Durante el siglo xix, la prensa española se erige en el gran escenario de la palabra; primero, con matices cargados de tinta política; más tarde, revestida de elementos informativos, literarios, publicitarios y educativos que convierten al medio no solo en un canal preferente para la difusión de contenidos, sino en protagonista de la opinión pública. Así es como redactores, colaboradores y lectores pasan a reflexionar sobre la palabra como instrumento lingüístico y su valor en la sociedad y en la enseñanza. Las páginas de los diarios y semanarios cada vez son más habitadas por artículos dedicados a la lengua, la corrección gramatical, el purismo lingüístico, la ortografía y otros asuntos relacionados con la instrucción pública. El elemento lingüístico adquiere una presencia inesperada en el foro periodístico, incrementando a mediados de siglo la curiosidad de un público que, por primera vez en la historia, se reconoce partícipe de una escasa comunidad de lectores que prolifera paulatinamente.
Las distintas sociedades hispanas de la época, movidas por el incipiente fervor educativo y una conciencia nacional, encuentran en el asunto de la lengua y su enseñanza un tema de conversación, un símbolo de identidad y una vía de acceso al prestigio cultural. En las tertulias de café, en los círculos académicos o en las reuniones literarias, los asuntos relacionados con la lengua llegan a ser discutidos con la misma intensidad con la que se debatía la política o la religión. La prensa periódica, convertida en mediadora de esta efervescencia, ofrecía múltiples artículos lingüísticos (algunos, publicados de manera seriada) firmados por maestros, gramáticos o escritores, y secciones fijas sobre «buen decir» o «errores comunes del idioma» que esbozaban los primeros intentos profesionalizados de lo que posteriormente denominamos columnismo lingüístico (cfr.), en el que el lector encontraba no solo instrucción, sino también un placer intelectual en un contexto adecuado que incluso favorecía la participación de los no legos a través del género de preguntas y respuestas, que alcanzó también su popularidad en la segunda mitad del xix (cfr.) y que en su conjunto consolidaron en el medio una auténtica «vía mediática» () sobre la lengua y su enseñanza, paralela a la vía canónica (la de los manuales, propiamente dichos), con la que la prensa decimonónica instaura una nueva manera de difusión, formación y debate sobre esta materia, característica no solo de las publicaciones periódicas españolas, sino también del otro lado del Atlántico, donde las nuevas repúblicas independientes comienzan a trazar sus propias identidades nacionales.
Esa participación social en torno a la lengua refleja la transformación cultural de España, que, tras los vaivenes políticos del siglo, buscaba afirmarse en una identidad compartida, un aspecto que, desde distinta perspectiva, preocupaba igualmente en los países hispanoamericanos. Hablar correctamente se consideraba un signo de civilidad; conocer las reglas del idioma, una forma de progreso. La prensa de acá y de allá, en ese sentido, no era un mero observador del proceso, sino un agente de normativización y de difusión del saber lingüístico, y el público, ávido de educación y reconocimiento, encontraba en los artículos sobre lengua una manera de ascender simbólicamente en la escala social. La palabra escrita ofrecía prestigio y la lengua, dominio sobre el pensamiento, una instrucción que, en el ámbito concreto de la prensa profesional del magisterio constituyó importante canal de formación continua, como ya se ha tratado en distintos trabajos (entre otros, , , , ).
El interés del público por la lengua generó un espacio fértil para el debate y los intelectuales de la época lo aprovecharon con entusiasmo, hasta el punto de que el acto de escribir sobre la lengua derivó en una práctica dialéctica, casi beligerante, en la que de manera frecuente los autores defendían sus ideas. Desde las páginas de diarios como El Imparcial, La Época o El Globo se producían colaboraciones lingüísticas que, con frecuencia, adquirían un tono polémico. Ya no bastaba con enseñar o corregir; era necesario discutir. Y se aprovechaba para ello la prensa como un campo de batalla ideológico en el que los periódicos no eran nada neutrales: detrás de cada cabecera se escondía una concepción del idioma, de la educación y, en última instancia, de la nación, si bien por encima de todo predominaba el hecho de que estas publicaciones eran productos editoriales, cuya venta se veía favorecida con el fomento de estas prácticas tan esperadas y celebradas por los propios lectores. El desarrollo y crecimiento de la polémica lingüística fue, por tanto, consecuencia natural de este proceso, de la misma manera que sucedió en otros ámbitos como el literario.
