voraz y nocivo. El caso más dramático fue (y sigue siendo; cf. infra) África: varias potencias europeas se repartieron este continente en la Conferencia de Berlín (1884-1885), en especial Francia y el Reino Unido, que llegaron a poseer 35 y 32 colonias respectivamente. Según , antes de la Primera Guerra Mundial, Francia dominaba el 36 % de África, seguido por Reino Unido (30 %), Bélgica (8 %), Italia (7 %) y Portugal (7 %), mientras que el territorio no colonizado apenas llegaba al 4 %: en 1914, casi todo el continente estaba sometido al dominio europeo salvo Etiopía y Liberia.
El colonialismo subyugó los territorios colonizados sirviéndose de varios tentáculos muy potentes, como el del gobierno, la administración, la economía o, en no menor medida, el lenguaje, y se asentó, como señala , sobre una visión profundamente prejuiciosa del mundo, al asumir la superioridad de la cultura (y la lengua) propia. De hecho, para el colonialismo, África “era una guarida de salvajes, un país infestado de supersticiones y fanatismo, merecedor del desprecio, con el peso de la maldición de Dios, país de antropófagos, país de negros” (). Por tanto, la cultura europea debía imponerse para “ayudar” a los pueblos colonizados (como escribía , “el invasor se presenta como si fuese el amigo que ayuda”). A partir de esta visión, la lógica colonial se basó en una profunda estratificación, donde los diferentes grupos humanos de la colonia recibieron diferente valor económico y social ().
De entre los diferentes continentes colonizados por Europa, el caso más dramático, como señalé arriba, fue el de África, sobre todo porque los efectos de la colonización siguen activos hoy en día, no tanto a nivel político (los países africanos son oficialmente independientes) pero sí a nivel económico (compañías europeas y americanas dominan buena parte de la economía y los recursos de África) o lingüístico (lo relevante para esta reseña). El colonialismo europeo impuso sus lenguas en África, unas lenguas completamente ajenas al continente, y esta imposición produjo uno de los casos de discriminación lingüística más poderoso y sistemático conocidos, invisibilizando la voz (noción central; cf. ) africana, una voz vetada mediante la marginación y exclusión de las lenguas autóctonas, en una situación que lamentablemente se extiende hasta hoy, una época supuestamente postcolonial. Aunque el colonialismo impuso su control mediante conquista y dominación política, “its most important area of domination was the mental universe of the colonised, the control, through culture, of how people perceived themselves and their relationship to the world” (), esto es, no solo conquistar territorios o acaparar recursos, sino conquistar mentes (). Y para ello el lenguaje es fundamental: como escribía , “el negro antillano será más blanco, es decir, se aproximará más al verdadero hombre, cuanto más suya haga la lengua francesa”. La íntima relación entre lenguaje e identidad provocó que el colonizador impusiera su lengua sobre el colonizado (). Por ello, el lenguaje es según este autor un potente mecanismo de colonización, con el cual se posibilita, como sostenía Wa Thiong’o, controlar las mentes.
De ahí proviene la alienación, propiciada por los colonizadores sobre los colonizados con respecto a su entorno, cultura, valores y lenguas. Por ello escribía que “para el negro no hay más que un destino. Y es blanco”, pues “el negro es apreciado con respecto a su grado de asimilación” (). Esta es una asunción aceptada por muchos colonizados, pues “the ideology of a governing class is adopted in large measure by the governed classes” () gracias al muy penetrante mecanismo de invasión cultural (cf. ) que enseña a rechazar los valores propios del colonizado (esto es, a autoodiarse), a asumir la inferioridad de lo africano y la superioridad de lo europeo, lenguaje incluido; en otras palabras, la opresión es plenamente asumida, naturalizada, por los propios oprimidos. Cuando el colonizado acepta eso y quiere parecerse al colonizador, tomándolo como modelo, el colonizador ya ha vencido, pues ha menoscabado o destruido el ‘yo’, la identidad, del colonizado.
Desde fines de la década de 1950, y durante la de 1960, la mayor parte de los territorios africanos obtuvieron su independencia. Sería esperable que, una vez libres de la tiranía colonial, los nuevos países quisieran cortar todo vínculo con el pasado, incluyendo el vínculo lingüístico por el que las lenguas europeas (especialmente inglés y francés, pero también alemán, portugués y español) fueron las lenguas oficiales en gran parte de África. Pero sorprendentemente este no fue el caso: los nuevos países optaron por mantener el statu quo lingüístico previo, de modo que las lenguas excoloniales fueron reafirmadas en prácticamente todo el continente como lenguas oficiales, y continuaron siendo tan definitorias para la vida pública como lo habían sido durante decenios: administración, educación, legislación, gobierno, justicia, etc. indica que 16 países africanos optaron, tras independizarse, por el francés como única lengua oficial, 14 por el inglés y 6 por el árabe (lengua también colonial, aunque de presencia mucho más antigua). Además, 4 países proclamaron francés e inglés como lenguas oficiales, 2 el árabe y el francés, 1 el árabe e inglés, 5 el portugués, 1 el español, 2 el inglés y el afrikáans, 1 el somalí y el inglés y 1 el amhárico y el inglés. Incluso Liberia, que mantuvo su soberanía tras la Conferencia de Berlín, adoptó el inglés como lengua oficial.
Siendo estas cifras sorprendentes, lo más sorprendente de esas decisiones, que reproducían fielmente las políticas lingüísticas coloniales, es que, como sucedía en la época colonial, la gran mayoría de la población de esos países (y en especial, de los del África subsahariana) desconoce las lenguas europeas: a diferencia de otros contextos descolonizados, como Latinoamérica, no las hablan ni las entienden. Por ofrecer un paralelismo ficticio, imaginemos que en España el náhuatl fuese la lengua oficial, y que el 90 % de la población desconociera esa lengua. Pues precisamente esta situación, que ni podemos imaginar, es lo que acaece cotidianamente desde hace más de un siglo en casi todos los países del continente africano: “the majority of Africans are governed in a language that they do not understand” (). Esta reproducción actual de la situación lingüística colonial es lo que denomina la inheritance situation: “how the colonial experience continues to shape and define post-colonial problems and practices”. Esta situación se extiende también a uno de los problemas más acuciantes de África, la educación, denominada como the language question (; ; ; , ), y consistente en “how to promote Africa’s indigenous languages as mediums of instruction in educational systems as against the hegemony of such inherited colonial languages as French, English, Portuguese and Spanish” (). Esto implica que, más de medio siglo después de la independencia de los países africanos, África “is the only place where the language of education is largely exogenous to its own people” (), de manera que gran parte del alumnado debe estudiar y aprender el currículo escolar en una lengua con la que muchas veces se enfrenta por primera vez al entrar en el colegio.
