1. INTRODUCCIÓN
Afortunadamente, parece haberse superado ya la crítica del positivismo a diversos lenguajes especializados como el religioso, según la cual el lenguaje solo sirve para representar la realidad del mundo y, si no es así, no merece ser estudiado (Fierro Bardají 1976: 9-17). La prueba se encuentra en la constante publicación de trabajos sobre fenómenos específicos de dicho discurso (Fierro Bardají 1976; Fernández Leborans 1978; Coseriu & Loureda Lamas 2021: 71-104; Yelle, Handman & Lehrich 2020; Pihlaja 2021; Pihlaja & Ringrow 2023; Fernández Martín 2024a, 2024b).
Entre estos fenómenos cabe destacar dos que conforman parte del léxico especializado del lenguaje religioso considerado aquí un tecnolecto. Por un lado, los nombres propios (en adelante, Np) en discursos religiosos como la Biblia (Ponferrada 1990) y el Corán (Ould Mohamed Baba 2019) se distinguen de su significado en el español común y en otros discursos especializados. Esto se debe a que el Np es “un nombre mostrativo unirreferencial o identificador, que, precisamente por designar siempre el mismo referente y por formalizarse en general mediante un significante prestado del nombre común, se carga de connotaciones enormemente complejas” (Morera & Pérez Vigaray 2019: 22), ancladas a las del universo del discurso en que se produce (Sánchez Canales 2016; Méndez Santos 2026). Por otro lado, hay determinadas locuciones y colocaciones nominales que, más o menos fraseológicas (Casares 1969; Corpas Pastor 1997; Bosque 2001; García-Page 2001, 2008; Osorio Olave & Serra Sepúlveda 2012; Barrios Rodríguez 2015), ofrecen un significado específico dentro del discurso especializado que se asemeja al del Np (Fernández Martín 2024a, 2026).
Dentro de este contexto, planteamos un objetivo de investigación onomasiológico, como es analizar los Np específicos del discurso religioso, para comprobar qué formas lingüísticas presentan: sustantivos, locuciones, colocaciones o sintagmas nominales libres. Lo consideramos onomasiológico porque entendemos que hay un referente, equivalente al significado dentro del universo del discurso religioso que, al ser nominado, adquiere diversas formas lingüísticas. Se va, pues, del concepto común de Np (significado) a las palabras que lo conforman (significantes), aunque se muestre una clasificación aparentemente formal.
Para alcanzar dicho objetivo, nos centramos en el castellano del siglo XVII y, concretamente, en dos textos de autoridades femeninas que merecen ser estudiados con dicho fin: los Ejercicios espirituales de la albense Mariana de san José (1568-1638) y los Ejercicios espirituales de la soriana María de Jesús de Ágreda (1602-1665). El principal motivo de esta elección se encuentra en la doble perspectiva histórica y de género que adoptamos en el presente trabajo.
Por lo que respecta a la estructura, establecemos primero los fundamentos teóricos (§2), esto es, el concepto del universo del discurso de Coseriu y la teoría descriptiva de la referencia de los Np de Fernández Moreno (§2.1) y las dos unidades fraseológicas que nos ocupan: locuciones (§2.2) y colocaciones nominales (§2.3). Tras la metodología utilizada (§3), clasificamos los distintos ejemplos de Np encontrados en el corpus (§4), según sean prototípicos (§4.1), locuciones nominales (§4.2), colocaciones (§4.3) o SN libres (§4.4). A continuación, reflexionamos sobre los conceptos de locución y colocación a la vista del análisis realizado (§5) y cerramos el estudio con las debidas conclusiones (§6).
2. FUNDAMENTOS TEÓRICOS
Los fundamentos teóricos del trabajo son varios: el concepto del universo del discurso de Coseriu (Coseriu & Loureda Lamas 2021); la teoría descriptiva del sentido de Frege (1892), la teoría de la referencia de los Np de Fernández Moreno (2006) y las dos unidades fraseológicas que nos ocupan: locuciones y colocaciones nominales. Explicamos con detalle los conceptos filosófico-discursivos en el primer subapartado (§2.1) y dedicamos sendos apartados a los fraseológicos, locuciones nominales (§2.2) y colocaciones (§2.3), pues creemos que la consideración de los SN estudiados aquí como unidades fraseológicas debe justificarse.
2.1. El universo del discurso de Coseriu y la teoría descriptiva de la referencia de los Np
Entendemos por universo del discurso “el sistema universal de significaciones al que pertenece un discurso (o un enunciado) y que determina su validez y su sentido” (Coseriu 2007: 136, n. 112). Cada universo discursivo es también un universo epistemológico, en la medida en que contribuye a comprender un ámbito de conocimiento. Podemos, pues, asumir la existencia de cuatro universos discursivos, como son el de la experiencia común, el de la ciencia, el de la fantasía y el de la fe; y tres mundos o ámbitos de conocimiento: el de la necesidad y la causalidad, el de la libertad y la finalidad, y el de la fe (Coseriu & Loureda Lamas 2021: 92-94).
De esta clasificación nos interesa la interpretación del discurso religioso como un discurso especializado cuyas significaciones se comprenden exclusivamente dentro del universo de la fe. Intentar hacerlo desde otros ámbitos de conocimiento (como el de la necesidad y la causalidad, típico del universo discursivo de la ciencia) conlleva confusiones interpretativas que acaban dando lugar a problemas epistemológicos (Fierro Bardají 1976: 9-17). En otras palabras, “las afirmaciones de la fe no pueden y no deben ser justificadas por la investigación físico-natural; de hecho, no les hace falta tal justificación, ya que representan un modo autónomo e irreductible de conocimiento y certeza” (Coseriu & Loureda Lamas 2021: 97).
Este concepto de universo discursivo es crucial para comprender la esencia de los Np en los discursos religiosos por tres razones esenciales. En primer lugar, el Np se muestra como un ejemplo perfecto del vínculo que existe entre el universo discursivo de la fe y el respectivo mundo o ámbito de conocimiento. Dicho vínculo equivale al proceso de referencia del que se habla en filosofía del lenguaje: “una relación entre una expresión [término] y una entidad [referente]” (Fernández Moreno 2006: 13). El Np, pues, “es siempre referencial, aunque sea una invención humana” y, por ello, “debe explicarse como un fenómeno propio del discurso y de la enunciación pragmática y no tanto como algo léxico-gramatical” (Méndez Santos 2026: 193).
En segundo lugar, como el Np une la palabra, perteneciente al plano lingüístico, con la realidad, perteneciente al plano experiencial, la única forma de que cobre sentido es mediante ese proceso de referencia. Así, si “cada afirmación puede ser comprobada solamente en el ámbito del universo de conocimiento y con respecto al mundo que le corresponde” (Coseriu y Loureda Lamas 2021: 97), la creación del vínculo entre el término denotado por el Np y su referente (esto es, el proceso de referencia) ha de hacerse de forma interna al propio mundo al que ese discurso pertenece.
En tercer lugar, si incorporamos la teoría descriptiva de Frege (1892) a la concepción del Np, se puede defender que el Np posee referente (el objeto que designa) y sentido (el modo en que se da el objeto asociado a las descripciones definidas y, en nuestro caso, expresiones deícticas que lo identifican), como explica Fernández Leborans (1999 §2.3.3.1), porque, por un lado, “la referencia de un signo es un objeto sensorialmente perceptible” (Frege 1892: §29), y, por otro lado, el sentido equivale a la totalidad de las designaciones a las que pertenece, aunque ello implique que, con cada una de ellas, “la referencia solo se ilumina parcialmente” (Frege 1892: §27). En consecuencia de todo ello, para hacer inteligible ese conocimiento del mundo o ámbito de la fe que permita acceder al significado (es decir, al referente) de los Np de los discursos religiosos, conviene “delegar la referencia en hablantes expertos contemporáneos de la persona que constituye el referente del nombre” o, en general, en “los hablantes familiarizados con el referente del nombre” (Fernández Moreno 2006: 171). Como se ve, esta teoría descriptiva de la referencia difícilmente puede desligarse de la caracterización terminológica de los textos de especialidad, cuando se pone el foco en la gradualidad que caracteriza la competencia de los usuarios (Cabré 1993), que pueden ser expertos, legos o encontrarse en un punto intermedio.
En efecto, no es necesario ser un experto teólogo de la época de Jesús (que es lo que se deduce de lo dicho anteriormente: “delegar la referencia en hablantes expertos contemporáneos de la persona que constituye el referente del nombre”) para acceder al significado de los Np de los textos cristianos, porque, como decimos, la experiencia terminológica de los usuarios es una cuestión de grado a la que se puede acceder de distintas maneras (Cabré 1993: §1.2.1.5; Fernández Martín 2024b). Puede bastar con consultar a “los hablantes familiarizados con el referente del nombre”, es decir, a los teólogos que se han formado expresamente para acceder a la esencia del Np que conforma su religión o a los creyentes conocedores de los distintos conceptos de su propia religión, con la que están familiarizados por su educación o por sus experiencias personales, pues pueden acercarse a un texto religioso y comprender perfectamente quién es el referente oculto tras cada Np. Esto implica que, en la práctica, cualquier hablante, aunque no sea teólogo, ni siquiera creyente, puede acceder al referente de un Np inserto en un discurso religioso, si asume que, al adentrarse en el universo discursivo de la fe, cambian las normas textuales a las que podemos estar acostumbrados por otros discursos. Por ejemplo, la perspectiva estrictamente física que subyace al concepto mismo de referente puede verse ligeramente alterada en los discursos religiosos, dado que el objeto de la realidad puede no estar presente extralingüísticamente en la misma medida en que lo está en un discurso médico, arquitectónico o químico (Coseriu & Loureda Lamas 2021; Fernández Martín 2024a, 2024b, 2026).
A modo de ejemplo, cualquier hablante competente de la lengua española sabe que el SN “el Hijo de Dios” alude a un hombre que puede llamar “Padre” a “Dios”, esto es, implica que Dios es su padre (sentido). De todos los hablantes competentes de la lengua española, un grupo determinado, más o menos experto en religión cristiana (sea o no creyente), entiende, ante dicho SN, que hay una persona real, de carne y hueso, Jesucristo, el hijo de Dios, al que se refiere el SN (referente); este mismo grupo entenderá también su significado, una combinación entre el sentido y el referente, dado que está igualmente familiarizado con esa “red de significaciones de un discurso” que constituye el significado del universo del discurso de la fe al que se asocia. Quienes no están en este grupo, pero sí en el primero, pueden también acceder al significado de dicho referente por dos vías: la del contexto (la de la red de significaciones a las que pertenece el discurso religioso en que se inserta, en la que el referente adquiere su sentido dentro del universo del discurso, independientemente de las creencias del usuario de la lengua) y la del sentido estrictamente lingüístico del SN (la de todo hablante competente de la lengua española que se queda en el análisis semántico-gramatical, no extralingüístico).
En otros términos, el sentido que cada designación tiene de un Np será distinto, porque se mantendrá estrictamente en el plano semántico-gramatical de la lengua; el referente de todas ellas, no obstante, será el mismo, porque ya pasa al plano discursivo-contextual. Cada forma de denominar a un mismo ser dentro del discurso religioso ofrece un sentido distinto, en el nivel sintagmático (infraoracional), pero el mismo referente, en el nivel discursivo (supraoracional). El ejemplo visto de “el Hijo de Dios” tiene un sentido diferente si se expresa en otro idioma, por ejemplo, en griego antiguo, “ὁ υἱὸς τοῦ Θεοῦ” (Mt 16,16), porque las connotaciones socioculturales de las distintas palabras son también diferentes; pero el referente no cambia, porque hay un ser específico al que alude en todos los discursos religiosos, sea del mundo físico, en el sentido más fregeano; sea del mundo discursivo, en el sentido más coseriano. “El Hijo de Dios” es, pues, correferente con “Jesucristo” y “el Hijo de María”, entre otros: distintos sentidos (lingüísticos), mismos referentes (extralingüísticos).
