En este libro, Eva Illouz desarrolla un trabajo de sociología crítica acerca del papel, el uso, de las emociones en la política, en concreto en la política populista y, más en concreto, en el caso de Israel. Como en otros libros suyos, la base empírica proporcionada por la investigación sociológica va acompañada, y potenciada, por marcos teóricos, que exceden el campo de la sociología y se enraízan y prolongan en la política y la filosofía. Este trabajo fue realizado antes de marzo de 2023, fecha de su publicación, según consta en los “Agradecimientos” (pp. 9-10).
En la “Introducción: El gusano en la manzana” (pp. 11-31), Illouz pone unas reflexiones de Adorno, acerca de la ideología y la “sustancia” fascismo, en el punto de partida, y el meollo de su libro. Por una parte, recupera el concepto de ideología, entendida como conocimiento “viciado”, y se centra en formas propias del populismo, que entiende como proto-fascistas. Son elementos, decíamos con Barthes, de la sustancia fascismo, que persisten y/o germinan en la democracia y pueden, corroyéndola, hacerla derivar a regímenes autoritarios. Como correlato, y contenido, de ideología, propone, siguiendo a Raymond Willians, la noción de estructura de sentimiento. Estas estructuras emocionales, tras un vaciado de significación y referencia que convierte las emociones en una suerte de significante flotante, funcionan como patrones orientadores de la conducta de las personas. Ahí es donde entran en juego la comunicación y la política, i.e., los medios y los dirigentes, como guías de la ciudadanía. Illouz escoge cuatro emociones: miedo, asco, resentimiento y amor a la patria. Podrían ser otras, u otras más, pero estas facultan un cuadro bastante complejo y completo, como para dar una idea del funcionamiento del populismo en la democracia. En este caso, va a ser el populismo de derechas y, en concreto, en Israel. Podría tratarse de otros populismos, también de izquierdas, y de otros países. Israel y su populismo nacionalista son escogidos a título de ejemplo, como modelo posible de otros marcos emocionales populistas, considerando la variación de las circunstancias e, inclusive, de (algunas de) las emociones en juego y, por su puesto de sus fórmulas y contenidos. Estas emociones (miedo, asco, resentimiento y amor) socaban la democracia, pues vuelven a la ciudadanía contra las instituciones democráticas.
El cap. 1 versa sobre “Miedo y democracia securitista” (pp. 33-67). El nacimiento del estado de Israel en 1948 en Palestina está ligado a la historia reciente de los judíos: la persecución y exterminio realizados por el nazismo y el desenlace de la II Guerra Mundial. En Israel, ese precedente, el Holocausto, y la historia ancestral de persecución del judaísmo forman parte del presente. De ahí, la percepción de ser un estado permanente y universalmente amenazado: por enemigos exteriores, colindantes e internos. La noción de enemigo es potencialmente omniabarcante: va de lo militar a lo político, incluyendo los rivales, antagonistas, opositores o discrepantes. Y la sensación de peligro, el miedo, va de lo real a lo imaginario, al unir los daños posibles, y sobre todo los reales históricos, a cualquier amenaza, que, sea real o solo hipotética, se convierte en una amenaza existencial, es decir, pone en peligro la existencia misma del país y de sus gentes. Según Illouz, el militarismo, que coloca la seguridad en el primer plano, impregna la vida de la sociedad y el estado de Israel: es un militarismo tanto “cognitivo”, una perspectiva de comprensión de lo real, como institucional, vertebrador y primordial en las instituciones del estado. El resultado, aparentemente paradójico, de esta prioridad de la seguridad es el aumento del miedo y la inseguridad: por la tendencia a suspender o suprimir derechos y burlar la legalidad en nombre de la seguridad y por el énfasis en la defensa (militar, policial), en vez de en la resolución de problemas (políticos). En este contexto propicio, señala Illouz, el miedo es una emoción cultivada, inculcada, desde la política, ora partidaria ora gubernamental. Esto produce un individualismo gregario: personas, masas, que, huyendo del miedo, y movidas por este, se congregan en torno a figuras de liderato, que marcan las pausas de la compresión y el comportamiento. El otro, los otros, son percibidos apenas como un borrado amenazador, lo que propicia el enfrentamiento y la tentativa de aniquilación. Esta situación se agrava porque los que están enfrente de los judíos, los palestinos, tienen aún, y con base, más miedo, como recuerda Illouz con los ejemplos de Gaza y Jerusalén Oriental.