En resumen, las políticas lingüísticas africanas han tenido consecuencias enormemente negativas; como expone , se han caracterizado por excluir a la mayoría de la ciudadanía africana (que es precisamente a quienes esas políticas deberían servir), creando dos categorías de ciudadanos completamente asimétricas en porcentaje y en derechos: los favorecidos (advantaged) y los desfavorecidos (disadvantaged) o excluidos, por usar términos de Ayo Bamgbose. Los primeros:
are those who by virtue of education are able to operate easily in the official language, and by the same token, have access to economic and political power. What is even more important is that they use this same position of advantage to continue to resist change and perpetuate the elitism, which the use of the favoured language entails. ().
Frente a ellos, los excluidos constituyen “second class citizens” (). Y esa exclusión se ejerce, como ya se señaló, mediante las políticas lingüísticas, mediante el lenguaje, que “becomes a bar between those who can participate using the official language and those who cannot” (). Como ha estudiado , la exclusión se vincula (en todo lugar, pero especialmente en África) con el mecanismo que esta autora denomina cierre social (elite closure), una poderosa estrategia lingüística con la que las élites en el poder mantienen ese poder y los privilegios asociados a él ejerciendo políticas lingüísticas que limitan o vetan el acceso de las masas a la política o al avance socioeconómico: en el caso africano, manteniendo como lenguas oficiales lenguas europeas desconocidas por la mayoría de la población.
Es por ello que autores como , o afirman que, aunque el colonialismo fue oficialmente abolido, su presencia es aún tan intensa que el término de postcolonialismo es equívoco, porque “it creates the false impression that we have overcome the impact of colonialism” (). En este sentido, acuña el término de colonialingualism, muy acertado, que realza la todavía muy activa herencia colonial en el ámbito lingüístico: las lenguas excoloniales portan consigo el legado de la etapa colonial y siguen presuponiendo la supremacía epistemológica blanca que caracterizó esa etapa ().
De hecho, la cuestión lingüística es muy importante. formuló seis paradojas fundamentales para poder entender el continente africano. Una de ellas consiste en que este continente “is not the poorest of the regions of the world in resources but it is the least developed of the inhabited continents” (). Las cifras refrendan esta afirmación; según , mientras hasta hace no muchos años la mayoría de las personas más pobres del planeta moraban en Asia, actualmente más de la mitad de pobres viven en África (unos 390 millones). Sigue indicando Walenkamp que, de los 47 países de renta más baja, 33 son africanos. Por su parte, según , en 1980 la renta per capita de África era de 600 $, pero en 1991 cayó a 440 $. No obstante, en esa misma década el este de Asia tuvo un gran aumento, pasando de 200 $ a 800 $, y la renta de otros países en desarrollo subió igualmente, desde 605 $ en 1965 a 900 $ en 1990. Pues bien, sobre esa ausencia de desarrollo apuntada por , muchos autores sugieren, con muy sólidas evidencias, que el ámbito lingüístico es la principal causa de freno al desarrollo africano (cf. ; , ; ; , entre otros): en concreto, la ya referida y sorprendente oficialidad de las lenguas excoloniales en gran parte de África a pesar de ser conocidas solo por una parte muy reducida de la población. Es esa desafortunada elección lingüística de muchos países africanos lo que ha frenado y sigue frenando el continente; en un amplio estudio que es una referencia clave, muestra el rol inexistente de las lenguas africanas en cuatro áreas consideradas como pilares maestros del desarrollo: educación, salud, economía y gobernanza.
Y, sin duda, de entre las cuatro destaca en especial la educación, cuya situación en la mayor parte de África se puede calificar como dramática, de manera que sucesivas generaciones de jóvenes africanos, el futuro del continente, son echadas a perder debido a la obsesión de los gobiernos por desarrollar una educación alienada, en lenguas europeas, que en la mayor parte de casos el alumno no habla ni entiende. Los datos de nuevo refrendan esto: según , más del 50 % de la población africana es iletrada; por otro lado, indica que menos del 50 % de niños en edad escolar cursan primaria y de ellos dos tercios no llegarán a la secundaria (pero en países como Uganda las cifras aún son peores, pues solo el 25 % de alumnos de primaria acaban este ciclo según ). Por su parte, ofrecen unas estadísticas más recientes que muestran una tímida mejoría, pero claramente insuficiente: un niño de cada tres no acaba primaria y tres de cada cinco no acaban secundaria.
Una causa fundamental de este gran fracaso educativo (con tasas muy altas de fracaso escolar y abandono) es el lenguaje, porque en la mayor parte del continente el niño es escolarizado en una lengua europea que le resulta desconocida, pero en la que debe aprender todas las materias del currículo escolar. Esta política lingüística absurda ignora la evidencia perfectamente establecida de que “instruction in (one of the) language(s) a child has acquired from an early age works best” (), mientras que la situación real supone todo lo contrario: “an education that is packaged in a language which the child does not understand is simply a torture to the child” (). En otras palabras, el lenguaje es una barrera para la educación de las masas africanas, excluidas y expulsadas de toda participación pública, comenzando por la educación, al aplicar políticas lingüísticas que no difieren de las propias de la etapa colonial y que vetan la justicia social y el desarrollo: como señala , “It is crucial to understand that no country can develop, whilst leaving behind its human capital”.
