“Respecto a las lenguas, hay muchos prejuicios que predominan entre quienes no son especialistas en lingüística (y, por desgracia, en algunas ocasiones también entre quienes lo son o dicen serlo)” ().
1. INTRODUCCIÓN
El ser humano se caracteriza por la adopción masiva, antaño y hogaño, de todo tipo de prejuicios (biológicos, sociales, étnicos, sexuales, religiosos, etc.) muy nocivos para quienes los sufren. Ya escribía Allport, fundador del estudio de la psicología social del prejuicio, que “No corner of the world is free from group scorn”, de manera que “We are bundles of prejudices” (). Tales prejuicios encajan muy mal con el modo de actuación (racional) que se le supone al ser humano; de este modo, quien los asume actúa “sobre la base de indicios insuficientes, tal vez sólo imaginados” (). De ahí que todos los prejuicios, sean del tipo que sean, presuponen un “prior and unsupported judgment” (). En todo caso, a pesar del carácter unánimemente atribuido a los prejuicios, esto no significa que estos carezcan de función o propósito, tal como ha mostrado la psicología social. Para empezar, existe un amplio consenso, iniciado en , en que los prejuicios surgen del mecanismo humano básico de categorización (social), con el que damos sentido al mundo social al ordenar individuos en grupos. Esa categorización propicia una simplificación con la que se puede obtener predecibilidad a la hora de explicar y ordenar el mundo, al generalizar entre individuos en vez de tratar a cada uno de modo distinto (). En este sentido, la formación de categorías construidas sin evidencias adecuadas surge de manera tan sencilla como la de las que las tienen. En suma, la categorización es “the cognitive foundation of all forms of prejudice” (), por lo que los prejuicios son muy difíciles de evitar.
Además de poder simplificar y entender mejor el mundo social, se han apuntado otras funciones para los prejuicios, como otorgar ventajas materiales (), aumentar la autoestima (), mantener y reproducir las diferencias de estatus entre grupos () o, desde la óptica evolutiva, poder gestionar amenazas y oportunidades (), entre otras ventajas evolutivas (). Sin embargo, es obvio que, a pesar de las referidas funcionalidades de los prejuicios, hay que pagar un muy alto precio por los que son negativos, como es básicamente el menosprecio por personas a la que conducen en la mayor parte de ocasiones, y que puede manifestarse en los cinco grados que conforman la escala de Allport (), desde la antilocución (confrontación verbal en la que un grupo muestra una imagen negativa de otro grupo) al exterminio.
Los prejuicios lingüísticos se inscriben en la misma tendencia genérica que el resto de los prejuicios (). Lamentablemente, el lenguaje es uno de los dominios en los que más extensamente se generan esas visiones, originando múltiples (y poderosos) prejuicios lingüísticos que impregnan la sociedad (para una panorámica, cf. ). Ya , hace más de un siglo, advertía que “no hay terreno donde hayan germinado más ideas absurdas, prejuicios, espejismos, ficciones” que con respecto al lenguaje. Mostrar la falsedad de tales prejuicios, que no son otra cosa que expresión de aspectos como racismo, clasismo, homofobia, etc., es una tarea fundamental, porque fomentan la discriminación y estigmatización de lenguas / variedades y, sobre todo, de las personas que las usan. Como señalaba , “if you devalue somebody’s language, then you devalue them as human beings”. Así, de igual modo en que la etnia, el color de la piel, la orientación sexual, etc., son rasgos identitarios de las personas, la lengua o variedad usada no lo es menos, dada la íntima relación existente entre lengua o variedad y la identidad individual y social (; ; ; ; ; ; ; ). Como señala , “Las lenguas se encuentran tan unidas a las identidades sociales de sus hablantes, que las desconsideraciones lingüísticas se toleran muy mal, precisamente por interpretarse como ataques directos a la identidad”.
El colectivo de lingüistas es el más indicado para desmontar los mitos involucrados en los prejuicios lingüísticos y además es esperable que los lingüistas muestren un compromiso y una responsabilidad social en la lucha contra ellos (). Señal de este compromiso sería, dada la igualdad de las lenguas que ratifica la investigación lingüística, la denuncia de cualquier intento de poner en cuestión esa idea esencialmente admitida. Con mayor motivo, además, cuando (y en ello se cifra la responsabilidad social aludida) esos cuestionamientos son avalados por expertos o estudiosos del lenguaje que, por serlo, les proporcionan una supuesta aura de cientificidad. Esto no hace sino reforzar aún más los prejuicios y mitos lingüísticos aceptados por los legos.
Por desgracia, los ejemplos al respecto abundan, como muestran trabajos como , ), , o Moreno Cabrera (, , , , , , , , ) entre otros.
El presente trabajo ofrece un análisis crítico de un desafortunado ejemplo de prejuicios lingüísticos que no deja la diversidad lingüística del estado español bien parada (y tampoco la diversidad intralingüística del castellano). Esas ideas fueron vertidas en un artículo periodístico escrito por Antonio Benítez Burraco (desde ahora, ABB), un eminente lingüista y profesor de la especialidad en la Universidad de Sevilla, y publicado en el ABC de la edición de Sevilla (). Nada está más lejos de nuestro ánimo que el poner en cuestión la valía intelectual del profesional del lenguaje que las ha difundido en un periódico de gran tirada; muy al contrario, son tan solo las ideas expuestas, su divulgación y el influjo que pueden tener sobre los muchos legos en lingüística, lo que nos ha movido a redactar estas líneas.
