La instancia subversiva: decir lo femenino, ¿es posible? podría leerse inicialmente como una obra de filosofía dirigida a quienes ocupan su lugar dentro la disciplina, con el objetivo de denunciar que somos muchas —locas, pobres, trans, negras, putas, nepantleras— quienes no tenemos cabida en ella. No obstante, consideramos que la propuesta de la autora trasciende esta primera interpretación, comenzando por la elección de sus interlocutoras: las trans-terradas de la filosofía, cuyas teorías se tejen siempre en los márgenes del logos. En diálogo con ellas, Meloni plantea la posibilidad de desistir en la búsqueda de una habitación propia dentro de la tradición filosófica para reivindicar, en su lugar, la potencialidad latente en los intersticios del pensamiento hegemónico. La instancia subversiva constituye así una invitación a explorar las grietas del edificio filosófico con el fin de desbordarlo: cambiar de territorio para devenir no-filósofas o, más precisamente, trans-filósofas.
El objetivo de la obra se establece desde las primeras páginas: «pensar el papel de lo femenino en la filosofía» (p. 22). Sin embargo, la filósofa argentina aclara que no se trata de llevar a cabo un rastreo de las mujeres olvidadas por la historia del pensamiento, sino de analizar su ausencia como un síntoma de la relación entre la filosofía y la alteridad. En este sentido, propone una reconceptualización amplia de lo femenino, que permita incluir «diversas subjetividades marcadas por la opresión y la borradura, incluso por la negación a formar parte de una posible clasificación ontológica» (p. 22). Desde esta perspectiva, lo femenino deja de identificarse de forma inequívoca con las mujeres para abarcar a todos aquellos seres que, situados al margen de la masculinidad hegemónica, han sido relegados a las fronteras de la humanidad. Como sugiere la autora, lo femenino es siempre al mismo tiempo un trans-femenino, sin más esencia ni universal común que la lucha ante las múltiples opresiones y las violencias que lo atraviesan.
A lo largo de tres secciones, La instancia subversiva plantea la hipótesis de que la filosofía occidental, al haber desplazado lo femenino hacia un no-lugar marcado por la subalternidad, lo transforma paradójicamente en un rumor espectral, con consecuencias potencialmente deconstructivas para el canon filosófico. Desde sus orígenes, la filosofía operó como un dispositivo político-ontológico de clasificación de los seres, degradando a todos aquellos que escapaban a los principios de unicidad, gobernabilidad o inteligibilidad. En este marco, lo femenino —excesivo, múltiple, oblicuo— fue expulsado del logos filosófico, permaneciendo al mismo tiempo como una suerte de resto no digerible al interior de este. Para Meloni, en esta doble condición ontológica de lo femenino —que funciona a la vez como exterioridad inasimilable e interioridad subordinada al sistema—, reside su potencial para constituirse como una parresía bastarda capaz de cuestionar toda la tradición filosófica.
La primera parte de la obra, «El orden filosófico», explora cómo la filosofía ha operado históricamente al servicio de la racionalización del orden patriarcal, legitimando su existencia tanto en el plano discursivo como a nivel simbólico. Con este propósito, la autora se remonta a la Grecia antigua, ese lugar en el que el canon genealógico sitúa —pese a las evidencias históricas— el supuesto tránsito del mito al logos. En su búsqueda de los primeros principios y causas de lo real, la filosofía asumió la tarea de ordenar el mundo, proponiendo la dicotomía entre Ser y no-Ser como primer fundamento ontológico. A partir de esta disyuntiva, desplegó una constelación de pares binarios —masculino/femenino, libre/esclavo, civilizado/bárbaro— que ha funcionado, hasta la actualidad, con vistas a domesticar y/o expulsar toda forma de alteridad. Meloni denomina este proceso como «espectralización de lo femenino», entendido como un mecanismo que minoriza lo femenino hasta el punto de convertirlo en una existencia fantasmagórica.
En diálogo con la obra de Rita Segato, Achille Mbembe y Judith Butler, la filósofa argentina plantea que el orden patriarcal —racionalizado a través del orden filosófico— ha despojado a lo femenino del Ser, condenándolo a habitar una situación de precariedad ontológica: «Ninguna entidad le corresponde, ninguna ontología, salvo aquella que parte de una falta o carencia de ser. Hay lo femenino, pero lo femenino no existe» (p. 93). De esta desontologización de lo femenino se sigue inevitablemente su desubjetivación, puesto que la subjetivación en el mundo moderno tiene como condición de posibilidad la negación de otras identidades. En este contexto, lo femenino no puede subjetivarse, puesto que él mismo funciona como el significante del conjunto de todas las identidades que han sido negadas en el devenir del sujeto masculino. Se convierte así en un receptáculo que la razón falocéntrica moldea a su imagen y semejanza, proyectando sobre él sus propias fantasías: un ser-cooptado-por-otro.
Junto con la desontologización y la desubjetivación, Meloni señala una tercera consecuencia de la espectralización de lo femenino: la agramaticalidad. De acuerdo con su planteamiento, la filosofía ha impuesto una tiranía de silencio sobre lo femenino, dado que los sonidos que históricamente se le han atribuido —risas, balbuceos, gemidos— resultan ininteligibles dentro de las estructuras político-lingüísticas dominantes. Al no ajustarse a las formas racionales del lenguaje, estas expresiones fueron relegadas al ámbito del ruido, símbolo por excelencia de la desmesura que debe ser disciplinada mediante el silencio. Este silenciamiento se ejemplifica en la figura de Jantipa, quien sería expulsada por Sócrates en nombre de la racionalidad y el gobierno de sí. Desde esta perspectiva, el ruido acallado se revela como la condición de posibilidad del discurso filosófico, al igual que la represión de lo femenino funciona como la cara invisible —aunque constitutiva— de lo que la autora concibe como una «euro-falo-sofía».