Desde mediados de siglo, los periódicos comenzaron a modificar su orientación, entre otras razones, porque surgió un nuevo tipo de lector pragmático, más atraído por la inmediatez de la noticia y el entretenimiento que por los largos ensayos o las controversias doctrinales. La prensa generalista, adaptándose a las demandas del mercado, se volvió más ligera y diversificada: nacieron múltiples secciones de sociedad, los reportajes gráficos, los seriales literarios, el hueco para el humor y el sarcasmo (que derivó en un género prolífico de prensa satírica) y, poco a poco, el espacio de reflexión lingüística fue reduciéndose. El periódico generalista dejó de ser el ágora del pensamiento lingüístico para convertirse en escaparate de modernidad, en espacio de información, ocio y diversión. La palabra perdió parte de su carácter sagrado y se transformó en mercancía de consumo, donde el elemento publicitario comenzó también a cobrar cada vez más importancia, al ser una fuente de ingresos de especial relevancia para los intereses comerciales de estas publicaciones. Los grandes debates sobre la lengua dejaron de ocupar las páginas de estas cabeceras, pero no desaparecieron, sino que se replegaron hacia publicaciones especializadas, una tendencia que se fue acentuando a medida que se acercaba el nuevo siglo xx, con el traslado de esas discusiones a otras tipologías de revistas como las pedagógicas, en títulos como La Escuela Moderna, El Magisterio Español o La Revista de Primera Enseñanza, etc., o, más específicamente, revistas culturales como Revista Contemporánea, El Lenguaje, Revista Internacional de Estudios Vascos, La Reforma Ortográfica, etc., donde maestros y filólogos continuaron debatiendo por medio de un discurso más profesionalizado sobre ortografía, métodos de enseñanza, reforma gramatical y otros tantos asuntos. En este sentido, puede decirse que el interés social por la lengua no se extinguió, pero cambió de naturaleza a medida que avanzaba el nuevo siglo xx: ya no se trataba solo de un espectáculo público, sino de un asunto técnico, ligado al ámbito educativo y académico.
Este monográfico se inscribe en una línea de investigación histórica que propone un acercamiento plural al estudio de la prensa como archivo histórico del pensamiento lingüístico y pedagógico, esto es, como espacio fundamental de circulación, negociación y construcción del saber lingüístico y educativo. Desde esta perspectiva, las contribuciones reunidas en este monográfico analizan de manera global el modo en que la prensa actuó entre los siglos xix y xx como mediadora entre la teoría lingüística, la práctica docente y la opinión pública, y cómo se convirtió en un escenario clave para la difusión de modelos pedagógicos, la discusión de ideas y propuestas sobre la lengua, así como la aparición de testimonios de su uso social en contextos diversos.
