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Después del fin del museo. Wolfgang Tillmans x Centre Pompidou

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  • Sergio Meijide Casas+−
Sergio Meijide Casas
Universidade de Santiago de Compostela
Spain
https://orcid.org/0000-0002-7605-4545
Núm. 24 (2025), Hechos y tendencias, Páginas 1-5
https://doi.org/10.15304/quintana.24.10937
Recibido: 2025-10-01| Publicado: 2025-11-19
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Palabras clave:

fotografía, instalación, arte contemporáneo, museo, biblioteca
Meijide Casas: DESPUÉS DEL FIN DEL MUSEO. WOLFGANG TILLMANS x CENTRE POMPIDOU

Sumario

    • Nome da exposición: Wolfgang Tillmans, Rien ne nous y préparait − Tout nous y préparait
    • Comisario: Florian Ebner
    • Comisarios asociados: Olga Frydryszak-Rétat y Matthias Pfaller
    • Lugar e datas: Centre Pompidou, París. 13 xuño-22 setembro 2025

    Cuenta la leyenda que un artista colgó banderas por todo París, banderas de colores que podían verse con un catalejo situado en lo alto de uno de los edificios más altos, banderas que se agitaban al viento y expandían el arte contemporáneo de forma sibilina por una ciudad que solo podía apreciarlo desde arriba. Las banderas eran signos, símbolos e iconos; lo eran todo y no eran nada. El artista: Daniel Buren. El año: 1977. La obra: Les Couleurs: Sculptures. En aquel entonces, el Centre Pompidou acababa de abrir sus puertas y de lo que se trataba era de transformar la ciudad en una obra de arte, en extensión del nuevo centro que aspiraba a liderar la cultura contemporánea en el mundo entero. Las implicaciones de esta tentativa eran múltiples y contradictorias: un reservorio de posibilidades futuras, un laboratorio de experimentación radical; también, por supuesto, gentrificación del barrio y capricho de un presidente que buscaba la modernidad a toda costa, que solo era capaz de apreciar las intensidades desde las alturas. Sin Georges Pompidou y sin el Centre Pompidou no habría tiendas de ojos en el Beaubourg, pero tampoco habrían pasado otras muchas cosas que sí han transformado la vida de algunas personas, aquellas dispuestas a ser tocadas por la varita del arte. Ahora, casi cincuenta años después, es el museo el que se transforma en ciudad, el que deviene obra sin arte, el que proyectará ruido y ya no recibirá visitas ni albergará turistas. Con su futuro proyecto de reapertura, la historia parece repetirse. Todo es malo y es bueno y no es ni malo ni bueno: otra vez la elitización del barrio, otra vez el uso de equipamientos públicos al servicio de unas élites económicas, otra vez los museos siendo museos, como ocurre con la biblioteca del MACBA y la plaza de los skaters. Pero también, como siempre en estas circunstancias, los sueños de otro futuro posible. Quizás esa es la ingenua ilusión o la perversa intención detrás del encargo a Wolfgang Tillmans de una última exposición con la que despedirse del museo y proyectar un porvenir amable para la nueva institución de siempre.

    Rien ne nous y préparait − Tout nous y préparait cerró sus puertas el pasado 22 de septiembre. Con ella se puso también punto y aparte a casi medio siglo de intensa programación cultural en el epicentro de la capital francesa. La programación del museo se trasladará durante los próximos cinco años a diferentes espacios de París y otras ciudades, por lo que la de Tillmans fue la última muestra que se pudo ver en el edificio hasta la reanudación de su actividad en 2030. Algunos dicen que es la exposición del año, otros que no es para tanto. Ante semejante disyuntiva, cabe reconocer que el artista cumplió con el encargo de forma notable: su propuesta fue la mejor despedida posible para el museo, pues conformó un enorme collage de heterogeneidades en el que los retratos de personalidades como Frank Ocean y Renzo Piano convivieron con fotografías de la cotidianeidad deseante, de los sujetos y los objetos que encarnaron la cara B de la cultura de los últimos treinta años. En cualquier caso, la melancolía no puede nublarnos los ojos: si es para tanto es, ante todo, porque cierra el museo. Bajo tal acontecimiento, la exposición esconde un mensaje engañoso que no debe opacar nuestro criterio, pues el museo es museo y siempre será museo, aunque sea alguien tan brillante como Tillmans el que se proponga llevarlo a sus propios límites.

