0. LA ESCUELA MODERNA Y SU PAPEL COMO MEDIO DIFUSOR DE LA REFORMA ORTOGRÁFICA
El siglo xix (más específicamente, su segunda mitad) podría clasificarse como el periodo de la conciencia lingüística pública, una época en que la sociedad, por medio de la prensa escrita, tomó posesión simbólica de su lengua y de la importancia de su enseñanza y aprendizaje. Los artículos, los debates y las réplicas aparecidas en las publicaciones periódicas construyeron una red de pensamiento colectivo que permitió al español mirarse a sí mismo, reconocerse y también disentir de su reflejo. Fue una época de efervescencia verbal, de pasión por la palabra, en la que la lengua y su enseñanza se asumieron como destino común. Con el desarrollo de estas publicaciones y la multiplicación de cabeceras especializadas a partir de la segunda mitad del siglo, se produjo una lenta y constante reorientación de sus intereses y las nuevas formas de comunicación y entretenimiento, que diluyeron la centralidad social de aquellas discusiones. Los grandes diarios y revistas empezaron a orientar sus temáticas hacia otros frentes: las tensiones sociales, las pugnas políticas, las noticias de actualidad inmediata... En ese nuevo marco de prioridades, los debates lingüísticos van siendo desplazados a un segundo plano en la prensa generalista, confinados casi en exclusiva a las publicaciones pedagógicas, donde terminan encontrando su principal cobijo. Revistas como El Magisterio Español, Revista de Instrucción Pública, El Defensor del Magisterio, El Eco del Magisterio, Revista de Primera Enseñanza, etc., acaban siendo ese refugio fértil en el que el eco de este interés aún resonaba (leve, pero persistente) y también el altavoz desde el que surgía un nuevo y reducido grupo de actores más profesionalizados: en sus páginas, maestros, filólogos y reformadores educativos se preocupaban por la difusión de ideas y la formación permanente del gremio, al tiempo que usaban la plataforma para continuar polemizando sobre léxico, gramática escolar o métodos de enseñanza, entre otros tantos asuntos. De sus plumas brotan discursos más técnicos, pero no menos vivos, que alcanzan su culmen a comienzos del nuevo siglo en la creación de unas pocas revistas especializadas sobre los asuntos de la lengua y su enseñanza, con título como El Lenguaje o La Reforma Ortográfica, que acaban por consolidar esa idea decimonónica de la lengua, no solo como instrumento de comunicación, sino también como indicador de identidad, de autoridad cultural y de proyecto colectivo, de una clara continuidad en el ámbito educativo de estas primeras décadas del siglo.
Del conjunto de estas publicaciones pedagógicas y especializadas, este trabajo pretende rescatar y revalorizar el significativo papel desempeñado en estos albores del siglo xx por La Escuela Moderna en la producción, circulación y consolidación de discursos sobre la lengua y su enseñanza, así como en los debates lingüístico-pedagógicos que acompañaron a las transformaciones políticas y culturales de estos primeros años de la centuria, en que estas cabeceras se consolidan como espacio privilegiado de legitimación, confrontación y difusión de ideas sobre muy diversos aspectos como la alfabetización, la enseñanza de la lengua o la corrección lingüística, entre otros tantos.
La Escuela Moderna es una revista de educación fundada por Pedro de Alcántara García el 20 de abril de 1891 en la que, desde finales del siglo xix, las discusiones sobre la lengua ocuparon un espacio de gran actividad, en especial, en relación con uno de los asuntos que incidían de manera directa en los procesos de alfabetización en la escuela: el de la ortografía y los debates sobre su reforma. En una línea continuista, en los primeros años del siglo xx la revista continúa mostrando con vigor la vitalidad y el interés de estos temas para sus lectores. Así, en 1900 acoge en sus páginas «Reforma de la ortografía castellano» (La Escuela Moderna, núm. 117, diciembre de 1900: 437‑45), un texto de Bosch Cusí en el que, a diferencia de otros que centraban su interés en disertaciones sobre la oportunidad y beneficios de la implantación de la reforma, abordaba con exclusividad su propuesta concreta de reforma en relación con tres ámbitos de aplicación: el alfabeto, el uso del acento y el de la diéresis. Las ideas de Bosch Cusí no se distancian, en cualquier caso, de los ideales ya defendidos por los reformistas del siglo anterior, si bien sí se singulariza ahora por la amarga conciencia de estar persiguiéndose una quimera. A esta sensación de impotencia se añadían dos circunstancias decisivas que transformaban el panorama para los reformistas: cada vez eran menos los que seguían sus preceptos y la prensa, que durante décadas había sido el canal privilegiado para difundir sus propuestas, comenzaba a cerrarse a sus textos, mostrando una acogida mucho más fría que en el pasado, algo que ya habían detectado a finales de siglo autores como Jimeno Agius o Escriche y Mieg, entre otros, que lamentaron públicamente el silencio que iba envolviendo sus esfuerzos.
1. EL REFORMISMO ORTOGRÁFICO DE ROBLES Y SU POLÉMICA CON SANTULLANO: GÉNESIS, APOYOS Y RESISTENCIAS
El desasosiego que vivían algunos partidarios del movimiento reformista en España no fue obstáculo para que, en los albores de este nuevo siglo xx, La Escuela Moderna consiguiera que se iniciara una nueva ola de reformismo, en este caso, de la mano de un nombre que la historiografía lingüística hispánica, injustamente, ha velado: Ramón Robles Rodríguez. La apenas reconocida figura de este autor halló en La Escuela Moderna el foro donde articular su ideario renovador en torno a la ortografía del castellano por medio de un conjunto de colaboraciones periodísticas que, a partir de 1904, generó un vivo debate intelectual con algunas adhesiones apasionadas y una fuerte resistencia beligerante. De su cruce dialéctico con otras personalidades nace un ciclo temático que, en su cruce particular con Luis Álvarez Santullano, deriva en un ciclo polémico sobre la ortografía, cuya riqueza y extensión han pasado inadvertidas para la filología española, que no ha examinado ni su importancia en el proceso de reforma de nuestra ortografía ni el valor de las ideas contenidas en estas propuestas, que pueden servir para comprender mejor la tensión entre tradición y reforma en la escritura de la época.
Previamente, entre 1903 y 1904, Robles había publicado, como estudioso entusiasta de la fonética, su serie «De abecedario» (La Escuela Moderna, núm. 148, julio de 1903: 17-20; núm. 149, agosto de 1903: 112‑5; núm. 150, septiembre de 1903: 181-186; núm. 151, octubre de 1903: 266‑8; núm. 153, diciembre de 1903: 427‑32; núm. 155, febrero de 1904: 85‑7; núm. 156, marzo de 1904: 161‑2), un trabajo consagrado al examen de la «pronunciación culta». Aun de forma tangencial, en estos escritos ya se vislumbra su preocupación por la reforma ortográfica, en especial, cuando reflexiona acerca de la denominación de las letras del alfabeto español, un asunto que no parece ―a su juicio― de especial relevancia, pero en el que tampoco rechaza la posibilidad de reforma, pues «ni en los nombres antiguos de las letras ni en los modernos, ha habido verdadero acierto para elegir la vocal que debe acompañar á cada consonante». Con argumento fonético, Robles defiende que, en el caso de que se lleve a cabo una reforma en la denominación de las letras, debería adoptarse «la vocal normal por su naturaleza, ó sea, la a» (La Escuela Moderna, núm. 156, marzo de 1904: 162).
