1. INTRODUCCIÓN
Pese al albor de la escuela alfonsí por tratar de afianzar en el siglo xiii unos usos gráficos a la hora de redactar los documentos de las cancillerías reales, las traducciones y las obras originales de los escritorios para, de alguna manera, dar una estructura al castellano, no será hasta el siglo xvi cuando broten los primeros intentos, con mayor o menor éxito, de configurar un sistema grafema-fonema. Así, el alza que vivieron los romances durante el Renacimiento tras su consideración como lenguas de cultura y la invención de la imprenta ocasionó la publicación de los primeros tratados metalingüísticos sobre ortografía. El primero de ellos viene de la mano de Antonio de Nebrija en 1517, las Reglas de orthographia en la lengua castellana. Pronto recogieron el testigo numerosos ortógrafos, ya con propuestas fonetistas, como Herrera, Alemán o Correas, ya siguiendo los postulados etimológicos, como Valdés Venegas o Villalón. La centuria siguiente estuvo inundada igualmente por propuestas discordantes, de la mano de Mañer, Bordazar, Mayans, San Pedro o Terreros, con la diferencia de que comenzaba a hacerse un hueco la Academia; primero con el Discurso proemial de la orthographía de la lengua castellana (RAE 1726) que precedía y apuntaba unos criterios para Autoridades (RAE 1726-1739) y, después, con un volumen específico e independiente en 1741, la Ortographía española (Martínez Alcalde 2010).
Sin embargo, aunque los estudios ortográficos y el debate sobre el uso de un modelo u otro eran una cuestión palpitante, nuestra lengua carecía del componente de normativización, es decir, adolecía de una formulación de reglas estables y generales fijadas para dar concierto al ejercicio de la escritura. Sirva de epítome la frase que emplea la Ortografía de la lengua española (RAE & ASALE 2010) en el capítulo destinado al origen y evolución del sistema, en el que puede leerse «seguía habiendo casi tantos modelos ortográficos como ortógrafos o maestros, y cada cual seguía escribiendo conforme a su criterio o a las pautas que había adquirido durante su proceso de alfabetización» (p. 74).
De cualquier modo, en el presente trabajo indagaremos en dos aspectos. En primer lugar, en los movimientos reformistas en el siglo xix, un momento en el que el panorama se encontraba especialmente revuelto tras la imposición de una normativa escolar. En segundo lugar, en las consecuencias que generó entre las clases alfabetizadas la imposición de un tipo de ortografía. Para ello, nos centraremos en un territorio inexplorado en este sentido, Murcia, y utilizaremos un corpus hemerográfico, el principal medio donde los intelectuales de la época, especialmente los contrarios a los preceptos académicos, publicaban y difundían sus ideas lingüísticas. De esta manera, los objetivos marcados son examinar las propuestas ortográficas y la repercusión que alcanzaron en la sociedad, analizar el papel de los maestros en el entramado ortográfico y en la prensa y, una vez asumida la institucionalización académica, revisar de qué manera trató de asentarse, al menos en los periódicos, la correcta manera de escribir impulsada por la Real Academia.
2. ORTOGRAFÍA Y SOCIEDAD EN EL SIGLO XIX
Antes de nada, hemos de esclarecer los tres elementos pivotantes que determinan los criterios a seguir para trazar unas normas reguladoras en la grafía, a saber, el componente fonológico, que trata de asemejarse a la pronunciación, la etimología, más cercana a la forma del étimo, y el uso extendido tradicionalmente. Todas ellas han coexistido en la historiografía de los estudios lingüísticos y el peso de la balanza a favor de una u otra ha dependido directamente de las tendencias de la época o preferencias del autor. Sin embargo, no se ha dado en manera alguna un equilibrio entre dichos principios; el prólogo del primer tratado elaborado por la RAE reza que
La gran dificultad está en hallar el hilo de oro, que guie con seguridad en el laberintho de tan extendida confusion en tan inmenso número de voces, y diversidad en el modo de escribir, y disponer reglas ciertas, universales, y claras, que todos puedan entender con facilidad, y por las quales todos se puedan guiar. Tres principios, ó tres raíces pueden servir á la construcción, y disposición de las reglas de Orthographía: estos son la pronunciación, el orígen y el uso. Si qualquiera de estos tres respetos fuera universal, no teníamos que discurrir, pues con señalarle por regla, se daba en una palabra pauta fixa; pero la confusion nace de que ninguno de estos principios es general, y juntos entre si se contradicen, y se oponen en muchas ocasiones (RAE 1741: 93‑4).
Con el transcurso de los siglos, la situación distaba mucho de esclarecer un único camino y, aunque progresivamente va encumbrándose la obra de la institución que «Limpia, fija y da esplendor», en los siglos xviii y xix afloran numerosas posturas que elevan uno de estos criterios sobre los demás. Sin embargo, en la década de 1840 tiene lugar un acontecimiento que cambiará el curso, a raíz de que los maestros que componían la Academia Literaria i Científica de Profesores de Instrucción Primaria de Madrid adopten e impartan un sistema ortográfico plenamente fonológico. Como respuesta, la reina Isabel II, instada por el Consejo de Instrucción Pública, promulga el 25 de abril de 1844 un real decreto en el que se procede a la oficialización de la ortografía académica. Ello tuvo como consecuencia directa la publicación del Prontuario de ortografía (RAE 1844), que recogía las reglas ortográficas más recientes promulgadas por la institución en un volumen manejable destinado a la docencia.
El medio para difundir a lo largo del territorio hispanohablante el nuevo mandato fue la prensa, especialmente a través de los boletines oficiales, que trasladaban las principales reformas que debían aplicarse. Particularmente, el Boletín Oficial de la Provincia de Murcia, que reproducimos a continuación, dejó constancia del momento en que debía implementarse, de cómo afectaba a la educación y a las oposiciones al cuerpo de maestros de esta región:
El Ecsmo. Sr. Secretario de Estado y del Despacho de la Gobernacion de la Peninsula con fecha 1º del corriente se ha servido dirigirme la circular siguiente:
«Por Real orden de 25 de Abril ultimo se mandó que en todas las escuelas del Reino se enseñase una misma ortografía y que esta fuese la adoptada por la Real Academia Española, como la corporacion mas autorizada para dar su fallo en la materia. Al propio tiempo se encargó á esta ilustrada corporacion que para el mas y cabal cumplimiento de lo dispuesto, formase un compendio claro facil, sencillo, corto y de poco precio que pudiera servir de testo en las expresadas escuelas. Cumpliendo la Academia con este precepto, acaba de publicar un prontuario de ortografía que llena el objeto deseado, y en su consecuencia, la Reina se ha servido mandar que esta obra sea adoptada y seguida en todos los establecimientos de instrucción primaria del Reino; debiendo cuidar muy particularmente las comisiones del ramo de la esacta observancia de esta disposicion. Igualmente es la voluntad de S. M. se recomiende de nuevo á las comisiones de ecsámenes el sumo rigor de la ortografía respecto de los aspirantes á titulo de Maestro, en atencion á que por los datos ecsistentes en este Ministerio, consta el reprensible descuido que en esta parte cesite. De Real órden lo comunico á V. S. para su inteligencia y efectos correspondientes.