    Imagen 1. Vista de la exposición
    Vista de la exposición 

    © paconeumann

    Hace mucho que el joven fotógrafo del SIDA, las raves y la contracultura ha dejado de ser un maestro de la fotografía documental para convertirse en un artista post-conceptual que nada entre formatos diversos como pez en el agua. En este caso, el encargo pasaba por darle libertad total a cambio de que utilizase una planta entera de la antigua Biblioteca Pública del Centre Pompidou, un espacio de 6000 m2 que no solo contenía la memoria de los visitantes habituales del museo, sino, más bien, la de los cientos de miles de usuarios que habían accedido a la misma para consultar libros, leer el periódico, utilizar Facebook o preparar oposiciones. Para los no conocedores de esta situación, el Centre Pompidou nunca fue solo un centro de arte; entre otros servicios, contaba desde sus orígenes con la Bibliothèque publique d’information (BPI), una biblioteca abierta a todos los usuarios que no requería carnet para acceder. Esto es importante, pues quizás los jóvenes opositores no tengan problema para inscribirse en una biblioteca pública, pero la ausencia de registro permitía que esta fuese poblada por personas sin identidad, sin alojamiento fijo o sin ganas de compartir sus datos personales. Hablamos de calefacción, conexión WiFi y aseos gratuitos. El acceso a las exposiciones era de pago, diseñado para una élite cultural dispuesta a consumir los servicios ofrecidos por los curators del museo, pero la biblioteca era de todos, o así lo fue hasta el 3 de marzo de 2025, cuando cerró sus puertas.

    Mientras se llevaban los libros, y para mantener el espacio ocupado, se decidió llamar a Tillmans para que ejerciera de nigromante y volviera a dar vida a los espectros de la biblioteca, rindiendo un sincero homenaje a todos aquellos usuarios que utilizaron esas instalaciones. Su abordaje fue total: cientos de fotografías en diferentes formatos, abstractas y figurativas, en marcos y clavadas, convivían con los suelos y las lámparas de la biblioteca, creando inesperados juegos cromáticos y conceptuales que convertían a las fotografías en parte integrante del edificio y al edificio en parte integrante de la fotografía. Pero la cosa no terminaba ahí: los ordenadores que habitualmente eran utilizados por los usuarios de la biblioteca fueron reactivados como dispositivos en los que podían reproducirse todas las piezas de vídeo realizadas por el artista a lo largo de su vida, las fotocopiadoras se pusieron al servicio de la creación libre de collages improvisados por parte del público, las estanterías y los mostradores pasaron a ser un soporte expositivo de fotografías, revistas y objetos diversos, e incluso algunos libros –los auténticos inquilinos a tiempo completo– se mantuvieron como parte integrante de la escenografía. En el proceso de estudio y transformación del espacio expositivo, el propio artista descubrió algunos aspectos que hacían aflorar los ecos del pasado. Un ejemplo claro de esto último son las moquetas: con el cambio de siglo, la biblioteca había decidido sustituir su característico morado por un tono más neutro de color gris, pero cuando se retiraron los muebles del espacio se descubrió que algunos trozos de la antigua moqueta todavía se encontraban ahí, creando rimas en las que lo nuevo y lo viejo formaban un curioso patchwork.