La reforma ortográfica solo era, en este momento, un proyecto embrionario para Robles, una intuición apenas esbozada que solo atañía a la denominación de las letras, pero en nada al aspecto gráfico de la escritura, hasta que todo cambia en octubre de 1904 con la publicación de «La reforma de la ortografía alfabétika». A partir de este trabajo, Robles declara, con sentencia programática, que «es ya inperiosa la nezesidad de reformar razionalmente la ortografía de nuestra eskritura usual» (La Escuela Moderna, núm. 163, octubre de 1904: 609), una afirmación que ya no se limitaba a un deseo; como en años atrás habían abanderado otros participantes del movimiento, se atreve a dar forma concreta a sus ideas, elaborando un sistema de alfabeto que él mismo pone en práctica en su escritura, apoyando su discurso en un horizonte utópico:
[...] la opinión más azertada es primero la de un ombre solo, despues de una minoría, antes de ʎegar a ser azeptada por la jeneralidad. Las kimeras de ayer son, en efecto, esperanzas de oi, realidades del mañana. Lo ke ayer á sido utopia, es oi proyekto realizable, mañana será un echo positibo (La Escuela Moderna, núm. 163, octubre de 1904: 609).
Con esperanzas de éxito, Robles considera el reformismo como misión de nuestra sociedad, a pesar de que es consciente de la existencia de dos grandes obstáculos para la empresa: la indiferencia social y, sobre todo, la inmovilidad institucional de la Real Academia Española. Su acusación a la institución es directa: la Academia «konstituye, kon sus indecisiones timoratas, una rémora, en bez de ser un estímulo del adelanto» (La Escuela Moderna, núm. 163, octubre de 1904: 610). En este sentido, denuncia algunas de las contradicciones internas en la ortografía académica, tales como la confusión de c, z, g, j, la redundancia de b/v, el «uso ocioso» de h, k, q o la «usurpación» de funciones por parte de y. El ataque a la Academia vuelve a ser, una vez más, la estrategia clásica del discurso reformista. Robles identifica a la institución como su opositora, la autoridad culpable de la decadencia ortográfica del español pero, al mismo tiempo, la única con poder institucional para proponer una revolución desde arriba:
[...] es indispensable reformar la ortografía, i kon reboluzión desde arriba. No esperemos a ke el bulgo aga la reforma: ésta á de empezar en la Akademia, en el libro, en la rebista zientífika, en la prensa diaria (La Escuela Moderna, núm. 163, octubre de 1904: 611).
Pero su petición no es más que una pregunta retórica, pues rápidamente asume que la Academia no actuará, de ahí que este reformista se vista de una legitimidad moral y ética para apelar a los hombres de buena voluntad, incitando así a que el colectivo ilustrado se convierta en agente de cambio:
Pongámonos ya de acuerdo los ombres de buena bolantad [sic]; sakudamos nuestra indecisión; desechemos la timidez, el miedo al ridíkulo; e impulsando kon nuestro ejemplo a la Akademia, lograremos tal bez ke esta autoridad salga al fin de su apatía, dezidiéndose a proklamar i sancionar la reforma apetezida (La Escuela Moderna, núm. 163, octubre de 1904: 615).
En «Zírkulo bizioso» (núm. 167, febrero de 1905), Robles radicaliza su postura. Acusa al uso de ser una «norma segura i lei soberana de hablar, i de eskribir [...] la razón de las muchedumbres», muy difícil de vencer, puesto que «ʎebar la razón en contra del uso es lo mismo ke ʎebarla en contra de las multitudes; i ʎebarla en contra de las multitudes es lo mismo ke no ʎebarla» (La Escuela Moderna, núm. 167, febrero de 1905: 113). De manera insistente, intenta que sea la Academia la que actúe en defensa de la reforma:
[...] ke la Akademia autorize al públiko para azer la reforma según es razón; ke en las eskuelas i dokumentos ofiziales se admita komo bálida la ortografía razional, lo mismo ke la eskritura en uso, i la reforma triunfará pronto, benefiziándose kon eʎo konsiderablemente la ilustración española (La Escuela Moderna, núm. 167, febrero de 1905: 113‑4).
Con ello, Robles construye nuevamente su drama reformista: atrapado entre la inercia de la Academia y la tiranía del uso, considera que solo la acción de una minoría ilustrada puede salvar a la lengua, de ahí que solicite a la Academia que al menos declare lícito el empleo de la escritura fonética racional, al tiempo que insta a que otras personalidades actúen al respecto:
Pero es kasi seguro ke la Akademia no á de azerla, ni aksederá sikiera a la transakzión ke propongo de admitir oficialmente komo válida la ortografía fonétika al lado de la usual. Mas si algunos konbenzidos se dezidiesen a imitar mi ejenplo; si plumas más autorizadas i konpetentes ke la mía me ayudasen kon su konkurso en este pleito ortográfiko, aun siendo pokos, lo ganaríamos en lucha desigual, por tener mejores armas (La Escuela Moderna, núm. 167, febrero de 1905: 115).
1.1. Las primeras adhesiones: la comunidad docente como vanguardia
En efecto, escasamente unos años atrás también otros autores como Escriche y Mieg o Jimeno Agius ―primero, desde la Revista Contemporánea; poco más tarde, con la publicación independiente de sus trabajos (cfr.Escriche y Mieg 1889, Jimeno Agius 1892)― habían intentado sacar del letargo a la docta institución o a otros intelectuales por medio de intenciones similares, sin que sus intentos hubieran surtido el efecto deseado (cfr.Gaviño Rodríguez 2022: 132‑9). Nada hacía presagiar un cambio de comportamiento y, efectivamente, las palabras de Robles corren similar suerte. Sin embargo, fruto de su empeño y constancia, sus palabras generan un rápido eco en algunos maestros como Fidel Kabet Gómez, Juan Llarena Lluna y Eugenio Ortega Oteo que, en marzo de 1905, apoyan la iniciativa con trabajos en los que reconocen la urgencia de una reforma y apelan a la intervención activa del magisterio, al que convierten en fuerza motor de la modernización ortográfica. El primero de ellos, del maestro Fidel Kabet Gómez, que en un breve artículo titulado «Más sobre la reforma de la ortografía alfabétika» (La Escuela Moderna, núm. 168, marzo de 1905: 176-177), se suma a la causa defendida por Robles y defiende la labor activa de los maestros en esta lucha por la reforma. Su regla pedagógica es sencilla:
Todo lo ke es inútil debe desaparecer, todo lo ke enbaraze la marcha progresiba de la enseñanza debe proskribirse, todo lo ke proporzione konfusión debe desecharse; i lo ke esté konforme kon la razón i kon la lójica es lo ke el maestro debe eskojer, estudiar y desarroʎar (La Escuela Moderna, núm. 168, marzo de 1905: 177).