Las cifras revelan el sinsentido de esta situación en la que las lenguas excoloniales siguen siendo lenguas oficiales y usadas para la vida pública a pesar de ser conocidas por un porcentaje muy pequeño de la población africana: menos de un 20 % domina cualquiera de esas lenguas europeas (; ; ). indica que el porcentaje de población que domina el inglés en los países africanos cuya lengua oficial es el inglés es de un 17 %, y de un 18 % en los países africanos donde la lengua oficial es el francés (el porcentaje en otros países, que abarcan aquellos en los que el portugués es lengua oficial así como Guinea Ecuatorial, es algo mayor, un 37 %, pero esto apenas representa un tercio del total). Por tanto, francés e inglés “retain a relatively precarious status among African masses” (). Pero otras estimaciones son incluso inferiores a la de Albaugh: según , “Only about 5% of the population master French in the so-called francophone countries, about 5% master English in the so-called anglophone countries”. Así, las lenguas africanas, dominadas por toda la población, quedan invisibilizadas y marginadas, vetando cualquier atisbo de participación democrática de las masas.
Al hilo de lo señalado, es relevante atender a otro aspecto. El monolingüismo oficial que los poderes coloniales europeos quisieron imponer en África, proclamando la lengua colonial respectiva como única lengua oficial del territorio, se basa en la aplicación extemporánea y descontextualizada de la noción europea del estado nación (cf. ) y de la consiguiente máxima de “un estado, una nación, una lengua”, desarrollada en el siglo XVIII para un contexto del todo diferente como era Europa, y que postula la homogeneidad lingüística, cultural y étnica de una noción (homogeneidad que ni siquiera existía en Europa). Por ello, señala que “There is no reason to assume that European models of statehood, which may have worked well in 18th and 19th century Europe, provide meaningful solutions to African problems of the late 20th and early 21st century”. Es asombroso que, tras la independencia de los países africanos, “most of the countries have maintained the colonial legacy of the supremacy of foreign languages” (), creyendo que las lenguas europeas eran herramientas propicias para asegurar la unidad nacional en esos países, incluso a costa de seguir sosteniendo la esclavitud mental derivada de mantener el colonialismo lingüístico.
Hay, no obstante, un agravante en cuanto a mantener esas políticas lingüísticas: en el pasado, tales políticas eran llevadas a cabo por los poderes coloniales, pero tras la independencia de los países de África no son ya los europeos los responsables de su mantenimiento, sino los propios africanos: sus gobernantes y sus pequeñas pero muy poderosas élites. Tras la independencia, esos gobernantes y élites asumieron el mito de que sería inviable alcanzar la modernidad mediante las lenguas africanas, de modo que solo podría obtenerse adoptando lenguas “internacionales” (). Por tanto, las élites africanas ejercen hoy, lamentablemente, de europeos de ayer.
El libro reseñado permite apreciar nítidamente todo lo referido, todo ese sinsentido que caracteriza las políticas lingüísticas ejecutadas antaño y hogaño en África, ofreciendo una panorámica muy amplia que revela cómo el colonialismo lingüístico sigue imperando allí. Además, el volumen adopta una perspectiva crítica y muy comprometida con las lenguas africanas y sobre todo con sus hablantes, mostrando reiteradamente a través de los diferentes capítulos que seguir manteniendo las lenguas excoloniales como lenguas oficiales no funciona. Existían panorámicas previas sobre esta cuestión (; ; ), pero mucho menos amplias. Por ello, el volumen debe ser bienvenido, al mostrar nítidamente que las lenguas excoloniales “function as tools of exclusion and marginalization for the majorities of the national populations” ().
La obra reúne un total de 32 capítulos (junto a una introducción y una conclusión) dispuestos en seis partes diferenciadas, cada una de las cuales discute las políticas lingüísticas de los países de una zona concreta de África: África del este (Kenia, Tanzania, Zanzíbar y Uganda), África central (Burundi, Ruanda, República Democrática del Congo y República del Congo o Congo-Brazaville), África occidental (Cabo Verde, Camerún, Senegal, Gambia, Costa de Marfil, Benín, Mali, Nigeria, Níger, Togo, Burkina Faso y Ghana), el Cuerno de África (Eritrea, Etiopía y Somalia y Somalilandia, tratados los dos últimos países en el mismo capítulo), África septentrional (Marruecos, Argelia y Chad) y África meridional (Zimbabwe, Lesotho, Namibia, Zambia, Botswana y Sudáfrica). Por tanto, la obra expone la situación lingüística de 32 países junto a Zanzíbar, región semiautónoma de Tanzania.
Además, el volumen no solo ofrece una amplia panorámica de las políticas lingüísticas africanas, sino que los capítulos se organizan en general según una estructura común muy propicia para poder efectuar comparaciones entre países: exposición y discusión de las políticas lingüísticas del período colonial, del período posterior a la independencia y de las políticas lingüísticas presentes. Ya que la obra se publicó en 2024, los capítulos ofrecen información muy actualizada. Además, la discusión de esas políticas es muy amplia, ofreciendo la gran mayoría de capítulos un panorama sociolingüístico muy abarcador: educación, administración, justicia, legislación, medios de comunicación, negocios, transporte, religión, etc. Y bastantes de los capítulos finalizan ofreciendo recomendaciones sobre las políticas lingüísticas que deberían implementarse, coincidiendo en que el rol de las lenguas africanas debe reconocerse y potenciarse. En suma, el volumen muestra, con una perspectiva muy crítica, el drama lingüístico que viven los africanos, pues, como indica la introducción, “Unfortunately […], things have not changed that much since colonial times” (p. 2).