A partir de esta idea de correferencialidad, defendemos a lo largo del trabajo que las designaciones fregeanas (“el Hijo de Dios”), al referirse al mismo ente tal y como hace el “simple” Np (“Jesucristo”), solo comprensible dentro del universo del discurso religioso, son unidades fraseológicas, bien locuciones nominales (§2.2), bien colocaciones (§2.3), por los motivos que explicamos a continuación.
2.2. Las locuciones nominales en el discurso religioso
Dentro del léxico especializado se encuentran las locuciones nominales, que proponemos aquí definir como sintagmas nominales gramaticalmente fijos (muestran una estructura invariable) y semánticamente especializados (significan algo distinto a la mera suma de sus partes). Para defender la naturaleza fraseológica de los sintagmas nominales defendidos como Np en el análisis del corpus, les aplicamos algunos rasgos propuestos por los expertos fraseólogos para caracterizar las locuciones (Corpas Pastor 1997: §§1.4, 3.1; Ruiz Gurillo 2001; García-Page 2008: §2.5): pluriverbalidad, fijación, idiomaticidad e institucionalización.
La pluriverbalidad se da en todas ellas, en el momento en que nos encontramos ante sintagmas de más de una palabra, pues gramaticalmente coinciden con sintagmas nominales introducidos siempre por un determinante, que es lo que le da el valor referencial que permite una reinterpretación de la locución como Np. Si el determinante es un artículo definido (el Señor, la Virgen María), uno demostrativo (esta Señora, este Señor), el posesivo en tercera persona (su Hijo) o un hagiónimo introducido por san o santa (san Pedro, santa Gertrudis), estamos ante una locución nominal con forma de descripción definida, por los valores inherentes a los determinantes citados (Rigau 1999). Dicha locución se caracteriza por (Fernández Moreno 2006: 15): a) referirse a un único individuo del que expresa una propiedad que es poseída solo por él, por ejemplo, en su Hijo el hecho de ser hijo de la Virgen María convierte a Jesucristo en el único individuo a cuyo nombre propio se puede referir ese sintagma nominal que, por ser precisamente correferente con el Np, es una locución; y b) contribuir a la determinación del referente mediante la estructura interna de la descripción definida, como sucede en estos casos en los que el significado de objeto único y determinado viene por el tipo de determinante que complementa al sustantivo.
Si el determinante es un posesivo de primera o segunda persona (Esposo mío; vuestra Majestad, nuestro Señor Jesucristo, Jesucristo nuestro Señor), sea antepuesto (mi Bien, vuestro Padre) o pospuesto (dulcísimo Rey mío, Señor nuestro), estamos entonces ante una locución nominal que adopta la forma de una expresión deíctica, anclada siempre al contexto de emisión por la deixis personal que contiene.
Más problemático es el rasgo de la fijación. Esta se produce en el momento en que es imposible invertir el orden lógico del sintagma en ciertas locuciones (*Señor el, *Pedro san, *la María Virgen, *nuestro Jesucristo Señor), pero se hace posible la posposición, si se transforma oportunamente el posesivo (*Hijo su → Hijo suyo; *Bien mi → Bien mío) o, en el caso del demostrativo, si se añade antepuesto el artículo definido (*Señora esta → la Señora esta) para dar énfasis (Rigau 1999: §5.2.1.6). Estas posibilidades dan a entender que la fijación de las unidades fraseológicas es una cuestión de grado que está atada a la estructura gramatical interna de la locución.
La idiomaticidad es el rasgo que ya detectó Casares (1969: §73) cuando defendió que en las locuciones el significado global va mucho más allá del significado de sus partes. De hecho, el mismo maestro lexicógrafo aplica el concepto de locución nominal al Np cuando estudia la de tipo singular (1969: §75.b), aunque no quede excesivamente claro por qué (García-Page 2024).
En nuestro caso, la idiomaticidad se da porque existe de facto una correspondencia entre la locución nominal y el Np, que se basa en el rasgo de la correferencialidad, comprensible en los términos fregeanos explicados anteriormente (§2.1). De hecho, los SN que consideramos aquí locuciones funcionan unitariamente como un todo, como demuestra el hecho de que cada locución nominal se puede conmutar por el respectivo Np prototípico: mi Señor = Dios; su Hijo = Jesús; esta Señora = María, porque aluden a la misma realidad extralingüística. Como veíamos anteriormente con el ejemplo de “el Hijo de Dios” (§2.1), el sentido de “mi Señor” y el sentido de “Dios” son distintos; pero el referente es el mismo. Dado que este solo puede comprenderse dentro del universo del discurso analizado, ligado a una sociocultura concreta, influida históricamente por el cristianismo, el desplazamiento semántico de estos sintagmas se considera idiomático porque no es equivalente al significado que los mismos sintagmas tienen fuera de dichos discursos, en los términos vistos de Casares (1969: §73) o, mucho más allá, fuera de la cultura en la que nos encontramos, en los términos explicados por los antropólogos (Bohannan 1966).
El último rasgo que consideramos aquí relevante para justificar por qué los SN analizados son locuciones es el de la institucionalización, que entendemos como “el proceso por el cual una comunidad lingüística adopta una expresión fija, la sanciona [...] como componente de su acervo lingüístico-cultural, de su código idiomático, como cualquier otro signo convencional y pasa a formar parte del vocabulario” (García-Page 2008: §2.5.4). En nuestro caso, los Np esgrimidos como locuciones nominales se han institucionalizado dentro del universo del discurso de la fe, un discurso especializado en el que un conjunto de expertos o legos saben a qué o a quién se refieren cuando las están utilizando, independientemente de la frecuencia con la que aparezcan. Recuérdese, en todo caso, que este es precisamente el concepto de Np aquí defendido, a partir de la teoría descriptiva de Fernández Moreno (2006: 171) vista anteriormente (§2.1), la cual delega la referencia de los Np en quienes están especializados con su significado, algo a lo que se llega mediante el conocimiento de teología, más o menos institucionalizado según la formación del usuario, que puede ir desde los conocimientos básicos del creyente común a los conocimientos superiores del doctor en teología.
A estos cuatro aspectos que afectan a las locuciones nominales, cabe añadir el del sentido figurado (en nuestro caso, comprensible, insistimos, dentro del universo del discurso religioso) y la función designativa, al operar como un sustantivo, sobre todo, a nivel oracional (Barrios Rodríguez 2022: §2.2.3), pues actúan como CD (“amo a mi Señor”), como término de preposición (“confío en la Virgen María) y como sujeto (“el Hijo de Dios me protege”). Los nombres propios se acercan, así, al concepto de locución nominal singular de Casares (1969: §75), porque identifican un ser específico, en su correferencialidad con el Np, y porque no admiten calificativos ni complementos determinantes externos al propio SN. Su significado, como el mismo lexicógrafo explica (1969: 175), no sin problemas (García-Page 2024: §2.3), se produce en la alusión o referencia que va implícita, en nuestro caso, en el universo del discurso de la fe al que pertenece el discurso en que dicha locución se encuentra.
Este significado de correferencialidad entre la locución y el Np es el que defiende el alejamiento de estas locuciones del concepto de compuesto sintagmático, mucho más cercano al del nombre común. Las pruebas gramaticales que tradicionalmente se han efectuado para distinguir una locución de un compuesto sintagmático (Val Álvaro 1999; Buenafuentes de la Mata 2007; Barrios Rodríguez 2022: §2.2.3) dan como resultado un gran parecido entre locuciones y compuestos, como sucede con el Señor crucificado que, gramaticalmente, es un SN cuyo núcleo se encuentra introducido por un artículo masculino singular y complementado por un adjetivo. Así, cabe cuestionar que haya cierto grado de libertad en el orden secuencial (el Señor crucificado → *el crucificado Señor) y rechaza tanto la conmutación paradigmática (*el Señor asesinado), como la complementación interna (*el Señor muy crucificado). Asimismo, ni la pregunta *¿es el crucificado Señor?, ni la pronominalización *Lo crucificado del Señor aluden a la misma persona que el SN el Señor crucificado. Tampoco admite una elipsis del núcleo en la coordinación de sintagmas (*el Señor crucificado y asesinado), ni el diminutivo (*el Señorito crucificado). Sin embargo, a diferencia de lo que sucede en los compuestos, por el rasgo de univocidad de la locución, como decimos, equivalente a un Np, el plural es inconcebible, si se tiene como referencia a Jesucristo, porque es único (*los Señores crucificados). Desde esta perspectiva, la prueba de la definición ostensiva es quizá cuestionable, porque, siendo una locución nominal, tal vez pluricategorial (Barrios Rodríguez 2022: §§2.2.4), se puede decir ese es el Señor crucificado o he ahí el Señor crucificado: el referente de el Señor crucificado existe tanto en el mundo físico, en el sentido más fregeano (por ejemplo, si señalamos una estatua de Jesús en la cruz o si una religiosa lo dice durante una experiencia mística en la que lo ve); como en el mundo discursivo, en el sentido más coseriano (por ejemplo, si utilizamos el demostrativo como pronombre fórico para referirnos a Jesucristo, que va a ser mencionado o que acaba de serlo). Más clara parece la prueba de la paráfrasis semántica, pues, como decimos, el principal argumento para defender estos SN como locuciones es su correferencialidad con el Np (Barrios Rodríguez 2022: §§2.2, 2.3.2), fruto, tal vez, de la naturaleza unívoca de ambos.
En síntesis, las locuciones son complejos léxicos memorizados (Martí Sánchez 2005) que siguen unas normas internas de naturaleza morfosintáctica: de la misma manera que la oración del nivel gramatical puede equivaler, en ciertos casos, al enunciado del nivel textual (Cuenca 2010: 10), proponemos que también el SN del nivel gramatical puede equivaler, en algunos casos como los que vamos a ver aquí, a la locución nominal del nivel léxico, sobre todo, cuando aluden al mismo referente.
2.3. Las colocaciones en el discurso religioso
Al igual que las locuciones, las colocaciones también forman parte del léxico especializado, en nuestro caso, del discurso religioso. Concretamente, nos centramos en las de carácter nominal cuyo núcleo sintagmático es un Np. Entendemos, pues, por colocación nominal una combinación cuyo núcleo es un sustantivo que se combina con un adjetivo, antepuesto o pospuesto, al que lo unen ciertas restricciones gramaticales y un alto grado de solidaridad léxica, ambas lo suficientemente fuertes como para mostrar un significado diferente del que ofrece el núcleo del sintagma de forma autónoma (Corpas Pastor 1997: §§2.3.2, 2.4; Barrios Rodríguez 2022: §2.1.1), pero no el SN de forma global (porque entonces sería una locución). En el lenguaje no especializado, esto implica que el colocativo (adjetivo) permite una interpretación específica, generalmente, abstracta o figurativa, de la base (sustantivo), pues la solidaridad léxica “es una relación orientada en sentido único” (Coseriu 1981: 149) que va de esta a aquel. Sin embargo, en las colocaciones especializadas no tiene por qué darse dicha interpretación abstracta, porque están formadas “por un núcleo terminológico y uno o varios elementos colocativos que, a diferencia de la lengua general, no presentan un significado idiomático o figurado, sino literal” (Méndez Cendón 2008: 120). En nuestro caso, dicha literalidad ha de entenderse siempre dentro del universo del discurso de la fe.