Como profesor, Kabet Gómez se siente en la obligación de «estudiar las reformas ke sean mas konpatibles i fáziles a la enseñanza ke diariamente praktikamos» y, en esta línea, solicita encarecidamente a los maestros que se decidan a secundar estas ideas con el objeto de que la reforma se generalice:
la Real Akademia tolerará, kuando menos, la konpatibilidad oficial entre la ortografía usual korriente i la fonétika razional, asta ke ʎege el día de kedar kompletamente establezida en la prensa i en todos los zentros oficiales (La Escuela Moderna, núm. 168, marzo de 1905: 177).
En «Pongámonos akordes» (La Escuela Moderna, núm. 168, marzo de 1905: 177‑9), el joven Juan Llarena, colaborador habitual de La Escuela Moderna, que meses atrás ya había publicado un extenso artículo sobre los signos de puntuación (cfr.La Escuela Moderna, núm. 157, abril de 1904: 241‑51), también se muestra partidario de la reforma del alfabeto castellano, si bien este autor manifiesta su disconformidad con la propuesta de Robles. Al igual que este, Llarena defiende el principio de que debe escribirse como se habla y manifiesta abiertamente «despreziar la h, la y vocal la c i la q, la g en el sonido que toka señalar a la j». No parece, sin embargo, estar de acuerdo con otras reformas, entre las que destaca, (a) el uso de n antes de p o b, donde conviene el uso de m al sonar así en esa posición, (b) el reemplazo de la x por los signos cs, gs o s, pues este autor no encuentra clara esta equivalencia, (c) la eliminación de b o v, ya que, según él, corresponden a sonidos diferentes, (d) la creación de ʎ para sustituir el signo ll. Llarena es conocedor de que las diferencias sobre la reforma dificultan la puesta en marcha del proceso, así que es pragmático y propone consensuar un sistema común junto a Robles, Kabet o los redactores de La Reforma Ortográfica, una revista mensual que, desde principios de ese mismo año, se publica en Bañolas (Gerona) en pro del movimiento de reforma de la escritura:
[...] dejemos kada uno pekeñas diferencias, kada kual desdeñe minuzias i exklusivismos, i así seremos kompakta lejión los abogados de un sistema de eskritura klara, i unidos nos será mui fácil encontrar adeptor y venzer en la demanda (La Escuela Moderna, núm. 168, marzo de 1905: 179).
Su postura exhibe, así pues, una estrategia discursiva centrada en el activismo pedagógico, criticando el inmovilismo y afirmando la autoridad del docente y los intelectuales como agentes sociales, una postura que abandera poco más tarde también el propio Robles en «¡Ponerse de akuerdo!» (La Escuela Moderna, núm. 170, mayo de 1905: 367-369), cuando afirma lo siguiente:
Esto okurre ahora i á okurrido sienpre entre los konbenzidos de la nezesidad de reformar nuestra ortografía: konformes kon el fin, no lo estamos en los medios de realizarlo; de acuerdo en el propósito, diskrepamos en el modus operandi (La Escuela Moderna, núm. 170, mayo de 1905: 367).
Convencido de que «la reforma ortográfika no se inpondrá por dekreto de autoridades», Robles se apropia de este discurso social e insta nuevamente a los maestros para que sean sus principales abanderados, una vez que se discuta la manera más oportuna de realizarla y el mejor modo de ponerla en práctica:
Bosotros, maestros de la niñez, los más direkta i perentoriamente interesados en la reforma de nuestra ortografía, abéis de ser los encargados de yebarla a la práktika. Bastará kon ke edukéis en eya a una sola jenerazión: mirad komo lo azéis y el triunfo no será dudoso (La Escuela Moderna, núm. 170, mayo de 1905: 369).
Aunque Robles no ostenta oficialmente el título de maestro, se declara pedagogo vocacional, idealizando la figura del maestro y catalogándola como «la más onrosa, la más respetable, la más sinpátika, la más tierna profesión ke el onbre ejerze» (La Escuela Moderna, núm. 170, mayo de 1905: 369). A este respecto, afirma lo siguiente:
Aunque enkanezido ya en la enseñanza, i siempre enbelesado por pura afizión en el estudio de la pedagogía, ke es la zienzia de mis amores, no puedo ostentar oficialmente un título profesional ke apetezko i será orguyo el día ke lo tenga: el título de Maestro de los niños, la más digna, la más noble, la más onrosa, la más respetable, la más sinpátika, la más tierna profesión ke el onbre ejerze (La Escuela Moderna, núm. 170, mayo de 1905: 369).
Su situación laboral le impide tratar el asunto en otros foros como el de las conferencias pedagógicas o asambleas de maestros y discutir no tanto la conveniente necesidad de la reforma, «sino la forma más oportuna de realizarla i el mejor modo de ponerla en práktika» (La Escuela Moderna, núm. 170, mayo de 1905: 369), aspecto en que también insiste, en una contribución en este mismo número de la revista, el profesor Eugenio Ortega Oteo. En su trabajo «Los doktos i la reforma» (La Escuela Moderna, núm. 170, mayo de 1905: 369-71), este maestro aboga por seguir remitiendo cuartillas sobre al asunto a la prensa, pero propone, igualmente, incluir el debate en las conferencias pedagógicas de cada provincia, con el objeto de que se recojan como conclusiones de la Asociación Nacional y se demuestre su defensa como un asunto que redunda en beneficio de la sociedad.
1.2. La reacción adversaria: Luis Álvarez Santullano y el giro sarcástico
El conflicto dialéctico de este ciclo se inicia en julio de 1905 con «Mi voto» (La Escuela Moderna, núm. 172, julio de 1905: 481‑9), un artículo firmado por Luis Santullano, autor que, con estudiada ironía, se declara «hombre de paz», una captatio benevolentiae que inmediatamente contradice con ataques mordaces a los reformistas españoles, a los que cataloga de improvisadores ridículos: primero, se burla del «señor de Bañolas» ―en referencia al director de la revista La Reforma Ortográfica―, al que considera solo un hombre adinerado y del que se pregunta si es maestro, porque en tal caso habría que salvar a sus alumnos; cuestiona la competencia de Kabet y lo caracteriza como un novicio en el nuevo arte, por hacerse un lío con la nueva escritura (como ejemplos, alude a su inconstante uso de g en palabras como surgir y konsegir), y ridiculiza a Ortega Oteo por su reduplicación de la r a comienzos de palabra (rreforma), «cosa que hoy, escribiendo á la antigua, nos tenemos perfectamente ahorrada» (La Escuela Moderna, núm. 172, julio de 1905: 485). El caso de Robles merece tratamiento aparte: es satirizado como «leader de la reforma» y acusado de partícipe de toda esta confusión gráfica cuando él mismo representa la grafía ll (en unas ocasiones, con y; otras, con ʎ). A este respecto, dice Santullano: «¿Qué significa esto? Pues que el Sr. Robles... no está de akuerdo consigo mismo» (La Escuela Moderna, núm. 172, julio de 1905: 486). Su argumentación queda reforzada cuando pasa revista al problema de pronunciación de algunos sonidos en español por determinados hablantes, como por ejemplo ll y y, al de aquellas diferentes pronunciaciones en algunas palabras como Madrid (como Madriz, Madrit, Madrí, y muy pocos, Madrid) y otras tantas dificultades del sistema en grafías como la h, la k o la sustitución de v por b. Finalmente, concluye con su voto: «Mi voto va, pues, por que se deje quieta á la Ortografía. El tiempo se encargará de ir echando estorbos fuera» (La Escuela Moderna, núm. 172, julio de 1905: 489). Sin duda alguna, el despliegue que Santullano lleva a cabo por medio de la ironía y el sarcasmo son un meditado ejercicio estratégico: ridiculiza a sus oponentes, cuestiona su competencia o sus inconsistencias y, al hacerlo, refuerza la autoridad de la tradición lingüística frente a la innovación. Este recurso no solo es humorístico y sirve para atraer la atención de los lectores indecisos, sino que funciona como un argumento indirecto: desacreditar al interlocutor es desacreditar implícitamente sus propuestas.