A continuación, esbozaré muy brevemente los contenidos de cada capítulo. La introducción (capítulo 1), de los dos editores del volumen, Esther Mukewa Lisanza y Leonard Muaka, ofrece una muy sucinta presentación de la obra y sostiene que mientras África no se decida a empoderar las lenguas autóctonas en los ámbitos oficiales, el continente y sus habitantes no podrán ser descolonizados. La parte I, referida a África del este, comienza tratando en el capítulo 2, de Jane Akinyi Ngala Oduor y Shadrack Kipsang, las políticas lingüísticas de Kenia (pp. 7-35). Las dos lenguas oficiales son el suahili o kiswahili y el inglés, si bien se privilegia esta última. El capítulo repasa numerosos ámbitos e incide especialmente en el educativo: aunque el Ministerio de Educación estipula que la lengua de instrucción debe ser la nativa en los tres primeros años de primaria, muy pocos colegios cumplen esto. También se aborda un aspecto recurrente en otros capítulos: muchos padres se oponen al uso educativo de lenguas africanas, por miedo a peores opciones laborales para sus hijos. Curiosamente, todo ello en un país donde solo el 15 % de la población habla inglés (; ). Dainess Mashiku Maganda escribe el capítulo 3, sobre Tanzania (pp. 37-70), país con gran diversidad lingüística (120 lenguas). Maganda muestra que la política lingüística tanzana es contradictoria y confusa (p. 45), y las lenguas minoritarias son amenazadas por el suahili, a su vez invisibilizado por el inglés. Esta lengua, dominante oficialmente, es hablada por menos del 15 % de la población (p. 65), o incluso por menos del 10 % según , frente al 90 % que habla suahili. Como en el capítulo previo, la autora expone y discute prejuicios lingüísticos que impregnan a los gobernantes y a la población, como que una lengua europea es la única opción para modernizar y desarrollar el país.
Por su parte, el capítulo 4, de Haroun Ayoub Maalim, se dedica a Zanzíbar (pp. 71-84), región semiautónoma de Tanzania y origen del suahili, hablado por el 97 % de los zanzibareños. Suahili e inglés son las dos lenguas oficiales, pero pocas personas hablan inglés. A pesar de ello, es la lengua de instrucción en primaria, lo cual ha provocado muy malos resultados, al tener que estudiar los alumnos en un idioma que no (o apenas) conocen. Maalim afirma que la educación es por definición emancipadora, pero “Teaching learners by using the language which they do not understand, cannot emancipate their minds” (p. 81), y, por tanto, los alumnos “fail to decolonize their minds” (p. 81). Ruth G. Mukama trata en el capítulo 5 y último de la parte I (pp. 85-109) el caso de Uganda. También suahili e inglés son las lenguas oficiales, pero el inglés es conocido por menos del 10 % de habitantes (). La autora señala que “Throughout my academic career as a linguist, I have longed to write the success story of a breakthrough for Uganda’s language policy process, but that happy ending has remained a far cry” (p. 85). De hecho, Mukama muestra una historia de fracasos continuos en las políticas lingüísticas: por ejemplo, en 2012 se propuso un syllabus en primaria para enseñar en suahili que nunca se aplicó, algo repetido en 2019. Así, Uganda ejemplifica bien el abismo, presente en otros países, entre una política lingüística planeada o aprobada y su nula implementación. Lo cierto es que, en todos los ámbitos, “Uganda has bowed down to the linguistic hegemony of English” (p. 95).
La parte II, referida a África central, se inaugura con el capítulo 6, sobre Burundi (pp. 113-130), de Leonard Muaka, Anitha Nduwamahoro y Dieudonn’e Butoyi. En el país se hablan cuatro lenguas: francés, conocido por un 8,6 % de la población (p. 113), o incluso por menos (según , un 7 %), kirundi (hablado por un 95,1 %), suahili (0,1 %) e inglés (se desconoce cuántas personas lo hablan, pero el porcentaje es inferior al del suahili). A pesar de estos números, el francés y el inglés son las lenguas oficiales, junto al kirundi. Los autores revelan cuán simple es la política lingüística burundesa: favorecer las dos lenguas europeas en todos los ámbitos. Pascal Gahutu escribe el capítulo 7, sobre Ruanda (pp. 131-148), donde el 99,4 % de habitantes habla el kinyarwanda, lengua oficial junto al francés (hablado por el 3,9 %), inglés (1,9 %) y suahili. En 2008, el gobierno declaró el inglés lengua única en educación y en la administración, algo sorprendente por carecer de historia colonial en Ruanda (fue introducido a partir de las luchas entre hutus y tutsis). Como indica Gahutu, con esos porcentajes, “making a foreign language an official language is illogical” (p. 136). Tras diferentes presiones, el kinyarwanda se reintrodujo en la educación primaria (aunque los colegios privados hicieron caso omiso), pero en 2011 se reinstaura el inglés, lo cual produjo un desastre educativo al no ser conocido por el alumnado e incluso ser poco conocido por el profesorado: en 2009, de los 31.000 profesores de primaria, solo 4.700 tenían preparación en inglés, y de los 12.000 de secundaria, solo 600 (p. 143). Por tanto, la política lingüística ruandesa se asemeja a la de toda África: sus decisiones escapan de toda lógica.
El capítulo 8, de Eyamba G. Bokamba, trata la República Democrática del Congo (pp. 149-177). Este país, que atesora más de 200 lenguas, es un caso poco común, pues la tasa de población que habla francés alcanza un 30 % () y su tasa de lectoescritura es del 77 % (p. 149), solo superada por Namibia y Camerún. La lengua oficial es el francés, usada junto con cuatro lenguas nacionales en primaria, aunque en la práctica el francés es la única lengua de instrucción en zonas urbanas. El capítulo 9, escrito por Jean Mathieu Tsoumou, atiende a la República de Congo (Congo Brazaville) (pp. 179-194). El francés fue proclamado tras la independencia única lengua oficial, aunque lo conocía menos del 10 %, frente al kituba y al lingala, habladas por casi toda la población. Actualmente, un 60 % habla francés, pero su uso frecuente se limita a las élites urbanas. Ya que la principal lengua de instrucción es el francés, Tsoumou afirma que “Adopting a foreign language as the main education language can only lead to discrimination and academic failure” (p. 190).