Para comprobar, entonces, la solidaridad léxica de las construcciones con Np que aquí consideramos colocaciones, efectuamos dos pruebas de tipo léxico-gramatical sobre algunos SN, que ya han sido aplicadas, con mayor o menor similitud, por distintos expertos a diversas unidades fraseológicas (García-Page Sánchez 2001, 2008; Corpas Pastor 1997: §2.5; Bosque 2001; Barrios Rodríguez 2022: §2.1.1).
La primera prueba está relacionada con las relaciones paradigmáticas que muestran los integrantes del SN por separado (Corpas Pastor 1997: §2.5.1). Dado que la relación que constituye la colocación está orientada desde la base (Np), esta prueba consiste en sustituir el colocativo por un término semánticamente similar. Operando así, se comprueba hasta qué punto el adjetivo está unido con el Np.
Tomemos, por ejemplo, la colocación Virgen pura. Paradigmáticamente, podemos sustituir el colocativo de dos maneras. La primera implica la conmutación por adjetivos como política, alta o musulmana, que nos permiten ver que la base Virgen, en la medida en que alude referencialmente a un ente concreto dentro del discurso religioso cristiano, no acepta ser complementada por cualquier colocativo. La segunda supone localizar sinónimos de pura, por ejemplo, en las distintas acepciones que ofrece el DLE de dicho término, y conmutarlo por ellos. Al hacerlo, vemos que la colocación rechaza algunos (seca, lígrima, natural), acepta otros (casta, virtuosa, inmaculada) y hay un tercer grupo que podría tomar en ciertos contextos (intacta, limpia, inocente, honesta). Todo esto implica que estamos ante una colocación nominal cuyo núcleo es el Np Virgen y que, en nuestro corpus, coaparece solo con pura y con santísima. El hecho de que este segundo adjetivo no conste en el DLE como sinónimo de pura puede ser una prueba de la peculiaridad lingüística del discurso religioso.
La segunda prueba es de tipo sintagmático y nos sirve para cuestionar hasta qué punto está fijada la colocación. Se efectúa introduciendo elementos entre los componentes del sintagma que puedan romper su cohesión interna (Corpas Pastor 1997: §2.5.2). En nuestro caso, por ejemplo, una colocación como eterno Padre acepta una permutación, Padre eterno, pero no se ha registrado nunca en el corpus que coaparezca con elementos intercalados que puedan acercar la construcción a una combinación libre: *Padre muy eterno, *eterno mi Padre.
En consecuencia, consideramos estas construcciones colocaciones y no compuestos sintagmáticos (Val Álvaro 1999; Buenafuentes de la Mata 2007) por dos motivos esenciales: aquellas pueden ser de estructura {A+N} o {N+A}, además de {N+(de)+N}, inexistentes estas en nuestro corpus, mientras que los compuestos sintagmáticos (no léxicos) son siempre de la misma categoría morfológica, bien {A+A}, bien {N+N} y carecen de nexo entre ellos; y en estos el proceso de lexicalización ha operado de una forma mucho más evidente que en aquellas. Apliquemos ahora las mismas pruebas que hemos aplicado a la locución nominal el Señor crucificado (§2.1) al ejemplo Virgen María, conformado por dos sustantivos. Hay cierto grado de libertad en el orden secuencial (Virgen María → María Virgen), el plural es inconcebible (*Marías Virgen y *María Vírgenes) y rechaza la complementación interna (*María muy Virgen) y la conmutación paradigmática (*Virgen Ana). Asimismo, ni la pregunta *¿es Virgen María?, ni la pronominalización *Lo virgen de María aluden a la misma persona que el SN Virgen María. Tampoco admite una elipsis del núcleo en la coordinación de sintagmas (*Virgen María y Ana) y sí acepta el diminutivo (virgencita María), a diferencia de lo que ocurre con los compuestos sintagmáticos (coches bomba → *cochecitos bomba). No está aún, pues, la colocación lo suficientemente fijada desde una perspectiva diacrónica como para configurar por sí sola un compuesto sintagmático (Corpas Pastor 1997: 22; Buenafuentes de la Mata 2007; Barrios Rodríguez 2022: §§2.2, 2.3.2).
En síntesis, la solidaridad léxica de la que habla Coseriu (1981: 143-161), comprobable en algunas restricciones gramaticales como las expuestas, es mucho más fuerte en las colocaciones del discurso religioso cuando aluden a la misma referencia que un Np (eterno Padre = Dios; Virgen Pura = María) que en las locuciones que pueden sustituirlo. En cualquiera de los dos casos, las posibles diferencias con respecto a otras unidades fraseológicas más prototípicas (Casares 1969; Corpas Pastor 1997; García-Page 2001; Ruiz Gurillo 2001; Buenafuentes de la Mata 2007; García Page-Sánchez 2008; Barrios Rodríguez 2022; García Page 2024) se deben a la naturaleza específica del discurso religioso (Fierro Bardají 1976; Fernández Leborans 1978; Cantera Ortiz de Urbina 2019; Fernández Martín 2024a, 2024b, 2026).
3. METODOLOGÍA
Las fases de la investigación han sido tres. Primero, se han leído los textos del corpus; segundo, se han extraído todos los Np encontrados y, tercero, se han clasificado considerando tres aspectos: a) el Np es una categoría gradual (Rangel Vicente 2018); b) mantiene una estrecha relación con la fraseología (Casares 1969; Corpas Pastor 1997); que c) puede ser delimitada sintácticamente (Fernández Leborans 1999).
De aquí surgen los cuatro grupos que se proponen:
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1. El Np prototípico es un SN cuyo núcleo alude directamente a la Divinidad (teónimo, por ejemplo, Dios) o a una persona (antropónimo, por ejemplo, Moisés) sin ningún complemento.
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2. La locución nominal (§2.2) es el SN que refiere a la Providencia o a una persona mediante una descripción definida (tipo I) o una expresión deíctica (tipo II). Como se ve, la principal diferencia recae en el tipo de determinante que modifica al núcleo nominal, pues entendemos que su significado es lo que hace que los Np prototípicos y las locuciones nominales sean correferentes en el discurso religioso:
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a. Tipo I. SN introducido por el artículo definido (el Señor), el determinante demostrativo (esta Señora), el posesivo en tercera persona (su Hijo) o un hagiónimo introducido por san o santa (san Pedro, santa Gertrudis). Su carácter fraseológico se debe, como se ha explicado anteriormente (§§2.1, 2.2), a que la correferencialidad con el Np, entendible de forma extralingüística, pero dentro del universo del discurso religioso, explican la pluriverbalidad, la fijación, la idiomaticidad y la institucionalización como sucede en cualquier otra locución. El hecho de que sea un SN en el nivel gramatical no impide, pues, que pueda considerarse locución en el nivel léxico.
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b. Tipo II. SN con un determinante posesivo de primera o segunda persona (Esposo mío; vuestra Majestad), sea antepuesto (mi Bien), sea pospuesto (dulcísimo Rey mío), que puede aparecer tanto en contextos vocativos (“Jesús mío dulcísimo, visitad mi corazón, confortad mi espíritu”, María p. 60) como en contextos fóricos (“Este día [...] es el día de la gloria de Cristo nuestro bien”, Mariana p. 1256).
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3. La colocación, limitada aquí al ámbito nominal, puede ser de dos tipos, según criterios morfológicos (§2.3): {N+A}, como Virgen pura o {A+N}, como eterno Padre.
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4. Los SN libres, por último, son aquellos sintagmas (a veces complementados por subordinadas) que muestran la creatividad humana, bien porque fusionan de muy diversas formas elementos de los tres grupos anteriores, bien porque generan denominaciones que se alejan mucho del prototipo (el que muchas veces te perdonó por medio de sus Sacramentos, el que te crió).
Como ya se ha indicado en la introducción, el corpus seleccionado está compuesto por los Ejercicios espirituales (1627) de la agustina recoleta Mariana de san José (1568-1638) y los Ejercicios espirituales de la franciscana concepcionista María de Jesús de Ágreda (1602-1665).
Además del hecho de que son textos femeninos, poco o nada estudiados históricamente desde una perspectiva lingüística, los motivos para su elección como corpus son diversos. En primer lugar, el siglo XVII se presenta como un siglo ideal para quien esté interesado en investigar el discurso religioso y sus peculiaridades léxicas, debido al contexto sociohistórico en que dicho discurso se produce y a los pocos cambios que sufre en sucesivos siglos, en comparación con otros discursos como, por ejemplo, el científico o el médico. En segundo lugar, al ser ambos textos devocionales en los que las escritoras hablan de y con la Divinidad, se prestan perfectamente a contener Np de muy diversos tipos, tanto en contextos vocativos (escucha, Padre santísimo, mis lamentos), como en contextos fóricos (el Señor es bueno; nuestra Madre consuela a los tristes) o predicativos (Barrios Rodríguez 2022: §2.3.4). Estos son, pues, los dos contextos que consideramos referenciales dentro del discurso religioso, motivo por el cual descartamos de nuestro estudio otros como el denominativo (Fernández Leborans 1999). Finalmente, desde la perspectiva de las tradicionalidades discursivas (López Serena 2021), los dos textos elegidos son muy similares y, por tanto, lingüísticamente comparables.
Por último, cabe destacar que el interés de la investigación no se centra en comparar la cantidad de Np que emplea una escritora con respecto a la que emplea otra, aunque ofrezcamos algún dato contrastivo a lo largo del trabajo (v. Anexo); el interés es comprobar qué forma lingüística adoptan los Np en los dos textos como un todo, por tanto, el enfoque adoptado es eminentemente cualitativo.
4. ANÁLISIS DEL CORPUS
En este apartado, ofrecemos clasificados los Np encontrados, según sean prototípicos (§4.1), locuciones nominales (§4.2), colocaciones (§4.3) o SN libres (§4.4).
4.1. El nombre propio prototípico
Globalmente, esta es la forma más frecuente de Np del corpus analizado (v. Anexo); en la inmensa mayoría de las veces son teónimos (Bajo Pérez 2008: 40-41).
En efecto, la albense llama a Dios “Señor” (pp. 1239, 1258, 1286) y “Dios” (pp. 1241, 1242, 1243x2, 1255, 1265, 1266, 1270, 1271, 1272, 1275, 1278, 1280, 1283, 1286, 1287, 1288, 1297x3), mientras que a Jesucristo lo denomina “Cristo” (pp. 1240, 1242, 1255, 1277, 1287, 1290x3, 1291x4, 1292x2), “Señor” (pp. 1264, 1277x3, 1283), “Jesús” (pp. 1278, 1286, 1290, 1292) y “Señor y Redentor” (p. 1295). En sus Ejercicios espirituales aparecen igualmente otros referentes con antropónimos (Bajo Pérez 2008: 17-22), entre los que hay tanto nombres de pila como “David” (p. 1284), “Simeón” (p. 1293), “Marta” (p. 1294), “Judas” (p. 1295), “Anás (p. 1295), “Caifás” (p. 1295) y “Herodes” (p. 1295), como apellidos como “Pilato” (pp. 1243, 1244) o “Pilatos” (p. 1295), y el gentilicio “Magdalena” (p. 1294).