Algunas de las contribuciones al monográfico tratan asuntos sobre métodos y modelos de enseñanza lingüística en la prensa general y especializada, tanto en España como en las repúblicas americanas. Así, De la Rosa Reimúndez aborda la recepción de un método de enseñanza concreto, el método Alge, en las primeras décadas del siglo xx, poniendo de relieve su difusión, así como las tensiones con otros sistemas de enseñanza rivales en el medio periodístico, que actúa de árbitro crítico de estas disputas. Aunque centrado en otra zona geográfica, el trabajo de Rivas Zancarrón se centra en este mismo foco de interés, al explorar la circulación de un modelo didáctico muy conocido, el de Joseph Lancaster, a partir de su presencia en los espacios de opinión pública de América. Estos estudios contribuyen, sin duda, a reescribir la historia, evolución y repercusión de los métodos de enseñanza, pues la prensa es una fuente inagotable de muestras sobre la repercusión y evolución de estos y otros métodos de enseñanza de lenguas, como recientemente ha tratado en su análisis de la presencia de Chantreau y Ollendorf en el periodismo decimonónico. En una línea afín, los trabajos de Gallardo Richards y de Lidgett, Toscano y García & Vásquez examinan el papel de la prensa pedagógica como vehículo de profesionalización docente y de reflexión sobre la enseñanza de la lengua en contextos institucionales de España y Argentina. Gallardo Richards centra su atención en el Boletín de Primera Enseñanza de la Provincia de Gerona de finales del xix, destacando su consolidación como órgano de expresión y formación del magisterio gerundense, al tratarse de una publicación de carácter periférico fundamental en la articulación del discurso sobre la lengua en la enseñanza en Cataluña. Por su parte, Lidgett, Toscano y García & Vásquez profundizan en el papel de la maestra y pedagoga Emma Nicolay de Caprile en el panorama educativo argentino del siglo xix a través de su participación en la Revista de la Escuela Normal de Maestras de la Provincia de Buenos Aires, un trabajo que nos permite visibilizar y revalorizar la presencia de esta figura y de las mujeres en general como receptoras y creadoras de discursos sobre la lengua y su enseñanza, cuyo número va tímidamente en aumento a partir de finales del xix.
Un segundo bloque de trabajos es el constituido por aquellas investigaciones centradas en los debates explícitos que se desarrollan en forma de polémicas lingüísticas, generalmente, en torno a la norma, la ortografía, la fonética o cuestiones identitarias, que encontraron en la prensa de este periodo un marco idóneo para su desarrollo. Cuando los temas lingüísticos empezaron a ser tema recurrente en las publicaciones periódicas, aumentaron las controversias, que se vieron amplificadas por el carácter público del medio. Estas polémicas no eran marginales: ocupaban primeras planas, suscitaban respuestas airadas y se prolongaban durante semanas en forma de réplicas y contrarréplicas. Cada texto polémico funcionaba como un espejo en el que la sociedad observaba su propia conciencia lingüística. En esos intercambios, el idioma era más que un conjunto de normas: era una metáfora de la identidad individual o colectiva, una manera de ordenar el pensamiento y el mundo. Por eso la polémica no se entendía como un mero ejercicio académico, sino como una empresa cultural. En un debate aparentemente lingüístico sobre las tildes o la ortografía, por ejemplo, se jugaban, en realidad, cuestiones de poder, de educación, de pertenencia o socialización, esto es, «un auténtico sistema de socialización para crear haces de relación con otras personalidades o intentar (en el caso de jóvenes escritores, gente con anhelos de prosperidad o posición social, etcétera) hacerse hueco en la vida social y cultural del país» (). La polémica lingüística se transformó en espectáculo seguido por los lectores y los propios polemistas con un interés casi teatral, por medio de escenas en que los autores adquirían perfiles reconocibles: el académico celoso de la tradición, el maestro defensor de la innovación, el escritor que reivindicaba la libertad expresiva… La lengua se convirtió en un territorio compartido y disputado, donde cada palabra podía ser un gesto reivindicativo, educativo, político, moral. A veces, la polémica se plantea desde perfiles muy distintos, como los que representan Nicolás Ormaechea, euskeltzale nacionalista vasco trabajando para Euskaltzaindia, y el conocido fonetista Tomás Navarro Tomás en su polémica sobre el acento vasco, de la que se ocupa en este volumen Quijada Van den Berghe. En esta controversia, el tratamiento técnico de la materia condiciona la escasa presencia de matices teatrales en la discusión, con breves tintes irónicos en las posturas de sus protagonistas, que abordan aspectos tan específicos como el hecho de si el acento vasco es o no fonológico, si tiene posición fija o variable o si, finalmente, su rasgo diferencial es la intensidad o el tono. En otras ocasiones, la discusión trasciende en el foro de una lucha ideológica entre iguales (frecuentemente maestros) que cumplen con las características prototípicas de la polémica lingüística de la época y descienden con rapidez al fango de la batalla dialéctica. Es lo que sucede en la polémica ortográfica entre Robles y Santullano relatada por Gaviño Rodríguez y propiciada desde La Escuela Moderna, una de esas tantas revistas pedagógicas que en el periodo de entresiglos fomentó la continuidad de unos debates que no solo tuvieron lugar en la prensa de corte nacional, sino igualmente en la regional o local. Así lo evidencia Verdejo Palao en su análisis de publicaciones periódicas murcianas, a partir de la cual se constata una vez la configuración de la prensa como una compleja red dialogal de textos que favorecía el intercambio comunicativo o el contraste entre opiniones de individuos, cabeceras o ideas vertidas en otras fuentes, en la que cada publicación solo era el terminal accidental de una extensa circulación de textos a nivel local, regional, nacional e internacional (cfr., ).
