1. INTRODUCCIÓN
Hace justamente un siglo, uno de los debates intelectuales más interesantes, complejos, vibrantes y relevantes se basaba en si era posible, y hasta qué punto, el cálculo económico en el socialismo en ausencia de mercado y de precios autónomos una vez que se impusiera la planificación económica y el Estado sustituyera al mercado. ¿Qué sistema sería superior en términos de eficiencia y productividad? ().
Un siglo después, los medios de producción y distribución son en su inmensa mayoría de propiedad privada y operan con fines de lucro. Pero ha surgido un paradigma, el de los algoritmos (conjuntos de instrucciones o reglas para realizar una tarea específica), que plantea que se podría llegar a una automatización de la toma de decisiones basada en dichos algoritmos en el seno de la economía de mercado. Lo que conduciría a una mutación en el sistema capitalista porque emergería una dimensión nueva impensable tanto para los que pronosticaban su autodestrucción, debido a contradicciones insalvables (), como para los que profetizaban su autoaniquilación por su deriva planificadora e intervencionista (). Esta forma del capitalismo en la que las decisiones económicas están guiadas por sistemas automatizados algorítmicos se aleja tanto del paraíso libertario del laissez faire como de la utopía de la planificación socialista. Esta tercera vía algorítmica se aleja también de los modelos que planteaban una síntesis superadora entre capitalismo y socialismo () dado que incorpora una dimensión utópica y ofrece un paradigma completamente nuevo.
En este artículo se analizan dos modelos que asumen la emergencia algorítmica en el plano político. Por un lado, la propuesta de William Cockschott en su libro Towards a New Socialism () donde plantea que la cibernética ofrece un nuevo horizonte de posibilidad para la planificación eficiente y democrática en el camino hacia una economía socialista. Por otro lado, comprobaremos si los argumentos clásicos de Hayek sobre la imposibilidad de un diseño artificial de la economía y la sociedad, debido a que solo el mercado tiene la capacidad de filtrar eficientemente el conocimiento disperso e “invisible” en los individuos, siguen vigentes en un mundo en el que el crecimiento de las transacciones ha ido en paralelo a la comunicación on line y la macrogestión de datos, con mercados en los que las decisiones están cada vez más basadas en algoritmos que sustituyen a la acción humana directa.
Como sucedía hace un siglo, las preguntas relevantes siguen siendo quién tiene el conocimiento, quién decide qué hacer con el conocimiento y cómo se resuelven las dos cuestiones anteriores. ¿Está acaso la mano algorítmica sustituyendo a la mano invisible? Dicho más técnicamente, ¿la toma de decisiones descentralizadas está mutando hacia una toma de decisiones en la que la predicción, la fijación de precios y el diseño social se basan tanto en los macrodatos como en algoritmos? Lo que estamos viendo en el siglo XXI es que la computación hará mutar al capitalismo de una forma que apunta a que lo que se temía Hayek respecto a una amenaza civilizatoria no solo vendrá del socialismo sino también del capitalismo, ambos en su forma algorítmica.
2. HAYEK SOBRE LA AMENAZA TOTALITARIA
Concentración de poder, pérdida de la libertad individual, imposibilidad de conocer toda la información. Estos eran los tres parámetros fundamentales de la crítica de Friedrich Hayek al paradigma socialista que en la primera mitad del siglo XX se había convertido en la gran alternativa al sistema capitalista liberal, el cual había entrado en una profunda crisis de resultados y de identidad. Para defender el sistema liberal frente al socialista, tanto en su forma comunista como socialdemócrata, Hayek se apartó de su primera vocación como economista académico y comenzó una trayectoria más vinculada a la filosofía. El giro vino con Camino de Servidumbre en 1944, donde desarrollaba la tesis de que la planificación económica central, característica del socialismo pero también de regímenes conservadores, requería una concentración de poder político sin precedentes. Para determinar la producción y distribución de bienes y servicios a gran escala, el Estado debía tomar decisiones en lugar de los individuos. Esta concentración de poder, según Hayek, era una vía directa hacia el totalitarismo en cualquiera de sus versiones a la izquierda y la derecha del arco político.