Lo que he mandado insertar en este Boletin oficial para su mayor publicidad, y á fin, de que tanto por las respectivas comisiones del ramo como por todos los establecimientos de instrucción primaria de esta provincia, se cuide de la esacta observancia de cuanto se previene en la circular arriba inserta en cada uno de los estremos que comprende (Boletín Oficial de la Provincia de Murcia, 26/12/1844) [El destacado es nuestro].
Con todo, como refiere Esteve Serrano (1982), la fijación ortográfica afectaba, por el momento, exclusivamente a la enseñanza, sin que la obligatoriedad supusiera un óbice para que a un lado y otro del Atlántico continuasen editándose tratados que defienden hasta las últimas consecuencias otras maneras de reglar la lengua, puesto que, «la ley no impide que cada persona en particular e incluso en la publicación de sus obras use la ortografía que considere más adecuada, pero los maestros deberán acogerse inexorablemente en sus enseñanzas a la ortografía académica» (p. 189). Este apunte es clave para comprender que la actividad ortográfica no se frenase tras este hito, sino que, más bien, se avivasen las ascuas fuera del entorno académico y fuese la prensa periódica el espacio elegido para plasmar las ideas al respecto.
Ello contribuyó a que la labor ortográfica del Ochocientos dejase un panorama convulso, los preceptos de la docta corporación estaban plenamente asentados, pero comenzaban a avistarse movimientos reformistas que exigían rectificaciones que facilitasen el aprendizaje y la escritura del idioma. La cabeza de estas propuestas fueron los maestros de escuela. De este modo, se dibujaron en las letras hispánicas dos ideologías, los academicistas y los neógrafos. De un lado, los primeros, velan por la pureza del sistema y las propuestas tradicionales y conservadoras del estudio lingüístico, como sucede con el Tratado de ortografía española, arreglado en lo posible, a los preceptos de la Real Academia (1864) de Tomás Hurtado. De otro lado, los epígonos del reformismo ortográfico, como los denomina Gaviño Rodríguez (2020a), persiguen un fin práctico que conlleva simplificar, aunque carecen de un ideario coincidente, las reglas establecidas. Algunos de ellos tuvieron el resorte de publicar manuales, fue el caso de la Ortografía castellana teórico-práctica (1875) de Ruiz Morote o la Reforma de la ortografía castellana (1896) de Jimeno Agius, pero la tendencia general seguida por los pedagogos fue acudir a las páginas de los periódicos y las revistas para volcar sus opiniones e ideas y participar en los alentadores debates sobre esta polémica. Muchas veces, la distancia entre uno y otro grupo reside en la prevalencia del criterio organizador que toman, así lo resumen las siguientes palabras: «la historia de la ortografía española ha consistido, en lo que se refiere a este asunto, en una pugna entre quienes han defendido el principio de la pronunciación (criterio fonológico) como esencial y los que al lado de este sitúan el etimológico y el del uso» (Martínez Marín 1991: 129).
Los estudios precedentes en el campo han constatado que las primeras décadas del siglo xix estuvieron marcadas por el prestigio de la obra académica y que los comentarios iniciales en clave mitigadora tornaron pronto amenazantes, cuando los intentos reformistas independientes alcanzaron el terreno pedagógico. A partir de 1830 se multiplican las propuestas ortográficas de autores (como Juan Manuel Calleja, Herrera y Alvear o Gómez Hermosilla, entre otros) que buscan ajustar la escritura a la oralidad y, por ende, la reducción alfabética con el fin de facilitar el proceso de enseñanza-aprendizaje de la lengua. El culmen vendrá de la mano de las asociaciones de maestros, como la Academia de Profesores de Primera Educación o la Academia Literaria y Científica de la Instrucción Primera, que adoptarán los preceptos gráficos para elaborar, difundir y poner en práctica su propia reforma. No obstante, la real orden de 1844, ya mencionada, acalló las protestas y levantamientos, al menos inicialmente (Gaviño Rodríguez 2022). Las décadas siguientes estuvieron envueltas en la declaración de la libertad de enseñanza que dejó tras de sí la Revolución Gloriosa (1868) y que ocasionó el derrocamiento de la docta institución hasta el periodo de la Restauración Borbónica. Con la restitución de la obligatoriedad del libro de consulta, la RAE vuelve a encumbrarse y la disconformidad parece sofocada hasta que, a partir de 1880, se produce un resurgimiento reformista dada la influencia internacional que había llevado a la palestra la cuestión ortográfica en Alemania o Francia y, sobre todo, en América. Imbuidos en los aires externos, reflotan el enfrentamiento nombres como Escriche y Mieg, Araujo Gómez o Gómez de Baquero, quizás los más sobresalientes. Con todo, paulatinamente, el clamor fue apagándose y la época concluye con las teorías posibilistas o evolucionarias, mucho más sosegadas (Gaviño Rodríguez 2024).
3. EL REFORMISMO ORTOGRÁFICO EN LA PRENSA MURCIANA
Como ya hemos mencionado, la hemerografía compone, en este estudio, el corpus documental que, como reflejo de la situación social y lingüística de mediados y finales del siglo xix, se vio salpicado por las inquietudes ortográficas. Así, la búsqueda y selección de testimonios extraídos de la prensa hilará con las investigaciones llevadas a cabo por Gaviño Rodríguez (2022), con la diferencia de que los materiales aquí explotados serán inéditos. Hasta este momento se ha subrayado el hecho de que el movimiento reformista del Ochocientos clamaba la adhesión de maestros que despertasen una conciencia social ante la necesidad de reformar la escritura, para que, de alguna manera, el altavoz fuese cada vez mayor. Sin embargo, este fenómeno repercutió a todos los puntos de la geografía española y muchos de ellos han sido desatendidos. La incursión en la provincia murciana nos permitirá dar un paso más hacia la magnitud que tuvo el proceso reformista en todos los rincones hispánicos. En concreto, el tratamiento y la organización de las fuentes primarias nos ha llevado a una querella ortográfica emanada como resultado de una propuesta que alcanzó gran repercusión.
