Decir que los tiempos políticos que abarcó la estancia de Franklin Delano Roosevelt (FDR) en el despacho oval fueron turbulentos, sería quedarse cortos. Efectivamente, no sólo tuvo que hacer frente a la Gran Depresión (1931-1940), sino también a la Segunda Guerra Mundial, conflicto al que Estados Unidos entraría en 1941, después del ataque japonés sobre Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. Dicho ataque se produciría después de varios intentos fallidos de negociación con los mandos japoneses, que no daban ninguna muestra de querer evitar una escalada de las hostilidades.
Continuando con el trabajo de 2019, Discursos políticos del New Deal, publicado en Madrid por la editorial Tecnos y perteneciente a la colección Clásicos del Pensamiento, José María Rosales aborda este complejo – y políticamente apasionante – período de la administración Roosevelt en Discursos políticos en los años de la guerra. En esta obra, con un pormenorizado estudio introductorio, se traducen y recogen sus alocuciones públicas más representativas, desde las que se realizaban de cara al Congreso hasta las referidas a la prensa y la ciudadanía. Dicha selección da testimonio del rango retórico de FDR, y su capacidad para adaptarse a distintos tipos de público y contexto.
En su estudio introductorio, José María Rosales aborda en primer lugar el trasfondo contra el que es más efectivo contrastar los cuatro mandatos de FDR, y los discursos que ocupan este trabajo en particular. Por un lado, en comparación con el contexto geopolítico y económico internacional de la actualidad, en el que, como dice Rosales, China parece haber tomado el lugar otrora ocupado por los Estados Unidos en un marco de alianzas y rivalidades mucho más inestable e impredecible (p. XII). En ese sentido, vemos como algo más de la mitad del mundo vive bajo gobiernos totalitarios que ofrecen parámetros de protección, crecimiento y estabilidad que igualan o superan a los países democráticos.
La disputa no es, por tanto, ideológica, sino más bien de eficiencia, en la que el sacrificio de ciertas libertades en favor de la seguridad y el orden se antojan a muchos ciudadanos como aceptables, e incluso deseables. Estados Unidos, pues, es una potencia que funciona – o ha funcionado hasta ahora – como contrapeso en términos de poder duro y blando en el panorama internacional, pues otros agentes, como la Unión Europea, han tomado un rol secundario obsesionado con su entramado burocrático y regulador. Para Rosales, el liderazgo americano, aunque fundamental, se ha visto debilitado por un giro nacionalista en los tiempos posteriores a la crisis de 2007.
Este giro y su impacto en la debilitación del liderazgo internacional estadounidense cobra sentido en el marco de la subordinación de la política exterior a las dinámicas de la política interior, normalmente centrada en lograr la reelección de los representantes para los cuales la política exterior no es tan relevante salvo en casos de crisis económica o de guerra. Además, la oficina de la presidencia está firmemente incrustada en un robusto sistema de controles y equilibrios que se retrotrae al siglo XVIII y la visión republicana de los padres fundadores acerca de la separación de poderes, en constante tensión. En este sistema, cualquier intromisión es penalizada, y cada poder es obligado a circunscribirse a los límites que marca la constitución.
Buena parte del mérito de FDR es poder navegar, argumentar y negociar el respaldo bipartidista (Partido Demócrata y Republicano) de cada medida mientras bregaba por mantener una imagen frente al público que le respaldara en la carrera por la reelección (la limitación de mandatos llegaría en 1951), lo que logró en hasta tres ocasiones. Para Roosevelt, la política internacional obedecía a dos tipos de intereses: económicos y políticos.
En el primer caso, se refleja en la creación del Fondo Monetario Internacional y el Banco Internacional para la Construcción y el Desarrollo (pp. 236–45). En el segundo, la creación de las Naciones Unidas en sustitución de la fallida y extinta Liga de Naciones (1920), firmando en consecuencia la Carta de las Naciones Unidas en 1945. Tanto el presidente Truman como Eleanor Roosevelt completarían el trabajo de FDR con la firma de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948.
