Resumen

El museo es, en un sentido literal, un espacio de encuentro entre cuerpos vivos y cuerpos no vivos. Sin embargo, las emociones que este encuentro provoca son variadas y oscilan entre la congoja y la indiferencia, atravesando en ocasiones otras como el asco o la curiosidad. En este artículo me pregunto sobre la potencia narrativa de los cuerpos en las salas de exposición y las posibilidades de ampliar las nociones de “vivo” y “no vivo” más allá del binarismo cuerpo-objeto, así como la genealogía de su culto y su exhibición. Las personas muertas son, al fin y al cabo, nuestra más profunda relación de alteridad, ya que son lo contrario a nosotras, pero al mismo tiempo, exactamente lo mismo. Es por esto por lo que incluso las copias nos remiten a un duelo y, muy a menudo, al peso y la historia que arrastran determinados cuerpos y su representación.