A este respecto, El Diario de Murcia presenció en 1847 un intenso debate que proponía cambios en el nivel ortográfico de la lengua, impulsados en buen grado por las gramáticas escolares engendradas en el seno de la Academia Científica y Literaria de Instrucción Primaria de Madrid. Esta institución, que recibió constantes vítores por simplificar la enseñanza del español en las escuelas, juega un papel fundamental en el reformismo antiacademicista. Incluso, convirtió a la ortografía en una tribuna abierta para que cualquier sujeto pudiese exponer sus ideas, así lo muestran las siguientes declaraciones:
Han afectado a muchos las innovaciones de Ortografía, hechas por la Academia central de I.P. de Madrid, y á mi modo de ver, ha olvidado dicha Academia, estinguir además de las letras que por inútiles han desterrado, las mayúsculas y el punto que sobre la i ponemos; pues ni éste, ni aquellas se necesitan para la perfecta inteligencia de la escritura; porque la figura de la i, no puede equivocarse con otra, y las mayúsculas, ni dan ni quitan valor á las palabras; sirviendo el uso de ellas únicamente, para dificultar mas y mas la enseñanza de la Ortologia, Caligrafía y Ortografía (El Diario de Murcia, 22/08/1847).
De cualquier manera, dicha actividad sufre en nuestro enclave un momento de apogeo, de la mano de una publicación que apareció en el núm. 48, del citado periódico, firmada por el reformador ortográfico, en la que se procedía al desarrollo de una reforma para la enseñanza de la ortología y caligrafía. Este tratado, con un fuerte componente utilitarista, que se proponía modificar sustancialmente el abecedario a partir de la supresión de aquellas letras que entraban en conflicto por representar un único sonido, se erigió con la premisa de que «nuestro alfabeto, como los de todas las naciones, ha sufrido en diversas épocas modificaciones importantes, hechas siempre, por los péritos en el arte de enseñar». Reproducimos aquí los principios sobre los que se sustentaba:
- 1)
Prioridad a la grafía b para representar el fonema consonántico bilabial sonoro: «desterrar la V. consonante, escribiendo todas las voces con B. puesto que no distinguimos en castellano el verdadero sonido de aquella letra, y que constantemente damos el de esta».
- 2)
Eliminación de la h dada la condición de no sonoridad: «suprimir igualmente la H como la tienen suprimida los sordos-mudos, en razon á que no hace falta para nada».
- 3)
Para complementar la decisión anterior, el grupo ch se simplificaría a h, única función que recaería sobre la consonante: «como el nombre de Ch, le damos á una figura compuesta de una C y una H, suprimida éstas, queda en el abecedario con el nombre de CH, y nos ahorramos la C para representarla».
- 4)
Redistribución de los fonemas /θ/ y /k/ para las grafías c, qu y z en estos términos: «la reforma deja igual sonido á la E y la Y, y nos presenta las sílavas Ca, Ce, Ci, Co, Cu escritas con C, que llaman Que, desterrando la Q, por innecesaria: á la Z, con el nombre de C, la deja los sonidos suaves de Za, Ze, Zi, Zo, Zu».
- 5)
Reorganización de g/j: «á la G, que llama Gue, deja igualmente todos los sonidos suaves de Ga, Ge, Gi, Go, Gu: á la J con el nombre de G, los fuertes Ja, Je, Ji, Jo, Ju».
- 6)
La r conserva el sonido simple y para la vibrante múltiple se plantea un cambio gráfico, añadir una virgulilla o tilde sobre la anterior, de tal suerte que, rr sería eliminado: «la R sola, queda con sonido suave, y fuerte cuando lleva encima una tilde como el de la Ñ».
- 7)
Pérdida de la condición de semivocal de y y de la categoría de conjunción: «la Y consonante solo se usa en las combinaciones directas Ya, Ye, Yi, Yo, Yu: y la vocal en todos los demas casos y tambien como conjunción».
- 8)
Eliminación total de la x: «destierra la X como innecesaria y ya sin uso en el dia entre los buenos escritores».
Si nos fijamos en el contenido, este testimonio coincide, a grandes rasgos, con las directrices que la Academia Literaria y Científica impulsó a partir de 1843, que, por su parte, motivaron la oficialización de la ortografía de la Real Academia. Dichas medidas, de corte sonido-signo, rescatan, a su vez, la ortografía chilena de Domingo Faustino Sarmiento, como también hizo notar El Eco del Comercio de Madrid ese mismo año (Quilis Merín 2008: 270). Al margen de ello, esta aportación ortográfica, más o menos innovadora, resulta altamente significativa por las fechas en las que se inserta, puesto que, aunque no será hasta la década de los sesenta cuando se reavive la neografía, la aparición de esta propuesta ortográfica en 1847 pone de manifiesto que los aires reformistas no se sofocaron en ningún momento, ni siquiera en fechas cercanas a la imposición de la obra académica. En otras palabras, aunque rescata, adapta y proyecta la propuesta de la institución de los Profesores de Primera Educación, una cosa es clara: la tendencia fonológica y antiacademicista no fue contenida tampoco durante estos años.
Sea como fuere, la dimensión que tomó el debate sobre esta causa nos ha permitido vincularlo con la polémica lingüística, una tipología discursiva que supone el intercambio ideológico y la discusión (Gaviño Rodríguez 2021). Como resultado, tomando el discurso anterior como punto de partida fueron desenmarañándose dos bandos polarizados, los contrincantes y los allegados o defensores, como ellos mismos se denominan en las páginas del periódico. Las réplicas que se levantaron contra la propuesta del reformador iban, en todos los casos, firmadas por pseudónimos, como Rinconete y Cortadillo, Jorobeta, el Imparcial, el Burro o El de marras. Y, pese a que no podemos remitir, por cuestiones de espacio, a todas las aportaciones que entre los márgenes de 1847 se hicieron en esta línea, sí incluimos una declaración que expone de forma sucinta el estado de la situación:
es llegado ya el momento de alzar nuestra voz en defensa de una reforma que con imperioso acento reclama la progresiva civilización del siglo diez y nueve. Si hasta ahora hemos sido mudos espectadores de la escandalosa escena á que la misma ha dado lugar, es porque esperabamos ver fijada la cuestion; empero nos hemos visto defraudados. Los SS Rinconete y Cortadillo y tantos otros encarnizados adversarios de Don J.M.L. han estado injustos en demasia derramando con profusión sobre su lacerado cuerpo, mordicantes epigramas, lancionantes anatemas y hasta indecorosos dicterios (El Diario de Murcia, 5/8/1847).