    A través de su intervención, Tillmans hizo de los restos de la biblioteca una utopía de la diversidad, un espacio de convivencia de sensibilidades irreconciliables, como lo era ya la biblioteca misma. El amor, el respeto y la fraternidad, pero también el enfado y la frustración, y el juego y la risa, y los sueños, y los futuros perdidos, y los pasados encontrados. La intensidad de la juventud y de la ancianidad, pero también la publicidad, y la economía de mercado, y las fake news. Todo está en las imágenes que el artista germano lleva años produciendo y transformando, como todo estaba ya en la biblioteca, en todas las bibliotecas, en todos los espacios públicos en los que los extraños están forzados a compartir oxígeno. Nadie tan adecuado como él para metamorfosear –como dice la dirección del museo– la vieja biblioteca del Centre Pompidou en una Babel de la comunicación y la incomunicación a través de la cuál llevar a cabo una reflexión honda sobre el presente y el futuro que nos espera.

    Imagen 2. Vista de la exposición
    Vista de la exposición 

    © Pierre Malherbet

    Por supuesto, el irreprochable trabajo del artista es irregular en sí mismo. La exposición tenía una involuntaria condición omniabarcante que recuerda que en los últimos años se han hecho, quizás, demasiadas retrospectivas de su trabajo; la más importante, sin duda, la del MoMA de finales de 2022, titulada To look without fear. Con todo, esto no es un problema, sino la condición misma de una obra que probablemente solo pueda existir en formato retrospectivo. Nada más conveniente para el caso que nos ocupa: hacen falta las imágenes de toda una vida para poder llenar un espacio tan grande como la biblioteca del centro. No todas las partes de la exposición eran igual de poderosas, pero tampoco es necesario que así fuese. Al fin y al cabo, la obra era la propia biblioteca convertida en lo que siempre fue, un aparato retencional en el que la diversidad de la información escrita se coaliga con la memoria individual de cada persona, conformando una memoria colectiva que es rica porque es plural. Podría decirse que la condición trágica del proyecto no radicaba en la heterogeneidad de la propuesta, sino en la imposibilidad de repetir la vida misma al representarla. Si bien la exposición nos ayudó a entender de una forma más compleja la materialidad del espacio y los afectos que lo han habitado durante todos sus años de funcionamiento, el acceso dejó de ser gratuito: con su transformación en obra de arte, pasó a costar 17 euros. Se dice que los visitantes más atentos pudieron beneficiarse de la generosidad de la marca de lujo Celine, que habilitó cuatro días gratuitos para visitar la muestra, pero eso no minimiza la paradoja. Tras el cierre de la biblioteca y la inauguración de la exposición, al público se le brindó la capacidad de sentir las vidas de los fantasmas que habitaron el espacio de una forma nueva, pero muchos de los usuarios habituales del mismo –la mayoría– no iban a perder el tiempo en una exposición de arte en la que los preciados bienes que permitían la comunidad de extraños –es decir, calefacción, conexión WiFi y aseos– se habían vuelto de pago.

    Imagen 3. Vista de la exposición
    Vista de la exposición 

    © Judith Benhamou

    Los habituales del mundo del arte podremos regresar a la biblioteca después de su reapertura, dentro de cinco años –y siempre que siga en el mismo sitio–, para intentar recordar qué es lo que habíamos experimentado bajo el hechizo nigromántico de Tillmans. Los habituales de la biblioteca, en cambio, habrán hecho bien en buscarse otro lugar de trabajo, uno más pequeño y menos acogedor, probablemente, y los pocos que regresen, opositores que sigan estudiando, estudiantes de grado convertidos en doctorandos, no podrán recordar nada más que el espacio gratuito que conocieron antes de la exposición, pues acceder a la misma implicaba comprar entrada.

    Una vez más, la institución mira desde arriba, como Pompidou, quien falleció antes de poder ver las banderas de Buren, aunque le habrían encantado. Por lo demás, la exposición de Tillmans me parece meritoria y estupenda como última bala del museo antes de su transformación: eso sí, para los de siempre.

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