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Todo lo que se mueve. Valeria Mata. Madrid, Comisura, 2022. 176 págs. ISBN 978-84-09-45320-7

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  • José Joaquín Parra-Bañón+−
José Joaquín Parra-Bañón
ETSAS
Spain
http://orcid.org/0000-0002-2147-0306
Núm. 24 (2025), Recensiones
https://doi.org/10.15304/quintana.24.9474
Recibido: 2023-10-26| Publicado: 2025-11-18
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Parra Bañón: Todo lo que se mueve. Valeria Mata. Madrid, Comisura, 2022. 176 págs. ISBN 978-84-09-45320-7

Sumario

    De arquitectura.Todo lo que se mueve es un libro de arquitectura: contra la arquitectura como idea. Es decir, a favor de lo mobiliario y contrario a lo inmobiliario. Se apoya en los argumentos arquetípicos, en Caín (el sedentario constructor de ciudades) y en Abel (el promotor de la trashumancia y el nomadismo), y no en el Paraíso, antes de que la transformación de la realidad se hiciera necesaria. En el combate fratricida entre el agricultor y el pastor radica, postula Valeria Mata, el éxito de lo estable (lo urbano) frente a lo inestable (el viaje). No hay muebles y apenas vehículos (ningún féretro etimológico) en Todo lo que se mueve. Tampoco obras de arte convencionales (incluye algo de artesanía y de papiroflexia), aunque abundan tanto las referencias a artistas (a la música además de a la fotografía) como las citas de una surtida gavilla de escritoras. A pesar de que el libro compilatorio tiene libido de ensayo acerca de lo móvil, no se menciona el deslumbrante Movimiento perpetuo de Augusto Monterroso. La dinámica impredecible de las moscas sí está, sin embargo, presente.

    Tal vez no sea riguroso decir que está contra la arquitectura residencial sino que lo está a favor de las arquitecturas portátiles (reconoce en la página 162 que un avión es un lugar: «los aviones no solo conducen a lugares, sino que son lugares») y, por tanto, de lo vagabundo y lo errático, de lo nómada y lo itinerante, de lo fragmentario y lo parcial, de los desplazamientos y las migraciones, de lo abierto frente a lo cerrado, de la interrupción frente a la continuidad, del desvío y de la bifurcaciones de los senderos que no se sabe a dónde conducen. Defiende la conveniencia de no tener raíces ni pertenencias, y recomienda Tasmania como destino porque allí el agua que sale del grifo del hotel es potable (168). Repelente a la idea de hogar, rechaza todo aquello que tenga que ver con la estática, a la que parece considerar una forma perniciosa de clausura. Lo que no se transforma de manera evidente es, en su teoríao ntológica, inválido. Proclive a la dispersión, defiende las propuestas circulares de Constant Nieuwnenhuys cuando describe su proyecto de New Babylon, la ciudad ecuménica que estaría eternamente circunvalando la tierra (68-70). Aunque tal vez se olvida de que viajar es ir de una casa a otra, de árbol en árbol (o, como le sucedió a El barón rampante, de un palacio a un bosque debido a su negativa a comer caracoles), de habitación en habitación, de un lugar a otro. Es decir: no de una a otra naturaleza (ya extinguida del mundo agonizante) sino de artificio en artificio, de arquitectura en arquitectura. No lo olvida: lo asume en silencio y lo esquiva, al igual que se eluden otras contradicciones con las que a la especie le es posible convivir sin amargarse.

    Todo lo que se mueve es un libro de fotografía (con fotografías), de viajes (en el que se narran algunos viajes exóticos), en el que se refieren las Esculturas de viaje de Bruno Munari y algunas migraciones zoológicas (y florales). Desde la periferia de la novela (el bloc de notas, el diario, el cuaderno de apuntes) se aproxima a ciertas doctrinas de la estética que se formulan al margen de las academias. Forma parte de la cada día más numerosa familia de libros drogodependientes de W. G. Sebald (Vértigo, Los anillos de Saturno, Austerlitz, etc.), en los que las imágenes (instantáneas, dibujos, cartografías, esquemas, obras maestras de la pintura, etc.) se entrometen invasivas entre las sábanas de las palabras, no siempre para establecer diálogos elocuentes. O pertenece a la saga de El amor de Chile de Raúl Zurita, o de La nueva novela de su cuñado Juan Luis Martínez, o se suma a la prolífica estela de los Artefactos de Nicanor Parra, también chileno.