En el cap. 2, “Asco e identidad” (pp. 69-100), aborda esta emoción que suscita una fuerte valoración e identificación con lo propio, personal y colectivo, por vía del rechazo visceral, o casi, de lo otro, de los otros. En este sentido, Illouz vincula asco y racismo. El asco tiene una base natural, en reacciones de repulsión, enmarcadas conceptualmente. Así, suelen funcionar como criterios dicotómicos, que marcan fronteras intraspasables, nociones como limpio y sucio o, en categorías religiosas, puro e impuro. La suciedad, además de imputada culturalmente, puede ser efectivamente real y tener su causa en la miseria y la dominación padecidas, como en concreto en los territorios ocupados. Sin embargo, esas causas desparecen o se diluyen en la percepción de quienes sienten asco ante la suciedad ajena, sobre todo cuando son concausantes de la miseria y la dominación, hasta el punto de expulsar a quienes las sufren a las fronteras o fuera de la humanidad. Como señala Illouz, las categorías de puro e impuro, en las diversas religiones, y entre ellas el judaísmo, sirven para trazar separaciones y jerarquías, entre fieles e infieles, y dentro de los fieles. Estas clasificaciones, por ejemplo, la distinción judíos-gentiles y entre ellos dentro del judaísmo, por acción de asociaciones, movimientos y partidos, migran de lo religioso a lo político, conformando la cultura política e incluso la legalidad vigente. Y enrarecen, si no impiden, las relaciones sociales con componentes interreligiosos e interétnicos y dentro de la comunidad judía, favoreciendo y generando enemistad, enquistamiento, polarización y enfrentamiento. El otro, árabe, palestino, judío disidente o simple discrepante o no conforme, se torna objeto de repulsa y potencial anulación.
El cap. 3 trata de una noción con gran tradición e importancia en la filosofía, así como en la política contemporánea: “Resentimiento, o el eros oculto de la política populista” (pp. 101-135). Siguiendo a Aristóteles y, sobre todo, a Nietzsche y Scheler, el resentimiento sería una emoción compleja, articulando varios componentes. Primero, una injusticia existente y resoluble en el marco normativo vigente en su contexto: por ejemplo, una desigualdad en el seno de una democracia igualitarista. Segundo, las víctimas de esa injusticia no emprenden una acción reparadora al amparo de ese marco normativo igualitarista. Tercero, las víctimas atribuyen esa injusticia a unos responsables, sobre los que proyectan una venganza imaginaria. Cuarto, la atribución de responsabilidad, al menos parcialmente, suele ser errónea, desplazándose hacia sujetos subordinados: colectivos, poblaciones, clases, etc. Quinto, la venganza se encomienda a un liderato, por lo general, personal o personalizado. Estos elementos, patentes en el populismo, conocen, sin embargo, múltiples variaciones, según el contexto y las respuestas: sistemas democráticos o no, políticas de izquierda o derecha, etc. Illouz examina el caso de Israel, con sus peculiaridades, a partir de las diferencias en el seno del judaísmo entre asquenazíes y mizrajíes. Los primeros, los asquenazíes, son judíos procedentes de Europa, secularizados y occidentalizados; los segundos, los mizrajíes, provienen de países árabes, conservan una impronta religiosa y tradicional, y, dicho en términos de Edward Said, están “orientalizados”. El estado de Israel, recuerda Illouz, tiene unos setenta años, correspondiendo la hegemonía, política y gubernamental, en los treinta primeros a la izquierda, fundamentalmente asquenazí, y en los treinta y tantos siguientes a la derecha, mayoritariamente mizrají. Este viraje, propiciado por formaciones políticas de derecha populistas, parte de un agravio realmente existente. La desigualdad de trato, entre asquenazíes y mizrajíes, infligida por los primeros a los segundos, en la época de su hegemonía y, en buena medida, persistente en la actualidad. En los inicios de Israel, los asquenazíes gozaron de mejores condiciones de vida, de acceso a la educación, la formación y la cultura, y de acceso al trabajo y las posiciones sociales prestigiosas. Y esta situación, en términos generales, i.e., excepto en el ámbito político, se ha venido manteniendo hasta la actualidad. Los mizrajíes, y las fuerzas políticas populistas que los apoyaron y a las que impulsaron, no emprendieron una acción correctora, al amparo del marco jurídico-político igualitarista y universalista, de las injusticias que los aquejaban. En vez de ello, optaron por señalar responsabilidades, y responsables, en la elite asquenazi, reivindicando en contrapartida el reconocimiento, y la revalorización, de la identidad mizrají. Que contiene elementos y tendencias, morales y políticos, refractarios a los padrones normativos universalistas. Y, además, ese reconocimiento y revalorización se traduce en una recreación de la herida sufrida y en una adopción del victimismo. Ambas, la herida y la víctima, son escenificadas, en primer lugar y en primer plano, por los líderes populistas, que ganan así la adhesión, por identificación, del electorado y las poblaciones mizrajíes. Cuya situación material, en términos generales, no varía, pues los líderes populistas aplican políticas neoliberales, que perjudican a aquellos que se hallan en una peor posición socioeconómica. Y, como apunta Illouz, ahí se produce un viraje decisivo en el resentimiento, identificándose la causa de los males padecidos, por los mizrajíes, en los efectivamente más desfavorecidos: los palestinos. Finalmente, enmarca esta formación en el contexto de otras políticas del resentimiento coetáneas, por ejemplo, en EEUU.