Igualmente frecuente es el referente “Dios” en María de Jesús de Ágreda, que lo llama “Dios” (pp. 19, 25, 32, 40, 53x3, 56, 57x2, 59, 61x2, 66x2, 67x2, 69x3, 70, 71x3, 74, 78, 103, 106, 107, 108x2) y “Señor” (pp. 20, 21, 23, 25, 33x2, 35, 36, 37, 43x2, 44x4, 45, 46x3, 47, 49, 50, 52, 54 x 12, 56x4, 57, 58x2, 60, 62x2, 64, 76, 78x5, 79x3, 80, 81x2, 82x4, 83x3, 84x2, 85x2, 86, 87x2, 88x3, 89x2, 91, 95, 97), aparte de algún caso esporádico de “Altísimo” (pp. 34, 80, 86, 87). A Jesucristo se refiere también con “Señor” (pp. 28, 30, 32, 37x2), “Cristo” (p. 28, 32, 35, 50x3, 52, 53x2, 71x2, 72x2), “Jesús” (pp. 25, 32, 60x4, 98) y “Jesucristo” (pp. 53, 57). A la Virgen María la llama “Madre” (pp. 26, 31) y “María” (p. 98).
Otros referentes se derivan de los siguientes antropónimos, casi todos aptónimos, pues ofrecen una cualidad de la persona a la que denominan (Sánchez Canales 2016): “Anás” (p. 26), “Caifás” (p. 26), “Pilatos” (p. 26x2), “Herodes” (p. 26), “Barrabás” (p. 26), “Simón Cirineo” (p. 32), “David” (pp. 41, 55, 77, 106), “Elías” (p. 54), “Enoch” (p. 54), “Noé” (p. 54), “Abraham” (pp. 54, 77, 82), “Job” (p. 54), “Isaac” (p. 55), “Loth” (p. 55), “Moisés” (p. 55), “Daniel” (p. 55), “Susana” (p. 55), “Goliat” (p. 55), “Saúl” (p. 55), “Adán” (pp. 62, 73, 78, 85, 91, 96), “Pedro” (p. 77), “Job” (p. 78) e “Isaac” (p. 82), entre otros. “Luzbel” (p. 86) aparece una única vez para aludir al demonio, lo cual es interesante, si consideramos, por ejemplo, que en el islam está prohibido citarlo (Ould Mohamed Baba 2019: 202).
Como caso especialmente relevante encontramos el referente de la santa Trinidad indicado por tres Np prototípicos, pero necesariamente unidos: “Padre, Hijo y Espíritu Santo” (p. 93).
4.2. Locuciones nominales
El nombre propio, cuando adopta la forma de locución nominal, puede ser una descripción definida (§4.2.1) o una expresión deíctica (§4.2.2).
4.2.1. Locuciones de tipo I: descripciones definidas
En Mariana de san José aparece con SN introducidos por el artículo determinado, como “el Señor” (pp. 1241, 1245, 1246, 1249, 1250, 1262, 1263x2, 1275x2, 1276, 1278, 1281x5, 1282, 1283x4, 1285x4, 1297x2) y “el Padre” (pp. 1290, 1293). También la emplea con un posesivo pospuesto que le da valor deíctico, como “este Señor mío” (pp. 1241x4, 1246, 1280x5) o “el mismo Señor mío” (p. 1241). La función anafórica del demostrativo es también relevante en numerosas ocasiones: “este Señor” (pp. 1241, 1244, 1246x3, 1247, 1250x4, 1252, 1253, 1255, 1257x3, 1263, 1265, 1268), “este Señor mío” (p. 1253) y “este Señor nuestro” (p. 1271). Igualmente anafóricos son “el mismo Dios” (p. 1274), “el mismo Señor” (p. 1275) y “un mismo Señor” (p. 1296). Con el posesivo referido a Jesucristo, encontramos “su Padre” (pp. 1292, 1294), “su eterno Padre” (p. 1253, 1256) y “su santísimo Padre” (p. 1274). Con artículo definido: “el Padre” (p. 1256), “el eterno Padre” (p. 1253, 1268) y “el Padre eterno” (p. 1280).
Algunos casos especialmente interesantes son “este Señor y Rey mío” (p. 1247) y “este Rey y Señor mío” (p. 1248), que no pueden considerarse SN libres porque no son dos SN que se fusionan en uno, sino un mismo SN coordinado por la conjunción y que aparece determinado, por un lado, por el demostrativo y, por el otro, por el posesivo (Rigau 1999). Algo más claro puede ser “su Criador y Señor” (p. 1267), porque el SN con dos núcleos coordinados está introducido por un único determinante inicial. “Señor Dios” (p. 1257), por su parte, es una locución nominal con forma de aposición adjunta en la que el segundo término, “Dios”, describe el valor del primero, “Señor”, hasta el punto de tener, conjuntamente, una única referencia al Absoluto.
Por lo que respecta a Jesucristo, Mariana emplea, con artículo determinado, “el Señor” (pp. 1260, 1275, 1276x4, 1277x5, 1279x4, 1284x4, 1285x2, 1286, 1288x6, 1289x4, 1290x3, 1292x2, 1293x4), “el Señor crucificado” (p. 1276), “el Santísimo Sacramento” (pp. 1240, 1244, 1274, 1275, 1283, 1292), “el Esposo” (pp. 1242, 1272), “el Hijo” (pp. 1256x2, 1267, 1268x2), “el Verbo divino” (p. 1267), “el Verbo eterno” (p. 1291), “el mismo Verbo encarnado” (p. 1262), “el Niño” (p. 1268), “el mismo Cristo” (p. 1262), “la Sabiduría inmensa” (p. 1291) y “el Maestro” (p. 1278). Con el posesivo: “su Majestad” (pp. 1279, 1294), “su Santísimo Hijo” (pp. 1239x2, 1242, 1262, 1266, 1275, 1282) o “su Hijo santísimo” (p. 1240), “su unigénito Hijo” (p. 1278) o, simplemente, “su Hijo” (pp. 1266x2, 1268, 1288). Con el demostrativo: “este Señor” (pp. 1240, 1244, 1259, 1260x2, 1261x2, 1268, 1269, 1272x2, 1288), “este Santísimo Sacramento” (pp. 1254, 1258). Como ejemplo peculiar, nótese que el SN “aquel Hijo suyo y del eterno Padre” (p. 1268) se está refiriendo, en su totalidad, a Jesucristo: no puede separarse en dos SN (y, por tanto, no es libre) porque el SP depende de “Hijo”: no está coordinado con él, sino con el posesivo “suyo”. La locución “este divino Esposo y Padre mío” (p. 1262) funciona de la misma manera.
La Virgen María, por su parte, es mencionada con frecuencia mediante la locución “esta Señora” (pp. 1262, 1265, 1266x3, 1267x2, 1268x2), con significados anafóricos similares a los que hemos visto en otros referentes. También aparece “su Santísima Madre” (pp. 1240, 1244, 1246, 1268) o “su Madre santísima” (p. 1246), “su Madre” (pp. 1268, 1290, 1291, 1293), “la Madre” (pp. 1268, 1278, 1290) o, simplemente, “Madre” (p. 1240). Introducidos por el artículo definido tenemos la aposición adjunta “la Virgen nuestra Señora” (pp. 1239, 1248), que incluye una expresión deíctica como en las aposiciones predicativas “la Virgen santísima, Señora nuestra” (p. 1250) o “la Virgen santísima, nuestra Señora” (p. 1261).
Otras locuciones del tipo I son: “la santísima Virgen” (p. 1249), “la Virgen santísima” (p. 1274), “la sacratísima Virgen” (p. 1295) o, simplemente, “la Virgen” (pp. 1281, 1285, 1288, 1289). Por relación con Jesucristo, encontramos las siguientes locuciones: “Madre de Cristo, Señor nuestro” (p. 1266), “Madre de nuestro Redentor” (p. 1266), “Madre del Verbo eterno” (p. 1267) y “Madre del Hijo de Dios” (p. 1267). El ejemplo “su santísima Madre y Señora mía” (p. 1262), que podría ser un SN libre en el que se conjugaran dos locuciones (§4.4), es, sin embargo, una locución, puesto que la descripción definida que subyace abarca ambas características (ser la santísima Madre de Jesús y ser Señora de la escritora) de forma inseparable gracias a que cada sustantivo tiene su propio posesivo.
Por lo que respecta a otros referentes, en el caso de Mariana destacan, entre otros, “el ángel de mi guarda” (pp. 1239, 1286, 1287), “la Santísima Trinidad” (pp. 1240, 1256, 1266x3, 1267, 1275, 1279, 1293), “el Espíritu Santo” (p. 1240), “san Agustín” (p. 1242), “el santo rey David” (p. 1243), “el santo José” (p. 1246), “el glorioso san Francisco” (p. 1277) y “la gloriosa Magdalena” (p. 1260).
María de Jesús de Ágreda, por su parte, utiliza numerosas locuciones para denominar a Dios: “la Divinidad” (p. 20), “la Real Majestad” (p. 75), “el eterno Padre” (p. 32), “el muy Alto” (p. 38) o “el Altísimo” (pp. 71, 100, 103, 106), “el Sol de Justicia” (p. 41), “el Todopoderoso” (pp. 40, 61, 103), “el (justo) Juez” (pp. 48, 60, 73, 74), “el Padre” (pp. 56, 57, 69), “el Rey” (p. 74), “el Esposo” (p. 62), “el Señor y Juez” (p. 42), y, por supuesto, “el Señor” (pp. 41, 48, 57, 66, 79, 103, 105, 107, 109). Con posesivo: “su Majestad” (pp. 32, 40x2), “su Padre” (p. 34), “su Juez” (p. 47), “su Criador” (pp. 48, 74, 82), “su Señor” (p. 74). Con demostrativos: “aquel Tribunal (de bondad)” (pp. 47, 48), “este Misterio” (p. 69).
En otros casos, la definitud que describe al núcleo del SN que conforma la locución es un SP (“el Señor Dios de la verdad”, p. 45; “Criador de todas las cosas visibles e invisibles”, p. 68; “Padre de las Lumbres”, p. 79), un adjetivo con complementos (“Señor y Dios inmortal de las alturas”, p. 68) u otro SN (“Dios Padre”, p. 51), complementado a su vez por un SP (“el Señor Dios de la verdad”, pp. 45, 59; “Señor Dios de Isaac y Jacob”, p. 78). En estos casos, la distinción entre este grupo específico de locuciones y los SN libres no es excesivamente clara.
A Jesucristo lo denomina “el Señor” (p. 48), “el dulcísimo Jesús” (p. 28), “el Salvador” (p. 44), “la Segunda Persona” (p. 22), “el Hijo” (p. 56), “el Santísimo Sacramento” (pp. 103,106, 107), “el Cordero” (pp. 43, 48, 69, 70) y, en consecuencia, “el inocentísimo Cordero” (p. 28). Con posesivo: “su Majestad” (pp. 30, 44, 63, 104x2, 108), “su Hijo Santísimo” (p. 32) y “su Cabeza” (p. 70), en este último caso con referencia del posesivo a la Iglesia. Como casos interesantes, tenemos tres aposiciones (Alcina & Blecua 1994: §7.8.6): “Cristo, Hijo de Dios” (p. 53), “Jesús, Hijo de David” (p. 83) y “Dios Hijo” (p. 51). Las dos primeras relaciones apositivas son predicativas o explicativas, ya que la información del segundo SN contribuye a resaltar un rasgo característico del núcleo (ser hijo de Dios en el primer caso o ser descendiente de David, en el segundo), sin realmente aportar información nueva sobre él. La tercera aposición es adjunta con valor denominativo, porque el SN “Hijo” matiza el significado de “Dios”, un Np por sí mismo. Esto mismo se da también con la anteriormente mencionada locución “Dios Padre” (p. 51), empleada por María de Jesús para denominar a Dios.