En este punto, Meloni se pregunta por la posibilidad misma de rescatar la filosofía: ¿es posible decir lo femenino al interior de una disciplina que ha sido puesta al servicio de su exclusión? Apoyándose en la teoría del acontecimiento de Derrida, la filósofa ensaya una respuesta negativa. Para Derrida, el acontecimiento se identifica con una alteridad radicalmente distinta que, sin posibilidad de ser dicha ni predicha, irrumpe en el sistema desde fuera. De manera análoga, Meloni caracteriza lo femenino como un Otro-Absoluto que, a pesar de los intentos de ser domesticado mediante una «ristra de pares dicotómicos ad infinitum» (p. 88), persiste como un murmullo descontrolado bajo el logos filosófico. En consecuencia, la posibilidad de decir lo femenino dentro de la tradición filosófica implicaría tanto la imposibilidad de la filosofía, la cual se funda en la «violencia originaria hacia lo femenino» (p. 165), como la imposibilidad de lo femenino que, en tanto alteridad, quedaría subsumida bajo los parámetros unívocos y homogéneos de Lo Mismo.
A partir de lo anterior, la autora introduce la necesidad de explorar otras lenguas que, a diferencia de la filosofía, permitan enunciar lo femenino sin reducir el rumor de lo múltiple a un único decir. Estas lenguas-otras toman forma en la segunda sección, «Ectopías/Teorías habitadas por torbellinos», bajo el concepto de «epistemologías ectópicas». Con este término, se hace referencia al conjunto de teorías que se encuentran siempre fuera-de-lugar, por haber sido tejidas al margen de un linaje filosófico que las relega a la imposibilidad misma del pensamiento. Este es el caso paradigmático de los feminismos de las mujeres migrantes, así como de aquellos que surgen al interior de los movimientos antirracistas o anticoloniales. En esta línea, Meloni rescata la obra de Gloria Anzaldúa, María Lugones y Audre Lorde, en las que identifica la posibilidad de cambiar de territorio para ensayar formas alternativas del quehacer epistémico. De ellas recupera, por ejemplo, la importancia de concebir el conocimiento como un proceso colectivo. Así, frente al protagonista del mito de la caverna de Platón, quien emprende el camino de las ideas en solitario, la autora sostiene que todo acto de pensar constituye una «ceremonia colectiva» (p. 125).
Gracias a su apuesta por lo colectivo y lo pluriversal, los feminismos ectópicos habrían logrado fisurar aquel primer universo que surgió con la metafísica occidental a partir del ordenamiento (logos) del caos. A este «modo fisurante del pensar» (p. 148), Meloni lo denomina «transfilosofía», un neologismo introducido por Ana María Leyra para nombrar una forma de hacer filosofía que escarba en los restos de lo que ha sido reprimido en su interior. En diálogo con los transfeminismos, la autora adopta este término con el objetivo de cruzar el umbral de la euro-falo-sofía y poner en valor los diversos viajes teóricos y conceptuales que han tenido lugar en sus intersticios. Asimismo, formula una nueva metodología de cara a orientar estas formas alternativas de pensamiento: el método hipocrítico. A partir de ella, Meloni reivindica la materialidad del conocimiento que se construye a través de los «reservorios corporales» (p. 153), bajo la premisa de que son muy pocos quienes tienen el privilegio de pensar desde la abstracción mental propia de la filosofía.
La última sección retoma una pregunta que recorre transversalmente la obra: ¿qué hay de subversivo en lo femenino? Para abordar esta cuestión, la autora reflexiona sobre los modos en que se construyen las identidades que han sido excluidas de los procesos de subjetivación hegemónicos. Siguiendo a Anzaldúa, señala que se trata de identidades fragmentadas, marcadas por una herida originaria. Esto en la medida en que, si bien el logos filosófico ha intentado domesticar la alteridad relegándola a la frontera inferior del yo, lo femenino persiste a la vez como un otro contaminante que no puede ser fagocitado completamente por el sistema. Debido a esta indisciplina originaria, lo femenino solo puede enunciarse como un nos/otras que, debido a su pluralidad y rajadura constitutivas, rehúsa cualquier intento de fijación esencialista: «Ningún universalismo es nuestro lema. No hay una sola casa en la que quepa un universo tan polimórfico y diverso. Hablamos lenguas y habitamos mundos distintos, múltiples, convergentes y, en ocasiones, antagónicas» (p. 119). Es precisamente en esta ausencia de suelo común donde reside la potencia subversiva de lo femenino para desarticular las taxonomías binarias impuestas por la razón filosófica.
Finalmente, La instancia subversiva nos invita a deshabitar este mundo para pensar, desde su exterior, configuraciones alternativas de lo real. En esta dirección, se propone el enfoque del materialismo espectral, el cual centra su atención en aquellos fantasmas de lo femenino que habrían sido expulsados del mapa ontológico por el proyecto civilizatorio moderno. Así, frente al orden ontológico vigente —que condena a lo femenino a ser «la mierda del Ser» (p. 44)—, la autora aboga por lo que llama una «ontología entrevero» que, lejos de operar como una ontología en sentido estricto, se presenta como una ecología: una urdimbre en la que todos los seres son convocados a formar parte de «una suerte de ecosistema en el que caben todas nuestras contradicciones y desacuerdos, todas nuestras diferencias y antagonismos, todas nuestras turbulencias y temblores» (p. 158). Con estas palabras, Meloni no sólo describe el final de este mundo, sino que nos permite vislumbrar, en muchos aspectos, el comienzo de otros mundos posibles.