Además, continuaba Hayek, la libertad individual se ve seriamente comprometida dado que la planificación central implica la imposición jerárquica y autoritaria de decisiones, limitando la capacidad de las personas para tomar sus propias decisiones económicas y, por extensión, sobre otros aspectos de sus vidas. Pero el punto más crucial, y el que le valió en el largo plazo la concesión del Premio Nobel de Economía, fue su tesis, podríamos calificarla de socrática, sobre la imposibilidad de conocer toda la información. Hayek argumentaba que ninguna autoridad central, por muy bien intencionada y todopoderosa que fuera, podía poseer toda la información necesaria para tomar decisiones económicas eficientes. La información relevante se encuentra dispersa en la sociedad. Precisamente, la supremacía epistemológica de un capitalismo organizado de manera liberal consiste en que los mercados son el mecanismo más eficaz para coordinar las acciones de millones de individuos. La planificación central, al tratar de reemplazar los mercados, inevitablemente conduce a una asignación ineficiente de recursos y a una escasez generalizada.
La conclusión de este planteamiento hayekiano conducía, bajo su punto de vista, a que la planificación central requiere un grado de coerción incompatible con una sociedad abierta y libre. Para imponer sus planes, el Estado debe restringir las libertades individuales, controlar los medios de comunicación y suprimir la oposición. Este proceso, a largo plazo, conduce inevitablemente a la tiranía. Por supuesto, había diferencias de grado y de matiz. Pero desde una visión hayekiana, tan totalitaria es la dictadura violenta y cruel retratada por George Orwell en 1984, como la basada en la propaganda y la manipulación de las mentes descrita por Aldous Huxley en Un mundo feliz. La URSS sería el ejemplo más obvio de utopía socialista convertida en una distopía orwelliana, pero Suecia a mediados del siglo XX sería el más acabado ejemplo de paraíso igualitario tras el que se oculta un infierno huxleyano.
Las críticas a la tesis de Hayek se han basado fundamentalmente en tres puntos. Por un lado, se dice que exagera el vínculo entre socialismo y totalitarismo, en tanto que existen diferentes modelos de socialismo y que no todos conducen necesariamente al totalitarismo. Precisamente, el modelo nórdico de países como Suecia y Noruega, recurrentemente consideradas las mejores democracias del mundo, muestran que socialismo y totalitarismo no son la cara y el envés de una misma moneda, tampoco en el sentido de Huxley (). Aunque podría contraargumentarse que, desde la reaparición del pensamiento de Hayek en los años ochenta, estos países abandonaron las tesis clásicas de la socialdemocracia y en buena medida adoptaron el paradigma liberal. Una muestra de ello es la implantación de los cheques escolares, concebidos para financiar la educación pública pero que, al mismo tiempo, permiten destinar recursos también al sistema privado ().
También se criticó a Hayek por ignorar los aspectos positivos del socialismo, como la justicia social y el Estado de Bienestar. Pero desde la posición de Hayek, en realidad la justicia social en manos de los socialistas no hace sino perjudicar a los trabajadores y a los más vulnerables, ya que entorpece la labor de las empresas en el mercado libre para crear riqueza y desarrollar innovaciones. Además, el Estado de Bienestar en realidad sería una invención de liberales y conservadores en el siglo XIX, de manos de Gladstone en Inglaterra y Bismarck en Alemania en el siglo XIX, que sería desarrollado por el liberal Beveridge de nuevo en Inglaterra (). Para Hayek un auténtico Estado de Bienestar solo se puede desarrollar en clave liberal, equilibrando la equidad con la eficiencia. Por el contrario, el socialismo lo que desarrolla es un bienestar del Estado, creando una casta extractiva de funcionarios y burócratas que capturan al Estado y desvían los fondos hacia su propio beneficio.
De todos modos, lo que defenderemos ahora es una tesis completamente diferente. Y paradójica. Porque lo que estamos viviendo en la actualidad de mano de la emergencia de un capitalismo apoyado cada vez más en la hegemonía de los algoritmos es que los parámetros que señalaba Hayek como prueba de un camino hacia la servidumbre no se dan exclusivamente en el paradigma socialista, sino también en el capitalista. El capitalismo algorítmico favorece que los límites del poder del Leviatán sean cada vez más débiles, poniendo en peligro la libertad individual no solo desde el Leviatán originario, el Estado, sino también desde el Behemot de las grandes corporaciones privadas que detentan un poder tan fuerte e ilegítimo como el del Estado sobre los ciudadanos en la sociedad civil, haciendo que la libertad individual y la autonomía personal, los fundamentos antropológicos del liberalismo estén cada vez más cuestionados y en peligro (Lassalle 2019).