A la Virgen María se refiere como “la Madre de Piedad” (pp. 22, 82), “la Prudentísima Madre” (p. 32), “la Virgen” (p. 35), “la Bienaventurada Virgen María” (p. 38), “la Virgen Santísima” (pp. 68, 72, 100), “la Reina del Cielo” (pp. 104, 106). Con el posesivo, emplea “su Santísima Madre” (pp. 26, 44, 72, 98, 99) o “su Madre santísima” (p. 103) y “su Gloriosa Madre” (p. 38). Y también construye descripciones definidas de otras maneras como añadiendo el hagiónimo a su nombre de pila, sea antepuesto (“santa María”, p. 50) o pospuesto (“María Santísima”, p. 69) o, naturalmente, aludiendo a la unicidad de Jesucristo: “digna Madre del Cordero” (p. 69) y “la Virgen, Madre de Dios” (p. 70).
Finalmente, otros referentes aludidos por la franciscana son “(el) Espíritu Santo [Paráclito]” (pp. 19x2, 51x2, 56, 57, 70), “(la) Santísima Trinidad” (p. 93, 103, 105), “san Juan Bautista” (p. 50), “santa María Magdalena” (p. 50) o “la Magdalena” (p. 77), entre otros santos (pp. 55, 57).
4.2.2. Locuciones de tipo II: expresiones deícticas
En Mariana de san José, el referente con expresiones deícticas más frecuente es Dios, seguido de Jesucristo y la Virgen María. Como vamos a ver, muchas locuciones nominales que emplea para denominar a Dios coinciden con las que emplea para denominar a Jesucristo, por tanto, no siempre es fácil distinguir el referente de cada una.
Así, entre las locuciones más claras están “mi Señor” (p. 1250), “Señor mío” (pp. 1264, 1265x2, 1283, 1285), “este Señor mío” (pp. 1239, 1241x2, 1245, 1253), “nuestro Señor” (pp. 1239, 1242x2, 1243x4, 1244, 1245x2, 1246, 1248, 1249x2, 1250x3, 1252, 1253, 1261x2, 1265, 1266, 1271, 1275, 1276, 1281, 1282), “este Señor nuestro” (pp. 1240, 1271), “este Señor mío” (p. 1241, 1246), “el mismo Señor mío” (p. 1241), “este Señor” (pp. 1245, 1248). Igualmente, emplea “tu Señor” (p. 1270) al hablar con su propia alma, de la misma manera que usa “vuestro Padre” (p. 1286) cuando habla con Jesús y se refiere a Dios. En estos otros ejemplos combina dos sustantivos que pueden emplearse para defender la proximidad de estas locuciones al SN libre, si no fuera porque constituyen el mismo sintagma, pues el posesivo complementa a ambos y no solo a uno de ellos, tanto de forma antepuesta al nombre, como en “mi Criador y Señor” (p. 1239), “mi Dios y Señor” (p. 1239), “mi Rey y Señor” (p. 1247), como de forma pospuesta, como en “Dios y Señor mío” (p. 1260). También se muestra de ambas maneras con el posesivo de varios poseedores: “nuestro Dios y Señor” (p. 1262) y “Dios nuestro Señor” (p. 1283). Nótese la diferencia, por ejemplo, con respecto a “mi Dios y mi Señor” (p. 1273), que sí consideramos aquí un SN libre porque fusiona dos expresiones deícticas distintas, en las que cada sustantivo tiene su propio posesivo (§4.4).
Los siguientes sintagmas se caracterizan por ofrecer una estructura compleja. Así, en “mi Dios todopoderoso” (p. 1295), la locución de tipo II “mi Dios” es toda ella complementada por el adjetivo “todopoderoso”, lo que implica que aquella funcione como base para este colocativo y, juntos, permitan la construcción de una colocación de tipo {N+A}. En “Dios y Señor mío todopoderoso” (p. 1286) ocurre algo similar, con la diferencia de que la locución “Dios y Señor mío” es un SN con dos sustantivos coordinados en lugar de uno.
Por lo que respecta a las locuciones nominales más frecuentes que emplea Mariana de san José para denominar a Jesucristo, encontramos “nuestro Señor” (pp. 1244, 1247, 1269x2, 1287, 1294) y “este Señor nuestro” (p. 1249) con el posesivo de la primera persona del plural. Con el del singular y atendiendo a su peculiaridad salvífica, utiliza “mi redentor y Señor” (p. 1262) y “mi Redentor” (p. 1297). Igualmente, utiliza alguna vez la segunda del plural, muestra de cortesía y respeto por la Providencia a quien se dirige, como en “vuestro unigénito Hijo” (p. 1258), “vuestro Cristo” (p. 1258), “vuestro Hijo muy amado” (p. 1258) o “vuestro Hijo” (p. 1258). El tuteo puede deberse, simplemente, a un trato familiar: “tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo” (p. 1285). También emplea locuciones más sencillas: “mi Señor” (pp. 1263, 1277), “Señor mío” (pp. 1264, 1265x2, 1283, 1285, 1295) o “Señor y Dios mío” (p. 1265).
Los siguientes ejemplos son aposiciones que bien merecen ser analizadas (Alcina & Blecua 1994: §7.8.6). Por un lado, son predicativos casos como “Cristo, Señor nuestro” (pp. 1239, 1242, 1244, 1246, 1254, 1255, 1260, 1265, 1270), “Cristo, nuestro Señor” (p. 1240, 1244x2, 1249, 1253, 1255, 1265, 1279, 1282, 1294x3) y “el mismo Cristo, Señor nuestro” (p. 1264), en los que la información del segundo SN destaca cierta característica del núcleo, en concreto, el hecho de que es nuestro Señor. El ejemplo “Jesucristo, bien y Señor nuestro” (p. 1280) es una variante estilística de estos ejemplos. Por otro lado, las aposiciones adjuntas ofrecen valor denominativo de dos formas diferentes: bien el nombre común matiza el significado del Np, como en “Cristo nuestro bien” (1247, 1248x2, 1249, 1249, 1251, 1254x2, 1256, 1260, 1261, 1262x2, 1268, 1272x4, 1274x3, 1276x2, 1280, 1283, 1285, 1286, 1289, 1290, 1291, 1293) “Cristo, nuestro redentor y Señor” (pp. 1259, 1261, 1265), donde se pone en valor la bondad y el papel soteriológico de Jesucristo, respectivamente; bien el Np “Jesucristo” es el que contribuye a distinguir el posible valor genérico del nombre al que acompaña, que también es Np, como en “nuestro Señor Jesucristo” (p. 1271), en “mi Señor Jesucristo” (p. 1258) y en “Señor mío Jesucristo” (pp. 1264, 1294). Esto mismo sucede en “Señor Dios mío” (p. 1285), una aposición adjunta en la que la expresión deíctica “Dios mío” matiza el significado de “Señor”, ya por sí un Np. De todos modos, estas aposiciones son consideradas aquí locuciones nominales al completo, es decir, incluyendo ambos SN, porque resguardan la esencia del Np en su totalidad.
En cuanto a los siguientes ejemplos, están compuestos por un SN nuclear, el componente fusionado de la locución del tipo II, complementado todo él por un adjetivo en grado superlativo que convierte al conjunto en una colocación {A+N}: “piadosísimo Señor mío” (p. 1264), “benignísimo Señor mío” (p. 1264), “deseadísimo Señor mío” (p. 1264), “amabilísimo Señor mío” (p. 1264) y “dulcísimo Señor mío” (p. 1264).
A la Virgen María la llama, sobre todo, “nuestra Señora”, locución que aparece en numerosas ocasiones (pp. 1240, 1242, 1246, 1248, 1265, 1267, 1269, 1275, 1281, 1284, 1287, 1288x5, 1289x5, 1290x2, 1291, 1293x2, 1294). La comparte con las aposiciones predicativas “Virgen Santísima, nuestra Señora” (p. 1261) y “Virgen Santísima, Señora nuestra” (p. 1250) y la aposición adjunta “la Virgen nuestra Señora” (pp. 1239, 1248), inserta en una descripción definida. Cambiando el foco a la primera persona del singular, emplea “su santísima Madre y señora mía” (p. 1262), con una primera alusión fórica (su) al mismo Jesucristo. Y efectúa otro cambio al pasar de la primera a la segunda persona, mediante las locuciones “vuestra santísima Madre” (p. 1265) y “tu Madre” (p. 1286), en unas oraciones dirigidas a Jesucristo. Cuando no se dirige a él, emplea “Madre de Cristo, Señor nuestro” (p. 1266) y “Madre de nuestro Redentor” (p. 1266), entre otras.
Por último, para referirse a su ángel de la guarda, Mariana emplea dos expresiones deícticas: “mi ángel custodio” (pp. 1250, 1284) y “mi ángel” (p. 1284), con el posesivo de la primera persona del singular y un solo poseedor; al protector de la orden, san Agustín de Hipona, le denomina “nuestro padre san Agustín” (pp. 1261, 1271), con posesivo de primera persona del plural y empleando una aposición adjunta.
Por lo que respecta a María de Jesús de Ágreda, Dios es el referente que aparece con más frecuencia (v. Anexo). Así, le llama “dueño mío” (pp. 22, 42, 46, 102) o “mi dueño” (p. 61), “Señor mío (pp. 33, 34, 75, 80, 82, 84, 90, 97, 101) o “mi Señor” (p. 42), “Padre mío” (pp. 34, 62) o “mi Padre” (pp. 48, 49, 78), “amor mío” (p. 43) o “amado mío” (pp. 46, 82), “bien mío” (pp. 80, 81), “Rey mío” (pp. 80, 87), “Dios mío” (pp. 78, 80), “Criador mío” (p. 92), “gloria mía” (p. 62), “hermosura mía” (p. 62). Variando el sustantivo núcleo de la locución, pero manteniendo la primera persona del singular como foco del determinante posesivo que marca la deixis, emplea “mi Amigo” (p. 61), “mi Esposo” (p. 61) o “Esposo mío” (pp. 62, 79, 91, p. 92), “mi Padre” (p. 61), “mi Pastor” (p. 61) o “Pastor mío” (p. 95).
Focalizando el significado deíctico en la segunda persona del singular, a veces referida al alma propia, a veces a un Dios al que tutea y vosea indistintamente, María emplea la aposición adjunta “tu Señor Dios” (p. 20) y otras locuciones como “tu Dios” (p. 80), “tu gran Majestad” (p. 21), “tu Majestad” (pp. 33, 83), “tu Criador” (p. 52), “vuestra Alteza” (p. 45), “vuestro Padre” (p. 60), “vuestra Majestad” (pp. 62, 102), “vuestra Real Majestad” (pp. 75, 83). Duplicando el foco deíctico utiliza “vuestro Criador y mío” (p. 60), en lo que parece una variedad estilística del empleo del posesivo de primera persona y varios poseedores nuestro.
Como locuciones con dos sustantivos que actúan como un solo sintagma, encontramos ejemplos con el determinante modificando al mismo sustantivo de forma tanto antepuesta como pospuesta, respectivamente: “mi Dios y Señor” (p. 84) o “mi Señor y Dios” (p. 93) y “Dios y Señor mío” (p. 79) o “Señor y Dios mío” (p. 92); “mi Señor y dueño” (p. 83) y “dueño y Señor mío” (p. 96). Los casos de “Señor y Esposo mío” (p. 85) y “Rey y Señor mío” (p. 98), con el determinante pospuesto, muestran que hay cierta libertad combinatoria en la selección de los sustantivos que componen el SN, pero no en el valor determinado del posesivo (Rigau 1999: §5.2.1.1).