El cap. 4, y último, “Orgullo nacional como lealtad” (pp.137-174), se centra en el nacionalismo, hoy populista, característico de Israel. En los orígenes de este estado, obra un nacionalismo diferente: el socialismo nacionalista, propugnado por la izquierda e inscrito en un horizonte, por lo menos tendencialmente, universalista. Sus pilares son la tierra, la etnia y la religión, pero entendidas de modo simbólico, en el marco de una política liberal y de una cultura secular. Sin embargo, el sujeto nacional que sustenta el estado de Israel es el pueblo judío, de tal manera que ese estado no tiene como correlato una nacionalidad israelí, sino judía, árabe y otras según la procedencia de las personas. Esta diversidad llevó, con el nacionalismo populista, impulsado por la derecha, que adopta los componentes étnicos y religiosos por fuera e incluso contra la política y la cultura liberal secular, al establecimiento de jerarquías, entronizando al pueblo judío, con las consiguientes subordinaciones, segregaciones, exclusiones y expulsiones, de los otros, en y del cuerpo nacional. Como señala Illouz, este nacionalismo populista israelí conecta bien, en el ámbito internacional, con otras formulaciones populistas excluyentes, autoritarias, incluso con rasgos antisemitas. Ciertamente, el amor a la patria, como también anota al concluir, puede tomar otros derroteros: un patriotismo democrático, constructivo, crítico, universalista.
Finalmente, en la “Conclusión: Las emociones de una sociedad decente” (pp. 175-190), Illouz repasa y retoma las líneas maestras de su indagación. Así, primero, sintetiza lo expuesto sobre las emociones (miedo, asco, resentimiento, amor) y el populismo (nacionalista), concretizado en el caso de Israel, mas, sin dejar de referir otras formulaciones contemporáneas. Y, después, prolonga las propuestas alternativas, que ha ido apuntando a cada paso, para poner en cuestión y dejar atrás el populismo, alentando otras políticas, en parte vigentes, con raíces históricas y proyección de futuro. Prácticamente, descarta los sentimientos, su uso en la política. No solo el miedo, el asco y el resentimiento, también el amor. Señala, alternativamente, aunque no dejen de poseer algún componente o dimensión emocional, dos valores: la fraternidad (en contraposición con la solidaridad comunitarista) y la universalidad (en contraposición con la globalización imperialista), entendidas, sobre todo, a partir de formulaciones filosóficas (Nussbaum, Taylor, Rawls, Maritain, La Boetie, Kant, entre otros) y aplicaciones políticas (Revolución e Independencia de EEUU, Revolución Francesa, génesis de la Comunidad y la Unión Europea), mas también de concepciones teológicas (p.e., Palaver) y religiosas (p.e., el papa Francisco) en su traducción laica ética y política. En todo ello, recuerda el papel, eminente y positivo, de los judíos, en el pasado y, espera, en el futuro.
En suma, Illouz ofrece una indagación llena de interés para reflexionar sobre el papel político de las emociones, las formulaciones políticas populistas, en particular, las nacionalistas e Israel. Para pararse a reflexionar y, según ella espera, actuar en consecuencia.