3. LA AMENAZA TOTALITARIA TAMBIÉN PUEDE PROVENIR DEL CAPITALISMO... ALGORÍTMICO
Un algoritmo es la transformación de una pregunta en matemáticas. En principio, nada más que otra aplicación del modelo científico de Newton y Galileo, aunque con posibilidades inmensas de aplicación directa sobre la sociedad. Nos aventuramos en un campo radicalmente novedoso con el mecanismo algorítmico conocido como aprendizaje automático, cuando un sistema de algoritmos aprende inductivamente basándose en aciertos y errores. Un ejemplo lo tenemos en Facebook, donde sus ingenieros no anticiparon las consecuencias inesperadas de este paso (). Los pocos amigos de verdad en esta red social pasaron a ser en su mayoría miles de relaciones a medida que la comunidad crecía, desaparecían los vínculos de calidez y se originaban unos nuevos en los que las relaciones eran impostadas, artificiales, vacías en comparación al proyecto originario. Sin embargo, nadie en la empresa de Zuckerberg se planteó que el desequilibrado aumento de “amistades” fuese un problema urgente. Pero sí lo era en cuanto que muestra una pauta subyacente relacionada con la Inteligencia Artificial dentro de un capitalismo algorítmico: la sustitución de los humanos por simulacros virtuales y el desplazamiento de la centralidad de la humanidad, a partir de la cual organizar la sociedad, a favor de la inteligencia artificial y las máquinas pensantes.
Mientras los antropólogos discuten qué sucedió en la relación entre el Homo sapiens y el Homo neandertal que llevó a la desaparición de este último, los antropotecnólogos discuten si la relación entre el Homo sapiens y un probable Homo ciberneticus llevarán a la desaparición del primero. Lo que sería una horrible distopía para , pero una utopía deseable para . En la revista Nature un conjunto de científicos y filósofos () han advertido contra la actual investigación en Inteligencia Artificial porque «este avance incontrolado de la IA podría culminar en una pérdida de vidas y de la biosfera a gran escala, y en la marginación o extinción de la humanidad.»
La investigación de Horwitz que mencionamos muestra la que puede ser la brecha más grande en la conformación del capitalismo digital, que no es producido ni por adversarios externos ni por las supuestas contradicciones que había detectado Marx en su funcionamiento. Dicha fisura no viene dada por un fallo del sistema sino por un nuevo triunfo de la burguesía que, en palabras de Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, produjo maravillas muy superiores a las pirámides egipcias, los acueductos romanos y las catedrales góticas, y que ahora produce internet, ordenadores cuánticos, microchips cerebrales, carne cultivada y transgénicos en lo que está siendo la última, algunos se temen que en el peor sentido del vocablo, revolución de los instrumentos de producción.
La gran pregunta filosófica que plantea implícitamente Horwitz es cuál es la responsabilidad del sistema capitalista con respecto a la sociedad digital a la que está dando forma. O, dicho de otra forma, ¿qué tipo de ingeniería social algorítmica se está llevando a cabo de manera encubierta bajo la apariencia de “libertad de elección” pastoreada por la IA?
4. EL CAMINO DEL CIBERSOCIALISMO
Dentro del neomarxismo, la defensa que hace Paul Cockshott de una planificación eficiente de la economía pasa necesariamente por el uso de la cibernética y la computabilidad económica. En el enfrentamiento entre Ludwig von Mises y Leonid Kantorovich sobre el cálculo económico, Cockshott resume su posición reconociendo el valor de la crítica de Mises, pero subrayando la novedad absoluta en la ecuación de la computación ():
Sería improcedente criticar a Mises por no haber tenido en cuenta los avances informáticos que se han producido mucho tiempo después de que él escribiera. Probablemente, tanto él como Hayek tenían razón al señalar que las propuestas de planificación en especie planteadas en 1919 por Neurath y Bauer, sobre la base de la experiencia de las economías de guerra, eran muy problemáticas en condiciones de paz.