1.3. La espiral polémica: sátira y teatralidad discursiva
Desde el inicio de la polémica, Santullano usa como estrategia recurrente ese ataque ad hominem que era tan habitual en este tipo de confrontaciones desde el siglo anterior: con sus palabras, Santullano ridiculiza a Robles y sus seguidores, y desvía de este modo la discusión de los argumentos ortográficos y fonéticos hacia la descalificación personal, convirtiendo la disputa en un juego de ingenio y sátira donde la credibilidad y la autoridad moral de los polemistas se convierten en el blanco principal. Como partícipe activo de ese juego dialéctico, Robles contesta con dureza en «A yegado el tiempo» (La Escuela Moderna, núm. 174, septiembre de 1905: 607‑7), caricaturizando abiertamente a Santullano como retroceso viviente:
[...] entre sabiondo i pikaresko, entre fustigador i guasonziyo [...] más retrógrado ke un kangrejo klerikal, o, mejor dicho, más estazionario ke un chino (La Escuela Moderna, núm. 174, septiembre de 1905: 607).
Desde el punto de vista argumental, Robles aduce lo atrasado que está Santullano en relación con las noticias sobre ortografía en Francia y defiende que, en este ámbito, España lleva muchísimos años publicando libros y artículos con escritura fonética, así como presentando proyectos de reformas ortográficas (La Escuela Moderna, núm. 174, septiembre de 1905: 608). Y en esta línea, proclama la inevitabilidad de la «reboluzión ortográfika»:
Todas las reboluziones tienen sus resistenzias; resistenzias inútiles kuando la reboluzión biene de kausas justas. A yegado el tienpo de la reboluzión ortográfika, i esta reboluzión justa i nezesaria triunfará i pronto, porke le á yegado su tienpo. Triunfará la reforma a pesar de todas sus bazilaziones durante el perío reboluzionario ke á de prezeder komo natural represalia de la tirania etimolójika (La Escuela Moderna, núm. 174, septiembre de 1905: 610).
Al respecto de algunos de los comentarios esgrimidos por Santullano, como el referente a la simplificación de las grafías ll e y en favor de ʎ, este autor afirma que se trataba de una adopción provisional que ya había sido mencionada en su primer artículo, que le parecía oportuna para representar la tendencia de confusión entre estos elementos en español, pero que ya ha abandonado (La Escuela Moderna, núm. 174, septiembre de 1905: 611).
Pronto entra en escena el tercero en disputa, Kabet, que en un artículo de dos páginas titulado «Aklaraziones» (La Escuela Moderna, núm. 174, septiembre de 1905: 617‑8) interviene a favor de Robles pero, fundamentalmente, en defensa de su propia imagen pública. En este sentido, antepone su experiencia de 35 años en la enseñanza, en la que ha observado las deficiencias de la ortografía alfabética y la necesidad de su reforma. Aunque dice que no se ofende porque el Sr. Santullano lo califique de novicio en el nuevo arte, se defiende de esta acusación argumentando que él no se hace un lío con la escritura, pues las erratas mencionadas (en surgir con g, por ejemplo) son en realidad problemas de imprenta, razón por la cual solicita a Santullano que le envíe su dirección para hacerle llegar sus cuartillas en borrador como prueba de lo manifestado.
«Por vía de réplica» sirve de respuesta del joven Santullano a Robles en el siguiente número de la revista (La Escuela Moderna, núm. 175, octubre de 1905: 682‑5), con el que pretende ser breve porque, según sus propias palabras, con estos dimes y diretes, se está «robando el espacio á cosas de más importe». Directamente a Robles dedica estas palabras sarcásticas: «Su labor fonétika, mientras no traspase los términos de una mera y paciente especulación científica, es por demás plausible y digna de aprecio. Más ¡ay! No intente usted, por Dios y por los Santos, soliviantar con sus teorías a los maestros de primeras letras». A su juicio, su reforma traería nefastas consecuencias para el sistema educativo, que serían padecidas por generaciones futuras. Como ya sucedió tantas veces, Santullano ataca la falta de acuerdo entre los fonéticos para decidir un único sistema gráfico y aprovecha para atacar nuevamente al propio Robles, a quien dice que no sabe ni escribir su nombre y apellido en «puridad fonética».
En este artículo, Santullano aprovecha también para responder brevemente a Kabet, indicando que no es necesario que envíe sus cuartillas, pues su réplica le resulta plenamente satisfactoria. No obstante, subraya que los errores cometidos por los propios cajistas son una evidencia clara de la dificultad que la reforma ortográfica representaría para millones de españoles menos instruidos. Al mismo tiempo, dirige una crítica implícita a Robles, señalando que Kabet le responde con «la mesura y discreción proverbial en los Maestros españoles. Esto y otras cosas pudieran aprender de él otros fonétikos» (La Escuela Moderna, núm. 175, octubre de 1905: 685), destacando así la mesura pedagógica frente a la impetuosidad reformista.
La tensión entre teoría y práctica es una constante en toda la polémica: por un lado, Robles insiste en que la teoría debe traducirse en práctica, lo que lo lleva a idealizar la intervención de la minoría ilustrada; Santullano, por contra, enfatiza los riesgos prácticos de la reforma, desde la dificultad de implementación hasta el error de los cajistas, lo que evidencia su manejo pragmático en los razonamientos esgrimidos.
