La cuestión de la “muerte de Dios” no ha sido una preocupación exclusiva de un solo pensador, sino que este mensaje ha dado lugar a múltiples discusiones a lo largo del pensamiento moderno. El detallado estudio de Edith Düssing, profesora emérita de la Freien Theologischen Hochschule Gießen, presta atención precisamente a esta problemática, al examinar cómo ha sido abordado el teísmo en distintas tradiciones filosóficas. El lector encontrará en dicho extenso estudio una estructura dividida en tres partes: La primera, titulada “Selbst erzeugte Gottvergessenheit des Menschen”, se ocupa del olvido de Dios por parte del ser humano, centrándose especialmente en la problemática filosófica de la idea de Dios. La segunda parte, “Selbstvergessenheit – Von der Geistseele zur Tierseele des Menschen. Das veruntreute Selbst – naturalistische und skeptische Reduktion des Ich als Geistseele”, ofrece una discusión sobre el estatuto del alma y del Yo, enmarcada en un análisis detallado de las interpretaciones naturalistas y escépticas contemporáneas. Finalmente, la tercera parte, “Idealistische und existentielle Konzepte zum Verhältnis von Ich und Absolutem”, explora conceptos idealistas y existenciales sobre la relación entre el Yo y lo Absoluto, prestando especial atención a las formulaciones filosóficas de la relación entre Dios, el alma y el Yo. No obstante, estos tres momentos del trabajo de Düssing pueden condensarse en una única orientación fundamental: un tratamiento meticuloso y riguroso de la interpretación nietzscheana de la “muerte de Dios”.
Junto a lo anterior, otro de los aportes más relevantes del estudio de Düssing es su dedicación a reflexionar sobre dicho mensaje – la “muerte de Dios” – en el marco de la filosofía kantiana. Para Düssing, la cuestión gira en torno a la distancia que Nietzsche mantiene frente a la tradición metafísica, y, en particular, frente a los postulados que esta tiene lugar en la tradición. Kant se presenta en este contexto como una figura clave que deja abierta la posibilidad de una conexión entre las condiciones cognitivas humanas y una concepción teísta constructiva de Dios. En este sentido, Kant ofrece un argumento contra el ateísmo moderno, cuya vigencia, según Düssing, aún puede reconocerse en el presente. Así, Kant permite percibir lo que Düssing describe como una “ceguera, si la persona (posmoderna) ha decidido pensar por sí misma sin Dios” (p. XV). Si bien en el ámbito filosófico es bien conocida la formulación nietzscheana en Die fröhliche Wissenschaft, donde se afirma que “Dios ha muerto” (FW 125), Düssing subraya la complejidad de esta declaración. En sus palabras: “La pregunta sobre en qué forma de pensamiento Nietzsche se declaró ateo es de gran complejidad” (p. XV). Pero ¿Qué se podría denominar como ateísmo? La autora considera lo anterior no como una simple pregunta a la que deba darse respuesta, sino a la complejidad de la misma, pues existe una tipologia de formas de ateismo. Entre Kant y Nietzsche pueden situarse ciertos aspectos en común, y es precisamente esta tensión la que el trabajo de Düssing se propone examinar. Pero, no solo se reduce a ello, el gran abanico de autores que pone en debate resultan un gran aporte para el estudio de la filosofía de la religión. Sin duda, la figura de Nietzsche es determinante al respecto, porque él se convirtió “en el pensador de la pérdida de lo sagrado y eterno en el siglo XIX” (p. XV).
Me centraré en dos capítulos en especial del estudio de Düssing, dedicados a Kant y a Hegel, fundamentales para comprender su análisis de la “muerte de Dios” en la filosofía moderna.
