Mirando al pasado prerracional con distancia, las destrucciones y actos en contra de contestados monumentos de un pasado antidemocrático copan titulares y plantean un debate, como no podía ser de otra forma, eminentemente polarizado. La clave de estas destrucciones sigue siendo el ya conocido poder de las imágenes, de cuya conservación o destrucción depende hacer justicia. Memoria vs historia y emoción vs razón son las dicotomías presentes a lo largo de esta publicación, sumamente crítica con la revisión del patrimonio histórico de la dictadura franquista y la Ley de Memoria Histórica.
Conocido por sus brillantes aportaciones en el campo del arte medieval, Rico Camps se aventura con fortuna en este breve ensayo en el campo del patrimonio, como ya había hecho con su contribución de 2018: “Hacia un patrimonio sin entidad”, Patrimonio cultural y derecho 22 (2018): 383-398. En este volumen se ocupa de la memoria histórica española y ofrece una reflexión extremadamente locuaz, sagaz e ingeniosa, donde la razón no se da a ninguna ideología, sino a la razón misma. Un posicionamiento que destaca en una era marcada por las emociones y profundamente polarizada, de cuya ideología se hace eco la propia legislación. Este componente emocional es, a su vez, determinante a la hora de plantear la vigencia de los valores que ostenta el patrimonio histórico-artístico.
El patrimonio español incómodo al que se refiere explícitamente el autor es aquel legado del franquismo del que ya en la introducción, Fuge Daemon, se proporcionan algunos ejemplos y su consiguiente estrategia de conservación según lo estipulado en la Ley de Memoria Histórica. El medallón del caudillo en la Plaza Mayor de Salamanca, que estaba acompañado por aquellos de los diferentes monarcas españoles, es el punto de partida para una sucesión de acciones en aras del respeto por la memoria que el autor considera censuradoras de la historia, y por tanto censurables, suponiendo algunos de los procedimientos contrarios a los principios de la restauración.
Para elaborar su discurso el autor plantea en el primer capítulo una reflexión de los valores del patrimonio desde uno de sus primeros enunciadores, Aloïs Riegl y El culto moderno a los monumentos de 1903. Es evidente que la respuesta emocional y afectiva que provocan ciertos objetos, espacios o monumentos está íntimamente ligada a los valores intencionados sobre el patrimonio, categoría en la que se incluyen aquellos lugares del terror o el horror, símbolo y homenaje para las víctimas. Sin embargo, no son los únicos valores que el patrimonio posee. Rico Camps hace uso de ingeniosas metáforas con el fin de privilegiar el valor comunicativo de aquellos monumentos que pertenecen al pasado pues: “El monumento habla con voz propia y en estilo directo; el monumento histórico, por voz ajena y en estilo indirecto” (15).
La configuración del concepto de patrimonio durante la Revolución Francesa se trae a colación en esta reflexión para recordar las mismas problemáticas que afectaban a aquel legado artístico “infame” de los Borbones durante la Revolución Francesa. Las posturas de aquel tiempo recuerdan la tesitura que se experimenta en la actualidad democrática, incluso la voz crítica de Nietzsche parece un eco pasado de la postura del autor contra esa vía de aproximación censuradora del pasado “que sienta a la historia en el banquillo de los acusados para someterla a un implacable interrogatorio que desenmascarará sus horripilantes crímenes y la condenará al penal del rechazo y del desprecio” (22). Y es que Rico Camps adopta el papel de mensajero de la razón, optando por una cada vez menos habitual posición intermedia entre la conservación incontestable y la destrucción más absoluta.
El objetivo según el autor es enfrentar nuestro pasado, convivir con él y explicarlo, ser conscientes de él y, en alusión a una de las variadas acepciones de moneo del término monumento, percibir la advertencia que este comunica. En definitiva, se plantea someter a escrutinio de la ciudadanía aquellos ideales trasnochados de un régimen antidemocrático mostrándolos en el espacio público. Se trata de desactivar el monumento conmemorativo para convertirlo en monumento histórico y situarnos en el presente desde una distancia crítica con la historia que haga hincapié en este valor no intencionado del patrimonio incómodo.
El somero análisis a la polémica Ley 20/2022, de 19 de octubre, de Memoria Democrática lleva al autor a poner este texto legislativo entre las cuerdas, pues a su juicio, no se pretende en ella resemantizar y entender el patrimonio franquista desde la historia. Dentro de sus puntos débiles destacan, precisamente, la poca consideración histórica hacia las piezas, privilegiando la subjetiva cualidad artística; así como un marcado interés por abarcar la totalidad de insignias del régimen, sin atender a contextos, funciones y dataciones, como sí sucede con la normativa alemana en vigor desde 1998. Chapas, banderas y un gran elenco de artículos de merchandising fascista de fácil adquisición que siguen apareciendo en los medios con motivo de manifestaciones nostálgicas escapan fácilmente al control. Sin embargo, aquellas placas del Instituto Nacional de la Vivienda en tantos barrios españoles son el punto de mira y retiran u ocultan, eliminando así, a juicio del autor, parte de la historia de esa arquitectura, en definitiva, un documento. La pregunta que se plantea a la ley es: ¿Son todas las insignias del poder igualmente censurables? Y la respuesta del autor es un tajante no.