Desde sus comienzos, presenciamos una contienda dialéctica en la que los adversarios se disputan la razón por medio de una tipología discursiva de estructura muy sencilla, casi teatral: una tesis inicial, una réplica indignada, una contrarréplica que refina la ironía o redobla el golpe, y, en ocasiones, ese coro de voces que se suma al fragor. Este juego de réplicas y contrarréplicas configura un género híbrido, en el que se cruzan el ensayo, la carta y el manifiesto. En realidad, sus actores no buscan tanto convencer al adversario como desenmascararlo ante el público, ese tribunal silencioso que asiste a la representación desde el otro lado del papel en sus tareas de lectores animados por esta especie de representación teatral. En este sentido, la lengua de la polémica no busca la serenidad; su tono oscila entre la razón y el ardor, entre el argumento académico y el golpe retórico. No es casual, así pues, que tanto Santullano como Robles usen en sus discursos expresiones de una elocuencia vehemente, donde el verbo se convierte en espada y el adjetivo en desafío. Este estilo, por momentos inflamado, ya se había consolidado en otras polémicas lingüísticas (y no lingüísticas) de la época, y era también reflejo de una época que comprendió que el lenguaje no era un mero instrumento, sino un campo de batalla simbólico donde lo que se jugaba era más bien el reconocimiento individual por parte de la sociedad o el rédito individual que uno podía recibir de la disputa, tal y como se afirma en Gaviño Rodríguez (2021b: 174‑5).
En estos momentos, el debate ya ha tomado otro cariz, abandonando casi por completo el tema lingüístico y sacándose el carácter malintencionado, el sarcasmo y la ironía para la burla del otro, tal y como puede verse en «Kontrarréplika» (La Escuela Moderna, núm. 176, noviembre de 1905: 771‑4), donde Robles critica los modos del joven Santullano, que ―a su juicio― ha intentado zaherirlo de manera chistosa en un artículo sin sustancia, pero que le da pie para la defensa de la manera en que ―cree― habría que llevar a cabo la reforma:
La reforma de nuestra ortografía a de azerse de manera ke el nuebo sistema de eskritura uniforme sea senziyamente konpatible kon la ortografía etimolójika en uso, sin kea ya entre anbos, konfliktos serios ke difikulten la lektura i klara intelijenzia del eskrito (La Escuela Moderna, núm. 176, noviembre de 1905: 772).
Para demostrar que su reforma va teniendo aceptación, Robles informa de que su sistema ya está siendo empleado en algunas revistas profesionales de provincias, así como de otras en Madrid e incluso tiene su eco en América. Sin embargo, intenta terminar ya con esta discusión porque dice que no quiere gastar más tinta en contestar sus artículos. Y de manera figurada, finge su muerte, partiendo de unas palabras de deseo de Santullano en las que lo invita a vivir fuera de España:
Si V. se enpeña en ke yo no biba en España, ni en el mundo, ni en la vida; si no kiere V. dejarme bibo ya en ninguna parte, ¿ké e de azer yo sino darme por muerto i morirme?
Adiós, zientífiko lizenziado; adió, nuevo Zirano; adiós kadete de Gaskuña; yo muero; ya no seré más bibo, Séame la tierra lebe (La Escuela Moderna, núm. 176, noviembre de 1905: 774).
Y tras esto, su firma con una cruz antecediendo su nombre.
La polémica no podía quedar ahí. Santullano sigue este juego macabro con un artículo titulado «Requiescat in pace» (La Escuela Moderna, núm. 177, diciembre de 1905: 858‑61), que comienza comparando la muerte fingida de Robles con la de los naturales de Finlandia, de los que se dice que tienen, por lo general, una muerte apacible y serena, tranquila y suave. Del mismo modo, dice Santullano que Robles «se duerme en la paz del Señor, sin contorsiones ni muecas, angélicamente, como un bendito» (La Escuela Moderna, núm. 177, diciembre de 1905: 858). Insiste en la falta de acuerdo de los reformistas, aduciendo que se trata de un mal que viene desde Nebrija hasta autores actuales como Jimeno Agius, Escriche o Araujo. Y juega continuamente con metáforas acerca de su muerte y la vida: “Muerto él en plena fonétika, y sin interés, por mi parte, en continuarlas, no queda sino entonar un sonoro ¡Requiescat in pace! Amén” (La Escuela Moderna, núm. 177, diciembre de 1905: 177: 861).
1.4. Más allá de 1906: el epílogo
El debate sobre la reforma ortográfica podría haber concluido con estos intercambios de 1905, pero aún se prolonga incansablemente en 1906 como un río que se resiste a su desembocadura, dando lugar a un epílogo que muestra la trascendencia y deriva del asunto hacia un espectáculo retórico y literario, donde la escritura misma es escenario de batalla y sus protagonistas, los actores de un drama lingüístico.
En febrero de ese año, Ramón Robles vuelve a la escena pública, resucitando de su muerte simbólica para lanzar novedades sobre el asunto con un artículo que lleva por nombre «Ánima en pena» (La Escuela Moderna, núm. 179, febrero de 1906: 120‑6). Adoptando la técnica del diálogo, establece una conversación entre su ser presente y su «alter ego», una especie de personalidad desdoblada que le permite llevar a cabo un juego discursivo de introspección y desafío con el que proyecta su fe en la reforma como fuerza inexorable de progreso, insistiendo nuevamente en sus expectativas sobre la actuación de la Academia:
― Peno por presumido.
― ¿Te refieres á tu equivocada suposición de que la ortografía castellana habrá de ser reformada más ó menos radicalmente antes de veinte años?
― Esa no es presunción, sino firme i nezesaria kreënzia ke sigo teniendo de ke pronto a de ser modifikada nuestra ortografía, ö por lo menos liberada de tiranías etimolójikas i akadémikas. Lo menos ke espero es ke la Akademia deklarará pronto ekibalentes los signos gráfikos b i v; ll e y konsonante; i latina e y griega bokal; j i g ante e, i; z i c antes de e, i; g i gu en gue, gui; k, qu i c, kon sonido de k; x i ks. Y al declarar ekibalentes estos signos, deklarará también lízito i potestativo su enpleo ad libitum, autorizando al mismo tiempo la supresión de la h kuando no forme el diagrama ch (La Escuela Moderna, núm. 179, febrero de 1906: 123).
Con este artificio, Robles dramatiza la discusión y explora diferentes facetas de su pensamiento, lo cual le permite abordar la polémica desde una nueva perspectiva, esto es, no solo como un intercambio de argumentos, sino como un espectáculo intelectual donde la propia personalidad se convierte en escenario de debate. Por decirlo de algún modo, la argumentación casi desaparece y la escritura se vuelve un teatro de ideas, como se observa en el pasaje anterior, en el que Robles se caracteriza como un reformista incansable cuya ambición proyecta más allá de la ortografía: persigue la racionalización de la lengua como signo de progreso y modernización nacional. Al mismo tiempo, la ironía de firmar el texto con su doble subraya el sentido lúdico y poético de su discurso, mostrando a un autor consciente de la deriva teatral de su empresa, que poca novedad aporta ya al proceso de codificación ortográfica de nuestra lengua por parte de otros autores (cfr., a este respecto, Martínez Alcalde 2010).
