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<journal-title specific-use="original" xml:lang="gl">Verba: Anuario Galego de Filoloxía</journal-title>
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<subject>Revista de libros</subject>
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<article-title xml:lang="es">Muñoz Guerrero, Francisco. 2019. <italic>¡Eso no se dice! Algunos males no menores en el uso del lenguaje (con una miscelánea y dos apéndices)</italic>. Madrid: Editorial Pie de Página, col. “Tinta roja” [237 pp.]. ISBN: 978-84-948310-6-5.</article-title>
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<surname>Longa Martínez</surname>
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<source>¡Eso no se dice! Algunos males no menores en el uso del lenguaje (con una miscelánea y dos apéndices)</source>
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<p>Este libro, cuyo título anticipa nítidamente su contenido, se inscribe en la amplia tradición de obras escritas por supuestos “expertos en lenguaje”, denominación irónica usada por autores como <xref ref-type="bibr" rid="ref4">Bagno (2007)</xref>, <xref ref-type="bibr" rid="ref28">Wardhaugh (1999)</xref> o especialmente <xref ref-type="bibr" rid="ref22">Pinker (1994)</xref>. Esos “expertos en lenguaje” tienen como objetivo “defender” la lengua de la corrupción y degeneración provocada por los “excesos” cometidos por muchos hablantes, que “deturpan” o “destrozan” el idioma. El autor del libro, Francisco Muñoz Guerrero (desde ahora, FMG) fue en su día secretario general de FundéuRAE y en la actualidad es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Como mostraré, el libro no aporta nada a la perspectiva científica sobre el lenguaje. Pero, frente a otras obras de esta tradición fuertemente prescriptivista, que al menos exponen de manera homogénea supuestos errores o incorrecciones gramaticales, el libro reseñado es (al igual que <xref ref-type="bibr" rid="ref15">Lafuente 2014</xref>) un batiburrillo que mezcla todo tipo de cuestiones: gramaticales, léxicas, ortográficas, erratas, ambigüedades, etc.</p>
<p>El libro está lleno de alusiones que dan cuenta de la supuesta corrupción de la lengua, achacada, como sucede en toda obra prescriptivista que se precie, a la ignorancia, al desconocimiento o a la dejación de los hablantes. Como botón de muestra, solamente en cuatro páginas (pp. 19-22) encontramos las siguientes expresiones: “males que […] aquejan al lenguaje”, “desviaciones” (p. 19), “mal uso”, “desacertados usos”, “poco cuidado de los hablantes”, “empleos errados”, “anormalidad dañosa”, “empobrecimiento paulatino de la lengua” (p. 20), “impurezas”, “alteraciones”, “daños”, “desarreglos” (p. 21), “recto uso de la lengua”, “uso inadecuado”, “desviaciones”, “degenerar”, o “males consuetudinarios” (p. 22).</p>
<p>El libro se erige sobre la metáfora de la enfermedad (que no es novedosa, pues ya fue usada por <xref ref-type="bibr" rid="ref18">Moliner 2009)</xref>: ciertos usos de la lengua constituyen males, enfermedades o linguopatías, y “[e]stas enfermedades son las que analizaremos en las páginas de este libro” (p. 21). Más específicamente, FMG indica que “el lenguaje, en tanto que elemento vivo, es un paciente que, debido a una praxis no adecuada, ha contraído ciertos <italic>males</italic>, los que hemos denominado <italic>linguopatías</italic>” (p. 37). También pretende ofrecer un tratamiento medicolingüístico (esto es, remedios) para esas linguopatías. Sin embargo, la obra no aporta nada original, porque tanto los males (o al menos la mayor parte de ellos) como los remedios son tomados de otra obra citada en la nota 14 de la p. 29, <xref ref-type="bibr" rid="ref21">Muguer <italic>et al</italic>. (2013)</xref> [<italic>sic</italic>]. Como señala FMG, para analizar las referidas linguopatías:</p>
<p>
<disp-quote>
<p>nos serviremos del <italic>Vademécum de afecciones lingüísticas (VAL)</italic> [<xref ref-type="bibr" rid="ref21">Muguer <italic>et al.</italic> 2013</xref>; VML] una obra base que nos proporcionará información fundamental para el tratamiento y los posibles remedios que permiten corregir las anomalías que podamos encontrar […]. (p. 29)</p>