En el capítulo dedicado a Kant, Düssing analiza la crítica kantiana al ateísmo, abordándola desde la perspectiva de su carácter reductivista. Según Düssing, Kant considera el ateísmo como una “forma especial de dogmatismo” (p. 3). Con el fin de ampliar esta línea de reflexión, la autora desglosa el problema del ateísmo en dos ámbitos: la metafísica y la religión (pp. 5-10). El segundo eje de su análisis se centra en la relevancia del naturalismo como fundamento para la negación de Dios (pp. 10-14). Estas cuestiones pueden esclarecerse, al menos en parte, si se presta atención al prefacio de la segunda edición de la Kritik der reinen Vernunft. Sin embargo, no debe pasarse por alto un punto central de su planteamiento: Kant busca desmantelar toda aspiración ingenua – ya sea de alejamiento o de aproximación a Dios –, poniendo en cuestión tanto las afirmaciones religiosas entusiastas como aquellas provenientes de los llamados “espíritus libres”. Su objetivo es someter a crítica la legitimidad de cualquier discurso que pretenda afirmar o negar a Dios desde presupuestos no racionales.
El siguiente punto de inflexión en el análisis de Düssing se encuentra en los postulados de Kant en relación con la teología negativa y la teología positiva. La primera debe entenderse como una “teología de la razón práctica” (p. 27), basada en un significado subjetivo; sin embargo, esta no puede considerarse superior a la teología negativa. Por su parte, la teología negativa “no excluye lo positivo” (p. 27), lo que sugiere una relación de complementariedad más que de oposición entre ambas formas. En este contexto, puede sostenerse que la concepción kantiana sobre la relación entre teología positiva y negativa guarda ciertas afinidades con las teorías neoplatónicas del cristianismo (cf. p. 25), especialmente en lo que respecta a la articulación entre lo incognoscible y lo afirmativo en el discurso teológico.
Los apartados que siguen pueden entenderse como breves interpretaciones del lugar que ocupa el teísmo en cada una de las tres críticas kantianas (cf. p. 46). En este sentido, puede afirmarse que Kant concibe en la Kritik der reinen Vernunft a Dios como una idea pura de la razón, la cual opera como límite interno de la propia facultad cognitiva. Por su parte, en la Kritik der praktischen Vernunft, Kant asigna a Dios un rol central en relación con la acción moral, en tanto postulado necesario para la posibilidad del bien supremo. De manera particular, es en la Kritik der Urteilskraft donde se articula de forma más explícita el uso práctico de la razón: Dios es concebido, a partir de la teleología moral, como el punto de inflexión que permite unificar el juicio estético y el juicio teleológico bajo una finalidad última. Estos elementos son retomados y analizados nuevamente – evidentemente con la intención de ofrecer mayor claridad al lector – en secciones posteriores del estudio (cf. p. 57 ss.), donde Düssing conecta dichas reflexiones con la problemática abordada en el Opus postumum de Kant.
Esta sección concluye con una reflexión sobre el concepto de Dios en Kant, el cual se presenta como un tema central en sus consideraciones acerca de la santidad. Dicha santidad se entiende en términos de una pureza moral absoluta. Sin lugar a dudas, en Kant la idea de “santidad absoluta” está estrechamente vinculada a la moral concebida como perfección. Esta perfección moral se manifiesta, en particular, en la sacralidad de la persona, entendida como portadora de un valor absoluto. Tal concepción se fundamenta en la afirmación de que el ser humano es sujeto de la ley moral, y que, en cuanto tal, participa de una dignidad que trasciende toda determinación empírica.
El siguiente apartado en el que me gustaría centrarme es la reflexión que Düssing dedica a la figura de Hegel. Esta sección se ocupa de analizar la “muerte de Jesús” como la expresión más elevada del amor. Es bien conocido que, para Hegel, la Trinidad constituye “la verdad absoluta” (p. 485). Düssing examina aquí el lugar que ocupan los elementos fundamentales de la religión cristiana en el pensamiento hegeliano, así como la manera en que estos son reinterpretados filosóficamente (cf. p. 488). Hegel insiste en que los contenidos del cristianismo – lejos de ser meros dogmas teológicos – deben comprenderse en clave especulativa, es decir, como expresiones conceptuales del absoluto. No obstante, resulta central no perder de vista que dicha interpretación se dirige explícitamente contra la crítica ilustrada, que desestima la figura del Dios trinitario como un absurdo lógico (p. 488). Frente a ello, Hegel busca mostrar que la verdad de Dios como trinidad solo puede comprenderse a través del desarrollo de la razón especulativa. En este sentido, Düssing señala que la razón que se mantiene en sí misma, cerrada en su inmanencia, no hace sino alejarse de Dios; solo una razón que se trasciende puede abrirse a la verdad del absoluto.