La reaparición de Robles en la escena pública no podía quedar sin una réplica de Santullano, que inmediatamente en el número siguiente de marzo responde con “Pêle-mêle” (La Escuela Moderna, núm. 180: marzo de 1906: 194‑7). En este caso, su tono combina la ironía con la prudencia, al cuestionar los plazos de Robles y la viabilidad de la reforma radical:
Con tales antecedentes no será aventurado afirmar que la reforma ortográfica en España aun se hará esperar un poco. Antes de veinte años, dice el pontifex maximus, la tendremos en casa. Y, al efecto, señala varias equivalencias de letras que la señora Academia declarará facultativas dentro de ese plazo. Mas yo me pregunto: ¿es buena ó mala esa petite reforma? Buena, sin duda alguna. Pues entonces, ¿por qué no la admiten inmediatamente los señores académicos? Oficialmente no podemos suponerles tan conservadores que no den oídos á una pretensión tan justa―al parecer―como ésta. ¿Es que aún no está madura?
¡Veinte años! Permítame Anima en pena―¡tan largo me lo fiáís!―que le recuerde aquellos versos del fabulista:
En diez años de plazo que tenemos... (La Escuela Moderna, núm. 180: marzo de 1906: 195).
Con su habitual fina pluma, Santullano insiste en argumentos ya esgrimidos y denuncia la incoherencia de los fonetistas en ejemplos evidentes (como el del uso de r o rr en oposiciones como caro/carros, pero no al comienzo de palabra, con ejemplos como Rroque, Rramón, Rroble).
Robles no tarda en replicar a su habitual adversario, en esta ocasión, con dos artículos en La Escuela Moderna (núm. 181, abril de 1906: 304‑7; núm. 182, mayo de 1906: 356‑62). En el primero de ellos, evita confrontar directamente con Santullano y centra su interés en los beneficios económicos de la reforma:
[...] en la eskritura usuäl, por respeto a etimolojïas muchas bezes inziertas o del todo ignoradas, algunas otras erróneas, i sienpre absolutamente deskonozidas para la inmesa jeneralidad de las personas que leën, i mas ke por respeto a etimolojïas, en fuerza de perezosa rutina, se despilfarran lamentablemente inkalkulables enerjïas, i se derrocha sin piedad en kantidades asonbrosas, tiempo, papel, dinero i pazienzia, ke, aplikados a kosa de probecho, darían un berdadero kaudal de enerjïas ekonomizadas en benefizio de la kultura patria (La Escuela Moderna, núm. 181, abril de 1906: 304).
En el segundo artículo, más combativo, se reafirma en su patriotismo lingüístico y responde indirectamente a las críticas de Santullano, defendiendo el uso fisiológico de la r al inicio de palabra y recordando la disposición de la Academia para adoptar reformas.
La polémica finaliza con «Posdata... ortográfica» (La Escuela Moderna, núm. 184, julio de 1906: 486‑8), de Santullano, un trabajo en el que, con ironía y finísima acidez, este autor anticipa las objeciones de los fonetistas y augura un conflicto inevitable:
Después de lo cual me tiene perfectamente sin cuidado la tremenda paliza que auguro ―sigo sintiéndome profeta― ha de propinarme cierto señor fonétiko en uno de los próximos cuadernos de esta revista. Al tiempo (La Escuela Moderna, núm. 184, julio de 1906: 488).
Aunque Santullano intenta mantener el debate en la esfera de un duelo verbal que tinta con su tono lúdico y metafórico, este texto zanja una polémica que incluso para los lectores de la época, parecía haberse alargado en exceso, y que a lo largo de sus diversos intercambios acaba por constituirse como un debate no solo argumentativo ―como ya se ha mencionado― sino también performativo. La interacción a la que asistimos cumple con las características de dicotomización, polarización y descalificación del adversario que Amossy (2014) atribuye a la polémica lingüística, pero sus actores construyen al mismo tiempo un espacio discursivo donde la forma y el contenido se entrelazan, donde la ironía, la teatralidad y la apelación ética conviven con el análisis lingüístico y la defensa de sus ideales. El resultado es una polémica que es, simultáneamente, lingüística, literaria y retórica.
2. CONCLUSIONES
A comienzos del siglo xx, un reducido grupo de reformistas de la ortografía liderados por la figura de Ramón Robles aún soñaban con despojar al castellano de sus antiguos velos alfabéticos. En su ideario, la histórica propuesta de un idioma pulido, reducido a lo esencial en su grafía, sin haches mudas ni esos otros signos duplicados y caprichosos que ―a su juicio― dificultaban la enseñanza y aprendizaje de la lectura y la escritura. Para estos intelectuales, la ortografía académica imperante en la época no era más que un bosque enmarañado, de modo que, armados de tijeras, buscan abrir senderos rectos donde cada letra responda a un único sonido bajo un ideal de simpleza y trasparencia: escribir tal como se habla; hablar tal como se escribe. Durante unos meses (quizá unos años) en los que los movimientos internacionales de fonética auspiciaron reformas ortográficas en otros países europeos como Francia o Alemania, entre otros, algunos reformistas como Robles creyeron posible la hazaña en España y alimentaron el movimiento con folletos, proclamas y otros textos que alimentaron sus intenciones, hasta incluso hicieron práctica activa de su defensa gráfica, haciendo de sus propios textos un aula experimental donde las palabras quedaban despojadas de la grafía habitual y el alfabeto de la lengua mutaba y adelgazaba de volumen. Pero la acción reformista de autores como Robles propiciada por revistas como La Escuela Moderna en estos años no alcanzó el eco esperado: la Real Academia Española, sabia y obstinada, resistió un envite que probablemente ni conocía; por su parte, tanto impresores, como maestros y resto de ilustrados desconfiaban por lo general de la mudanza, y sus detractores, encarnados en este caso en la figura de Santullano, usaron igualmente la palabra para la defensa de esa postura conservadora contraria que enlazaba con la tradición y que, con su peso de siglos, se levantó una vez más como muralla sarcástica, hasta que la reforma, en su fragilidad, se fue desmoronando, quedando estas rencillas y propuestas como meras anécdotas en papeles amarillentos que pronto pasaron a la historia olvidada de nuestra lengua. De este modo, el fracaso, lejos de ser ruina, se convirtió en confirmación. La ortografía académica salió fortalecida y una vez más victoriosa de una contienda dialéctica que acaba por respaldar a los vencedores en uno de los lados del tablero y situar en el otro a los vencidos, esos reformistas que con sus extemporáneas proclamas pugnaron sin acierto contra el orden establecido.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Fuentes primarias
5
7
10
Gaceta de Instrucción Pública (núm. 98, 25 de diciembre de 1891; núm. 103, 15 de diciembre de 1892; núm. 202, 5 de diciembre de 1894; núm. 242, núm. 234, 15 de agosto de 1895; 15 de octubre de 1895; núm. 388, 30 de noviembre de 1898; núm. 450, 7 de abril de 1900; núm. 707, 24 de enero de 1905: 1231).