</disp-quote>
</p>
<p>Si tenemos en cuenta que el remedio propugnado por el libro, y denominado “lecturol”, también es formulado por <xref ref-type="bibr" rid="ref21">Muguer <italic>et al</italic>. (2013)</xref>, surge la pregunta obvia de cuál es la contribución del libro, más allá de ofrecer ejemplos de cada una de las linguopatías avanzadas en la p. 37, que, por cierto, tienen nombres realmente curiosos (recordemos, sugeridos por <xref ref-type="bibr" rid="ref21">Muguer <italic>et al</italic>. 2013</xref>, según lo que indica FMG): <italic>xenofonismo</italic> (‘hablar en extranjero’), <italic>mayusculitis</italic> (‘abusar de las mayúsculas’), <italic>pleonasmosis</italic> (‘redundancias’), <italic>pluriverbalia</italic> (‘usar más palabras de las necesarias’), <italic>eufemismosis</italic> (‘camuflar conceptos’) o <italic>culturastenia</italic> (“para eruditos de corto alcance”, p. 37), entre otros. Tal y como la relación de linguopatías permite comprobar, la obra es, como ya adelanté, un batiburrillo, que mezcla todo tipo de aspectos. Y, por supuesto, todas esas linguopatías se deben, en opinión del autor, a la incapacidad de los hablantes: a su poco cuidado, a su ignorancia, etc. Esta estigmatización o criminalización de los hablantes es por desgracia muy común entre los supuestos “expertos en lenguaje” y, más en general, en el prescriptivismo.</p>
<p>Más allá de ello, la obra está repleta de contradicciones. Una de las más flagrantes y reiteradas es esta: por un lado, el libro denuncia continuamente linguopatías o enfermedades de todo tipo, y la necesidad de corregirlas. Pero, por otro lado, señala FMG que no pretende prescribir nada (cuando eso es lo que hace en todo momento):</p>
<p>
<disp-quote>
<p> No pretendo ser magíster de discentes en materia gramatical —ni en ninguna otra—; sería una aspiración torpe, vana, ambiciosa, desmedida, vanidosa, petulante e inadecuada por mi parte. (p. 22) </p>
<p> Cada cual habla como quiere y nadie tiene derecho a reprochárselo, no al menos a los hablantes de a pie. (p. 22) </p>
<p> El lenguaje es propiedad de los hablantes y nadie tiene derecho ni facultad para obligar a hablar de un modo u otro. (p. 115)</p>
</disp-quote>
</p>
<p>Estas afirmaciones chocan, sin embargo, con las muchas páginas de la obra que estigmatizan múltiples “incorrecciones” o con afirmaciones de que esos males “precisan de diagnosis y prescripción” (p. 223). ¿Cómo se puede entender una expresión como “cortar cualquier brote infeccioso” (p. 128)? Y chocan no menos con un párrafo muy desafortunado donde el autor tacha de ignorantes, incapaces o ridículos a los hablantes que usan rasgos como los siguientes:</p>
<p>
<disp-quote>
<p>Tal vez más adelante me decida a darles cabida en otras páginas y ofrecerles su minuto de gloria a quienes maltratan las oraciones impersonales y dicen <italic>han habido</italic> en lugar de <italic>ha habido</italic>; al
club de los laístas, leístas y loístas, incapaces de distinguir un complemento directo de uno indirecto y se quedan tan panchos cuando dicen, por ejemplo, <italic>la dio un gran susto</italic> en vez de <italic>le dio un gran susto</italic>, o <italic>dalo recuerdos de mi parte</italic> por <italic>dale recuerdos de mi parte</italic> […]. El rosario de ejemplos de estas y de algunas otras linguopatías nos harán reír unas veces por su ridiculez y nos sonrojarán otras al comprobar esas faltas de respeto a nuestra lengua. (p. 223)</p>
</disp-quote>
</p>
<p>¿Se puede realmente sostener que el lenguaje pertenece a los hablantes o que cada persona habla como quiere cuando al mismo tiempo el libro persigue continuamente supuestas incorrecciones y considera que ciertos rasgos dialectales son “ridículos”?</p>