    Todo lo que se mueve es un objeto prismático crítico con la arquitectura, a la que casi nunca cita: convoca en Helsinki, por ejemplo, a Alvar Aalto para recriminarle que se apropiara de los diseños de Aino Marsio Aalto, su temporal esposa arquitecta (153). Es conveniente escribir libros censores, innecesariamente objetivos, con la arquitectura, hacia el imperio de la arquitectura tiránica, y poner en cuestión su hegemonía. Todo lo que se mueve no es, en realidad, una diatriba contra ella sino un alegato de oposición a una parte significativa de ella. Si las formas originarias y fundamentales de arquitectura, reducidas a su formulación binaria, son: o bien cambiar el lugar (al hilo de la clásica definición decimonónica de William Morris) o bien cambiar de lugar (como proponen los peregrinos enemistados con los eremitas), Valeria Mata reniega de la primera (por atrófica) y promueve la segunda, quizá sin caer en la cuenta que eso es también lo que publicitan Airbnb y Ryanair, y en lo que se basa el turismo y no el ansia de conocimiento. Tal vez empiecen a sobrar en las librerías los textos que usan en exceso la palabra deriva y peripatético, flâneur y perseguidor, exploración y transubstanciación, andadura y termodinámica, o los que se titulan Caminar como instrumento de transformación del paisaje (Francesco Careri), Tercer paisaje (Giles Clement) o Todo se arregla caminando (César Antonio Molina). Este no es uno de ellos.

    Jugo de papaya. La fortuna de algunos libros mexicanos es que sobre ellos se puede derramar accidentalmente zumo de papaya, en vez de zumo de naranja mediterránea o, como en Chile, de frutilla. Valeria Mata regó con jugo de papaya las hojas sueltas en las que había anotado sus investigaciones acerca de la migración de las libélulas, y este disolvió la tinta y emborronó las letras, dificultando que la escritora las entendiera cuando se disponía a transcribirlas como material de construcción de Todo lo que se mueve. Concebido, tal vez, tras la cópula reproductiva de las escritoras mexicanas Valeria Luiselli (a la que cita al inicio del tratado en cursiva) y Verónica Gerber Bicecci (a la que nombra en “Neplanta”), la artista, entreverando, al igual que ellas, fotografías en blanco y negro en algunas de las 176 páginas de 195 x 140 centímetros, habla de los hidrónimos y de los plátanos que desde Ecuador arriban a Islandia.

    Las imágenes, las fotografías y el solitario dibujo que contiene en la página 31, carecen de atribución. El anonimato de las figuras impide diferenciar entre aquellas hechas por la autora en sus deambulaciones y aquellas obtenidas de otros archivos y otras fuentes, o facilitadas por donantes anónimas. Quizá no sea necesario hacerlo; quizá se reivindique la anulación de los derechos de autor de las mismas, aunque a ellas no se refiera el predicado de la última página que reza: «Las palabras y sus posibles combinaciones son una propiedad colectiva, por lo que compartir este texto no constituye un delito». La autora, que probablemente obtiene, por ridículos que sean, ingresos debido a la comercialización de su obra, pone a disposición de los consumidores no el libro impreso sino el texto reproducible mediante fotocopias, no así las fotografías y sus posibles combinaciones. Este ofrecimiento no alcanza, sin embargo, a la generosidad de facilitar una edición digital del mismo en abierto y de forma gratuita. No lo hace en esta ocasión, pero sí lo ha hecho en otras.

    Valeria Mata es autora de una obra (originada en su tesis doctoral) que se titula plagie copie manipule robe reescriba este libro (2018), que ya comenzaba diciendo (informando en la página de los créditos editoriales):

    Ningún derecho reservado. Las palabras y sus posibles combinaciones son una propiedad colectiva, por lo que compartir este texto no constituye un delito. Puede prestarse, copiarse, retocarse o plagiarse creativamente, siempre y cuando no se haga con fines de lucro y se mantenga esta nota. Es mejor que un libro camine a que se quede encerrado en una caja.