13
La Escuela Moderna (mayo de 1892; julio de 1892; septiembre de 1892; noviembre de 1896; diciembre de 1896; enero de 1897; junio de 1897; agosto de 1897; núm. 117, diciembre de 1900; núm. 148, julio de 1903; núm. 149, agosto de 1903; núm. 150, septiembre de 1903; núm. 151, octubre de 1903; núm. 153, diciembre de 1903; núm. 155, febrero de 1904; núm. 156, marzo de 1904; núm. 157, abril de 1904; núm. 163, octubre de 1904; núm. 165, diciembre de 1904; núm. 167, febrero de 1905; núm. 168, marzo de 1905; núm. 170, mayo de 1905; núm. 172, julio de 1905; núm. 173, agosto de 1905; núm. 174, septiembre de 1905; núm. 175, octubre de 1905; núm. 176, noviembre de 1905; núm. 177, diciembre de 1905; núm. 179, febrero de 1906; núm. 180: marzo de 1906; núm. 181, abril de 1906; núm. 182, mayo de 1906; núm. 184, julio de 1906).
Fuentes secundarias
15
16
17
Gallardo Richards, E. (2023): “Actitudes ante el castellano de Cataluña en la prensa del siglo xix: la reseña como motor de polémica lingüística entre Salvador Genís y Joaquín Casanovas (1883-1885)”. En V. Gaviño Rodríguez & M. Silvestre Llamas (eds.): De eruditos, maestros, polemistas y otras figuras en la prensa del siglo xix. Estudios sobre la lengua y su enseñanza. Madrid: Síntesis, 175‑98.
18
19
20
21
22
23
Garrido Vílchez, G. B. (2023b): “Antonio Valcárcel, un gramático «de folletín». Contextualización y análisis de las entregas gramaticales del ciclo temático (1858-1859)”. En V. Gaviño Rodríguez & M. Silvestre Llamas (eds.): De eruditos, maestros, polemistas y otras figuras en la prensa del siglo xix. Estudios sobre la lengua y su enseñanza. Madrid: Síntesis, 215‑41.
24
25
26
27
Gaviño Rodríguez, V. (2024): “Robles, Ramón (¿?-1891-1920)”. En M. Alvar Ezquerra y M. A. García Aranda (dirs.): Biblioteca Virtual de la Filología Española (BVFE). https://www.bvfe.es.
28
29
30
32
33
34
35
36
37
38
39
Notas
[1] En efecto, desde la profusión a mediados de siglo de estas publicaciones pedagógicas, se generan en este medio cada vez más textos relacionados con la lengua y su enseñanza, como bien demuestran en sus análisis, por ejemplo, García Folgado (2021) en relación con el tratamiento de la lengua y la gramática en El Magisterio Español entre los años 1871 y 1880 o Silvestre Llamas (2025) sobre la presencia de las ideas lingüísticas de El Misántropo en publicaciones pedagógicas como El Magisterio Gallego o La Unión, entre otros.
[2] En su trabajo sobre esta cabecera, S. Montes Moreno (2000) ha analizado la valía de esta revista como instrumento de regeneracionismo educativo en la España finisecular. Para un estudio más detallado de su estructura, directores, colaboradores y contenidos en sus distintas etapas, puede consultarse igualmente la tesis doctoral de esta misma autora (cfr.Montes Moreno 1997).
[3] En efecto, ya a finales del xix esta publicación da muestras del interés por este tema, específicamente, cuando da voz a las propuestas sobre reforma de la ortografía de Onofre Antonio de Naverán, maestro de la escuela de Guernica perteneciente a la corriente radical de la fonografía, con la publicación en tres entregas de su artículo «El fonetismo i la pedagogía» (La Escuela Moderna, mayo de 1892: 335‑8; julio de 1892: 19-22; septiembre de 1892: 178‑81; posteriormente publicado como texto independiente: Naverán 1893), un texto en el que este autor abogaba por una transformación inmediata y total de la escritura a partir de los principios fonéticos, que tuvo continuidad años más tarde en «Kuestiones fonéticas», en esta ocasión, en cuatro entregas (La Escuela Moderna, noviembre de 1896; diciembre de 1896; enero de 1897: 32-39; junio de 1897: 449-55; agosto de 1897: 142‑7) y que sirvió para alimentar en la prensa de la época una tensa polémica con el académico Pedro Arnó de Villafranca, que, molesto con el contenido de los artículos sobre ortografía de Naverán, atacó la terquedad y el fervor de sus principios, como ya se ha analizado preliminarmente en Gaviño Rodríguez (2022: 139‑41).
[4] En realidad, no es un texto original, sino la reproducción de la memoria de ingreso de este autor a la Sociedad Barcelonesa de Amigos de la Instrucción (La Dinastía, núm. 6097, 20 de febrero de 1897: 2) que, firmada solo con sus iniciales, también había sido ya publicada años atrás a modo de artículo seriado en El Eco de la Montaña (núm. 282, 28 de noviembre de 1897: 4; núm. 283, 5 de diciembre de 1897: 2; núm. 284, 12 de diciembre de 1897: 1-2).
[5] Como se señala en Gaviño Rodríguez (2024), se desconocen la fecha y lugar de nacimiento de este autor. Las primeras noticias que circulan sobre su figura son de 1891, cuando su nombre empieza a aparecer periódicamente como opositor a distintas plazas vacantes de archiveros, bibliotecarios y anticuarios, hasta que el 14 de enero de 1893 consigue una de ellas, con destino en Santiago (Gaceta de Instrucción Pública, núm. 98, 25 de diciembre de 1891: 774; núm. 103, 15 de diciembre de 1892: 702; núm. 234, 15 de agosto de 1895: 210). No obstante, su vocación real era la docencia, pues desde 1894 consta de manera continuada como opositor a cátedras de francés de distintos Institutos y Escuelas de Comercio, sin que consiguiera ―al parecer― ninguna de ellas (Gaceta de Instrucción Pública, núm. 202, 5 de diciembre de 1894: 1530; núm. 242, 15 de octubre de 1895: 270; núm. 388, 30 de noviembre de 1898: 1419; núm. 450, 7 de abril de 1900: 476). De su destino inicial como archivero en Santiago de Compostela, pasa a la Biblioteca Universitaria de Sevilla en 1895. En 1903 abandona temporalmente su trabajo gracias a una licencia, hasta que en 1905 reingresa nuevamente en el cuerpo, en esta ocasión, con destino en el Archivo General del Ministerio de Hacienda (Gaceta de Instrucción Pública, núm. 707, 24 de enero de 1905: 1231).
Se sabe de manera indirecta de su fallecimiento en 1920 por la publicación que la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos (núms. 7, 8 y 9, julio a septiembre de 1920: 479) hace del ascenso a jefe de tercer grado de Rafael Vidal y García, además de por la constancia que en esta misma publicación se deja del derecho a la pensión de Montepío de Ministerios por parte de su viuda, Dña. Ermitas Pazos Vieites.
[6] Se entiende por ciclo temático un conjunto de textos encadenados entre sí por una determinada temática en uno o varios periódicos, por parte de un único autor o como partes de un diálogo entre diferentes personalidades (Garrido Vílchez 2023a: 213‑4 y 2023b: 219); en el caso de que un ciclo temático cumpla con las características de la polémica lingüística en la época, puede dar lugar a la aparición de un ciclo polémico (Durán López 2018: 429, Gaviño Rodríguez 2021a: 424, Gaviño Rodríguez & Silvestre Llamas 2024: 93).