<p>La de FMG es una visión prescriptiva y, por ello, tremendamente rígida, que pretende estigmatizar variedades y rasgos dialectales mediante el único recurso de la descalificación gratuita. Con respecto a los rasgos referidos en la cita previa, algunos dialectos usan ciertamente el verbo <italic>haber</italic> de modo personal, pero esto no es ridículo ni implica ignorancia por parte del hablante, sino que supone un reanálisis generalizado en algunas zonas (cf. <xref ref-type="bibr" rid="ref10">Gómez Molina 2013</xref>), según el que la frase postverbal pasa a considerarse sujeto en vez de objeto. En cuanto al leísmo, laísmo y loísmo, estos rasgos tampoco reflejan ninguna ignorancia, incapacidad ni confusión, sino que se deben a otro reanálisis cuya lógica es bien sencilla de entender, consistiendo en “el refuerzo de la oposición de géneros a costa de los casos” (<xref ref-type="bibr" rid="ref16">Lapesa 1968: 308</xref>).</p>
<p>Por otro lado, en la cita previa el autor señala que las linguopatías que discute constituyen “faltas de respeto a nuestra lengua”. Esto es una falacia, la falacia central sobre la que se erige el libro. Esas supuestas linguopatías no son faltas de respeto a la lengua, sino que son rasgos de variedades no estándares, siendo por ello estigmatizadas por el libro. Podemos dar la vuelta a lo que señala FMG: es este autor quien muestra faltas de respeto continuas a las variedades no estándares del español. Esa estrategia se debe al reduccionismo de equiparar la variedad estándar con la lengua, pretendiendo expulsar de la noción de lengua todas las variedades diferentes de la estándar. En otras palabras, FMG no está aludiendo al español, sino a una variedad específica del español, la estándar, que equipara con toda la lengua. Esta construcción ideológica, bien conocida, es denominada por <xref ref-type="bibr" rid="ref12">Joseph (1987: 2)</xref> como el estatus sinecdótico del estándar y ha sido ampliamente estudiada por autores como <xref ref-type="bibr" rid="ref3">Armstrong y Mackenzie (2013)</xref>, <xref ref-type="bibr" rid="ref13">Joseph (2006)</xref> o Moreno Cabrera (<xref ref-type="bibr" rid="ref19">2000</xref>, <xref ref-type="bibr" rid="ref20">2008</xref>). Por ello, el libro se asienta sobre una falsedad absoluta, como es tomar la parte por el todo, equiparar el estándar con la lengua. Es en este sentido FMG quien muestra faltas de respeto muy graves a la lengua española, porque no se debe olvidar que una lengua no es más que la suma de todas (recalco este término) sus variedades. Por desgracia, a este autor le sobran casi todas las variedades del español: todas de hecho menos una.</p>
<p>Además, como suele acontecer en las obras prescriptivistas, el libro es muy clasista. Sirvan estas palabras como botón de muestra:</p>
<p>
<disp-quote>
<p>Muchos de esos desacertados usos son debidos a la pobreza de léxico y al poco cuidado de los hablantes, disculpables en cierta medida cuando se trata de capas sociales menos cultas, pero inadmisibles en personas de mayor formación. (p. 20).</p>
</disp-quote>
</p>
<p>El libro de FMG está repleto de numerosos prejuicios lingüísticos, uno de los cuales ya ha sido tratado: equiparar una lengua con su variedad estándar, creyendo que esta variedad es la única “correcta”. Otro prejuicio que revela el libro es creer que hay lenguas más perfectas que otras, de modo que el autor afirma, por ejemplo, que el español se caracteriza “por la perfección de sus formas” (pp. 22-23). Pero hay más prejuicios, como este: “la lengua de Don Miguel de Cervantes —por cierto, mucho más bonita [que el inglés; VML]” (p. 53). Afirmaciones de este estilo (una lengua es más bella que otra, etc.) no son más que meras ideas prejuiciosas, y trabajos como <xref ref-type="bibr" rid="ref9">Giles y Niedzielski (1998)</xref> revelan diáfanamente por qué.</p>
<p>Pero hay otros aspectos presentes en la obra que tienen un carácter mucho más grave, como el uso continuo de la noción de in/corrección; puesto que el autor se presenta a sí mismo en el libro como lingüista (aunque indica que estudió física), debería saber bien que tal noción no es lingüística, sino social. Lo que conduce desde la perspectiva prescriptiva a creer que ciertos rasgos son incorrectos es que no forman parte del modelo de lengua que es la variedad estándar, pero esta óptica ignora que tal variedad llegó a erigirse en modelo prestigioso debido a razones puramente extralingüísticas, al derivar de un dialecto hablado en su