En definitiva, la encendida discusión ha dejado un rastro de aportaciones anónimas que, más que ceñirse a dar argumentos que desbancaran o apoyasen la viabilidad de la neografía, se convirtió en una contienda de aversiones personales, ataques ad hominem, sin mayor transcendencia lingüística. El agravante fue tal que los periodistas hicieron notar que «hasta hoy no se le ha hecho la oposición á la reforma y sí al reformador» (El Diario de Murcia, 5/8/1847). En este sentido, no faltaron las críticas alumbradas por los periodistas que veían insostenible que diariamente algún bloque de la publicación estuviese teñido del dilema ortográfico:
Estraño parecerá que despues de tanta necedad, de tanta palabrería, de tanto denuesto, de tantas torpezas como se han cometido al hablar de la reforma Ortográfica, cuyo asunto causa hastio y fastidio á cuantos leen el Diario, se continúe hablando de una materia, digna de ello si, pero rebajada hasta lo sumo de su importancia por las razones indicadas (El Diario de Murcia, 8/8/1847).
No obstante, dentro del caos, sí hay una línea que merece nuestro detenimiento. Una vez salió a la luz el nombre propio del autor reformista («que el primero que se presentó oponiéndose á la reforma, fué el distinguido profesor de instrucción primaria, Don Francisco Mendez [también llamado por el pseudónimo J. M. L. o S. D. J. M. L.], con un razonado artículo inserto en el número 48 de nuestro diario», El Diario de Murcia, 19/8/1847), por su condición de maestro, despertó el interés de un antiguo alumno que quiso aportar su contribución.
Fuera una quimérica ilusión presumir que habia de triunfar en una contienda que promoviera sobre ortografía con Don J. M. L. á quien debo mis rudimentos en esta materia, y por eso no es otro mi objeto que presentarle la dificultad de mas bulto que se ocurre para la reforma que propone con el fin de oir su contestación como continuación de las lecciones que recibiera suyas en mi niñez (El Diario de Murcia, 10/8/1847).
El primer y único artículo que propagó, con el esclarecedor título de La reforma ortográfica propuesta, no es útil ni conveniente, versó sobre las dificultades que supondría la vigencia del modelo y, en concreto, sobre el tema de la homonimia:
Ahora bien; si es un defecto la abundancia de homónimos en un idioma ¿deberemos adoptar una reforma ortográfica que considerablemente los aumente? ¿podrá considerarse nunca útil ni conveniente empobrecer nuestra bella lengua y obscurecerla más y más? Y cuidado con negar esto, porque los homonimos obscurecen y confunden las ideas, me parece que ya lo he evidenciado; y que la reforma en cuestión los aumenta de una manera prodigiosa empobreciendo el idioma, ha de serme mucho mas fácil demostrarlo. Suprimase la h, y las dos palabras hasta, preposición; y asta, cuerno de animal, quedarán confundidas en una sola, cuya verdadera acepción se dudará muchas veces: lo mismo sucederá con haya, árbol, y aya, la mujer encargada de la crianza de algún niño: con herrar, guarnecer de hierro alguna cosa; y errar, cometer error; con huso, el instrumento que sirve para hilar; y uso la costumbre ó moda; con hética, calentura lenta; y ética la parte de la filosofía que trata de la moral: pero... ¿voy á enumerar todas las dicciones que se suprimen y los homonimos que se crean con eliminar la h de nuestro alfabeto? Tarde larga fuera, y asaz, enojosa cumpliendo á mi propósito las citadas. [...] Luego la reforma ortográfica proyectada no debe admitirse como útil y conveniente; puesto que en cambio de algún ligero bien que pueda reportar, ocasiona el gravísimo mal de aumentar los homónimos, y con ellos empobrecer el idioma y hacerlo mas confuso y obscuro (El Diario de Murcia, 10/8/1847).
No se hizo esperar la respuesta del aludido, que hasta ahora había evitado proseguir con la polémica y contestar con contrarréplicas, pero, ante la convocatoria del discípulo, aprovecha para justificar su reforma con una serie de cuatro artículos que se introdujeron con la cabecera Contestación al artículo de mi discípulo D. M. Ruiz, inserto en el Diario Murciano, núm. 87 (El Diario de Murcia, 17/8/1847), Continúa el artículo sobre ortografía, inserto en el núm. 92, contestando á mi discípulo D. M. Ruiz (El Diario de Murcia, 21/8/1847), Continúa el artículo sobre ortografía, inserto en el núm. 92 y 96, contestando á mi discípulo D. M. Ruiz (El Diario de Murcia, 26/08/1847) y Concluye el artículo sobre reforma ortográfica, contestando á mi discípulo D. M. Ruiz (El Diario de Murcia, 03/09/1847), respectivamente. El punto de partida que adquiere es justificar la naturaleza misma de la homonimia como un proceso ajeno a la escritura y consustancial al español («los homonimos no son productos de nuestra escritura y si de nuestro idioma, por las diversas acepciones que muchos de ellos suelen tener en el lenguaje hablado y escrito, por cuya razon se les da este nombre») y, por tanto, concluye que para discriminar un significado u otro es preciso atender al contexto («no quedándonos otro recurso para distinguir el significado dudoso de las palabras bien habladas, ó bien escritas, que el antecedente, ó consiguiente de la oración»):
son innumerables las ventajas que proporciona la reforma para la enseñanza de la ortología y caligrafía en comparacion de las dudas que los homonimos puedan ofrecer. Y por último ¿Qué nos importa saber que basto escrito con b, es cosa ordinaria y con v, estensa ó larga? ¿de qué nos sirve el inutil conocimiento, de que valido con b significa la voz de las obejas, y con v, el favorecido, sino se ponen en juego estas voces para indagar el oficio que en la oracion ejercen? De estas palabras y otras por el estilo se valen los etimolojistas enemigos de la reforma, para desvirtuarla. Y para que se vea claramente, que nada significa el que una palabra se halle escrita con una, ú otra letra, en justa comparacion de la superioridad, certeza y combinacion que resulta del juicio que se hace, cuando se halla en relacion con otras, examinemos estos ejemplos.
Basto és el terreno que compraste.
Vasto es por cierto su paño.
Asta las tres te espero.
Hasta mas descomunal, jamás he visto en el Toro.
Queda pues demostrado lo poco que vale el que una palabra se escriva con esta, ó aquella letra, puesto que por el contesto y relacion con otras, destruyen el valor que se les pretende dar con su inicial privilegiado (El Diario de Murcia, 17/8/1847).