[7] Ramón Robles publicó a lo largo de su vida algunas importantes obras relacionadas con la fonética, tales como Ensayo de fonética general, ó Análisis de los sonidos orales aplicables al lenguaje (1900) o Cartilla fonética para enseñar á los niños y sordo-mudos el arte de la lectura (1904), que obtuvieron una buena recepción en periódicos como, por ejemplo, Gedeón (núm. 307, 9 de octubre de 1901: 6) o la Revista de Archivos, bibliotecas y museos (núm. 6, junio de 1901: 412) y que recientemente han centrado la atención de algunas investigaciones desarrolladas por García Aranda (2024a y 2024b), que han servido para evaluar sus valiosas contribuciones en estas parcelas de estudio y posicionar justamente su figura en la historia de la disciplina.
En el ámbito de la prensa, sus colaboraciones sobre esta materia fueron igualmente singulares, como también ha señalado García Aranda (2024c). A la serie de artículos que publica bajo el título «De abecedario», se unen otros tantos trabajos como el de «Lectura Facial», «Nueva teoría de las letras vocales», etc., que Robles dio a luz en La Escuela Moderna y otras cabeceras como la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos o El Lenguaje durante los primeros años del nuevo siglo.
[8] La puesta en marcha de este nuevo alfabeto ya había sido ensayada previamente por Robles en un breve artículo anterior, titulado «Postales Pedagójikas» (La Escuela Moderna, núm. 165, diciembre de 1904: 731‑2), en el que llamaba la atención sobre las tarjetas postales ilustradas de una librería.
[9] Aunque fuera de este ciclo temático, en este mismo número, Robles publica también, bajo el título de «Enlazes fonétikos» (La Escuela Moderna, núm. 168, marzo de 1905: 179-180), un breve estudio sobre las influencias entre los sonidos contiguos que recoge bajo los fenómenos de la asimilación, la fusión y la disimilación.
[10] Aunque apenas he podido encontrar datos biobibliográficos sobre este autor, podría tratarse del maestro Fidel Cabet, residente en Lepe (Huelva), si damos por buenas las alusiones encontradas a esta persona en El Liberal (núm. 6807, 23 de mayo de 1898: 3), El Correo (núm. 9078, 11 de mayo de 1905: 2) y El Magisterio Español (núm. 3006, 20 de junio de 1906: 698).
[11] Nacido en Cartagena en 1882, Juan Llarena Luna ejerció de maestro en Barcelona de 1904 a 1913, momento en que pasó a la Inspección de Primera Enseñanza de la Provincia de Lérida (La Correspondencia de España, núm. 20137, 31 de marzo de 1913: 5). En 1920 es destinado a Burgos (El Magisterio Español, núm. 5800, 1 de julio de 1920: 7; El País, núm. 12073, 20 de julio de 1920: 3), donde desempeña ya el resto de su carrera. Juan Llarena estuvo casado con Luisa Chave Pizarro, profesora de la Escuela Normal, con la que tuvo tres hijos, Juan Jesús, José Luis y Pilar (El Castellano, núm. 9231, 25 de agosto de 1930: 2; Diario de Burgos, núm. 17560, 5 de septiembre de 1947: 2). Fallece en Barcelona el 16 de marzo de 1965 a la edad de 82 años (Diario de Burgos, núm. 22831, 25 de marzo de 1965: 2).
[12] Eugenio Ortega Oteo, natural de Robredo de Losa (Junta de Oteo, Burgos), fue profesor de Instrucción Pública en algunos destinos como Fuente de Valdeperos o Fuentes de Nava, en Palencia, hasta que encontró acomodo en San Vicente de la Barquera (El Papa-Moscas, núm. 1532, 25 de marzo de 1906: 2; El Diario Palentino, núm. 6921, 29 de marzo de 1906: 2; El Magisterio Español, núm. 3310, 22 de mayo de 1909: 662). Estuvo casado con Clotilde Ruiz Ballesteros, natural de Castresana (Junta de Oteo, Burgos) (cfr.Gutiérrez Flores 2014: 37).
[13] Aunque esa es su firma, se trata de Luis Álvarez Santullano, nacido en Oviedo en 1879, un intelectual y pedagogo que, tras pasar por la Escuela Normal en Asturias, formó parte de la Escuela Libre de Enseñanza, con domicilio entre París y Bruselas entre los años 1905 y 1906. Posteriormente, regresó a España, donde obtuvo el cargo de inspector de Primera Enseñanza en Zamora, que interrumpió más tarde debido a nuevas etapas en el exilio. Santullano fallece en México en 1952. Para un acercamiento más profundo a su figura, cfr., entre otros, el trabajo de E. González López (2010).
[14] En un comienzo, afirma que no viene a discutir sobre si se debe o no reformar la ortografía, al ser hombre de paz, pues simplemente quiere charlar «lisa y llanamente, como lo hacen á diario muchos hijos de vecino por esas columnas scribitorias, á quienes malas lenguas ―que nunca faltan― pusieron el nombre de Prensa» (La Escuela Moderna, núm. 172, julio de 1905: 481).
[15] Para ahondar en esta crítica, Santullano reprueba la decisión de Robles, que «sin duda comprendió [...] que no se compaginaba muy bien eso de pedir economías en los signos é inventar, ó cuando menos adaptar uno nuevo para su uso particular» (La Escuela Moderna, núm. 172, julio de 1905: 486).
[16] Los ejemplos en este sentido son abundantes. Podemos citar el enfrentamiento dialéctico de Gómez de Salazar con maestros y otras personalidades de la época como Bermejo, Bosch, Condomines, Herráinz, Orío y Hartzenbusch, estudiado en Gaviño Rodríguez (2021a), el ciclo polémico entre Joaquín Casanovas i Ferrán y el maestro Salvador Genís i Bech, recientemente estudiado por Gallardo Richards (2023) o, por poner un último caso, la polémica que el propio Robles entabla con Antoni M. Alcover en El Lenguaje, analizada igualmente por Perea Sabater (2023). En todos los casos se reproducen similares esquemas en los que en algún momento se abandonan los argumentos lingüísticos en favor de otros de carácter personal que atacan directamente a la persona porque ―como bien afirma Montero (2016: 15)― al interés filológico por estos asuntos, había que sumar el atractivo que para los lectores suponía esta lucha dialéctica.
[17] En el mes anterior, Robles, que seguramente era aún desconocedor de la réplica de Santullano, había publicado un artículo sobre m, n y ñ y su reparto de usos uniformes en la escritura fonética (La Escuela Moderna, núm. 173, agosto de 1905: 538‑40).
[18] En lo referente a aspectos concretos de la reforma, Kabet afirma no estar de acuerdo con Ortega Oteo en el uso de rr a comienzo de palabra, si bien sí lo está en la supresión de h (o si acaso, su uso para sustituir la ch). Termina su trabajo animando nuevamente al profesorado para que secunde la reforma: «[...] debemos koronar su éxito con la kooperazión de todo el profesorado konpetente, a kien exortamos una bez más ke nos sekunde, desterrando las práktikas rutinarias ke uelgan por lo añejas» (La Escuela Moderna, núm. 174, septiembre de 1905: 619).