El tercer bloque temático del monográfico está formado por dos trabajos que se ocupan de la delimitación de la prensa como vehículo de saber lingüístico y reflexión metateórica. En primer lugar, Garrido Vílchez & García Folgado centran su interés en el estudio de los pronombres y su enseñanza, uno de los muchos contenidos gramaticales que fueron objeto de tratamiento, primariamente, en prensa general pero, de manera más pormenorizada, en ese conjunto de publicaciones pedagógicas que desde su profusión a mediados del xix, va convirtiéndose poco a poco en un potente órgano de difusión y formación continua para la actividad pedagógica de los maestros (cfr.). En segundo lugar, el trabajo de Quilis Merín se sitúa en el terreno de la divulgación de ideas, en este caso, sobre el origen del lenguaje en el medio periodístico, una esfera de reflexión de larga tradición en el ámbito de los estudios lingüísticos desde la cual esta investigadora analiza los contenidos de una importante publicación cultural española, la Revista Contemporánea, en cuyas páginas se vislumbran los distintos enfoques de las corrientes lingüísticas que circulaban por España en el siglo xix sobre el asunto, así como su recepción, y entre los que Quilis Merín destaca la desconocida aportación, a comienzos del siglo xx, de Edmundo González-Blanco, una figura que hasta el momento no había trascendido en la construcción del relato histórico de la lingüística hispánica sobre esta materia.
El último grupo de trabajos es el constituido por las investigaciones de Puche Lorenzo, Robles Ávila y Torres Martínez, que amplían el foco de interés hacia el uso social y discursivo de la lengua en la prensa, entendida como testimonio de prácticas lingüísticas, su expansión, especialización léxica o el uso de estrategias discursivas. Miguel Ángel Puche examina la prensa como testigo de la expansión del español en Filipinas, aportando una perspectiva periférica y colonial al estudio de la historia lingüística. En efecto, la prensa es fiel testigo de las prácticas de los hablantes de su época y, en este sentido, nos aporta informaciones muy valiosas del estado de lengua, como bien demuestra en su investigación Torres Martínez, que pone de relieve la emergencia del léxico especializado (en este caso concreto, del léxico culinario) y su legitimación a través del medio periodístico en el primer cuarto del siglo xx, una tarea que ya había desarrollado esta misma investigadora en otros trabajos en relación con el siglo anterior (cfr., y ). Desde un enfoque discursivo, Robles Ávila analiza la evolución del mensaje publicitario impreso en el siglo xix en un trabajo que supone un loable esfuerzo de sistematización de los cambios experimentados por las estrategias publicitarias de este modelo de discurso a lo largo de toda la centuria.
En su conjunto, todos los trabajos reunidos en este monográfico muestran una amplia riqueza y diversidad de enfoques desde los que puede abordarse el estudio de la prensa como espacio privilegiado de observación de la lengua y su enseñanza. Confiamos en que el conjunto de todas las investigaciones, en su articulación de perspectivas e intereses diversos, contribuya a una comprensión más completa del papel desempeñado por la prensa periódica en la configuración del pensamiento lingüístico y educativo en el mundo hispánico entre el siglo xix y los inicios del xx.
Referencias bibliográficas
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