El capítulo 10 inaugura la parte III, sobre África occidental. Este trabajo, de Abel Djassi Amado, trata las políticas lingüísticas de Cabo Verde (pp. 197-218), donde la lengua más usada es el kriolu (“life in Cabo Verde happens in Creole”; p. 199), pero el portugués es la lengua del poder, prestigio y alta cultura. Como en casi toda África, “National independence did not translate into a linguistic revolution” (p. 204), por lo que “The official language policy is not different from the colonial period” (p. 212), al creer que el portugués propiciaría el desarrollo económico (idea falsa pero recurrente en África sobre las lenguas europeas). Eso significa que la política lingüística claramente perjudica al kriolu. Camerún es analizado en el capítulo 11, escrito por Lendzemo Constantine Yuka (pp. 219-241). Aunque el país tiene casi 300 lenguas de varias macrofamilias, tras obtener la independencia proclamó el francés y el inglés como únicas lenguas oficiales, no conocidas por un gran porcentaje de población ( estima que solo el 20 % habla francés). Las lenguas indígenas se ven como una posible fuente de división y conflictos, mientras que las europeas se consideran neutras, un mito que impregna el continente. Mamarame Seck firma el capítulo 12, referido a Senegal (pp. 243-261). El francés es la única lengua oficial aunque solo el 15 % de habitantes la habla () mientras que el 90 % habla wolof. La tasa de iletrados es muy alta, un 57 % (77 % para las mujeres). El francés domina todos los ámbitos, también la educación, por lo que los resultados educativos son malos, aunque recientemente se han implementado algunos programas bilingües que usan varias lenguas nacionales. En resumen, Seck muestra que “the Senegalese authorities are not ready to question the privileged status of French, which probably serves their own interests and those of their economic partners, mainly France” (p. 252).
Gambia es el objeto del capítulo 13, de Burama L. J. Jammeh (pp. 263-284). En este país han existido siete diferentes políticas lingüísticas desde la etapa colonial hasta la actualidad. El inglés es lengua oficial a pesar de que lo domina menos del 5 % (). Jammeh aborda varios prejuicios lingüísticos que moldean la política lingüística gambiana (y africana en general): elegir una lengua indígena como lengua oficial destruiría la unidad nacional, esa lengua no podría tratar aspectos científicos y tecnológicos, etc. Por su parte, Jean-Claude Dodo y Jacques Denos N’Zl Yao escriben el capítulo 14, referido a Costa de Marfil (pp. 285-299), donde el francés impera como lengua oficial y las lenguas indígenas no son promocionadas por clara falta de voluntad política. Como el capítulo previo, este también discute mitos asumidos por el gobierno tras la independencia: el francés aseguraría la unidad nacional y étnica, abriría el país al mundo, podría tratar aspectos científicos y tecnológicos (algo inviable para las lenguas autóctonas), etc. La Constitución de 2016 sigue sin concretar ninguna política sobre las lenguas indígenas; por ello, aunque el multilingüismo “is an essential characteristic of Ivorian society” (p. 297), esto no tiene reflejo legal alguno, dado el predominio del francés que los sucesivos gobiernos no solo no han limitado sino que han acentuado. El capítulo 15, escrito por Désiré Baloubi, aborda la situación de Benín (pp. 301-319). Si el francés dominaba en la época colonial, tras la independencia “nothing has changed regarding the status of native languages in Benin” (p. 307) (notemos cuán a menudo se reitera este patrón en los países de África): la Constitución, redactada solo en francés y accesible así a una minoría (menos del 10 % domina esta lengua), especifica que “activities be conducted primarily in French” (p. 310). Hasta tal punto llega el sinsentido que, tras la independencia, los parlamentarios “always voted in support of bills written exclusively in French, even though only a slim percentage of those parlamentarian officials could read and write the colonial language” (p. 309). El capítulo acaba proclamando una verdad que no se quiere ver en África: “No nation has ever prospered or developed in another nation’s language and culture” (p. 317).
La situación lingüística de Mali es objeto del capítulo 16, escrito por Amadou Beidy Sow. Mali sufrió una doble colonización: árabe (s. XI) y mucho más tarde francesa, que aplicó una política de asimilación “designed to obliterate African values and replace them with the French standards” (p. 322). Actualmente, la política lingüística no ha cambiado, dado el predominio del francés, aunque la gran mayoría (más del 90 %) “cannot read or write the French language while all the important information is given in French” (p. 341). El capítulo 17, de Harrison Adeniyi y Ayo Ayodele, aborda el caso de Nigeria (pp. 345-367), el país que atesora mayor diversidad lingüística de África, con cerca de 540 lenguas. El inglés domina sobre las lenguas autóctonas: las tres principales (hausa, yoruba e igbo) cumplen algunas funciones oficiales pero el inglés se usa en el gobierno y en otros ámbitos institucionales, incluso aunque la política lingüística actual estipula que todas las lenguas son iguales, algo no cumplido en la práctica. Esto se aprecia también en la educación: en los primeros años de primaria, la lengua de instrucción debería ser local, pero esto no se llegó a implementar. En el capítulo 18, Moussa Mohamed Sagayar discute la situación de Níger (pp. 369-383), país colonizado por Francia, que pretendió, como en las restantes colonias, “make the colonized Africans assimilate into the French culture and way of life” (pp. 370-371). Curiosamente, Níger tiene uno de los porcentajes más bajos de dominio del francés, un 5 % (), lo que no impide que esta lengua (de trabajo, ya no oficial), se siga usando en los dominios institucionales. No obstante, cabe destacar que el país está apostando por cambiar este dominio: por ejemplo, desde 2021 unas 5.000 escuelas enseñan con lenguas nativas en la educación primaria inicial.
