El presente número de Moenia reúne en esta sección monográfica diez trabajos sobre morfología y léxico.
El estudio de Manuel José Aguilar, «La estructura interna de los compuestos verbonominales como palabras idiomáticas: un estudio morfológico», ilustra la relación estrecha entre el léxico (la fraseología) y la morfología (la composición). De las palabras idiomáticas que, morfológicamente, son compuestos gráficos o léxicos, se centra solo en aquellos compuestos de estructura V‑verbonominales), como pasatoro, pasaperro, vuelapluma, espetaperro, quemarropa, tornapeón o machamartillo. La mayoría forma parte de locuciones adverbiales de estructura a + N (a pasatoro, etc.) y, en un alto porcentaje, una de las bases léxicas es un zoónimo o un somatismo.
En «La autonomía de la Morfología y los nombres de pila», Bruno Camus se centra sobre todo en la formación de derivados apreciativos a partir de nombres de pila. Resalta la diferencia que existe en la creación de los diminutivos a partir de antropónimos con respecto a la creación de diminutivos a partir de nombres comunes (generalmente, prescinde del empleo de interfijos o, según el autor, de los alomorfos ‑cito, ‑ecito): pan > panecito / Juan > Juanito, nieve > nievecita / Nieves > Nievitas. Dedica un breve epígrafe a los hipocorísticos por acortamiento, con o sin modificación y con o sin duplicación de consonante (Asun, Chelo, Fefa) y cruce léxico (Josema).
Con un corpus de datos extraídos principalmente del DEA y del Diccionario del léxico juvenil en España, Manuel Casado Velarde señala los más comunes mecanismos de creación léxica de los jóvenes en «Procedimientos morfológicos de innovación léxica en el lenguaje de los jóvenes españoles»: (a) la derivación «impropia o inmediata», con los sufijos vocálicos (desparrame); (b) formaciones en ‑as (broncas), aunque se incluyen ejemplos con los sufijos ‑eras (golferas) y ‑otas (calvorotas); (c) la sufijación con ‑ata (jubilata), ‑eta (vacileta), ‑eto (bareto), ‑ota (pinchota); (d) con ‑uqui (fiestuqui), ‑inchi (abuelinchi); (e) con otros sufijos (huevamen, moraca, capullada, etc.) [se trata de un conjunto muy heterogéneo]; (f) formaciones en ‑i (compi); (g) la prefijación con los intensificadores super‑, hiper‑, mega‑, ultra- ‑ultra (superguay); (h) la composición (bocachancla); (i) acortamientos (díver); (i) la siglación (ads < adiós); (j) la acronimia (dineuro). Los tres últimos epígrafes los dedica a formaciones festivas (municipote), la derivación de nombres propios (cayetano) y las formas híbridas (balconing).
En «Sobre las paradojas de encorchetado», Elena De Miguel y Zoltan Zato, en el marco teórico del lexicón generativo, intentan demostrar que, en realidad, no existen paradojas de encorchetado en prefijaciones como submarino y sufijaciones como vulgar en el sintagma latinista vulgar en tanto en cuanto que, según los autores, la interpretación semántica no interfiere en la composición morfosintáctica de la palabra: tanto el prefijo sub‑ como el adjetivo vulgar funcionan como adjuntos que focalizan solo una parte del contenido de la palabra a la que se unen, y no todo, como se suele asumir. Es interesante la aplicación del fenómeno de la paradoja de encorchetado a sintagmas como el señalado, ya que la mayoría de los estudios al respecto se centran en derivados con prefijos normalmente relacionales: interdepartamental, intramuscular, contrarrevolucionario, prenuclear, antediluviano, etc.
Desde una perspectiva básicamente diacrónica, Consuelo García Gallarín, en «Procesos de lexicalización de los diminutivos», propone la lexicalización (del diminutivo) como un mecanismo de innovación léxica heredado del latín, muy productivo sobre todo en el periodo clásico del español. A partir de un extenso corpus, señala que ‑illo es el sufijo nominalizador más rentable de entre los diminutivos (‑ete, ‑uelo, ‑ito, etc.), dominante en la designación de objetos, animales y plantas. La autora propone tres niveles de lexicalización de los usos no prototípicos: en el nivel 1 se sitúan los diminutivos de variedad o especialidad, como horquilla o palacete; el nivel 2 corresponde a la lexicalización por tropología, como las plantas campanilla o jeringuilla y los pájaros herrerillo o herreruelo (metáfora) y trencilla, hoyuelo o vaqueta (metonimia); al nivel 3 se adscribe la recategorización por elipsis o analogía, como bastardilla (letra bastardilla) o blanquillo (pino blanquillo); donde incluye algunos casos de etimología popular: bajillo, islilla.