    Sus análisis acerca del plagio contemporáneo, de indudable interés, son meritorios. La imagen del libro que camina para escapar de la caja que lo constriñe no es, sin embargo, deslumbrante. Las imágenes de Tlqsm carecen de pie: de rodapié portugués. El libro prescinde del índice convencional. Se avanza en línea recta por él fingiendo que el lector no dispone de un plano con el que orientarse. Algunas fotografías, como el lobo a los cerditos del cuento, asoman la patita por debajo de la puerta: comienzan mostrando un filete en la página 53 y continúan, a doble página y a sangre, en la 54 y la 55. O como sucede en la cubierta, empiezan en el lomo, pegadas arriba, y se interrumpen antes de llegar a la solapa, para darle cabida al nombre vertical y descendente de la artista. Con los textos ocurre algo similar: la Te, la ele y la ese de Todo lo que se mueve se asientan parcialmente en el lomo, sobre la bisagra, sin dejarle sitio a los bibliotecarios para adherir el tejuelo.

    La idea del desplazamiento se aplica, por tanto, a la composición: las imágenes y los textos se mueven por la página casi a su libre albedrío, ocupando a conveniencia la posición que en cada caso les peta. Las manchas se deslizan como moscas por el cristal, o como caracoles en el revés de la hoja del maíz. A las moscas le dedica Valeria Mata unas palabras en “Murciélagos, moscas, monjes”, pero nada dice de los caracoles.

    Comas copulativas. Hay quien odia sin consuelo, a quien le inquietan, le perturban y lo distraen las erratas ortotipográficas en los libros, las señales de tráfico y los anuncios. En Todo lo que se mueve se han detectado tres leves. Las de las páginas 91 y 115 se deben a la falta de espacio, a que las palabras que deberían estar separadas, están juntas: imantadas. Se dice «tambiénde» en vez de: «pero también de lo maravilloso» y, después: «quees» en lugar de «que es preciosa». En la 128, que es la más sugerente, hay otra falla. Se trata de una coma duplicada, repetida entre las palabras «resistente» y «escribía». «Su vida deambulante la hizo “precavida y bastante resistente”, escribía en sus memorias», se lee en esta edición. Es hermoso descubrir cómo las comas bajas se aparean en público (las altas lo hacen a menudo). Las comillas altas (o inglesas) y las comillas angulares (o españolas) son gemelas: se reproducen por pares y se duplican homotética o especularmente. Las comillas bajas no son realmente comillas sino comas. Son signos adultos, parlantes, no infantiles y mudos: terrestres, telúricos, en vez de aéreos y espirituales. Otra virtud tipográfica de Todo lo que se mueve radica en su renuncia a los guiones que parten al final de la línea las palabras que no caben cómodamente en ella. Con el texto alineado a la izquierda sería incomprensible que así se hiciera, aunque demasiados maquetadores así lo hagan cuando juegan a componer con Adobe InDesing.

    Completitud, entereza. Todo lo que se mueve, al igual que Los trabajos de Persiles y Sigismunda y a diferencia de El Quijote, es una obra incompleta. Unos son los Ensayos escogidos y otros los Ensayos reunidos (Raúl Zurita). Unas las Obras completas y otros cuentos (Augusto Monterroso) y otras las Obras enteras (Rafael Cárdenas: Obra entera). «Me gusta la decisión de usar el adjetivo entera en lugar de completa porque da a entender que una obra nunca debería estar completa, sino abierta, incluso después de la muerte del autor», dice a propósito Valeria Mata en el apartado “Cuerpo y libro” (134). Todo lo que se mueve es, por tanto, una Obra abierta (Umberto Eco: Opera aperta), como abierta quería ser la ciudad porteña que la Pontificia Universidad Católica de Chile construyó, con apariencia de escuela de arquitectura, en Valparaíso, sobre las dunas de Ritoque, bajo la denominación híbrida de Amereida. Todo lo que se mueve conjetura ser una obra en curso, una casa que se levanta del suelo, que está en permanente proceso de construcción, y en la que, no obstante, ya es posible encontrar alimento y cobijo.

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