El capítulo 19, de Palakyen Mouzou, discute Togo (pp. 385-404), que sufrió tres sucesivos dominios coloniales (alemán, franco-británico y francés). El francés es lengua oficial, dominando toda la vida institucional. El estado no reconoce ninguna lengua nacional, por el miedo (infundado) a no garantizar la unidad nacional. La conclusión de Mouzou consiste en que “If everything is done in foreign languages, people’s roots are cut with sad consequences” (p. 402). Cheick Félix Bobodo Ouédraogo es autor del capítulo 20, dedicado a Burkina Faso (pp. 405-435). Su situación lingüística es un calco de la de otros muchos estados africanos: tras conseguir la independencia, el francés, lengua excolonial, fue elegida como oficial; por ello, “Burkina Faso does not have a systematic language policy” (p. 434). El capítulo 21 y último de la parte III, de Seth Antwi Ofori, discute Ghana (pp. 437-461), abordando críticamente las razones (falaces) por las que el inglés siguió siendo primado tras la independencia: era una lengua más “avanzada” que las lenguas indígenas y podía unir las etnias ghanesas. Otra razón (curiosa) consiste en que fue usada por los nacionalistas en su lucha por la independencia. De este modo, actualmente “English is indispensable” (p. 450), aunque lo domine poco más del 10 % de la población (), lo que no evita que los ghaneses prefieran el inglés a sus propias lenguas (p. 460). Además, el capítulo denuncia el gran desconocimiento que aún sufren las lenguas no europeas: “due to a lack of serious linguistic research on the subject matter, we cannot realistically, formally, say how many languages are there in Ghana” (p. 445); las estimaciones van desde 30 a 80 lenguas.
La parte IV aborda el Cuerno de África. El capítulo 22, escrito por Yonas Mesfun Asfaha y Sjaak Kroon, discute el caso de Eritrea (pp. 465-488), cuya política lingüística difiere de la usual en África: tras obtener su independencia en 1991, Eritrea carece de lengua oficial, proclamando la igualdad de las nueve lenguas del país, usadas todas ellas en la educación. Tigriña, árabe e inglés son lenguas de trabajo en la administración, aumentando el uso de la primera, hablada por más del 50 % de la población y utilizada como lengua franca entre los diferentes grupos étnicos. A pesar de ello, el inglés “is widely assumed to aid social mobility” (p. 482). Por su parte, Belay Worku Alem aborda en el capítulo 23 (pp. 489-509) las políticas lingüísticas de Etiopía. Con cerca de 140 millones de habitantes, este país tiene más de 80 lenguas. Durante el reinado de Haile Selassie, el amhárico fue vinculado con la identidad nacional, lo que perjudicó mucho al resto de lenguas. Actualmente, la Constitución proclama la igualdad de todas las lenguas, si bien “There is unavoidable hierarchy of languages” (p. 496), ocupando las lenguas minoritarias el peldaño más bajo. El estatus del amhárico ha menguado: dejó de ser lengua oficial para pasar a ser lengua de trabajo del gobierno federal (junto con otras cuatro desde 2020). Somalia y Somalilandia (país este sin apenas reconocimiento internacional) son objeto del capítulo 24, escrito por Maryan Ali (pp. 511-524). Ambos países, colonizados por Italia y Reino Unido respectivamente, se separaron en 1991 tras la cruenta guerra civil de 1988. En Somalia, somalí y árabe son las dos lenguas oficiales. Aunque toda la educación debería desarrollarse en somalí, “the education system in Somalia is chaotic” (p. 517). Por su parte, en Somalilandia las lenguas oficiales son somalí, árabe e inglés. La lengua de instrucción es el somalí, si bien tras la guerra civil aparece la educación privada, que privilegia el inglés.
La parte V se ocupa de las políticas lingüísticas del norte de África, comenzando por Marruecos, tratado en el capítulo 25, de Ali Alalou (pp. 537-551). Aunque el país tiene más de 10 lenguas indígenas, Alalou se centra en la marginación sufrida históricamente por el bereber (lengua oficial junto al árabe), mostrando que (y cómo) la marginación hacia esa lengua y su cultura fue provocada por el poder colonial francés, reforzada más tarde por razones político-económicas. Souheila Hedid es la autora del capítulo 26, referido a Argelia (pp. 553-573). Hedid sostiene que las políticas lingüísticas “emanate from political decisions and from the will of those in power, and rarely from sociolinguistic realities, people’s needs, and their actual linguistic practices” (p. 553) (esto es paradigmático en África). Desde tal óptica, explora las políticas lingüísticas aplicadas en Argelia, caracterizadas todas ellas por la asimetría, esto es, por “favoring one language to the detriment of the others […], putting them all in a situation of conflict and competition” (p. 568). El capítulo 27 (pp. 575-591), sobre Chad, es obra de Dionnodji Tchaine. Este país sufrió, como Mali, dos colonizaciones: la árabe desde el s. XI y la francesa desde 1900. Tras independizarse de Francia, Chad proclamó el francés como lengua oficial por razones (prejuiciosas) idénticas a las asumidas en otros países: facilitar la unidad nacional, evitar el aislamiento del país o poder lidiar con la ciencia y la tecnología. Desde 2000 existe un deseo político de primar al árabe en la administración. Aunque a partir de 2006 se reconoce el uso de lenguas nacionales en educación, las indígenas siguen estando marginadas. En resumen, francés y árabe se han reforzado a costa de asfixiar las restantes lenguas.
La parte VI y última estudia las políticas lingüísticas de África meridional. El capítulo 28, de Eventhough Ndlovu, analiza la situación de Zimbabwe (pp. 595-623). Este es el país africano cuya lengua oficial es el inglés con mayor porcentaje de conocimiento de esta lengua, casi un 40 % (). Ndlovu contrasta dos tipos antagónicos de políticas lingüísticas, top-down y bottom-up. El primer tipo “led to the marginalization and underdevelopment of the so-called minority languages” (p. 619), mientras que la segunda, lejos de plegarse a las lenguas europeas, prima las necesidades locales. El enfoque top-down, claramente dominante en África en general y en Zimbabwe en particular en las etapas colonial y postcolonial, está “characterized by elite domination” (p. 608). Ndlovu muestra que algunas iniciativas bottom-up surgidas en el país han sido exitosas, pero el gobierno las contrarresta para mantener la hegemonía de las tres lenguas dominantes, inglés, shona y ndebele. Kelello Alicia Rakolobe expone la situación lingüística de Lesoto en el capítulo 29 (pp. 625-644). Las lenguas oficiales son inglés y sesoto, pero la primera, más prestigiosa, domina en los ámbitos públicos sobre el sesoto y mucho más aún sobre las restantes lenguas. Como en bastantes otros países africanos, las leyes educativas instan a usar algunas lenguas indígenas como lenguas de instrucción, pero esto “remains a stipulation on paper as it is not being implemented in schools” (p. 630).