Un grupo especial de locuciones son las siguientes, que están complementadas por un adjetivo que convierte al conjunto en una colocación de tipo {A+N}: “dulcísimo Rey mío” (p. 22), “altísimo Señor mío” (pp. 23, 75x2), “dulcísimo amor mío” (p. 62), “piadosísimo Padre mío” (p. 63), “altísimo Rey mío” (p. 97), “dulcísimo dueño mío” (p. 98), “dulcísimo amor mío” (p. 98) y “dulcísimo Señor mío” (p. 101). Como colocación de tipo {N+A} que incluye una locución tenemos: “Amor mío dulcísimo y suavísimo” (p. 62).
Con Jesucristo sucede algo parecido. Aludiendo a su rango de Señor, lo denomina mediante aposiciones adjuntas: “Cristo Señor nuestro” (pp. 23, 26, 36), “Cristo nuestro Señor” (pp. 32, 52, 106), “Jesucristo nuestro Señor” (p. 36) y “nuestro Señor Jesucristo” (pp. 57, 69, 72). Cuando opta por poner el foco en su papel soteriológico aplicable a toda la humanidad, emplea las locuciones “nuestro Salvador” (p. 35), “nuestro Redentor” (p. 99), “nuestro Señor y Salvador” (p. 27), “Jesús nuestro Salvador” (p. 27), “Cristo nuestro redentor” (pp. 28, 30, 70), “nuestro Salvador Jesús” (p. 31); las tres últimas son aposiciones adjuntas en las que el SN adyacente, que es por sí un Np, matiza el significado del SN nuclear, que resulta ser otro Np.
Cuando la escritora quiere resaltar su relación personal con él, introduce el posesivo ligado al yo: “mi Dios y Señor Jesucristo” (p. 36), “mi Señor” (pp. 37, 60), “Jesús y Señor mío” (p. 37), “Señor mío” (p. 37). Esto lo hace también con aposiciones adjuntas, en las que el segundo SN complementa al primero, como en “Cristo mi Señor” (pp. 45, 70, 98, 104) y con locuciones a las que se les añade un colocativo que las convierte en colocaciones: “Jesucristo mío dulcísimo” (p. 60), “Amor mío dulcísimo” (p. 60). “Jesucristo mi Dios y Señor” (p. 37) es una locución compuesta por un SN principal, que es “Jesucristo”, al que lo complementa un SN complejo, en el que hay dos sustantivos coordinados dependientes ambos del determinante posesivo “mi”.
Puede también aludir a su papel de esposo místico o de hermano: “Esposo y Señor mío” (pp. 38, 38), “mi Esposo” (pp. 44, 60), “mi Hermano” (p. 60) o a una conjugación de varias de estas características a la vez: “mi Señor y Hermano” (p. 63) o “mi Redentor y Señor” (p. 104). Cuando se dirige a Dios, emplea “vuestro Único Hijo” (p. 44), “vuestro Hijo” (p. 60) y, con un tuteo excepcional, la aposición explicativa “tu Hijo Jesús” (p. 79). La segunda persona, sin embargo, puede referirse también a una hermana a quien se dirige para enseñarle a orar: “tu Redentor” (p. 54). Finalmente, cabe destacar dos aposiciones explicativas, en las que María conjuga la función que tiene Jesucristo para Dios (vuestro/tu) con la que tiene para ella misma (mi): “vuestro Hijo, mi Redentor” (p. 63) y “Jesucristo, tu Hijo y mi Señor” (p. 91). En estos ejemplos, se ve cómo el segundo SN modifica al primero complementándolo pero, a la vez, sin que haya posibilidad de que se pueda separar de él para concebir el significado completo que la escritora construye de todo el referente del Np.
La Virgen María es “mi amantísima Madre” (p. 33), “dulcísima Madre mía” (p. 60) y “mi Señora la Virgen María” (p. 83): el centro de la referencia deíctica es la hablante, como muestra el determinante posesivo de primera persona y un solo poseedor mi, que aparece pospuesto en el segundo ejemplo. Algo similar ocurre en “Madre de mi Redentor” (p. 60), si bien el objeto sobre el que ella se siente atraída no es la Virgen, sino Jesús. En “vuestra Santísima Madre” (p. 37) el centro deíctico es Jesucristo, a quien trata de vos y, en consecuencia, hace alusión el posesivo vuestra. Con “nuestra Madre” (p. 67) busca tal vez hacer universal el carácter maternal de la Virgen María.
Por último, en María de Ágreda aparecen otros referentes con un nombre propio en forma de expresión deíctica que conforma una locución nominal, como son “el glorioso nuestro padre san Francisco” (p. 38), “mi señora y madre de la Virgen María” (p. 63) y “tu siervo David” (p. 79). Nótese que en el primer ejemplo el SN incluye, además de la expresión deíctica introducida por nuestro, un hagiónimo que convierte a Francisco en un santo y a su SN en una descripción definida.
4.3. Algunas colocaciones
La mayoría de las colocaciones de Mariana de san José refieren a Dios. Del tipo {N+A} encontramos “Padre Santísimo” (pp. 1257, 1258), “Padre clementísimo” (p. 1258) y “Dios eterno” (p. 1239); con la estructura {A+N} solo hemos localizado un ejemplo: “eterno Padre” (p. 1239). La única que alude a Jesucristo mantiene la estructura {A+N}: “dulcísimo Jesús” (p. 1285).
María de Jesús de Ágreda es más prolífica en el empleo de colocaciones. Así, con la estructura {A+N}, se refiere a Jesucristo con “buen Pastor” (p. 63) y a las tres Personas con la colocación “suma Trinidad” (p. 93). Cuando desea hacer referencia a Dios, utiliza las siguientes colocaciones: “piadosísimo y clementísimo Señor” (p. 63), “eterno Dios” (p. 63), “altísimo Señor y Dios eterno” (p. 95), “eminentísimo Señor” (p. 95), “invicto Rey” (p. 96), “eterno Padre” (p. 33), “piadosísimo Padre” (p. 55), “justo Juez” (p. 62) y “recto Juez” (p. 62). Por cierto, cabe señalar cómo el hecho de que paradigmáticamente Juez y Padre admitan varios adjetivos en la construcción de diversas colocaciones puede ser un argumento convincente para caracterizarlas, precisamente, como colocaciones (§2.3).
Las colocaciones del tipo {N+A} son las más frecuentes también para referirse a Dios: “Padre eterno” (pp. 20, 44, 63), “Dios eterno” (pp. 23, 30, 69, 73, 99, 104, 109), “Dios inmortal” (p. 44), “Rey altísimo” (p. 45), “Dios misericordioso” (p. 52), “Dios omnipotente” (p. 52), “Dios clemente” (p. 52), “Dios vivo” (p. 56), “Padre piadoso” (p. 75), “Juez benigno” (p. 75), “Señor excelso” (p. 81), “Dios grande” (p. 95) y “Divinidad inmensa” (p. 93). El ejemplo “Señor y Rey Altísimo” (p. 84) está conformado por un Np prototípico como es “Señor” y una colocación de estructura {N+A}, pues difícilmente puede interpretarse que el adjetivo sirva para caracterizar a ambos sustantivos y conformar una única colocación, por dos motivos: a) se ha registrado “Rey altísimo” (p. 45), pero no “*Señor altísimo”, por lo que difícilmente se puede hablar de un posible adjetivo elidido y b) el adjetivo pospuesto concuerda con el sustantivo más próximo, no con el anterior, especialmente cuando ambos refieren a la misma entidad (NGLE 2009: §31.7b). Algo parecido ocurre en “Señor y Dios inmortal”. En el caso “Dios verdadero y todopoderoso” (p. 93) sucede lo mismo, pero con dos adjetivos de similar clase semántica en lugar de con dos nombres. Hay otros referentes con esta estructura: Jesucristo es referido con “Jesús Nazareno” (p. 36), donde emplea el gentilicio para complementar el Np prototípico (nótese que no se puede decir *Jesus samaritano, por ejemplo, lo que garantiza su naturaleza colocacional); la Trinidad es denominada “Trinidad sempiterna” (p. 22) y la Virgen María consta como y “Virgen Pura” (p. 22) y “Virgen Santísima” (p. 25).
4.4. Los sintagmas libres
Los sintagmas libres son SN con un referente claro, pero con una forma lingüística que se aleja mucho del prototipo (v. n. 6). Generalmente, están constituidos por un sustantivo o dos que funcionan como núcleo, de forma disjunta o no, según quepa una interpretación unitaria de la conjunción y o no, y se complementa de forma libre por un sintagma preposicional externo o por varios adjetivos, entre otras posibilidades.
Recuérdese que la característica de SN libre se encuentra, por un lado, en la extensión del SN, que lo aleja de la unidad fraseológica, pues si una estructura es excesivamente larga, disminuyen las probabilidades de que se fije, idiomatice e institucionalice para formar una locución (§2.1), así como de que su núcleo nominal (base) se combine de forma restrictiva, tanto paradigmática como sintagmáticamente, con un adjetivo (colocativo), como sucede en las colocaciones (§2.2). Por otro lado, para comprender la idea de SN libre que defendemos es fundamental la característica de la creatividad, entendida, más que como una cualidad individual de cada escritora, como una cualidad humana general de crear constantemente modos distintos de referirse a la misma Persona. Entre esos modos distintos caben, al menos, tres opciones, todas ellas igualmente consideradas creatividad, especialmente en términos aristotélicos (Coseriu 1992: 22-24; Moreno Cabrera 2002: 39-42): a) la creación terminológica absoluta, siempre difícil de demostrar, sobre todo cuando las autoras cuyos textos se emplean como corpus de estudio son perfectas teólogas y, por tanto, están altamente familiarizadas con el bagaje nominal del discurso religioso; b) la combinación terminológica de unidades fraseológicas que conforman SN coordinados suficientemente extensos como para impedir que se fijen, idiomaticen e institucionalicen como nuevas unidades fraseológicas, por ejemplo, mezclando una locución con una colocación, una colocación con una locución, dos colocaciones o dos locuciones, en un proceso de composicionalidad que puede remitir parcialmente a fuentes bíblicas, en el sentido de que se trate de unidades fraseológicas no creadas por la autora; y c) una mezcla entre a) y b), esto es, el empleo de una unidad fraseológica, sea locución, sea colocación, y un SN libremente creado (insistimos, siempre en la medida en que algo así sea realmente posible), en lo que se puede considerar un proceso de recurrencia: unión de una unidad fraseológica que actúa como discurso repetido y un SN que no se ha registrado como tal.
En el primer grupo, el de la creación terminológica absoluta, bien pueden encontrarse los siguientes ejemplos. Muchos de ellos, como se ve, remiten a la tradición bíblica, si bien no se han fijado, institucionalizado ni idiomatizado (§2.1), ni sintagmática ni paradigmáticamente (§2.2), lo suficiente como para ser considerados unidades fraseológicas. En otras palabras, no se ha localizado en la fuente original la expresión exacta que estas mujeres emplean, por lo que cabe deducir, siempre con la debida cautela, que han sido creados a partir de su conocimiento teológico.