2. ANÁLISIS CRÍTICO DE LAS IDEAS DE BENÍTEZ BURRACO
Teniendo en cuenta, como señalamos en la introducción, que los lingüistas son por motivos obvios las personas que deberían estar al frente de la lucha contra los prejuicios lingüísticos, es por ello incomprensible que un lingüista de la talla de ABB no solo no los combata, sino que los disemine y expanda en un artículo periodístico publicado en el diario ABC de Sevilla el 04/10/2023 (). Atendiendo a su condición de lingüista, su labor debería ser la contraria, y más aún cuando no se dirige a especialistas sino a los lectores de un diario de amplia tirada, esto es, a la sociedad, en la que los prejuicios lingüísticos campan a sus anchas. En especial, esa sorpresa deriva del hecho de que para un lingüista la diversidad (interlingüística e intralingüística) es (o debería ser) un hecho incuestionable que se debe defender, conservar y fomentar, en lugar de un problema que se debe atacar o evitar.
2.1. Lenguas regionales frente al español
En esa pieza periodística, señala ABB que las actitudes hacia el lenguaje reflejan los cambios sociales, aduciendo al respecto dos fenómenos concretos, a su juicio “obsesiones”, que presuponen un cambio de mentalidad consistente, siguiendo a Popper, en “el retorno a la tribu y, sobre todo, al modo tribal de pensar” (). Nos centramos en el primero de ellos, la “obsesión por la diversidad lingüística” referida al estado español por un lado y a la diversidad interna al castellano por otro. Sin duda, no esperaríamos de un lingüista que calificara la defensa de la diversidad lingüística como una obsesión. Sea como sea, ABB caracteriza esa “obsesión” del siguiente modo:
asistimos a una vindicación permanente, que ha devenido en agresiva defensa, de las lenguas regionales frente al español; de los dialectos frente al estándar; de las formas populares de hablar frente al registro culto. Cualquier protesta por esta deriva se etiqueta automáticamente como insolidaria con las minorías, insensible a la diversidad lingüística (y cultural) del país, y en último término, un ataque a la libertad del individuo de comportarse a su antojo y de identificarse con quien le plazca.
Concede ABB que “hay algo de necesario en tales vindicaciones”, al haber estado restringidas las lenguas “locales” al ámbito privado durante mucho tiempo, y al haber sido menospreciados los dialectos del español y el habla popular. Sin embargo, a su juicio “considerar la lengua nacional o la variante culta del idioma como instrumentos de coerción se antoja una visión harto simplista (y las más de las veces, políticamente interesada)”. Según este autor, la lengua nacional, que identifica exclusivamente con el español (negando así ese estatus a otras lenguas de España) y su variedad culta “son una de las mejores herramientas para vertebrar el territorio, al permitir la comunicación entre gentes que usan variedades lingüísticas dispares. Ayudan a entender mejor las necesidades de sus habitantes como lo haría una buena red de carreteras”.
Si hasta el momento ABB no dejaba en buen lugar la diversidad lingüística, su razonamiento final es la puntilla para ella, al afirmar que “en la defensa a ultranza de lo local, de lo particular, puede esconderse también una involución hacia sociedades más excluyentes: no olvidemos que para cualquier nacionalista la lengua es la principal seña de identidad, la marca última que lo distingue del extranjero, del bárbaro… del inferior tantas veces” (). Y concluye su argumentación aludiendo de nuevo a la “tribu”: “Al final, la vindicación exacerbada del hecho diferencial solo conduce a la autarquía cultural, al retorno a esa tribu que parecíamos haber abandonado para siempre”.
Para empezar, hay que notar que ABB es biólogo, además de lingüista. Nos preguntamos, por ello, si este autor sostendría también que existe “obsesión” por la diversidad biológica o por una parte de ella. Si, como es razonable concluir, la respuesta es negativa (en caso contrario no sería un biólogo al uso), eso significa que a su juicio la diversidad lingüística se mide mediante otro rasero diferente. Este apartado mostrará las posibles razones (en forma de una agenda oculta que intentaremos hacer explícita) por las que para ABB la diversidad lingüística del estado español es un caso especial de diversidad.
Como ya reflejamos, ABB enfatiza la comunicación posibilitada por el español, aunque en ningún momento señala que las restantes lenguas del estado permiten en la misma medida la comunicación entre sus respectivos hablantes, por lo que también vertebrarían sus territorios. Esto puede ser indicativo de un prejuicio consistente en creer que mientras el castellano es la lengua “por excelencia” de España, el resto de ellas “son obstáculos al entendimiento” (). En realidad, existen más de diez lenguas autóctonas en España ( sostiene trece), aunque teniendo en cuenta la alusión de ABB al nacionalismo, es quizá razonable pensar que el blanco de sus ataques son en especial el gallego, el euskera y el catalán (y/o valenciano).