En este punto cabe aclarar una distinción fundamental que marca el destino de estos vestigios del pasado dictatorial. Por una parte, están los ya mencionados lugares del horror entre los que los campos de concentración son el mayor exponente a nivel internacional; y por otra parte se perfilan los monumentos denominados de la victoria, como puede ser la Puerta de la Moncloa, conmemorativa de la victoria del bando sublevado. Los primeros conforman espacios de memoria que honra a las víctimas y pretende hacerles justicia, mientras que los segundos, en alusión a su afán glorificador de los regímenes antidemocráticos, aún poseen una suerte de poder atávico, tan conocido para la historia de la imagen, invocando el terror del pasado y evocando la potencial amenaza de despertarlo de su letargo. Rico Camps alude a la razón que, de la mano de la historia, tiene la capacidad de desactivar ese poder. Insiste en que tales monumentos “no son más que pecios oxidados de una memoria cuya embarcación pública y colectiva se hizo naufragar en el instante mismo en que se puso en marcha la Constitución, miembros anacrónicos e incomunicados de un universo simbólico desvencijado, que pertenece inexorablemente al mundo de anteayer” (89).
Esta dualidad memoria vs historia centra el discurso, pareja complementaria a emoción vs razón. Rico plantea los términos: iconofilia del terror e iconofobia de la victoria, bipolaridad que afecta a la memoria histórica y de la que es buena muestra la Ley de Memoria. Este primer concepto se nos antoja familiar con la deriva actual donde la emoción, la polarización y lo irracional están a la orden del día y mueven masas, una actitud fácilmente comparable a la que exponía Antonio Maravall en su clásico La cultura del Barroco de 1975. En esta misma línea, la cultura de la “pornografía de los sentimientos”, apasionada por el detalle morboso periodístico, otorga el beneplácito a lugares que mantienen vivo el horror de las víctimas. Una victimización de la que no quiere formar parte Rico Camps con su posición contraria a la destrucción de los monumentos del franquismo, y es que el inmovilismo, caracterizado por inercia y queja de los conservacionistas (o peor, de la minoría de nostálgicos), se aleja de la alternativa propuesta en este ensayo.
Otro frente se relaciona con el urbanismo y la ciudad como non-site. Eliminar e imponer la supresión de elementos históricos por muy incómodos y antidemocráticos que sean, desvanece la identidad de nuestros espacios urbanos y los convierte cada vez más en las postciudades de Rem Koolhas, citado por el autor, o en los non-sites de Marc Augé. Las ciudades se convierten así en falsificaciones que anulan la conciencia social y crítica, pues: “solo en las ciudades viejas puede la gente hallar la autonomía necesaria para saborear un mínimo de libertad”. Mantener esas capas y estratos de lo que fuimos no supone un interés en volver a ello, sino en superarlo, en continuar y poner en cuestión sus valores. Con ello se da valor a la identidad y autenticidad de los centros urbanos y, frente a los parques temáticos en los que se están convirtiendo muchas zonas históricas, completamente edulcoradas, la conservación de monumentos incómodos, como el medallón de Franco en la Plaza Mayor de Salamanca, evita el intento de maquillar una realidad para que se acomode a los postulados ideológicos presentes (que en definitiva es lo que pretenden los regímenes autoritarios).
El discurso de la historia es fruto de revisionismos, reescrituras, pero la imagen, más que una lectura subjetiva es un hecho, un documento primario a prueba de obsolescencia, como advierte Rico Camps: “ignoro si lo que no se ve no existe, pero tengo por seguro que no perdura, sobre todo en los acelerados tiempos digitales” (130). Con esta cuidada argumentación desde la voz del humanista, se delinea una posición crítica con las políticas de la memoria, tanto de la izquierda como de la derecha, mereciendo ambas alineaciones, reproches, acusadas de practicar en ciertas ocasiones un “vandalismo institucional” (98). Este ensayo no se trata de un manifiesto político, ni de una lucha de bandos, sino de un posicionamiento cultural, donde más allá de una ideología cuya moral sea incontestable se percibe la necesidad de unas instituciones y una legislación que aseguren la pervivencia y correcta difusión del patrimonio histórico. La mención a la democracia es explícita, una democracia en la que todos los “otros patrimonios” (44) deben existir, pues el espacio público democrático debería caracterizarse por la variedad, nos guste o no, y todas las fases de la historia son parte de ello.
Puede que la cadena de relaciones memoria-emoción-sinrazón pueda provocar cierto rechazo, pues familiares de las víctimas, muchas aún desaparecidas, no pueden dar por cerrada una fase de su historia familiar con la proclamación de la Constitución en el 1978. Para muchos la dictadura franquista y sus dinámicas aún no han claudicado, y aunque el autor señala la existencia continuidades con las estructuras de poder franquista, que no continuismos, este punto puede dar pie a un debate en el que otros sectores de opinión ofrecerían un contraargumento. Quizás no se sigue temiendo a Francisco Franco, pero sí al fascismo o más bien, a los neofascismos.
En cualquier caso, sea cual sea la postura de partida, los audaces argumentos plantean una fructífera reflexión y es que la destrucción del patrimonio, o al menos, una incorrecta difusión es siempre dañina. No se puede tolerar la supresión o borrado de los monumentos del horror, como sucede con el campo de concentración situado en el Monasterio de San Marcos de León, espacio declarado BIC que no conserva los vestigios del tiempo en que fue campo de concentración, algo que, sin duda, ensombrecería la belleza del conjunto y la mirada de los turistas y de aquellos que celebran allí bodas y eventos. Banalizar el espacio público sin mostrar sus impudicias e incomodidades, visibles igualmente a través de los monumentos de la victoria, es igualmente peligroso para las víctimas que borrar la cruel fase que atravesó este monasterio leonés. Comprender no es enaltecer y la conservación crítica, incorporando el genio artístico y la rigurosidad académica a la hora de intervenir y difundir el monumento, es el camino que propone Daniel Rico para enfrentarnos de manera democrática a la herencia visual del pasado reciente del estado español.