Namibia es objeto de tratamiento en el capítulo 30, escrito por Beausetha J. Bruwer (pp. 645-663). El país estuvo bajo dominio de Alemania y de Sudáfrica. Tras independizarse en 1990, eligió el inglés como única lengua oficial, que, como en los restantes países africanos cuya lengua oficial es el inglés, habla poca gente (menos del 20 %). Su supremacía provoca además actitudes desfavorables hacia las más de 20 lenguas autóctonas, y alguna muy grave, como que “those who do not speak English are unable to contribute to society” (p. 660). Todo ello causa según la autora que “Namibia is still not free from the aversion toward native languages and culture and the supposed superiority of Western languages and cultures that were enforced on its people” (p. 662). El capítulo 31, de Gabriel Simungala, se dedica a Zambia (pp. 665-682), otro ejemplo (como Ghana) del escaso conocimiento sobre las lenguas que existen en él, con estimaciones que van desde 20 hasta 73. El capítulo muestra que las políticas lingüísticas zambianas “are predicated on the ‘do nothing’ principle” (p. 665). El inglés es lengua oficial, aunque lo habla menos del 15 % de la población, y fue escogido, como en otros países, para evitar las supuestas tensiones étnicas que podrían surgir si se primara una lengua autóctona sobre el resto; más tarde, siete lenguas indígenas se proclamaron lenguas regionales, usadas también en los primeros años de primaria, si bien la educación en lenguas autóctonas sufre un grave prejuicio: es vinculada con la pobreza, con quedar atrás socialmente.
Botswana es abordado en el capítulo 32, coescrito por Anderson Chebanne y Kemmonye Collete Monaka (pp. 683-700). El inglés y el setswana son las dos lenguas oficiales; en lo tocante a las lenguas autóctonas, la primacía del setswana derivada de una política asimilacionista provocó el retroceso de las restantes lenguas (unas 28). Así, Botswana es “a de facto monolithic state exercising linguistic and cultural imperialism which has relegated into oblivion the so-called minority languages and the education of young learners in their indigenous languages” (p. 684). Por ejemplo, en el ámbito educativo, las lenguas locales se consideran un problema, por lo que la educación se basa en “The imposition of western models” (p. 689). El capítulo 33, de Bongela BuhlebaMashasha Hlengwa-Selepe, se dedica a Sudáfrica (pp. 701-732). Durante mucho tiempo, la política lingüística se usó para oprimir a la mayoría negra, vetando incluso su acceso al inglés por miedo a que esta lengua pudiera unificar los diferentes grupos étnicos. En 1996 11 lenguas fueron proclamadas lenguas oficiales (en 2023 se añadió otra, la lengua de signos sudafricana), a las que hay que sumar 8 lenguas nacionales. Pero a pesar del principio constitucional de equidad lingüística, el capítulo muestra que la realidad es opuesta, pues las lenguas sudafricanas están claramente jerarquizadas: “English is at the top, Afrikaans is in the middle, and the African languages are at the bottom” (p. 717). Esa preferencia por una lengua europea “perpetuates an incomplete liberation for many nations” (p. 721).
Finalmente, el capítulo 34 y último, escrito por los dos editores del volumen, constituye la conclusión (pp. 733-739). Lisanza y Muaka denuncian, sobre las políticas lingüísticas, “the legacies left behind by the colonial powers” (p. 733). Ese legado se ha ido reiterando en la mayoría de los países africanos: como indican ambos autores, sería esperable que los países independizados más tarde aplicaran políticas lingüísticas que evitasen los errores en que cayeron los países previamente independizados; sin embargo, “Sadly, these younger nations seem to have fallen in the same trap as those before them. They have embraced excolonial languages and made them their models” (p. 734). En algunos países incluso hubo regresiones: la práctica colonial (en especial, británica) de usar como lengua de instrucción la lengua local en la etapa inicial de primaria se redujo o suprimió en países como Zambia, Kenia, Uganda, Zimbabwe o Botswana (). Y en secundaria Tanzania cambió del suahili al inglés (). La conclusión realza que negar las lenguas autóctonas implica negar un aspecto clave de la herencia africana: “An Africa devoid of its rich heritage is a dead Africa” (p. 738).
Aunque es obvio que este muy breve resumen de contenidos no puede hacer justicia al volumen, permitirá al menos apreciar su gran interés, derivado de trazar un panorama muy amplio sobre las políticas lingüísticas africanas. El interés de la obra se acrecienta teniendo en cuenta que la perspectiva de los capítulos no es meramente descriptiva, sino crítica. La panorámica revela una y otra vez que las políticas aplicadas se oponen al sentido común: de sentido común sería, alcanzada la independencia de los distintos países, no elevar a la categoría de lenguas oficiales a unas lenguas ajenas a África que representan el período colonial y que, como en los tiempos de la colonia, son conocidas por una minoría elitista de la población, y desconocidas por las masas africanas más de medio siglo desde la obtención de la independencia. Esto es, los capítulos muestran muy bien que esas políticas lingüísticas sirven a “the interests of the ruling elites, rather than the proletariat” (). Para revertir esa situación, como afirma el capítulo 15, sería necesario “institutionalizing the use of mother tongues as official languages just like French in France, Chinese in China, and German in Germany” (p. 301). En resumen, por todo ello, hay que celebrar la publicación de la obra.