Por otro lado, la denominación que usa ABB para referirse a las lenguas diferentes del castellano, “lenguas regionales”, es chocante, pues deja de lado que algunas de ellas son lenguas cooficiales en sus territorios. Esta expresión, considerada en el contexto en que aparece (“agresiva defensa de las lenguas regionales frente al español”), constituye un apelativo peyorativo. Además, no debe olvidarse que las lenguas diferentes del castellano son igualmente, en no menor medida, lenguas de España, y algunas de ellas, según el mismo artículo 3.2., son lenguas oficiales en sus territorios. Por otro lado, el artículo 3.3. indica que “La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y atención”. Sin embargo, según ABB todo esto no es más que una mera “obsesión”.
Lo cierto es que las lenguas que este autor considera “regionales” (y más tarde “locales”) no están en una situación de igualdad con respecto al castellano, algo que ABB no ignora, como él mismo apunta en su artículo. Por ejemplo, , ) documenta muy ampliamente la represión lingüística ejercida por el estado contra el euskera, vigente al menos desde el siglo XVIII, momento en que emergen los estados-nación que imponen la lengua estatal común como “nacional”, condenando así “al resto de las lenguas a la marginación” (). En la misma línea, recoge múltiples testimonios de represión contra el gallego ejercida en los últimos cinco siglos. En cuanto al catalán, , entre otras referencias, recopila muchas restricciones, en forma de disposiciones e instrucciones legales y gubernamentales, dictadas por los estados francés y español desde Luis XIV y Felipe V hasta fines del siglo XX. Por ello, esa “agresiva defensa de las lenguas regionales frente al español” que denuncia ABB se puede percibir como una muestra de lo que denomina el “proceso de deslegitimación” de ciertas lenguas; en este contexto, las diferentes del castellano. Es innegable que “A lingua oficial, a lingua representante do Estado, lexitima a desigualdade entre os falantes, naturaliza mecanismos de exclusión e inclusión e participa na reprodución da orde social […]” ().
Por otro lado, mediante la tesis de ABB sobre la relación entre la “agresiva defensa de las lenguas regionales” y el nacionalismo, este autor, como ya adelantamos previamente, parece devaluar las lenguas diferentes del castellano mediante el argumento de que mientras esta lengua “une” (vertebra el territorio, etc.), las lenguas regionales “dividen”, al ser supuestamente utilizadas de manera excluyente. Sin embargo, paradójicamente, da la impresión de que ABB efectúa al tiempo una defensa implícita de otro nacionalismo, el nacionalismo lingüístico español (sobre él, cf. , , , ), en el que sin embargo parece no reparar.
De hecho, la estrategia de ABB de vincular las lenguas que denomina “regionales” y el carácter excluyente es en realidad un lugar común entre los defensores del nacionalismo lingüístico español, el cual “se caracteriza por la exaltación del concepto de lengua común y la desacreditación del concepto de lengua propia” (). Esa estrategia ha sido denunciada por autores como , quien se pregunta lo siguiente: “¿Dónde está la comunidad lingüística minoritaria o no asociada a uno de los estados poderosos que no haya sido tachada de retrógrada, tradicionalista, conservadora o nacionalista excluyente […]?”. Como se puede apreciar, esto es exactamente de lo que acusa ABB a quienes a su juicio llevan a cabo esa “agresiva defensa de las lenguas regionales”.
En las mismas críticas incide , en su análisis de la ideología lingüística de la hispanofonía promovida por el estado español. En él, del Valle formula, entre otros, dos ideologemas centrales en esa ideología. Uno de ellos consiste en el estatus del español como “lengua de encuentro”, esto es, como una lengua de comunicación que “posibilita un diálogo y una convivencia armónica propios, aparentemente, de una patria común” (). El segundo ideologema relevante es precisamente la noción de español como lengua apartada de las “premisas del nacionalismo lingüístico” (); en otras palabras, una lengua panhispánica, frente al “particularismo reaccionario” () atribuido a lenguas como el catalán, el gallego o el euskera. Como se puede apreciar, las tesis de ABB son muy cercanas a ambos ideologemas: al primero porque ABB enfatiza que el español vertebra el territorio al permitir la comunicación, y al segundo en tanto que ABB vincula las lenguas diferentes del español con la exclusión y el nacionalismo. De paso, sus ideas revelan insensibilidad hacia esas lenguas “regionales” (algunas de las cuales son, recordémoslo, oficiales y todas ellas son minoritarias) y, sobre todo, hacia sus hablantes.