La segunda parte tiene por objeto mostrar las bases que respaldan la causa emprendida y los acontecimientos históricos que fueron favorables al reformismo:
porque discurriendo del mismo modo la ilustrada academia de profesores de esta corte, y teniendo presente cuanto han escrito en diversas épocas sobra la ortografía, varones ilustres, honor de nuestro suelo, publicó en 1822 un silabario reformado, como principio de la grandiosa obra que meditaba, y después de haber obtenido para ello la aprobacion de las córtes de aquella época, que declararon que á los maestros era á quien tocaba principalmente generalizarla, como los primeros que tocaban los incombenientes que citaban: pero las vicisitudes del tiempo que hemos corrido por desgracia, habian hecho quedase como perdido pensamiento tan filosófico y razonable, y nada habriamos adelantado, si esta misma corporación, no hubiera en el año anterior sacado tan precioso trabajo del olvido en que yacía, dando á conocer la reforma por todas partes, después de convencida nuevamente no solo de su utilidad, sino de su necesidad, por el resultado de multiplicadas conferencias tanto públicas, como secretas, y aun de algunas aplicaciones practicas (El Diario de Murcia, 21/8/1847).
Prosigue con un fundamento que apoya este tipo de ortografía, en detrimento de otras, que se apoyan en la etimología, basándose en la viabilidad pedagógica del modelo. Una ortografía enteramente fonológica supone un menor esfuerzo cognitivo, los alumnos tienen que aprender menos letras, usos y combinaciones, al mismo tiempo que dota de mayor facilidad a las tareas de leer y escribir
con cuyo trabajo se fatiga el que enseña y el que aprende, y se llena á los niños la cabeza de cosas que apenas pueden comprender en tan temprana edad, y que retrasan extraordinariamente su instrucción; pero en fin, despues de mil fatigas, é incomodidades, que solo puede apreciar debidamente el que está dedicado a la enseñanza (El Diario de Murcia, 26/08/1847).
Y, en última instancia, concluye con preguntas retóricas que van a incidir en la sencillez y accesibilidad que ofrece el nuevo sistema para usuarios legos:
Ahora bien: si con cuatro, letras represento yo mi pensamiento, si no necesito mas para hacerme entender, ¿á que viene la manía de que he de emplear por fuerza, cinco, ó seis? Si desde aqui puedo yo ir á mi casa, por una anchurosa calle libre de tropiezos, con despejadas y hermosas aceras, ¿á que dejarla por unas sucias y miserables callejuelas, donde á pesar de mi cuidado, puedo tener mil, desgracias y contratiempos? Siendo esto así, como lo es, la reforma del alfabeto, de la que resulta de la nuestra difícil Ortografia, en nada hace variar la hermosura y elegancia de nuestro idioma, y está enteramente equivocado quien crea lo contrario (El Diario de Murcia, 3/9/1847).
En resumidas cuentas, las ideologías confrontadas en este caso no son más que un reflejo, a pequeña escala, de los pensamientos academicista y antiacademicista, que penetraron durante el siglo xix en diversas cuestiones lingüísticas, especialmente ortográficas. La visión de D. M. Ruiz, el alumno, es de corte académico y etimológico, mientras que, Francisco Méndez, el reformador ortográfico, apuesta por un modelo de escritura neográfica de adaptación a la dicción. No es de extrañar que las ideologías de uno y otro, a pesar de la relación maestro-discípulo, sean contrarias. El reformismo ortográfico traído a la prensa no es más que un intento por sacar a flote las ideas que circulaban en la Academia Literaria y Científica, que pusieron en práctica en 1843, en un periodo especialmente complicado para este tipo de movimientos. A pesar de que no contaban con el respaldo real, ya desde 1844 circularon distintas defensas de la reforma, entre ellas, la sesión pública que se celebró el 3 de octubre en el salón del Instituto Español (Quilis Merín 2014). Ahora bien, con la imposición del decreto de 1845 del uso de la ortografía académica, los aires tornaron, al menos durante algún tiempo, favorables a las decisiones de la docta institución, entonces presidida por Martín Fernández Navarrete y, posteriormente, José de la Canal. Por tanto, los numerosos detractores del docente no hacían sino continuar con la corriente ideológica mayoritaria del momento, que había condenado, en gran parte, la libertad en la enseñanza reglada.
4. LAS CONSECUENCIAS DE LA REFORMA ORTOGRÁFICA: LOS MANUALES DE HOMONIMIA
En estrecha relación con lo anterior, uno de los efectos surtidos del desajuste lingüístico entre planos, ya desde un modelo fonológico ya desde el modelo académico, es la homonimia. Este fenómeno, que acontece cuando varias palabras son idénticas fonéticamente, pero difieren etimológica y semánticamente, preocupó sobremanera a los intelectuales murcianos del 1800 y principios del 1900. Ya veíamos que una de las consecuencias que se proponía en 1847 ante un reformismo restringido al modelo fonético era la homonimia y, el acontecimiento que se propone a continuación, una vez la ortografía académica reina en el terreno escolar y fuera de él, es nuevamente la homonimia. En concreto, se pone el relieve sobre los homófonos, puesto que son aquellos que necesariamente derivan de una condición ortográfica; dejando de lado la homografía, cuya problemática está más bien dirigida hacia la semántica y la lexicografía, así lo plantean los trabajos de Clavería Nadal (2001) y Clavería Nadal & Planas (2001).
Al hilo de la cronología, las últimas décadas del siglo y las primeras del siguiente, estuvieron marcadas, al menos en Murcia, por una oleada de publicaciones que perseguían encauzar la enseñanza y suplir los excesos que había dejado la ortografía, a la vez que reflejaban la resignación docente, después de que la reforma ortográfica cayera en saco roto por la imposición inamovible de la doctrina de la Real Academia. En otras palabras, muchos docentes, como nexo entre la cúpula académica y la sociedad que materializa el uso de la lengua española, componen manuales complementarios que facilitan la correcta redacción del español y, sobre todo, desambiguan aquellas palabras susceptibles de mostrar relación entre sí. Empero, la naturaleza metodológica de estas obras es característica porque, excepto en la Ortografía castellana de Mariano Ramón Peral (1901) y en el artículo «Curiosidades ortográficas» de Luis Requena Puche (1896), el título no explicita que se trate propiamente de tratados ortográficos hasta que el lector se aventura en el contenido. Puche Lorenzo (2019: 239), que ha realizado un completo análisis de la obra de Martínez Abellán, aduce que «la técnica heredada por la tradición lexicográfica en que se insertan los libros nos permite afirmar que sí es un diccionario (lo que no sabía el autor que era didáctico)» y que se trataría, por ende, de un diccionario menor, «frecuentes en el siglo xix, que solo tenían de diccionario el nombre». En ese caso en particular habla de diccionario, porque así resulta la obra que describe, pero hemos podido comprobar que también sucede con las gramáticas. En cualquier caso, no hacen sino recoger reglas y convenciones para la escritura, es decir, enmascaran la función de dar una explicación a la normatividad ortográfica.