Dolores García Padrón, en «Procedimientos de especialización semántica de los gentilicios hispánicos» —un trabajo ubicable esencialmente en el ámbito léxico (no morfológico)—, estudia los procesos de tropología y especialización que sufren numerosos gentilicios detoponímicos (descarta los gentilicios no detoponímicos o pseudogentilicios, como chicharrero, legañoso o conejero), hasta el punto de lexicalizarse en nombres apelativos o adjetivos con un significado específico, muy alejado del significado originario propio del adjetivo relacional (‘natural de’, ‘perteneciente o relativo a’), que ha quedado opacado o es remotamente accesible, como chilena, romana, mongólico, bizantino («discusión bizantina»), napolitana, chino («cuento chino») o rusa («ruleta rusa»). Al final, señala algunos casos en los que la alteración del significante contribuye a esa opacidad en la referencia al lugar, como esclavo (< eslavo) o galgo (< gálico [< Galia]).
Mario García-Page, en «El compuesto sintáctico», lleva a cabo la revisión del concepto de compuesto sintáctico que proponen la RAE y la ASALE en la Nueva gramática de la lengua española (NGLE) y, luego, en el Glosario de términos gramaticales. Dicho término fue utilizado anteriormente por la RAE en el Esbozo (1973), con un sentido muy distinto (referido a formaciones como sabelotodo o nomeolvides), aunque no en la gramática de 1931. El compuesto sintáctico acoge todas las expresiones con la estructura «N + prep. + N/SN», del tipo caballo de batalla, ojo de buey, fin de semana, casa de campo o ave del paraíso, que la NGLE identifica con las locuciones nominales, aun cuando muchas de ellas han sido tratadas tradicionalmente como compuestos (sintagmáticos o prepositivos). La consecuencia inmediata es que, según la NGLE, no existirían compuestos sintagmáticos con dicha estructura y que los llamados comúnmente sintagmáticos solo podrían adoptar las estructuras N‑N o N‑A.
En «El gentilicio de Guinea Ecuatorial: ¿ecuatoguineano o guineoecaturoriano?», Mikel Larre, tras aducir varias razones, se decanta por el adjetivo tradicional ecuatoguineano como gentilicio de Guinea Ecuatorial ―que es oficial y goza de uso mayoritario―, en detrimento de la alternativa minoritaria guineoecuatoriano propuesta por otros autores, que parece mantener el orden esperable en este tipo de compuestos. Según el autor, guineoecuatoriano no está bien formado ya que el significado del adjetivo ecuatoriano se refiere a Ecuador (país) y no a ecuador (latitud). El aparente orden anómalo de los constituyentes de ecuatoguineano se justificaría porque el segmento ecuato- es solo un acortamiento de ecuatorial, que se antepone al otro constituyente porque adquiere un carácter prefijal, como ocurre con otros elementos compositivos de la lengua. Asimismo, niega que ecuatoguineano tenga connotación negativa de la forma plena (no de la abreviada francófona équato) que han señalado los defensores del gentilicio guineoecaturoriano.
Tal como reza el título, «¿Alomorfo o sufijo autónomo?: Una aproximación al estatus morfológico de ‑dizo en español», de lo que se ocupa María Luisa Montero Curiel es del estatuto del segmento ‑dizo: si es un sufijo distinto de ‑izo, independiente, o un alomorfo de él. En primer lugar, señala la lista de autores españoles —encabezada cronológicamente por Alemany y Bolufer— que se decantan por la alomorfia, con las variantes ‑adizo, ‑edizo, ‑idizo (asustadizo, caedizo, huidizo), y, en segundo lugar, la de aquellos autores que lo tratan como sufijo independiente (Lang, Thiele, Rainer, etc.), basándose, sobre todo, en la distinta base a que se adjunta y el distinto significado que comporta.
En «Significación y sentido de los sufijos ‑ito e ‑illo», Marcial Morera defiende la hipótesis de que la significación invariante de los sufijos ‑ito e ‑illo no es ni la objetiva de ‘empequeñecimiento’ propuesta por algunos autores (Nebrija, Pottier, González Ollé, Fernández Ramírez, Coseriu, etc.), ni la subjetiva de ‘valoración (aprecio o desprecio)’ propuesta por otros lingüistas (Correas, Amado Alonso), ni la de ambas a la vez que sostienen otros gramáticos (Salvá, Bello, Náñez Fernández, Monge, la RAE), sino la de ‘perfección determinada’ y ‘perfección no determinada’, respectivamente, de la sustancia (nombres), de la cualidad (adjetivos) o de la circunstancia (adverbios). La referencia y la actitud del hablante ante las cosas mismas y ante el oyente no pertenecen al código de la lengua, sino al discurso. El contenido referencial o el apreciativo de ‑ito e ‑illo no son sino variaciones de sus significaciones invariantes.