En el caso de Mariana de san José, para referirse a Dios emplea “un Rey tan soberano y de infinita majestad” (p. 1241), así como estructuras próximas a las locuciones del tipo II, como “nuestro soberano y divino Rey de reyes y Señor de señores” (p. 1248) y “mi Señor, Dios criador y redentor” (p. 1283). Todos ellos evocan, pero no coinciden con, algún texto bíblico (Sal 93,1; 1 Tim 6,15; Is 44,24). Nótese, por cierto, que un caso como “mi Señor, Dios criador y redentor”, formado por dos SN, de manera que el segundo (“Dios criador y redentor”) complementa, de forma yuxtapuesta, al primero (“mi Señor”), no llega a formar una unidad léxica como sí puede formarla telaraña o hideputa (Buenfuentes de la Mata 2007: 23-25), por lo que no puede considerarse un compuesto sintagmático.
Para referirse a Jesucristo, la misma albense emplea “este árbol divino” (p. 1252), que puede remitir, tal vez, al veterotestamentario Árbol de la Vida (Gn 2,9), reinterpretado desde la gracia cristiana y no desde la ley judía. El SN que se refiere a su ángel es “santo ángel guardador de mi alma y de mi cuerpo” (p. 1296), difícilmente calificable como una locución o una colocación, por su extensión.
María de Jesús de Ágreda, por su parte, ilustra esta capacidad creadora con el siguiente SN que se refiere a la santa Trinidad, como es “tres Personas en una Deidad invisible” (p. 93); y con otros sintagmas, muy interesantes, que aluden a la Virgen María (p. 60): “Esposa del Juez”, “Esposa del Señor” y la triple aposición “nuestra Madre, patrona y prelada, santa y Reina, la Virgen María”. Creemos que el SN complejo “vida mía y todo mi ser” (p. 102), que se refiere a Dios, puede encontrarse también en este grupo, así como “autor de la gracia y de la naturaleza” (p. 23), SN con dos SP complementando al núcleo; “causa de todos los gozos” (p. 62), con un sustantivo complementado por un SP; y “Dios eterno, trino en personas y uno en esencia” (p. 96), SN cuyo núcleo se complementa por dos sintagmas adjetivos coordinados, cada uno de los cuales tiene su respectivo SP.
El segundo grupo puede ejemplificarse con estas combinaciones terminológicas de María, en las que fusiona una locución del tipo II y una colocación del tipo {N+A}: “Dios mío y juez eterno” (p. 60), que remite parcialmente a Is 33,22; y “Dios mío y Señor altísimo” (p. 93), que puede recordar a Sal 9,1-2. Igualmente, “su Hijo santísimo y Dios verdadero” (p. 32) deja entrever una coaparición de dos colocaciones que bien podrían mostrarse por separado y seguir aludiendo al mismo referente. Como ejemplos de sintagmas introducidos por el demostrativo escribe Mariana: “este divino Rey y Señor” (p. 1256), “este Señor y Rey mío” (p. 1247), “este Rey y Señor mío” (p. 1248) y “este divino Esposo y Padre mío” (p. 1262). Aquí la creatividad se encuentra, por un lado, en la apropiación semántica de la idea de Dios esbozada en el Nuevo Testamento (Ap 19,16) y, por otro lado, en la coordinación de distintos sintagmas mediante el mencionado proceso de la composicionalidad que permite la combinación de distintas unidades fraseológicas (generalmente, locuciones).
Finalmente, en el tercer grupo encontramos fusiones entre una unidad fraseológica y un SN libremente creado, sobre todo mediante locuciones de tipo II (expresiones deícticas). Así, María escribe: “Dios mío de las misericordias y justicias” (p. 83), que remite a Sal 116,5; “Padre de las luces y Dios mío” (p. 90), como escribe Santiago 1,17 y “Señor mío y dueño de todo mi ser” (p. 102), que se acerca al Sal 16,2. El SN “esta verdadera Escala de Jacob” (p. 45) es muy interesante porque, ya mencionado en el Antiguo Testamento como unión entre el cielo y la tierra (Gn 28,11-19), se emplea para referirse a Jesucristo en el Nuevo Testamento (Jn 1,51), idea que probablemente María retome por su extenso conocimiento de la Biblia.
De los SN libres de María de Jesús de Ágreda que se refieren a Dios y no pueden ser completamente considerados innovadores para incluirlos en el primer grupo, destacamos dos: “Dios inmortal de las alturas” (p. 21), que evoca parcialmente varios textos veterotestamentarios (Sal 113,4-6; Sal 93,4; Is 57,15) y “Rey de los Reyes y Señor de los señores” (p. 21), que remite a varios textos neotestamentarios (1 Tim 6,15; Ap 19,16). El ejemplo “criador de todo el universo” (p. 96), que interpretamos como correferente de “Dios”, puede estar relacionado con Gn 1,1; pero también puede aludir a Jesucristo y, en este caso, se asociaría más bien con Col 1,16.
Como puede comprobarse en todos estos ejemplos, la propuesta taxonómica de tipos de creatividad va en contra de la misma esencia de concepto de “libertad” en un SN, pero debe entenderse dentro de la problemática relacionada con la detección de las unidades fraseológicas, que afecta también a las paremias (Fernández Martín 2025), en tanto son discursos reproducidos y, por tanto, fijados, idiomatizados e institucionalizados (§2.1), paradigmática y sintagmáticamente (§2.2). En este sentido, resulta irrelevante que remitan a fuentes bíblicas, pues siempre existen “unidades fraseológicas en español que no se corresponden exactamente con una frase bíblica concreta, pero sí tienen su origen en la Biblia o al menos en ella lo pueden tener” (Cantera Ortiz de Urbina, 2019: 11).
Esta capacidad de selección a partir de los conocimientos adquiridos otorga también enormes dotes de creatividad a la persona, quien, en consecuencia, puede jugar estilísticamente con las distintas combinaciones posibles, mezclando magistralmente locuciones de ambos tipos con colocaciones y nombres propios prototípicos para referirse siempre al mismo ente, como vemos que hacen constantemente Mariana de san José y María de Jesús. En muchos de estos casos se ve que conocen profundamente las sagradas escrituras y, a partir de ellas, crean sus propias maneras, personalizadas, únicas, auténticas, de denominar a Dios, a Jesucristo y a la Virgen María.
5. INTERRELACIONES ENTRE NP, LOCUCIONES Y COLOCACIONES EN LOS TEXTOS FEMENINOS ÁUREOS ESTUDIADOS
La exposición realizada nos permite reflexionar sobre varias cuestiones. La primera atañe a las formas de los teónimos registradas, muy similares en ambas mujeres (v. Anexo). No es así con los referentes, pues, si bien Dios es el más frecuente en María de Jesús de Ágreda, independientemente del tipo de Np que emplee, en Mariana de san José solo lo es, por poco, en colocaciones y Np prototípicos; cuando utiliza locuciones nominales el referente más repetido es Jesucristo. Por otra parte, aunque de forma global son pocas las ocasiones en que ambas escritoras refieren a la Virgen María, en las locuciones de la albense hay más referencias que en las de la franciscana, frente a los Np prototípicos y las colocaciones, donde hay unas pocas alusiones más a la Madre de Dios en la concepcionista que en la agustina.
La segunda cuestión permite relacionar los grupos propuestos de Np con los dos contextos discursivos más relevantes en nuestros discursos religiosos: el fórico y el vocativo. Así, mientras los Np prototípicos, como las locuciones de tipo II y las colocaciones, pueden aparecer en contextos vocativos (no siempre lo hacen), estos son imposibles para las locuciones de tipo I, ya que los determinantes característicos de estas locuciones son incompatibles con el SN que no actúa semánticamente como argumento de un verbo (Rigau 1999: 313), como ocurre con el vocativo. Igualmente, los contextos fóricos son imposibles para las colocaciones, pero perfectamente válidos para los Np prototípicos, las locuciones de tipo I y las de tipo II. Aparte del hecho de que en lengua española los nombres aparezcan casi siempre acompañados por modificadores, la razón puede encontrarse en que, al anclar el sustantivo a la situación de enunciación en que se fusiona el yo con el tú, los posesivos de las locuciones de tipo II refuerzan la unicidad del SN, y lo convierten en algo íntimo, propio, exclusivo, que une más a la orante con la Divinidad.
En efecto, las estructuras funcionalmente más cercanas al Np prototípico son las locuciones de tipo II. Así, de forma similar a como en Isabel la Católica, de estructura {Np+ la+A/N}, “la atribución de la propiedad contenida en la descripción [definida] está vinculada al enunciado [el Np previo]” (Fernández Leborans 1999: 105), en la expresión deíctica “Jesucristo nuestro Señor” (§4.2), de estructura {Np+posesivo+N}, “nuestro Señor” se vincula irremediablemente al referente “Jesucristo”. En consecuencia, estamos ante una estructura indisoluble, como toda locución (Casares 1969: §73) dado “su carácter unitario como denominador global” (Fernández Leborans 1999: 105) que, en última instancia y siempre con ciertas restricciones gramaticales como las vistas, desempeña las mismas funciones sintácticas que los nombres (Ruiz Gurillo 2001: §5.3.1), incluido el propio (Fernández Leborans 1999).
En relación, precisamente, con este último ejemplo, cabe señalar que la aplicación del concepto de locución nominal aquí propuesto a los Np específicos del discurso religioso tiene una estrecha relación con un concepto como la aposición, que ha sido mencionada sucesivas veces a lo largo del trabajo, especialmente al mostrar las locuciones de tipo II. Estudiada tradicionalmente desde la gramática (Alcina & Blecua 1994: §7.8.6; Suñer Gratacós 1999; Cabezas Holgado 2018), la aposición se interpreta aquí como una herramienta analítica más para ayudar a distinguir los tipos de Np registrados en el corpus.
Así, por ejemplo, hemos encontrado aposiciones adjuntas y predicativas, tal y como las entienden Alcina & Blecua (1994: §7.8.6). El valor denominativo de las primeras aparece cuando el aposicionario es un adjetivo sustantivado por un determinante, como en Cristo mi Redentor o Cristo nuestro Salvador, el cual, al contener una expresión deíctica, conforma la estructura típica de las locuciones del tipo II.
No obstante, las aposiciones aparecen sobre todo en ejemplos de locuciones de tipo I. Esto se explica, en el caso adjunto, por el valor denominativo que ofrece toda la construcción, en la que el sustantivo que constituye el núcleo del SN es común y aparece complementado directamente, sin transpositor, por otro sustantivo que lo particulariza. De los casos vistos, señor es el nombre común aposicionario y Jesucristo es la aposición en el Señor Jesucristo, mientras que virgen es el nombre común que funciona como aposicionario y María es la aposición en la Virgen María, todos ellos correferentes, respectivamente, del SN al que complementan (Suñer Gratacós 1999: §8.2).
Otros ejemplos son Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, donde las respectivas aposiciones, tan reinterpretables como Np como los aposicionarios, especifican el significado del núcleo del SN, limitando a cuál de las tres Personas hace alusión concreta el primer Np. En estas locuciones de descripciones definidas el segundo término define el primero, igual que en los ejemplos vistos en el párrafo anterior. La diferencia con respecto a esos ejemplos se encuentra en que el sustantivo aposicionario de estos es por sí mismo un Np, Dios, por tanto, no necesita modificador que lo defina (Fernández Leborans 1999: §2.4.1; Rigau 1999: §5.2.1.1). El hecho de que, a pesar de ello, aparezca uno, así como que se produzca una correferencia entre la aposición y el aposicionario (Suñer Gratacós 1999), solo pueden ser entendidos dentro de las peculiaridades del discurso religioso cristiano y, concretamente, dentro del dogma de fe trinitario.