Bajo este criterio, existieron publicaciones que ondearon entre la edición libresca y la difusión en los periódicos, algunas de ellas únicamente vieron la luz en prensa, otros compatibilizaron los dos formatos, e incluso, fueron comunes los casos en los que, una vez impreso el manual, los rotativos incluían alguna referencia, especialmente propagandísticas que valoran la obra, pero no la difunden. Mediante esta última vía hay constancia de la Ortografía castellana (1901) de Mariano Ramón Peral y de los Apuntes de gramática castellana (1885) de José Ausejo Soler. Este último, particularmente, deja en El Diario de Murcia una reseña, sin firma del autor, que muestra la tesis que promulgábamos, el fuerte potencial ortográfico de este tipo de escritos y la estrecha vinculación con el diccionario, de ahí que se denominen gramática-diccionario o diccionario-gramática:
Los «Apuntes de Gramática Castellana» de D. José Ausejo y Soler, son muy útiles, como hemos dicho. Es el libro que necesitan leer esos que suelen decir con desprecio, cuando dán un escrito suyo: «Ortografía no le he puesto, porque yo no me fijo en eso; pero cualquiera se la pone.» En lo que están muy equivocados los ignorantes que se expresan de tal modo; porque la ortografía no es cosa que se aprende como las tres en raya, sino á costa de mucho estudio y de fijarse en cómo han escrito los grandes escritores, no solo las palabras, sino los conceptos. Para saber si boca se escribe con b ó con v, basta un diccionario; pero para saber donde encajan racionalmente todos los signos que tiene la ortografía para expresar gráficamente el pensamiento y darle á lo escrito el tono y el colorido de lo hablado... eso no es cosa de escribientes ni de memorialistas.
El libro del Sr. Ausejo, proporciona la doble enseñanza necesaria para tener ortografía; dice cómo se escribe todo, y dá el por qué de muchas cosas. Por lo tanto, no hay que encomiar cuan útil es un libro así, gramática-diccionario, ó diccionario gramática, en estos tiempos en que casi todo se hace por escrito (El Diario de Murcia, 29/5/1885 [énfasis nuestro]).
En este punto, daremos mayor lugar a los textos que tuvieron un desarrollo en la hemerografía regional, entre ellos, el artículo Curiosidades ortográficas de Luis Requena Puche (Las Provincias de Levante, 17/7/1896) y las secciones De la escritura de Tomás Periago (El Ateneo Lorquino, 1871-1873) y Léxico-Homonimia de Pascual Martínez Abellán (La Voz de Cieza y El Diario de Murcia, 1896-1900).
Bajo el título Curiosidades Ortográficas y el subtítulo Prosodia Léxico-Homónima Española, Luis Requena Puche publicó el 17 de julio de 1896 una breve aportación, en la que se enfocaba en las disidencias semánticas entre los homófonos leí-ley y as-has-haz. Este segundo segmento queda inacabado y al final del escrito deja la promesa de continuar en los números posteriores. Sin embargo, tras revisar las siguientes ediciones de Las Provincias de Levante, con tirada diaria, no hemos encontrado ninguna otra muestra.
En el próximo artículo nos ocuparemos de la 3.ª palabra, y trataremos de otros vocablos prosodico-homónimos de nuestro rico y armónico idioma, que las posee en abundancia, encerrando curiosidades ortográficas dignas de estudiarse para ilustracion solaz y recreo de los aficionados á estos interesantes estudios (Las Provincias de Levante, 17/7/1896).
Para que quede constancia gráfica de la redacción y composición, incluimos el caso de as y has:
Por su parte, Tomás Periago se encargó del capítulo De la escritura, que podemos encontrar en El Ateneo Lorquino a intervalos irregulares desde el 1 de agosto de 1871 hasta el 1 de enero de 1873 en una serie de siete artículos. En la introducción, expone las vicisitudes del alfabeto español y plantea la metodología que desarrollará:
Conocida de todos la importancia y utilidad del arte gráfica ú ortografía, no nos parece fuera de propósito insertar en las columnas de nuestro periódico una serie de artículos, encaminados á facilitar en todas las clases sociales el debido empleo de algunas letras, que generalmente ofrecen dudas, aun á personas de alguna ilustración: y siendo desde luego la letra H la que reune esta circunstancia en mas grande escala que ninguna otra, hemos creído conducente dar principio con ella á este improbo trabajo. Así pues, nuestro primer articulo contendrá un catálogo de todas las palabras castellanas que varíen de significado, segun que se escriban ó no, con esta letra, explicando además el origen y formación de algunas de ellas, las cuales podrán consultar los lectores en caso de duda (El Ateneo Lorquino, 1/8/1871).
Para ilustrar la labor del murciano, añadimos retratada la forma de una de las parejas:
En cuanto al planteamiento, el redactor, a diferencia del resto de las secciones que ahora estudiamos, trata de hilar los vocablos para que la selección no resulte fortuita y establece un orden basado en las letras (h, j/ g, v/ b, x/s y ll/y). Además, cada una de ellas viene antecedida por el origen, la normativa que rige su uso y la combinación que las caracteriza. Así, se dirige a los siguientes casos: ha-a, hala-ala, halagar-alagar, hado-ado, hasta-asta, hatajar-atajar, hayo-ayo, haya-aya, he-e y hembrear-embrear (El Ateneo Lorquino, 1/10/1871); herrar-errar, hética-ética, hilacion-ilacion, hojear-ojear, hola-ola, honda-onda, hora-ora, horca-orca, hostia-ostia, huso-uso, ahijada-aijada, aprehender-aprender, azahar-azar (El Ateneo Lorquino, 1/1/1872); cohorte-corte, deshojar-desojar, jaharro-jarro, hablando-ablando, habria habrias habriamos-abria abrias abriamos, has-as, hay-ay, haré harémos haréis-aré arémos aréis, hecho hechas hecha-echo echas echa, deshecho deshechas-desecho desechas, hice hizo-ice izo (El Ateneo Lorquino, 1/3/1872); gaje-jaje, page-paje, trage-traje y sugeto-sujeto (El Ateneo Lorquino, 1/8/1872); vaca-baca, vacante-bacante, vacilar-bacilar, vacia-bacia (El Ateneo Lorquino, 1/12/1872) y vagar-bagar, valido-balido, valon-balon, vaqueta-baqueta, varita-barita, varon-baron, vasar-basar, vasto vasta-basto basta, vaya-baya, vello-bello, verja-berja, veta-beta, villa-billa, vocal-bocal, volear-bolear, votar vota voto-botar bota boto, acervo-acerbo, avocar-abocar, corveta-corbeta, gravar grave-grabar grabe, naval-nabal, ovolo-obolo, recabar-recabar, revelar-rebelar, savia-sabia, severo-sebero, silva-silba, tuvo-tubo, expiar-espiar, aboyar-abollar, arroyar-arrollar, desmayar-desmallar, poyo-pollo, rayar-ralla, rayo-rallo (El Ateneo Lorquino, 1/1/1873).