día en zonas con poder. Desde una óptica lingüística, FMG debería conocer que “standard forms are not better than other forms” (<xref ref-type="bibr" rid="ref8">Fasold 2006: 379</xref>) y que, en consecuencia, “No existe un dialecto que pueda ser considerado mejor que otro" (<xref ref-type="bibr" rid="ref27">Tusón 1996: 89</xref>). Por ello, la noción de incorrección lingüística debería ser dejada de lado al analizar científicamente el lenguaje, pues se basa en “the relationship between language and social class” (<xref ref-type="bibr" rid="ref2">Andersson y Trudgill 1990: 119</xref>). Esto significa que “judgements about ‘right’ and ‘wrong’ in language are not linguistic judgements at all, but social judgements” (<xref ref-type="bibr" rid="ref26">Trudgill y Giles 1983: 203</xref>). Así pues, la noción de incorrección, o de linguopatía en términos del libro reseñado, es un mero prejuicio lingüístico.</p>
<p>De hecho, la noción de incorrección, de error, desafía el sentido común: ¿cómo es posible que un hablante nativo, aunque no domine la variedad estándar (que es solo una más, y estrechamente vinculada a la educación), hable “peor” o con errores gramaticales su propia lengua? Como ya señalaba <xref ref-type="bibr" rid="ref11">Hall (1950: 27)</xref>, “by definition, we can never be wrong in our own language, when we use it as we have grown up speaking it”. Sugerir lo contrario es una falsedad muy extendida por el prescriptivismo. Además, y precisamente por ello, FMG no debería caer en la estrategia de igualar la lengua oral y la escrita, como hace varias veces: “El respeto a los criterios lingüísticos nos permite hablar y escribir correctamente” (p. 164). Ambos planos son bien diferentes, algo obvio si tenemos en cuenta que un hablante nativo puede no saber leer y escribir por no haber podido acceder a la educación, pero ¿cómo no va a saber hablar su propia lengua?</p>
<p>Como señalé antes, el autor se presenta como lingüista, pero en realidad no conoce qué hacen y qué no hacen los lingüistas. Desde luego, lo que no hacen es dividir el uso del lenguaje en correcto e incorrecto, ni acometer la tarea que les atribuye FMG:</p>
<p>
<disp-quote>
<p>Por fortuna son muchos más los lingüistas que se esfuerzan por promocionar el buen uso del lenguaje que quienes, impregnados de un mimetismo ramplón, hacen suyas las tropelías expresivas de aquellos que alargan palabras y locuciones en un desafortunado ejercicio de ignorancia y mentecatez. (p. 127)</p>
</disp-quote>
</p>
<p>Y, desde la perspectiva inversa, lo que hacen los lingüistas es lo contrario de lo que propone el libro, que pretende regular la lengua: “linguists take language as they find it, rather than attempting to regulate it in the direction of preconceived criteria” (<xref ref-type="bibr" rid="ref8">Fasold y Connor-Linton 2006: 7-8</xref>).</p>
<p>Por otro lado, el autor efectúa una serie de afirmaciones cuando menos extravagantes. Ofrezco algunos ejemplos. Sobre su afirmación de que “No pretendo ser magíster de discentes” (p. 22), señala en la nota 4 de la misma página que “A veces me paso de redicho, ya lo sé”. En la nota 56 de la p. 159 define las cartas náuticas, y finaliza preguntando “¿Se nota que me gusta navegar?”. En la nota 37 de la p. 68 escribe, sobre el término <italic>palabrario</italic>, que “Me gusta más que <italic>palabrerío</italic>, y como el libro lo he escrito yo, me invento las palabras que quiero”. El último ejemplo que aduzco (p. 191) despierta vergüenza ajena; tras explicar el significado de algunas palabras, afirma que</p>
<p>
<disp-quote>
<p>Ustedes se preguntarán, y con razón, a qué diablo viene esta retahíla de detalles completamente innecesaria. La respuesta es simple: a nada, no viene absolutamente a nada, ni siquiera a un intento tontorrón de querer llenar espacio para que el libro sea más gordo, pero me apetecía este vano e inoportuno alarde de erudición casera y, sin duda, pedante.</p>
</disp-quote>
</p>