Las tesis de ABB también se pueden vincular con lo que denomina “bilingüismo hegemónico”, característico según este autor de la ideología supremacista del español, y que “consiste en la exaltación de los valores de la lengua hegemónica y en la devaluación de las lenguas autóctonas” (), y que por esa razón implica “asegurar, reforzar y promover el castellano como lengua hegemónica y limitar, debilitar y marginar las demás lenguas autóctonas con las que convive el castellano desde sus mismos orígenes históricos” (). Dada la desigualdad inherente al proceso de bilingüismo hegemónico, estas palabras de bien podrían ser un reflejo de la tesis de ABB:
Por ello, la justificación del BH [bilingüismo hegemónico; VML y JJLR] se realiza mediante la asignación de esos resultados de promoción de la desigualdad y de la marginación, no al BH mismo, sino a los movimientos de resistencia ante él en las comunidades lingüísticas de las lenguas dominadas. Lo que margina y discrimina no es, pues, el BH, según la ideología que lo promueve, sino las actividades de resistencia que ponen en cuestión el dominio de la lengua hegemónica o que intentan generalizar la competencia y el uso de las lenguas dominadas.
Por tanto, si según ABB, “para cualquier nacionalista la lengua es la principal seña de identidad” (), esto también rige para el supremacismo sostenido por el nacionalismo lingüístico español. ABB parece compartir al menos dos de las etapas fundamentales del nacionalismo lingüístico formuladas por . La primera de ellas (etapa V), denominada como “discriminación lingüística: el bilingüismo sustitutivo”, implica que “Las lenguas y variedades lingüísticas que conviven en el territorio del estado-nación con la lengua oficial se ven como mucho menos útiles y necesarias que ésta” (); recordemos que, en opinión de ABB, el español vertebra el territorio, evitando otorgar la misma característica al resto de lenguas del estado en sus respectivos territorios. La segunda etapa (etapa VI), denominada como “descalificación de las comunidades discriminadas lingüísticamente a las que se tacha de nacionalistas excluyentes”, es compartida de manera aún más clara, como adelantamos arriba; según tal etapa,
La lucha de las comunidades, normalmente bilingües, por defender, afianzar y promover su lengua ante la omnipotencia de la lengua oficial del Estado-nación, se interpreta como un fenómeno de nacionalismo retrógrado y excluyente ().
Por tanto, la identificación efectuada por ABB entre la defensa de las lenguas de España diferentes del castellano y unas sociedades más excluyentes podría indicar que él mismo está cayendo en un cierto “retorno a la tribu”, si bien a una mucho más numerosa. Por todo ello, esta reflexión de se puede aplicar a la perfección a ABB: “quienes promueven la ideología del españolismo lingüístico tienen en común su negativa a reconocer dicha ideología españolista en su discurso y su afirmación de que los discursos a favor de las lenguas no castellanas del Reino de España están basados en una ideología nacionalista casi siempre radical y excluyente”. Al decir de , “España no termina de aceptarse en su conjunto como un país multilingüe”.
Las reflexiones expuestas caracterizan las tesis de ABB sobre la diversidad lingüística en el estado español, estado que, como sostienen , está impregnado de una fuerte cultura monoglósica y también del dogma del homogeneísmo. Sin embargo, “El valor de las mayorías no debería ser incompatible con la dignidad de las minorías” (), tampoco en el ámbito lingüístico. La afirmación de ABB de que “la vindicación exagerada del hecho diferencial solo conduce a la autarquía cultural, al retorno a esa tribu que parecíamos haber abandonado para siempre” con respecto a las lenguas diferentes del castellano nos parece desacertada, al identificar ese retorno a la tribu con la “agresiva defensa de las lenguas regionales” en lugar de asociar las lenguas diferentes del castellano con el derecho de muchas personas en el estado español a “situarse” en el mundo mediante esas lenguas, las cuales, reiteramos, son en no menor medida lenguas de España, y son también parte decisiva de la identidad (individual y social) de tales personas. Pero, por otro lado, la identificación que sugiere ABB nos parece, también, inadecuada. Señala precisamente que la idea de que “Language differences divide society and encourage separatism” no es más que un mito, y, en la misma medida, “The assumptions that a common language is required for a common national viewpoint and that diversity is divisive are also oversimplifications” (). Casos como el de Suiza, entre otros, muestran que “a variety of languages and cultures can unite around a common flag and national culture” ().
2.2. Dialectos frente al estándar
Sin embargo, ABB no se limita a proclamar la “agresiva defensa de las lenguas regionales frente al español”, sino también “de los dialectos frente al estándar; de las formas populares de hablar frente al registro culto”, extendiendo, por tanto, esa “agresiva defensa” al ámbito intralingüístico del español. Como sucedía con el español (frente al resto de lenguas de España), ABB considera igualmente que la variedad estándar es una de las mejores herramientas para vertebrar el territorio y vincula la defensa de las variedades no estándares o de las hablas populares con “la defensa a ultranza de lo local” y con “una involución hacia sociedades más excluyentes”.
Sin embargo, frente a lo que parece sugerir ABB, el estándar no es una variedad neutra, sino muy marcada en términos de dominio y poder, algo que deriva de la base que la soporta (; ; ; , ; ; , ; ; ). Y no podemos olvidar que la defensa del estándar es absolutamente central en el nacionalismo y supremacismo lingüístico español, pues algo clave en ese nacionalismo lingüístico es “presentar la imposición de una lengua estándar como un proceso natural de desarrollo gramatical de las lenguas” (), ocultando así el hecho de que tal variedad no ha sido impuesta por ser mejor o “superior” al resto de variedades, sino por razones íntimamente vinculadas con el poder, esto es, por derivar de un dialecto usado en origen en zonas habitadas por personas o colectivos con poder (paradigmáticamente, las cortes). En efecto, “Las variedades habladas por grupos política y económicamente poderosos son las únicas con probabilidad de ser seleccionadas como base de una lengua estándar” (). Por ello, la variedad estándar no es, no puede ser de ninguna manera, una variedad neutra, sino que está íntimamente vinculada, ayer y hoy, con las clases poderosas.