Cuando el SN aposición destaca una característica específica del SN aposicionario con intenciones generalmente estilísticas, es decir, sin añadir realmente información nueva, estamos entonces ante una aposición predicativa o explicativa (Alcina & Blecua 1994: §7.8.6.2). Esto es lo que ocurre en algunos de los casos vistos como Jesús, Hijo de David o la Virgen, nuestra Señora. El primero conforma una locución de tipo I, puesto que el segundo SN (“Hijo de David”) sirve para definir la característica más relevante del primero (“Jesús”), que ha adoptado forma de Np prototípico y, por tanto, funciona todo ello como una descripción definida. El segundo ejemplo es más problemático, pues está constituido por ambos tipos de locuciones: el primer SN es una descripción definida (“la Virgen”), mientras el segundo es una expresión deíctica (“nuestra Señora”). Lo consideramos, no obstante, una locución de tipo I en su totalidad porque el artículo permite la interpretación conjunta del doble SN, de manera que el aposicionario, aunque expresión deíctica, es dependiente del primero (Suñer Gratacós 1999: 529).
Por motivos evidentes, no puede haber aposiciones que sean colocaciones en nuestro corpus, porque todas las colocaciones consideradas como tales cuentan con una estructura {N+A} o {A+N} y no {N+N}. Sí la hay, sin embargo, entre los sintagmas libres, como hemos visto con el ejemplo de María de Jesús de Ágreda de “nuestra Madre, patrona y prelada, santa y Reina, la Virgen María” (§4.4) en la que se ven tres aposiciones yuxtapuestas. Si asumimos que “nuestra Madre” es el SN aposicionario, “patrona y prelada” es la primera aposición; “santa y Reina”, con el adjetivo “santa” coordinado con un sustantivo como “reina” en lo que, en consecuencia, es una metábasis de adjetivo a sustantivo, es la segunda aposición y, en un toque de estilo magistral, “la Virgen María” sería la tercera. En todos estos sintagmas consta, pues, una “predicación secundaria [e incluso terciaria] de carácter nominal usada para especificar o explicar otra palabra de la misma especie” (Cabezas Holgado 2018: 9).
Lo relevante de esta relación establecida entre locuciones y aposiciones se encuentra, a nuestro juicio, en que la aposición es un fenómeno lingüístico gramatical que puede servir para analizar a este nivel lo que desde el léxico se considera una unidad fraseológica. Ya hemos visto que la mayoría de las aposiciones estudiadas encajan con las locuciones, sobre todo, de descripciones definidas. Hay también algunas aposiciones adjuntas en las que el SN “suma su aporte significativo al del núcleo del grupo” (Alcina y Blecua 1994: 950) como casa cuna, ciudad dormitorio o pez espada que, en términos fraseológicos, equivalen a los compuestos sintagmáticos (Val Álvaro 1999; NGLE 2009: §11.5i; Cabezas Holgado 2018), independientemente de lo que estos realmente sean (De Bustos Gisbert 1986; Osorio Olavo & Serra Sepúlveda 2012; Barrios Rodríguez 2022: §2.2.2).
Finalmente, la última cuestión pretende poner de relieve la importancia del Np para el discurso religioso, en comparación con otros discursos especializados (Ponferrada 1990; Ould Mohamed Baba 2019). En efecto, fenomenológicamente, en los discursos religiosos se condensa la “representación de lo divino en un nombre propio que no dice nada sobre Dios, que no representa lo que Dios es, pero en el que Dios mismo se hace presente al hacerse invocable por el hombre” (Martín Velasco 2006: 329). Teológicamente, en el caso del cristianismo, esta afirmación se puede matizar diciendo que “el Nombre de Jesús que está por encima de todo nombre recorre toda la escala ascendente [resurrección] porque antes ha recorrido la descendente [cruz]” (Melloni 2018: 256). Como hemos visto en los textos de la agustina recoleta Mariana de san José y de la franciscana concepcionista María de Jesús de Ágreda, en el cristianismo el Np de Jesús lo dice todo sobre el Np de Dios, no porque aquel represente a este, sino porque aquel es este, pues son términos claramente correferenciales.
6. CONCLUSIONES
La investigación realizada ha buscado proponer nuevas vías de comprensión del concepto de nombre propio, a veces excesivamente limitadas a un mero contraste con el nombre común. La bibliografía consultada demuestra que, en numerosos contextos, los límites que entre uno y otro pueden parecer claros desde una perspectiva lingüística, no lo son tanto desde una perspectiva filosófica.
Por esto, se han presentado dos propuestas ligadas en una sola a partir de un análisis de corpus clásico compuesto por textos femeninos. Primero, partiendo de una serie de asunciones filosóficas, se ha defendido que las descripciones definidas, las expresiones deícticas y los nombres propios pueden tener la misma referencia en contextos discursivos muy concretos como el religioso. Traspasando estas inquietudes filosóficas a cuestiones lingüísticas, se ha sugerido, segundo, que la correferencialidad existente entre descripciones definidas, expresiones deícticas y nombres propios permite asociarlas con unidades fraseológicas, pues su fusión léxico-gramatical contribuye a comprender la relación entre el ente al que se refiere y el sentido del término empleado.
De este modo, se ha propuesto que lo que en el nivel filosófico (centrado en la relación entre el objeto del mundo y la palabra que lo designa) equivale a las descripciones definidas y las expresiones deícticas, en el nivel lingüístico (centrado en la expresión en que dicho significado aflora léxico-gramaticalmente) vienen a ser sendas locuciones nominales. A este grupo se le ha añadido un grupo igualmente específico de colocaciones que actúan como correferentes de las locuciones (idiomatización, pluriverbalidad, institucionalización y fijación), por aludir a los mismos seres que aquellas, aunque con otras normas lingüísticas (sintagmáticas y paradigmáticas). El análisis se complementa con un grupo de sintagmas nominales “libres” que plantean, sin duda, numerosas e interesantísimas cuestiones sobre los límites léxico-gramaticales de la fraseología.
A continuación, se han extraído los nombres propios, locuciones nominales y colocaciones, de dos textos femeninos como son los Ejercicios espirituales de la albense Mariana de san José y de la soriana María de Jesús de Ágreda. Estos dos textos han demostrado ser muy eficaces para acceder al uso que del Nombre Propio del cristianismo hacen Mariana de san José y María de Jesús de Ágreda. De acuerdo con el objetivo propuesto, en sus textos hemos comprobado la riqueza formal en que se muestran muchos de los Np específicos del discurso religioso cristiano (plagados de teónimos como Dios o Jesucristo, antropónimos como Pilatos, David y Moisés y hagiónimos como Virgen María y santa María Magdalena), lo que nos ha llevado a plantearnos una estrecha relación entre ellos y la fraseología, por un lado, porque ciertas locuciones nominales y ciertas colocaciones pueden equivaler funcionalmente a ellos y, por otro, porque todas contribuyen a forjar el lenguaje que compone los discursos religiosos.
Queda, sin embargo, aún mucho por investigar al respecto. Así, cabría profundizar en el concepto de Np a partir de lo aquí propuesto, pues su uso varía en los distintos discursos especializados. Queda igualmente por reflexionar sobre los conceptos que conforman el objeto de estudio de la fraseología y cuáles son sus límites con respecto a los de la gramática. Queda también por comprobar hasta qué punto lo aquí tan solo esbozado puede aplicarse a textos de otras lenguas románicas, como el gallego o el asturiano, en que el funcionamiento léxico-gramatical de las unidades fraseológicas es relativamente distinto al del castellano. Por último, queda mucho por indagar en los textos femeninos que poco a poco van haciéndose visibles entre nosotros y nos ayudan a seguir completando el estudio de las historias de las lenguas.
Financiación
Patricia Fernández Martín pertenece al grupo de investigación Discourse Analysis and Intercultural Communication (UAM SOC PR-009). Departamento de Filologías y su Didáctica, Facultad de Formación de Profesorado y Educación, Universidad Autónoma de Madrid. Asimismo, este trabajo se enmarca en el Proyecto I+D+i del Ministerio de Ciencia e Innovación titulado Procesos de lexicalización y gramaticalización en la historia del español: cambio, variación y pervivencia en la historia discursiva del español (PROLEGRAMES), de referencia PID2020-112605GB-I00 y dirigido por Francisco Javier Herrero Ruiz de Loizaga (UCM); y en el Proyecto Catálogo de Santas Vivas (Fase Final): Hacia el primer modelo de santidad femenina de la Contrarreforma (PID2023-104237GB-I00, financiado por MICIU/AEI/10.13039/501100011033/FEDER, UE), dirigido por Dra. Rebeca Sanmartín (UCM).
Referencias bibliográficas
Fuentes secundarias
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Apéndices
Anexo
Cantidad de Np encontrados en el corpus, por tipología y referente. D = Dios; JC = Jesucristo; VM = Virgen María; Otros = cualquier otro ente (el ángel de la guarda, santos, santa Trinidad...).
Notas
[1] Preferimos este término al de indéxica que propone Fernández Moreno (2006: 15), porque creemos que deíctico está más asentado en la bibliografía especializada en lingüística (Cuenca 2010; Pastor 2017).
[2] En el mundo católico, es bien conocida la fuerte institucionalización de la Iglesia, por tanto, creemos que sirve a la perfección para ejemplificar el concepto de institucionalización que, a nuestro juicio, afecta a las locuciones vistas del discurso religioso.
[3] En Fernández Martín (2026) defendemos que, en el discurso religioso, colocaciones como vida eterna o virtud teologal, por ejemplo, solo son unidades fraseológicas si se adopta una visión muy laxa de este concepto. Con los Np, pues, las restricciones léxico-gramaticales funcionan de una manera ligeramente distinta.
[4] Naturalmente, convendría realizar esta introspección con un hablante del siglo XVII para poder determinar con seguridad qué adjetivos encajan mejor con Virgen en su época. De los corpus electrónicos podemos extraer los que son posibles, pero no los que son imposibles; por esto realizamos la prueba en el español actual.
[5] Seguimos la propuesta que la RAE explica en su Glosario de términos gramaticales, s.v. compuesto sintagmático.
[6] Esta “creatividad humana” no tiene por qué referirse necesariamente a la de la escritora concreta cuyo texto aquí analizamos, pues dichos SN pueden ser discursos reproducidos, en el sentido de Coseriu (1981: 115-118), sino a la cualidad humana general de crear constantemente modos distintos de referirse a la misma Persona.
[7] La edición utilizada al efecto se basa en la de Madrid de 1718, si bien se ha cotejado en ocasiones con la edición de 1769 que consta en abierto en la Biblioteca Digital de Castilla y León (https://bibliotecadigital.jcyl.es/es/consulta/registro.do?id=7266). Una comparación exhaustiva de ambas ediciones conllevaría, sin duda, un trabajo más amplio del que podemos hacer aquí.
[8] Como ya se indicó en la , dichos SN pueden ser discursos reproducidos, aunque sea con otras palabras (Coseriu 1981: 115-118), por tanto, no son necesariamente creados por la escritora. Además de en su habilidad para utilizarlos con fuerza ilocutiva suficiente para causar impacto en el lector, su creatividad se encuentra en la capacidad de síntesis que muestra, por ejemplo, al reducir todo un pasaje bíblico a un único sintagma y en la habilidad para combinar sintagmas de forma probablemente innovadora, como vemos en este apartado.