<p>Señalé antes que la obra muestra diferentes contradicciones. Otra no menor consiste en que el propio autor cae a veces en las linguopatías que el libro pretende combatir. Así sucede con la pluriverbalia o archiverbalia, que supone “contar en mil palabras lo que se podía haber dicho con cien” (p. 224), o, de modo menos exagerado, “decir con varios vocablos lo que perfectamente se puede decir con algunos menos” (p. 131). Esto es, el autor sostiene la necesidad de ser parcos en palabras, algo que él mismo no respeta en bastantes ocasiones:</p>
<p>
<list list-type="bullet">
<list-item>
<p> En la nota 23 de la p. 43 cita FMG el título de un trabajo suyo, “Algunos males no menores en el uso del lenguaje”. Usar ‘mayores’ en lugar de ‘no menores’ hubiera permitido un título más parco.</p>
</list-item>
<list-item>
<p> En la p. 53 utiliza la expresión “[l]os que no teníamos la bolsa bien herrada”, que sin duda quebranta la perspectiva del autor de evitar la pluriverbalia. Una expresión como “los menos pudientes”, o algo semejante, habría usado bastantes menos palabras.</p>
</list-item>
<list-item>
<p>También en la p. 53 aparecen dos expresiones que utilizan, desde la perspectiva del autor, muchas palabras de más, “la lengua de Don Miguel de Cervantes” y “el habla de la pérfida Albión”. ¿No es pluriverbalia usar ambas expresiones en lugar de “español” e “inglés”?</p>
</list-item>
<list-item>
<p>En la p. 197 podemos leer: “Las comas, esos diminutos signos ortográficos parecidos a huellas de pata de mosca manchadas de tinta”. ¿Esto no es también pluriverbalia? ¿Alguien que sostenga la necesidad de ser parco en palabras necesita realmente definir así la coma?</p>
</list-item>
</list>
</p>
<p>Por otro lado, es bien sabido que los prescriptivistas no son amigos del cambio lingüístico, no les gusta que la lengua cambie, pues creen que todo cambio es a peor al separarse de una supuesta etapa dorada de la lengua. Esta concepción es profundamente irracional (cf. <xref ref-type="bibr" rid="ref1">Aitchison 2001</xref>), un prejuicio lingüístico considerado como tal desde hace mucho tiempo: ya <xref ref-type="bibr" rid="ref11">Hall (1950)</xref> rechazaba tajantemente identificar cambio lingüístico con corrupción de la lengua. A pesar de ello, y de definirse como lingüista, se aprecia en FMG una equiparación del cambio con la desviación, esto es, con las linguopatías o enfermedades. Esta equiparación es por ejemplo bien visible cuando afirma que el lenguaje “es un elemento vivo y, como tal, susceptible de sufrir alteraciones más o menos significativas que se manifiestan en forma de ciertos desarreglos” (p. 21). Por cierto, es paradójico que el autor pretenda quitar legitimidad a un proceso natural e imparable como es el cambio y por otro lado intente dar legitimidad plena a un proceso claramente artificial, como es el predominio de una variedad sobre las restantes variedades.</p>
<p>En consonancia seguramente con su rechazo de los cambios y más en general con su prescriptivismo y su purismo, no podía faltar en este libro otro lugar común de todo “experto en lenguaje” que se precie, como es su denuncia de la invasión de extranjerismos. Esta enfermedad o linguopatía es el <italic>xenofonismo</italic>, definido como el “síndrome que se manifiesta por una marcada e innecesaria tendencia al empleo de locuciones y términos de otras lenguas en detrimento de sus respectivos equivalentes en español” (p. 54). FMG se limita aquí a repetir el mantra purista del abuso de extranjerismos, pero hay que notar que sus ataques no son contra los extranjerismos de cualquier procedencia, sino sobre todo hacia los términos ingleses. Pero esto es incongruente en dos sentidos diferentes. Por un lado, los préstamos son inevitables, porque “[e]n cualquier lengua, el número de palabras tomadas en préstamo supera fácilmente al número de palabras heredadas” (<xref ref-type="bibr" rid="ref24">Sala 1988: 159</xref>). Así sucede en inglés; como muestra <xref ref-type="bibr" rid="ref5">Durkin (2014: cap. 2),</xref> de las 1.000 palabras más frecuentes en el British National Corpus, más del 50% (529 en concreto) son préstamos de otras lenguas. Por otro lado, es también incongruente que el autor rechace los extranjerismos de hogaño pero acepte los de antaño. Por ejemplo, en español hay cerca de 4.000 palabras de procedencia árabe, que FMG no critica (y hace bien en no criticarlas). <xref ref-type="bibr" rid="ref23">Rosenblat (1962: 65-66)</xref>, un verdadero experto en lenguaje, escribió unas palabras que deben ser citadas aquí:</p>