Habiendo, por tanto, dejado claro su gran interés, hay algunos aspectos que se echan en falta. Uno de ellos es una introducción más amplia, que ofreciese un estado general de la cuestión sobre el tema explorado en el volumen. Y, sobre todo, se echa en falta aún más en la introducción una justificación (siquiera mínima) de los criterios manejados por los editores para seleccionar los 32 países abordados en la obra (junto a Zanzíbar), excluyendo al tiempo los restantes 23 países de África: Angola, Comoras, Egipto, Gabón, Guinea, Guinea Bissau, Guinea Ecuatorial, Liberia, Libia, Madagascar, Malaui, Mauricio, Mauritania, Mozambique, República Centroafricana, Santo Tomé y Príncipe, Seychelles, Sierra Leona, Suazilandia, Sudán, Sudán del Sur, Túnez y Yibuti. Por ejemplo, llama la atención que el capítulo 4 trate un territorio que no es un país, Zanzíbar, sino una región semiautónoma de Tanzania, pero al tiempo se haya excluido uno de los países más poblados del continente, Egipto, con más de 110 millones de habitantes, o también que la representación del África donde la lengua oficial es el portugués sea mínima (Cabo Verde).
Desde la perspectiva formal, la obra está muy cuidada, con alguna excepción menor: el volumen está escrito en inglés, pero en el capítulo 20 aparecen varias notas a pie de página escritas en francés, como la 6 y 7 (p. 413) o la 12 (p. 429).
Un aspecto que es muy interesante resaltar consiste en que, dada la perspectiva crítica antes referida, la obra discute y rechaza, en diferentes capítulos, los muy asentados mitos y prejuicios lingüísticos sobre los que muchas veces se erigen las políticas lingüísticas africanas. Uno de los mitos más reiterados (y criticados) a lo largo del volumen es la idea, vinculada con la aplicación en África de la ideología del estado nación, de que solo la elección de las lenguas europeas como lenguas oficiales permite asegurar la unidad nacional, evitando las tensiones étnicas que surgirían inevitablemente al primar la lengua de un grupo étnico específico. Esta idea es rotundamente falsa: como muestran , o , los ejemplos de Somalia, Ruanda o Burundi ilustran la existencia de conflictos étnicos gravísimos (con genocidios incluso) a pesar de compartir la misma lengua nacional: los hutus y los tutsis hablan kinyarwanda en Ruanda y kirundi en Burundi respectivamente. Lo mismo rige para los restantes mitos identificados por distintos capítulos del volumen, como que solo las lenguas europeas, no las africanas, aseguran la modernidad y el desarrollo, o que solo ellas pueden lidiar con la ciencia y la tecnología (este prejuicio es desmontado por ), o que sin las lenguas europeas los países africanos quedarían aislados: como exponen , muchos países de todo el planeta que usan sus propias lenguas no están aislados del mundo, como Japón o China. En resumen, como escribe Amado en el capítulo 10, “old colonial linguistic myths remain in society” (p. 208); sobre la discusión crítica de esos mitos, cf. , , , y .
Sin embargo, los prejuicios lingüísticos y mitos están tan extendidos que, paradójicamente, algunos autores que en la obra discuten y rechazan decididamente ciertos prejuicios al tiempo asumen acríticamente otros. Así sucede en el capítulo 14, que trata la situación lingüística de Costa de Marfil. Sus autores, Jean-Claude Dodo y Jacques Denos N’Zl Yao, señalan que el francés se plasma en este país en cuatro variedades diferentes: francés estándar, francés popular costamarfileño, nouchi y francés costamarfileño. Su caracterización del francés popular costamarfileño es tan sorprendente como lamentable: “FPI is an ‘approximation’ of French. This ‘approximation’ is characterized by anomalies at different levels of the spoken chain (phonetic, morphological, syntactic, semantic, and lexical)” (p. 297). Definir una variedad intralingüística como un conjunto de ‘anomalías’ no es esperable por parte de académicos que deberían luchar contra todo tipo de prejuicios lingüísticos en vez de dedicarse a esparcir mitos contra la variación lingüística. Esto es indigno de dos profesionales del lenguaje, y un ejemplo diáfano de lo que denomina la ideología de la legitimidad lingüística, según la cual “particular languages or language varieties are superior in some fundamental ways to others” (). Por otro lado, sorprende leer en el capítulo 30, sobre Namibia, que, según su autora, Beausetha J. Bruwer, el país tiene “more than 28 dialects representing three different language families” (p. 645), cuando en realidad está aludiendo a las lenguas namibias, no a las variedades.
Dejando de lado esta cuestión, el volumen reseñado muestra magníficamente por qué es urgente reorientar de manera drástica las políticas lingüísticas aplicadas en la práctica totalidad de África, para evitar seguir reproduciendo la colonización de las mentes africanas mediante el predominio de lenguas ajenas a África y a sus habitantes. De ahí que autores como o sostengan que mientras los poderes africanos no apuesten decididamente por las lenguas autóctonas, por las lenguas de las masas, no será posible poner las bases para el desarrollo del continente. Esto implica que las políticas lingüísticas deben abandonar el enfoque top-down, al servicio exclusivo de las élites y orientado a mantener sus privilegios, para adoptar el enfoque bottom-up, poniendo las políticas lingüísticas al servicio de la población. Indicaba que “The dominant perception of the African situation among enlightened African public thinkers is that, as a continent, Africa lost the 20th century”. Si no se revierten las políticas lingüísticas africanas al uso, me temo que África perderá también el siglo XXI, seguirá perdiendo sucesivas generaciones de jóvenes que deberían ser el futuro del continente pero que son excluidos de la educación, la justicia, la legislación, la administración, los negocios, etc., porque desconocen unas lenguas artificialmente insertadas en África como las europeas y, lo que es peor, mantenidas actualmente ya no por los europeos sino por los propios africanos, por sus dirigentes y sus élites.
Como denunciaba ,
no significant and lasting change can occur in Africa without her languages and without the full participation of the majority of her people. The solution to empowering the masses in Africa is not in making everyone fluent in English, French, Portuguese or Spanish, but in replicating their patterns of local language use in development policies and programs.
El volumen reseñado es magnífico no solo para mostrar el problema, sino para apuntar la solución, que es obvia. Lo que hace falta es voluntad política para aplicarla.
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