Resulta particularmente interesante observar cómo Düssing sitúa a Nietzsche dentro de esta discusión. En Die fröhliche Wissenschaft, Nietzsche reconoce que Hegel “frenó la victoria del ateísmo” (FW 357), señalando así el papel que desempeña el pensamiento hegeliano como un obstáculo para la completa disolución de la figura de Dios en la modernidad. En el sistema de Hegel, el Dios cristiano es concebido como un espíritu especulativo (p. 494); en efecto, Dios es, en última instancia, “espíritu” (p. 494). Paralelamente, Düssing subraya que “la religión cristiana es la religión del espíritu” (p. 495), lo cual debe entenderse filosóficamente: se trata de la religión de la verdad y de la libertad: esta formulación remite directamente al núcleo especulativo de la concepción hegeliana de lo divino. Düssing despliega su análisis a lo largo de diversos pasajes de la obra de Hegel en los que estas manifestaciones del concepto de Dios se hacen explícitas. En este marco, destaca que las reflexiones teológicas de Hegel se condensan fundamentalmente en la idea de la Trinidad, entendida no como dogma, sino como expresión especulativa de la estructura del absoluto. Particular atención merece el análisis de las denominadas pruebas de la existencia de Dios en la Phänomenologie des Geistes (cf. pp. 512 ss.), donde Hegel insiste en que las doctrinas fundamentales del cristianismo – lejos de contradecir la razón – se integran orgánicamente en su sistema filosófico. Un ejemplo especialmente elocuente de ello es la figura de la “muerte en la cruz”, la cual representa, según Hegel, “la visión más elevada del amor” (p. 518).
Sin duda, para Hegel el conocimiento sobre la revelación de Dios se sitúa dentro del amplio horizonte de la comprensión filosófica. En particular, su lectura del Nuevo Testamento pone de relieve la presencia de Dios en el espíritu humano. Sin embargo, esta presencia no se da de manera inmediata o automática, sino que se actualiza gracias a la mediación del Espíritu Santo en el pensamiento del sujeto especulativo. Por otra parte, la reflexión de Hegel profundiza en la idea de que el cristianismo debe ser comprendido como una forma de pensamiento de elevada intensidad: la verdad del amor divino se manifiesta, precisamente, a través de la comprensión racional. De este modo, el amor de Dios no se opone al saber, sino que brilla en su interior como el momento más alto de la autorrevelación del espíritu.
Un aspecto especialmente relevante del texto es la manera en que Nietzsche es mencionado reiteradamente a lo largo de la obra, como si se tratara de traer su pensamiento al diálogo con los autores que conforman la tradición filosófica que Düsing examina. La obra de Edith Düsing responde convincentemente, tal como lo indica el título, a una filosofía de la religión. En este sentido, cabe preguntarse: ¿qué sabemos realmente de la “muerte de Dios” o, al menos, cómo podemos comprender su verdadero alcance? Es precisamente esta la pregunta que parece querer suscitar el estudio: la constatación de la ausencia de un marco conceptual adecuado o, al menos, de figuras de pensamiento capaces de iluminar en mayor medida lo que esta cuestión implica. Además, puede afirmarse que la obra de Düssing aborda con profundidad la tensa relación entre Kant y Nietzsche, desarrollando este eje temático con una impresionante riqueza de fuentes y referencias, que abarcan desde los filósofos presocráticos hasta Fichte, Hegel, Kierkegaard y Heidegger. El libro se constituye así en un interesante estudio sobre lo que constituye al ser humano, y sobre cómo esta constitución se conecta con la dimensión de la trascendencia.
Por lo dicho anteriormente, no cabe duda de que se trata de una obra que debe recomendarse al lector interesado en una reflexión filosófica profunda. Su lectura es, sin duda, altamente recomendable para quienes deseen abordar con seriedad la problemática del olvido de Dios y del olvido de sí que atraviesa la historia espiritual de Occidente.