Notemos además que ABB presenta de manera implícita pero muy obvia un rasgo de las clases dominantes (el estándar) como “intereses de toda la sociedad” (), esto es, ignorando que es una variedad ideal “porque es la que representa a los sectores de élite” (). Además, la visión de ABB eleva otros problemas. Por ejemplo, frente a la idea de la variedad estándar como vertebrador social, señala que “la gran mayoría no la conoce”, por lo que esa variedad “no necesariamente nos permite entendernos entre todos” (). Y, por otro lado, la equiparación de ABB entre estándar y herramienta necesaria para vertebrar un territorio no es más que algo discutido y rechazado por , pues “there is no reason that everyone should understand or describe experience in the same way”.
Además, no es claro a qué se refiere exactamente ABB cuando alude a la agresiva defensa de los dialectos frente al estándar. La ciencia lingüística ha mostrado, también de manera incontestable en incontables publicaciones, que las variedades no estándares no son, frente a la percepción popular, inferiores a la variedad estándar. Como recapitula a la perfección :
All varieties of language —including those quite far removed from ‘standard’ or socially prestigious varieties— are equally complex, regularly patterned, and capable of serving as vehicles for the expression of any message their speakers might wish to communicate.
¿Realmente implican estos argumentos una agresiva defensa de las variedades no estándares? Sinceramente, no lo creemos: más bien, implican sostener la igualdad en términos lingüísticos entre estas variedades y el estándar; en otras palabras, significan simplemente afirmar que todas las lenguas y dialectos “are […] worthy of respect and preservation” (). Esto es fundamental, porque si se cree que las variedades no estándares son “inferiores” al estándar (algo que lamentablemente impregna la sociedad), se puede llegar desde ahí fácilmente a la creencia de que los hablantes de aquellas son “inferiores” a los de esta, de modo que puede surgir la discriminación de personas según la variedad usada por ellas.
Por otro lado, es un hecho perfectamente estudiado que la variedad estándar es en buena medida artificial, teniendo en cuenta los procesos de elaboración y codificación que ha experimentado. El resultado de esas actuaciones conscientes y deliberadas “no son nuevas lenguas naturales, sino lenguas más o menos artificiales o artificiosas” (). Tampoco debe olvidarse el objetivo de la estandarización, que según es “terminar con la variación y establecer un sistema único y uniforme para todo un grupo social”. Téngase igualmente presente que la estandarización envuelve una ideología opuesta a una visión democrática de la sociedad; como afirman , “standardization is the expression of a broader ideology, to do with a hierarchical, as opposed to an egalitarian view of how society should be ordered”. Además, esa ideología es muy discriminatoria, porque el mito del estándar sostiene en el fondo que “normal people are not smart enough, not aware enough, to be in charge of their own language” (). Nada de esto, sin embargo, es tenido en cuenta por ABB, por lo que nos tememos que este autor está asumiendo de manera implícita la ideología del estándar. Es más, incluso tal vez ABB esté defendiendo algo que solo tiene apariencia de realidad, porque la noción de variedad estándar representa “una forma abstracta e idealizada de lengua” (), o, de modo más claro, “an idea in the mind rather than a reality—a set of abstract norms to which actual usage may conform to a greater or lesser extent” ().
En resumen, por todo ello, ABB parece apoyar de manera velada otro de los prejuicios lingüísticos criticados por : “La lengua estándar es mejor y más perfecta que otras variedades de lengua”.
2.3. Formas populares frente a registro culto
Por razones semejantes, tampoco se acaba de entender desde una perspectiva lingüística que ABB aluda también a la “agresiva defensa” de las formas populares de hablar frente al registro culto (téngase en cuenta la estrecha conexión entre el estándar y la norma culta; cf. ). Sobre todo, porque debería prestarse más atención a las formas populares, y no a la norma culta (cf. la crítica de amplísimo alcance de a la dialectología española), al reflejar un habla real, apartada de artificiosidades derivadas del carácter elaborado de la norma culta. En realidad, enfatizar la norma o registro culto frente a las hablas populares implica que ABB parece aceptar (o se puede entender así) otro de los mitos sobre la diversidad intralingüística tratados (y rebatidos) por : “La gente de las capas sociales superiores habla mejor que la de las capas sociales inferiores”. Sostener en algún sentido la superioridad del habla culta puede ser indicativo de la ideología que Moreno Cabrera (, ) denomina “imperialismo filológico”, que considera que “la lengua escrita es la lengua por antonomasia y la lengua vulgar oral es una especie de degeneración o realización imperfecta o defectiva de la lengua culta escrita, la única considerada correcta” ().