El que mayor transcendencia alcanzó fue el texto de Pascual Martínez Abellán porque, después de la entrega por fascículos que se imprimió desde febrero de 1896 a mayo de 1900 en La Voz de Cieza y, en contadas ocasiones, en El Diario de Murcia, de forma discontinua, recopiló el trabajo en los tres volúmenes del Diccionario general de ortografía, homología y régimen de la lengua española (Martínez Abellán 1900-1911). En prensa, los artículos fueron recogidos bajo el título de Ortografía española léxico-homónima y Homólogos y concluían con la nota: Pascual Martínez Abellán (De un diccionario en preparación). El primer número de la serie venía encabezado por una concisa introducción en la que mostraba sus propósitos:
En la serie de trabajos que, con el precedente epígrafe, empiezo hoy, pienso publicar, en sencillos apuntes, el resultado del estudio que tengo hecho y del que me propongo hacer, sobre la ortografía homónima de muchísimas de nuestras palabras, con el fin de popularizar los medios de vencer grandísimas dificultades en nuestra complicada escritura ortográfica, las cuales proceden, en su mayor parte, del descubrimiento del heterogéneo origen de nuestro idioma (La Voz de Cieza, 16/2/1896).
El siguiente ejemplo nos muestra el modo de proceder del autor:
A lo largo de la dilatada tarea que se encomendó atajó las diferencias entre los pares: probidamente-próvidamente (La Voz de Cieza, 16/2/1896), alla-allá-aya-halla-haya (La Voz de Cieza, 20/3/1896), nabal-naval, sabia-savia, tubo-tuvo y cadahalso-cadalso (La Voz de Cieza, 22/3/1896), rallar-rayar, ralla-raya y rayo-rallo (El Diario de Murcia, 11/4/1896), ize-hice, izo-hizo y baya-valla-vaya (El Diario de Murcia, 14/4/1896), testo-texto, hojear-ojear y basar-vasar (El Diario de Murcia, 1/5/1896), bacante-vacante (La voz de Cieza, 21/6/1896), aprehensión-aprensión (El Diario de Murcia, 24/6/1897), deferir-diferir (El Diario de Murcia, 3/3/1900), bolear-volear y deshornar-desornar (La Voz de Cieza, 8/4/1900), bolear-volear (El Diario de Murcia, 10/4/1900), deshabitar-deshabitar y deshojar-desojar (La Voz de Cieza, 22/4/1900), arte-harte-harté (El Diario de Murcia, 9/5/1900), hasta-asta (El Diario de Murcia, 13/5/1900), espirar-expirar (La Voz de Cieza, 13/5/1900) y a donde-donde (La Voz de Cieza, 20/5/1900).
Asimismo, como es posible advertir por la imagen capturada de los originales y por la sugerencia de gramática-diccionario a colación de la obra de Ausejo Soler, nos viene rondando la idea de diccionario en el cultivo de los homófonos, motivado esencialmente por la disposición que comparten las aportaciones lingüísticas aquí descritas. El esquema que siguen es reiterativo y, a simple vista, recuerda a una entrada lexicográfica; cada par mínimo suele acusar, a modo de introducción, una síntesis de la letra que ofrece la problemática y, después, enfrentadas las palabras en cuestión, presentan los componentes genéricos de la microestructura. Así, las palabras objeto de debate aparecen como lema, en mayúsculas, seguidas de la información gramatical, con la categoría sintáctica, la etimología y las distintas acepciones con el significado correspondiente. Si somos estrictamente rigurosos, las definiciones de Requena Puche aportan mayor nivel de detalle y, al igual que, Tomás Periago, incluyen el étimo detrás del significado. De igual modo, los dos primeros redactores acompañan los términos de ejemplos.
En definitiva, se está gestando un modo de hacer ortografía que, dedicado particularmente a la homonimia, hizo mella en la producción murciana, pero no ha dejado una tradición textual o, al menos, no se han encontrado muestras en otros territorios o épocas.
5. CONCLUSIÓN
A lo largo de esta incursión, ha quedado retratado cómo los periódicos acompasaban las principales inquietudes y polémicas, en este caso, lingüísticas, que atormentaban a la sociedad, a las que, además, sirvieron de marco.
La situación estudiada en el marco general hispánico, en lo que se refiere a la polémica ortográfica, se proyecta también en la prensa regional y local murciana y, al igual que en otros territorios, la imposición, al menos en las escuelas, de un tipo de gramática, más culta y conservadora, despertó distintos focos opositores, que primaban que los conocimientos lingüísticos fuesen asequibles a las nuevas generaciones. Estas dos parcelas antagónicas, por dar preferencia al criterio etimológico, en el primer caso, y al fonológico, en el segundo, mostraron sus discrepancias. Sin embargo, aunque la ortografía académica mantuvo en todo momento la hegemonía, esas nuevas propuestas sirvieron para dar a conocer el descontento social y para que se replanteasen algunos aspectos de la normatividad del español, es decir, que, tal como ya se ha puesto de manifiesto en alguna ocasión, los pensamientos de los neógrafos sí favorecieron la introducción de mejoras en ortografías académicas posteriores y llevaron a la reflexión y al debate a la institución.
Volviendo al tema de la prensa, es significativa la gran polémica que se instaura a través de la voz de un periódico en concreto, El Diario de Murcia, y la importancia que adquiere en el seno de la sociedad decimonónica del lugar. Las contribuciones diarias al debate solo dan cuenta de que los distintos exponentes acudían sistemáticamente a este medio para observar los nuevos derroteros que adquiría la polémica ortográfica y mandar a la dirección sus comentarios al respecto, si así lo consideraban. Lo que dio lugar, en consecuencia, a que la prensa fuese centro y voz de la situación lingüística y social y, no solo eso, sino que se convirtió en el gran difusor de las ideas lingüísticas hispánicas que se fraguaban dentro de la Península. Veíamos antes que las propuestas de la Academia de I.P. de Madrid se propagaron gracias a la circulación de noticias periódicas de los partidarios que comulgaban con ellas.