Este trabajo, pues, compendia aquellas intervenciones públicas realizadas entre 1937 y 1945 explorando la retórica – en un sentido argumentativo y deliberativo – de FDR acerca de su compromiso con la situación de guerra que debió capitanear y la virtud cívica que buscaba despertar en los estadounidenses a través de la misma. Así pues, la naturaleza de las alocuciones, diseñadas como discursos, hace de los textos un registro particularmente interesante para aquellos interesados en retórica política en su sentido más oratorio. En su diseño, se aprecia la impronta de aquella batería de asesores, escritores, juristas y otros profesionales que participaban en la confección de los discursos, reservando a FDR la potestad de dejar su impronta personal en las versiones finales.
Como plantea Rosales, la edición cumple dos propósitos, uno histórico y otro analítico (p. XXV). El primero está claro, pues tiene un interés particular el presentar estos documentos para entender la política de FDR y de la encrucijada histórica a la que no se enfrentaba sólo Estados Unidos, sino el mundo entero. El segundo tiene que ver con el análisis de las razones que da FDR para defender su política de la neutralidad con la misma radicalidad que la que tenía su defensa del papel de los Estados Unidos en la guerra unos años después. En ese sentido, la edición cumple cabalmente con ambos propósitos.
Estos argumentos eran presentados periódicamente al Congreso mientras gobernaba por decreto, y también rendía cuenta de sus acciones a la ciudadanía en lo que Rosales asocia con ciertos elementos de lo que en la actualidad llamamos retórica populista: un hilo directo del representante con su electorado en un sentido casi familiar. Esto puede verse con más claridad en sus charlas junto a la chimenea, que ya aparecieron en los Discursos políticos del New Deal, en las que, por vía radiofónica, el americano medio podía sentir que el presidente se encontraba junto a ellos en su sala de estar, dando cuenta de su accionar.
Esta edición ofrece a su vez una mirada interna al complejo entramado de relaciones diplomáticas entre las potencias aliadas, llamativamente entre FDR y Iósif Stalin, desde 1941, cuando Estados Unidos entra en la guerra, hasta 1945, recorriendo una multifacética relación entre los dos mandatarios y las dos potencias. Dicha relación iría siendo de una creciente desconfianza hasta que, finalmente, mutase en una sospecha mutua que auguraba lo que serían los años posteriores de Guerra Fría.
Como revelan sus discursos y mensajes al pueblo estadounidense, uno de los retos principales para FDR era el de reconciliar acertadamente su política y retórica de la neutralidad con su entrada en la guerra, pues la ciudadanía sería fundamental en la política de esta, financiando y respaldando el esfuerzo bélico a través de su actividad social y económica. Esa retórica es patente en la consideración de cuestiones como el envío de material armamentístico a España durante la Guerra Civil Española, en la cual tanto la Alemania Nazi como la Unión Soviética se disputaban la influencia sobre la región.
En este caso, FDR citaba la Ley de Neutralidad del 1 de mayo de 1937 para argumentar a favor de no enviar armas o material, pues hacerlo comprometería la neutralidad estadounidense (p. 29). Esa postura también sería la que serviría de trasfondo en la conferencia de prensa que en 1939 celebraba el presidente estadounidense para referirse a las llamabas de paz que había tenido con Mussolini y Hitler. En esta conferencia, FDR lee la transcripción de esos mensajes, destacando que habla con “la voz de la fuerza y con amistad para la humanidad. Tengo claro que los problemas internacionales pueden resolverse en la mesa redonda” (p. 58).
Ya con la guerra empezada, reafirmaba la voluntad de Estados Unidos de permanecer neutral como nación, aunque eximía a los estadounidenses de ser neutrales en su conciencia (p. 79). Además, afirmaba con rotundidad que creía y esperaba que Estados Unidos se mantendría fuera del conflicto, recalcando que no habría un “apagón de paz”. Sin embargo, en su “Charla junto a la chimenea” del 29 de diciembre de 1940, puede verse ya esa transición de una retórica de la neutralidad a una de guerra, hablando directamente a la ciudadanía.