<p>
<disp-quote>
<p>¿Qué quiere decir <italic>pureza</italic> castellana? El castellano es un latín evolucionado que adoptó elementos ibéricos, visigóticos, árabes, griegos, franceses, italianos, ingleses y hasta indígenas de América. ¿Cómo se puede hablar de <italic>pureza</italic> castellana, o en qué momento podemos fijar el castellano y pretender que toda nueva aportación constituye una impureza nociva? La llamada <italic>pureza</italic> es en última instancia una especie de proteccionismo aduanero, de chauvinismo lingüístico, limitado, mezquino y empobrecedor, como todo chauvinismo.</p>
</disp-quote>
</p>
<p>Pero de nuevo con respecto a esta cuestión FMG vuelve curiosamente a contradecirse: el autor del libro, que sostiene la existencia de “una invasión de extranjerismos innecesarios” (p. 54) procedentes del inglés, no tiene reparo sin embargo en utilizar en la p. 175 las siglas inglesas DNA y RNA en vez de usar las siglas españolas ADN y ARN, que tienen un muy amplio uso. ¿Por qué incumple aquello que predica?</p>
<p>Otro prejuicio lingüístico más, y de los más graves, aparece en la p. 221, que aboga por “la necesidad de expresarse con corrección para que ideas y demás manifestaciones del lenguaje sean claras y acordes con el pensamiento y su recta expresión”. Como sabe cualquier lingüista (excepto FMG), esta afirmación es radicalmente falsa, acercándose muy peligrosamente a la vergonzosa “posición de déficit” sobre la variación dialectal que criticó magistralmente <xref ref-type="bibr" rid="ref14">Labov (1969)</xref>. En realidad, FMG está afirmando de manera velada que solo la variedad estándar permite la “recta expresión” del pensamiento; sin embargo, como ya señalé, la cuestión de la corrección no tiene nada que ver con el ámbito lingüístico, sino que se vincula con el social, por lo que ninguna variedad veta ni restringe manifestar el pensamiento. Como señala <xref ref-type="bibr" rid="ref25">Schilling-Estes (2006: 312)</xref>, recapitulando a la perfección la posición sostenida por la lingüística (que de nuevo FMG desconoce):</p>
<p>
<disp-quote>
<p>all varieties of language—including those quite far removed from ‘standard’ or socially prestigious varieties—are equally complex, regularly patterned, and capable of serving as vehicles for the expression of any message their speakers might wish to communicate.</p>
</disp-quote>
</p>
<p>Es necesario también dedicar unas líneas a la editorial que publicó esta obra, Pie de Página. La colección en la que apareció el libro, “Tinta roja”, tiene como objetivo publicar “ensayos y manuales que reflexionan sobre el lenguaje, su uso y sus peculiaridades, con la intención de profundizar en el español” (<xref ref-type="bibr" rid="ref6">Editorial Pie de Página 2023</xref>). Sin embargo, la estrategia de la editorial con esa colección es muy confusa, porque por un lado ha publicado una obra como <xref ref-type="bibr" rid="ref17">Méndez Santos (2024)</xref>, dirigida a combatir los prejuicios lingüísticos, pero por otro lado también ha publicado la obra reseñada aquí, que no solo no combate prejuicios lingüísticos sino que difunde y esparce muchos de ellos.</p>
<p>Para finalizar, el libro constituye un ejemplo más de la científicamente vana tradición de obras prescriptivistas escritas por supuestos “expertos en lenguaje”, que tienen la osadía de acusar a muchos hablantes nativos de ser unos ignorantes lingüísticos y, en consecuencia, de pretender decirles (o imponerles) cómo tienen que hablar. Cuando se analizan estos libros con atención, lo que se advierte es el pobre pensamiento lingüístico de sus autores, en este caso de FMG, quien ejemplifica claramente uno de los rasgos con que <xref ref-type="bibr" rid="ref22">Pinker (1994: 439)</xref> caracterizó a esos “expertos en lenguaje”, como es “su olímpica ignorancia de la moderna ciencia del lenguaje”.</p>
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