En Murcia, particularmente, esa solicitud de modificación de las estrategias preceptivas fue la antesala de un movimiento de aceptación plena de la doctrina académica con la difusión de artículos que pretendían facilitar el empleo de las letras homófonas bajo una explicación semántica. Estas gramáticas-diccionario también se acogieron a la hemerografía para observar el interés que despertaban en los lectores y publicar, como fue el caso de Pascual Martínez Abellán, por la vía manualística.
FINANCIACIÓN
Esta publicación es parte de la actuación «Tesoro Léxico de las Hablas Murcianas» (22696/PI/24), financiada por FSRM/10.13039/10000780.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Fuentes secundarias
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Notas
[1] Los pormenores de este hito lingüístico están descritos en los distintos trabajos que ponen el foco en la historia de la ortografía en lengua española, como Esteve Serrano (1982), Quilis Merín (2008), Gaviño Rodríguez (2022), entre otros.
[2] Decimos que no existió un intento por canalizar una propuesta unánime porque entre los postulados que salieron a la luz durante el siglo xviii y xix reinó el desconcierto. Los fenómenos sobre los que se hacía hincapié eran esencialmente los mismos (la h o las letras homófonas v/b o g/j, entre otras, en determinados contextos), pero cada teórico aportaba notas dispares o planteaba una solución distinta. Incluso, propuestas de unificación, como la Liga para la reforma de la Ortografía, no alcanzaron éxito alguno (Esteve Serrano 1982).
[3] Sobre la idea de búsqueda de aliados que miren con buenos ojos la reforma, más o menos acusada, de la ortografía académica y que se manifiesten en los medios de comunicación, recalca Gaviño Rodríguez (2020b) los planteamientos de Ruiz Morote y Francisco Caballero. Y a través, no solo de sus investigaciones, sino de todas aquellas que, de cualquier modo, versan sobre las distintas propuestas de reformas de los neógrafos, se extrae la magnitud del movimiento que, por aquellos años, despertó la inquietud contra la doctrina académica.
[4] En las páginas de periódicos y revistas que se publicaron tras la imposición de la doctrina académica aparecen poemas como el siguiente que apoyan la actividad de la Academia I.P. de Madrid.
A la Academia científica y literaria de I. P. de Madrid.
SONETO.
¡Gloria al primero que con diestra mano,
con genio creador, pluma segura
sobre eI papel los signos de escritura
trazó, dando un impulso al genio humano!
Impulso que le alienta soberano,
Que le ofrece el saber que ardiente apura
Con noble sed de aplauso que le augura,
La gloria superior al mundo vano:
Pero mas gloria aun, mas digna gloria
al que mudando la costumbre, opuesto
á la rutina ciega que la guía,
Proporcionó un laurel á su memoria;
Y, con entrambas á lidiar dispuesto,
Dio á conocer la nueva Ortografía.
(El Diario de Murcia, 19/08/1847).
[5] No hemos conseguido encontrar en las hemerotecas regionales el número original de dicha edición en el que se expone la reforma y al que se alude continuamente. Sin embargo, la reproducción de este se lleva a cabo en el núm. 96 del El Diario de Murcia, relativo al 21 de agosto 1847. Allí se expone lo siguiente: «me veo precisado antes de entrar en materia á manifestar brevemente y sin hacer comentarios, en que consiste la reforma que tanto nos dá que hacer, pues aun que la comisión lo acaba de practicar con mayor claridad, habiendo observado yo, que varios señores han llegado cuando aquella llevaba leído mas de la mitad del discurso, deseo que todos puedan formar un juicio esácto, con objeto de que si gustan tomen parte en esta discusión».
[6] Gaviño Rodríguez (2020a: 138) afirma que «superado este periodo de tranquilidad, los ecos del reformismo ortográfico vuelven a aflorar en las páginas de la prensa a partir de los sesenta con nuevos actores que mantienen renovados debates sobre las propuestas tradicionales por todos conocidas».
[7] Este hecho es sumamente importante, no solo porque desencadena una interesante polémica maestro-discípulo, como ahora veremos, sino especialmente porque el tinte de la discusión cambia radicalmente al conocer que la personalidad que se había escudado tras el sobrenombre de reformador ortográfico es un reputado profesor de enseñanza primera. Aparecen repetidamente las disculpas de numerosos interventores y la polémica adquiere un tono sosegado y comienza a afrontarse de forma distendida. Ello puede palparse en el acta, que, de forma irónica, aborda una hipotética reunión presencial que se convocó ex profeso para entablar un debate: «En la Ciudad de Murcia y á los 13 dias del mes de Agosto de 1847, reunidos en el Malecon las personajes de ambos secsos y animales que se dirán presididos por el Tio Cuchares á fin de combenir y acodar de un modo decoroso y digno, el temperamento y conducta que debian adoptar en la prosecución de la empeñada polémica sobre la reforma ortográfica ó si convendría dejarla correr con el carácter grave, machucho y concienzudo á que nuevamente la provoca el ilustrado paladin que la sustenta con la ayuda del Sr Estrellado *** [...]» (El Diario de Murcia, 26/8/1847).
[8] Veníamos diciendo que estas producciones fueron llevadas a cabo por maestros de instrucción primaria, pero poco o nada sabemos de estos nombres que, hoy, han quedado en el anonimato. Tratando de seguir la pista a estas personalidades, hemos recurrido nuevamente a los periódicos y revistas decimonónicos para obtener alguna información y, efectivamente, hemos podido constatar lo siguiente: «D. José Ausejo Soler, Profesor de 1ª enseñanza, Geografía, Historia de España é Historia Universal» (Boletín Oficial de la Provincia de Murcia, 21/10/1885), «Seguidamente el ilustrado profesor de instruccion primaria, D. Pascual Martínez Abellán, en nombre del Magisterio público de la villa, dio gracias á la Junta local» (Las Provincias de Levante, 10/11/1891) y «Quiero ocuparme en un libro muy pequeño y muy modestito que ha publicado don Mariano Ramón Peral, profesor de instrucción primaria» (El Heraldo de Murcia, 12/11/1901). No hemos tenido tanta suerte con Tomás Periago y Luis Requena Puche, pese a ello, estos fragmentos documentan que se trataban de intelectuales de la época que cultivaban las letras y las humanidades. En la prensa puede leerse lo siguiente: «Luis Requena Puche- Por el examen brillante que hizo, hubo que concederle otro primer premio en Geografía, y un segundo accesit en Catecismo» (El Combate, 15/11/1891) y «A continuación D. Tomás Periago leyó un discurso, que versaba sobre el siguiente tema: «Breve reseña histórica de la civilizacion española y sus varias vicisitudes desde los primeros tiempos hasta la irrupción de los barbaros» (El Ateneo Lorquino, 01/06/1872).