Sin embargo, no abandona la idea de mantenerse al margen, planteada como una empresa generacional y existencial para los estadounidenses, pues el Eje (Alemania, Italia y Japón) amenazaba con unirse contra Estados Unidos en caso de que este último entrase activamente al conflicto. En su mensaje, FDR alude a que Hitler planteaba como imposible la coexistencia entre la filosofía del gobierno estadounidense y la suya, por lo que la paz – arbitrada por Estados Unidos – sólo sería posible si el Eje abandona su intento de dominación mundial (p. 103). Así, es prioritario que los enemigos de los Aliados no ganasen el control total de los océanos que los separaban de América, por lo que la guerra concernía directamente a los ciudadanos, y a ellos les apelaba.
Era hora de enviar armamento, equipo y municiones a los Aliados, pues la derrota era una amenaza gravísima para Estados Unidos, que necesitaba seguir rearmándose y planeando su defensa, por lo que la industria militar cobraría especial relevancia (p. 117). La guerra llegaría en 1941, después de infructuosas comunicaciones con los mandos japoneses, una llamada con el emperador Hirohito, y un ataque sobre Pearl Harbor, Hawaii, el 7 de diciembre, al que seguiría la declaración de guerra al día siguiente. En ese sentido, como dice Rosales, se ve un aspecto fundamental de la política gracias al análisis de la retórica, que es la dimensión práctica del pensamiento político: ese ejercicio comunicativo y argumentativo que se ve respaldado materialmente por las instituciones y acciones, además de la influencia en la opinión pública para que respalde esas medidas.
Ese ejercicio es lo que permite a FDR conciliar su toma de partido por la neutralidad mientras justifica un rearme activo que parece tener como desenlace necesario la entrada de lleno en el conflicto, que ya se extendía por Europa y el Pacífico. Así, estos discursos permiten al investigador interesado en ello, estudiar los marcos límites entre la retórica y la propaganda, que es fundamental para respaldar una política de guerra que, por las propias características del conflicto, debía ser omniabarcante para la industria americana, supeditada a la sección bélica.
Aparece entonces la conocida política de emisión de bonos para la ciudadanía en sus diferentes variantes, dejando ver cómo la administración FDR llamaba activamente al patriotismo y honor cívico de los ciudadanos, que debían involucrarse en la guerra hasta por fin hacer un despliegue masivo de efectivos para el combate, y cuyas bajas formarían parte a su vez de la máquina propagandística de Estados Unidos.
Así, FDR recordaba actos de heroísmo por parte de los soldados en servicio y su sacrificio diario, pues “esos son los Estados Unidos de América” (p. 184). Por ellos debía sacrificarse el ciudadano de a pie. Es llamativo que, durante este período y un gobierno que realizaba sus labores generalmente por decreto, la unión por la causa de la guerra no sólo se vería reflejada en la generalidad de los ciudadanos, sino también en la unión política de los grandes partidos.
Los bonos jugaban un papel determinante a nivel nacional, pues representaban ese esfuerzo “en casa” por alcanzar la victoria total. En la “Charla junto a la chimenea del 8 de septiembre de 1943”, FDR conminaba a los ciudadanos a gastar de acuerdo con su conciencia patriótica, ligando el éxito de la campaña de recaudación con el compromiso de cada uno con aquellos que luchaban en el frente, y con la esperanza de que, aunque incierto, el fin de la guerra estaría cada vez más cerca (pp. 192–93).
¿Quiénes pueden, entonces, tener especial interés en la lectura de esta edición? En primer lugar, quienes se dediquen a la retórica y argumentación verán un ejemplo de ello a una escala multinivel, en la que FDR maneja sofisticadas figuras retóricas para dirigirse a congresistas, senadores, periodistas y al público estadounidense ciñéndose a lo que cada ocasión ameritaba.
También especialistas en filosofía y ciencia política encontrarán una batería de material para estudiar la compleja relación entre la teoría y la práctica política, así como el marco conceptual desde el que FDR construye su discurso frente al reto mayúsculo que suponía el conflicto contra el Eje y las relaciones entre los Aliados y, en particular, con la Unión Soviética. Finalmente, quienes trabajan en la investigación histórica encontrarán una ventana singular al período diplomático y político de los años precedentes y concurrentes a la Segunda Guerra Mundial. Para todos los casos, y para el público en general interesado en la cuestión, la lectura de los Discursos políticos en los años de la guerra, a la luz del estudio introductorio de José María Rosales, es de muy recomendable lectura.