Y, sobre todo, sostener la primacía del registro culto frente a las formas populares constituye un juicio en absoluto basado en argumentos lingüísticos sino en valoraciones sociales, por lo que tal primacía presupone en realidad una forma de discriminación social. En resumen, la buena y mala consideración que tienen respectivamente el habla culta y popular carecen de toda base lingüística, asentándose en “the relationship between language and social class” (). expanden esta idea:
grammatical forms which are most typical of working-class dialects have low status, because of their association with groups who have low prestige in our society. This low status leads to the belief that these forms are ‘bad’, and they are therefore judged to be ‘wrong’. Evaluations of this type are therefore clearly social judgments about the status of speakers who use particular forms, rather than objective linguistic judgments about the correctness of the forms themselves.
ABB debería tener en cuenta todo esto, en lugar de esparcir en un diario de amplia difusión que la defensa de los dialectos no estándares y de las hablas populares es, al igual que la de las lenguas “regionales”, “agresiva”. No es agresiva en ningún sentido, sino sencillamente acertada desde la óptica lingüística. No olvidemos que un principio básico de la sociolingüística consiste en que “the use of language by educated people is not considered either more or less significant than usage by less educated people” ().
Profundizando más en esta cuestión, indica que el mito de que las personas de las capas sociales superiores hablan “mejor” que las de las capas inferiores tiene una explicación sencilla, pero de carácter ajeno al ámbito lingüístico: “Las personas que han tenido acceso a la educación pueden conocer mejor la variedad lingüística estándar que las que no han podido acceder a ella”. Pero de aquí de ningún modo se sigue que quienes no dominen la variedad estándar o el registro culto hablen “peor”. ¿Cómo es posible que un hablante nativo, por mucho que no domine el estándar o el registro culto, va a hablar “peor” su propia lengua?
En su artículo periodístico, ABB concede que “los dialectos del español o el habla de las clases populares han sido muy a menudo objeto de burla, cuando no menospreciados […]”. Sin embargo, vierte acto seguido una afirmación que constituye una sorpresa más de su artículo: “Ahora bien, considerar la lengua nacional o la variante culta del idioma como instrumentos de coerción se antoja una visión harto simplista (y las más de las veces, políticamente interesada)”. Con ello, ABB está solapando décadas de investigaciones en sociolingüística que han revelado inequívocamente que las lenguas y variedades dominantes son herramientas muy importantes para erigirse en mecanismos muy poderosos de control usados para (re)producir y legitimar relaciones de poder, menospreciando las lenguas o variedades no dominantes y a quienes las usan. Escribía que existe “a widespread understimation of the significance of language in the production, maintenance, and change of social relations of power”.
Nos preguntamos cómo se puede negar en la actualidad que las lenguas y variedades dominantes son instrumentos de coerción, teniendo por ello un rol muy importante en la dominación y opresión estructurales (en el sentido de ) de grupos subalternos. ¿Cómo es posible calificar como “simplista” la idea de que el lenguaje se puede usar (y de hecho se usa) para dominar, oprimir y discriminar? ¿Realmente se puede negar que muchas comunidades lingüísticas subordinadas son privadas de su voz, tal como sostiene desde la óptica de la pedagogía crítica, con consecuencias muy graves? ¿Y cómo se puede dejar de lado el papel clave que juega el lenguaje en la presencia de “internal colonies in a postcolonial world” (), o las íntimas conexiones, en lo que respecta por ejemplo a una variedad paradigmáticamente estigmatizada como el African American Vernacular English, “between language, race, anti-Black racism, and White linguistic supremacy” ()? ¿Cómo es posible desatender el hecho de que los procesos de des/legitimación lingüística muestran “linguistic domination” () en múltiples espacios como el aula, el trabajo, los medios de comunicación, etc.? En resumen, ¿cómo se puede no estimar suficientemente “how language contributes to the domination of some people by others” () o las muchas y fuertes “connections between language use and unequal relations of power” ()? Nos preguntamos si todas estas situaciones asimétricas vinculadas con la coerción, la dominación y la opresión ejercidas mediante el lenguaje se pueden calificar como una “visión harto simplista”, o más bien representan una situación real muy grave, que debería ser reconocida como primer paso para tratar de ser solventada. Escribía que “nobody who has an interest in relationships of power in modern society, can afford to ignore language”.
Por expresarlo de otra manera, los grupos dominantes efectúan una elaboración que consiste por un lado en presentar sus intereses y aspiraciones como intereses de toda la sociedad en su conjunto () y, por otro, en presentar las diferencias mostradas por los grupos subalternos (de todo tipo, y también lingüísticas) no como diferencias sino como déficits o deficiencias (; ; ), con el resultado, tremendamente discriminatorio, de que “diversity is viewed as deviance; and differences are viewed as deficits” (). Esto rige de manera paradigmática para el lenguaje y la minusvaloración de las lenguas y variedades de grupos subordinados. Por ello, en resumen, ¿cómo pretende ABB hacer creer a sus lectores que la coerción, dominación y opresión mediante el lenguaje es una visión harto simplista?
2.4. Articulista frente a lingüista
El último aspecto que discutimos es no menos chocante. Si ABB (en ) alude a la “obsesión por la diversidad lingüística”, en otros foros sostiene exactamente la tesis contraria (cf. también nota 13), esto es, la gran importancia de esa diversidad. Por ejemplo, ABB escribe que “Una parte importante de tales esfuerzos [por comprender mejor la naturaleza del lenguaje; VML y JJLR] pasa por describir y explicar la enorme variabilidad con la que se manifiesta el lenguaje” (), o, también, que “comprender las tendencias que sigue [la; VML y JJLR] variación y los principios que la regulan es tan importante para entender qué es una lengua y qué es el lenguaje humano, como las invariancias y los universales lingüísticos” (). De otro modo, “[desechando las diferencias; VML y JJLR], lo que realmente buscamos crear es una atildada parcela: una descripción homogénea, casi platónica, de aquello que hablamos” ().
Ahondando en esta cuestión, durante el proceso de incorporación de los comentarios sugeridos por los revisores, pudimos acceder a , que aún más claramente acentúa la necesidad de considerar la diversidad. Según , la diversidad es “a key feature of language”, algo que a su juicio ha sido negado tradicionalmente en lingüística, donde la diversidad o variación “has been regarded a burden, so that researchers have tried to ignore as much of it as possible” (). Precisamente, el propósito de es otorgar un papel central a la diversidad, como muestran las siguientes palabras:
we specifically wish to highlight four domains that should be promoted to a more prominent place in the cognitive and neurobiological studies of language. These are the diversity of language functions, the diversity of human languages, the diversity of sociolinguistic phenomena, and the diversity of developmental paths to language, including the neurodiverse trajectories ().
Por tanto, si ABB sostenía en su artículo del ABC que la defensa de la diversidad lingüística (del estado) es una “obsesión”, en sus trabajos de 2024 y 2025 proclama exactamente lo contrario: que la diversidad es un rasgo central del lenguaje. Sostener a la vez ambas afirmaciones, aun en distintos foros, no hace nada fácil saber a qué atenerse. Una posible explicación para esas opiniones contrarias sobre el mismo fenómeno podría tener que ver con el foro concreto donde se vierte cada una: mientras los destinatarios de los trabajos de 2024 y 2025 son lingüistas o personas interesadas en el lenguaje y las lenguas, los destinatarios del artículo de 2023 son lectores de un periódico como el ABC, cuyo lector tipo es de perfil conservador, de manera que los contenidos de ese artículo periodístico encajan bien con ese perfil. Nos preguntamos cuál de ambas versiones considera predominante ABB.
3. CONCLUSIÓN
Durante siglos, el conocimiento académico estuvo confinado en una torre de marfil que implicaba “la exclusión, separación, aislamiento, inutilidad de la función intelectual, de la academia” (). Actualmente, ese alejamiento con respecto a la sociedad y sus problemas se ha alterado; al fin y al cabo, los académicos forman parte de la sociedad y comparten sus mismas inquietudes, por lo que no deben vivir de espaldas a ella.
Lo señalado rige también para el ámbito lingüístico. Nuestra disciplina ha obtenido enormes avances en el conocimiento de su objeto de estudio, pero es obvio que esos avances no deberían quedar confinados en una torre de marfil, sobre todo en situaciones que acarrean injusticia y discriminación hacia seres humanos, empezando por el nivel básico de combatir prejuicios extendidos socialmente sobre las lenguas y sus variedades que estigmatizan a muchos hablantes. En este sentido, cabe preguntarse cuál es el compromiso exhibido por los lingüistas. La respuesta a esta pregunta es dual: por un lado, sin duda han existido muchos intentos de profesionales de la lingüística para paliar situaciones injustas, donde los lingüistas se erigen en verdaderos “agents for social change” en términos de . Sin embargo, no se puede silenciar que, desde dentro de la propia profesión, no pocos autores, como , , , o entre otros, han levantado la voz para afirmar que los lingüistas deberían involucrarse más en combatir las desigualdades y la discriminación generada mediante el lenguaje, porque no lo han hecho, o “at least not in the numbers and with the vigor that we should be” ().
La razón de esta necesidad es clara: si bien el objeto de estudio de la lingüística es el lenguaje y las lenguas (junto con sus variedades), estas nociones serían meras entelequias o abstracciones que no tendrían sentido si no se encarnasen en sus usuarios, los hablantes. En otras palabras, las lenguas y variedades son habladas por personas y por ello son personas concretas quienes pueden sufrir una situación de injusticia motivada lingüísticamente. De hecho, y como es bien sabido, el lenguaje puede ser un potente mecanismo de injusticia, desigualdad y discriminación en múltiples contextos, como, entre otros, acoso lingüístico, estigmatización de lenguas o variedades no dominantes (de sus hablantes), persecución lingüística, discriminación de derechos básicos como la vivienda por causas lingüísticas (como por ejemplo el linguistic profiling), trato discriminatorio en el aula, trabajo o tribunales por causas lingüísticas, pervivencia de lenguas coloniales en países oficialmente descolonizados, etc. (cf. el panorama de ).
Los lingüistas deben exhibir responsabilidad social como colectivo ante esas situaciones; señalaba que nuestra profesión se sitúa en un contexto social dado: precisamente, ese contexto presupone erigirse en agentes de cambio social en situaciones lingüísticas que menoscaban la justicia social de personas o colectivos, tratando de obtener una sociedad más justa y de mejorar las condiciones vitales de muchos grupos subalternos. No se puede olvidar que prácticamente todos los casos de injusticia humana tienen “one or more linguistic dimensions” (). Por ello, la responsabilidad social del colectivo de lingüistas es obligada, pues no puede existir justicia social si no existe justicia lingüística (; ). Los lingüistas pueden efectuar una labor fundamental de ayudar a devolver la dignidad a personas desfavorecidas, propiciar que recuperen su voz (en el sentido de ), que ha sido silenciada, luchar contra toda instancia de discriminación lingüística (y social), abolir la desigualdad o a atender a colectivos desempoderados, marginados o subalternos.
Esa responsabilidad social que a nuestro juicio deben mostrar los lingüistas comienza por el nivel básico (pero no menor) de combatir los prejuicios lingüísticos. Por ello, además de hacer avanzar el conocimiento sobre ese fenómeno tan complejo que es el lenguaje, debería ser misión de los lingüistas luchar contra los muchos prejuicios lingüísticos que impregnan la sociedad. Desde luego, no debería ser su misión el ayudar a esparcir y robustecer aún más tales prejuicios entre los lectores de un periódico, la enorme mayoría de los cuales carecen de formación y conocimientos lingüísticos. Esto es lo que hace el artículo periodístico de ABB, cuya pieza no solo no combate prejuicios, sino que incluso los difunde, y en el que, sorprendentemente, son rastreables concepciones que no responden en absoluto al conocimiento científico (libre de prejuicios) generado por la lingüística, cuya expresión deberíamos esperar de un notorio profesional del lenguaje como ABB. señaló que “It is the responsibility of intellectuals to speak the truth and to expose lies”. Por desgracia, esta responsabilidad es dejada de lado en el artículo de ABB.
Agradecimientos
Agradecemos muy sinceramente los valiosos comentarios y sugerencias efectuados por tres revisores anónimos de Verba. Anuario Galego de Filoloxía, que han mejorado la versión inicialmente remitida.
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Notas
[1] El segundo fenómeno, que dejaremos de lado, se refiere a “la no menos obsesiva fijación por lo [que; VML y JJLR] se conoce como lenguaje políticamente correcto” ().
[2] Las alusiones de ABB al “retorno a la tribu” nos recuerdan al “espíritu de campanario”, ya tratado por , aunque el primero de estos autores lo entiende como un factor que puede ser desencadenado a voluntad por hablantes que no desean otra cosa que habitar en su singularidad. El lingüista ginebrino, por el contrario, aun concibiendo el de campanario como un espíritu particularista, considera que no puede actuar en solitario, ya que sus efectos son corregidos por la fuerza opuesta, la de “intercambio”, aquella que, aprovechando las tendencias y posibilidades de la comunicación entre comunidades humanas, funciona como principio unificador disolvente de las particularidades localistas.
[3] Recordemos que el artículo 3.2 de la Constitución Española hace referencia a “las demás lenguas españolas”.
[4] muestra de modo diáfano, mediante numerosos ejemplos, cómo los defensores del nacionalismo lingüístico español acusan a los demás de ser nacionalistas, pero no son conscientes (o no lo quieren ser) de cuán nacionalistas son ellos.
[5] Y, de manera relacionada, “cuando en los años sucesivos algunos de los gobiernos de estas comunidades autónomas han intentado llevar a cabo las necesarias acciones de promoción de las correspondientes lenguas propias para conseguir que la cooficialidad legal se convierta en una cooficialidad real y efectiva en las instituciones públicas y privadas, las instituciones y personalidades del nacionalismo lingüístico español han levantado su voz de forma estridente para condenar insistentemente estas acciones como actividades que buscan marginar y menoscabar la lengua española considerada como lengua común de entendimiento entre todos los ciudadanos españoles” ().
[6] Esa base es “a bias toward an abstracted, idealized, homogeneous spoken language which is imposed and maintained by dominant bloc institutions and which names as its model the written language, but which is drawn primarily from the spoken language of the upper middle class” (), y que en el caso americano en concreto, “rejects or marginalizes those varieties of U.S. English which are markedly non-middle-class, middle American, and colorless” ().
[7] Como ha mostrado de manera absolutamente inequívoca la lingüística, “No existe un dialecto que pueda ser considerado mejor que otro” ().
[9] coincide en ese sentido con Romaine al señalar que la estandarización “[w]orks by promoting invariance or uniformity in language structure”.
[10] En la misma línea, afirman que “un estándar lingüístico no se realiza nunca. De hecho, no existe más que en la teoría”.
[11] O, más bien, de la lengua escrita, porque, como indica , los procesos que conducen a la aparición de un estándar o de la norma culta asociada “son inconcebibles en ausencia de escritura”.