En el origen de la URSS se consideraba que el futuro del socialismo pasaba por la posibilidad de la eficiencia de una planificación centralizada. De la economía como si fuese una sola empresa. Un problema ingenieril y estadístico más que estrictamente económico. Sin embargo, la Gosplán, Agencia Estatal de Planificación Central, se enfrentó a problemas más irresolubles que la imposibilidad de planificar el futuro, como fueron las grandes purgas estalinistas que también la alcanzó. Esta agencia, y otros planificadores semejantes, fueron impulsadas, al menos teóricamente, con la llegada de la teoría cibernética. La gestión omnisciente planificada de toda la economía desde un ordenador central parecía, por fin, posible. Sin embargo, lo que hubiera sido el equivalente a ARPANET, la red pública norteamericana que sería el fundamento de Internet, OGAS (Sistema Nacional Automatizado de Contabilidad y Procesamiento de la Información) fue dejado de lado a finales de los 60. El plan originario de su creador, Viktor Glushkov, era algo así como transformar la Unión de Repúblicas Socialistas soviéticas en una Unión de Repúblicas Cibernéticas Soviéticas.
Desde el principio de la década de 1960, el Partido Comunista de la Unión Soviética consideró abandonar el sistema estalinista de planificación en favor de desarrollar un sistema computarizado de asignación de recursos según los principios de la cibernética. Este desarrollo se veía como la base para saltar hacia un modelo de planificación optimizado que formara la base de una forma más desarrollada de economía socialista basada en la innovación y la descentralización informativa.
El atractivo del pensamiento cibernético para la economía planificada quedó patente en los planes soviéticos para conectar y regular la economía a través de OGAS, que Ben Peters ha analizado recientemente en su libro How Not to Network a Nation. Dicho proyecto OGAS comenzó en 1970 cuando Glushkov fue al Kremlin a explicar dicho proyecto para replicar la red de ordenadores que el Departamento de Defensa estadounidense estaba montando para comunicar instituciones académicas y estatales. Sería la implementación informática del programa matemático de Kantorovich. Como explica
Matemáticos y teóricos como Leonid Kantorovich (...) y, a mediados de la década de 1950, cibernéticos como Viktor Glushkov (...) se dieron cuenta de que la computabilidad económica universal significaba que todas las relaciones económicas podían modelarse, optimizarse y gestionarse con la ayuda suficiente de los ordenadores y sus poseedores numéricos.
Y es que los soviéticos desde Lenin estaban obsesionados con la modernización industrial de la URSS tanto por responder al desafío capitalista occidental como para tratar de refutar el axioma marxista de que solo desde una situación capitalista sería posible la transición socialista al comunismo a través de una dictadura del proletariado. La gran cuestión de fondo que se planteaban los reformistas cibernéticos, de Kantorovich a Glushkov, es si la racionalización y descentralización de la planificación llevaría a una transición hacia una economía de mercado o, por el contrario, haría más intransigente y rígido el sistema de economía dirigida. En cualquier caso, lo que sí creían es que la reforma tecnológica conduciría inexorablemente a cambios políticos.
En noviembre de 1989 cayó el muro de Berlín ante la mirada del mundo. El comunismo se había convertido en un espectro inválido. Un poco antes, en marzo, Tim Berners Lee inventó lo que hoy es Internet. Pocos lo advirtieron. Un gran paso atrás para el comunismo, un salto de gigante para la cibernética. Así se hace la historia, entre lo visto y lo no visto.
5. DOS ARGUMENTOS HAYEKIANOS CONTRA EL CIBERSOCIALISMO
Según Hayek, vivimos fundamentalmente en una irracional Edad de la Razón. ¿Cómo va a ser irracional la razón? Explicaba el economista-filósofo austríaco que porque con Descartes se impuso un modelo racionalista, al que denomina `constructivista’, basado en que la acción humana debería estar formulada según una planificación previa que presuponga un propósito y una estructura. Frente a este racionalismo constructivista cartesiano, Hayek opondrá el racionalismo defendido por la Ilustración escocesa, donde la acción humana no se basa en la conceptualización, en la teorización, en la elaboración de un modelo previo, sino en la espontaneidad de las interacciones humanas dentro de un marco de reglas generales.
Lo que para el modelo cartesiano sería el colmo de la racionalidad, la acción tras deliberación para alcanzar un propósito premeditado, para Hayek resulta el paradigma de la irracionalidad, ya que no se comprende la acción humana en su fundamento de novedad absoluta basada en el libre albedrío y en el conocimiento asimilado a través de reglas de conducta adaptadas al medioambiente que compiten entre ellas según criterios de flexibilidad y expansión progresiva del orden social. El racionalismo de Hayek sigue siendo racionalismo porque establece principios generales, pero no pretende regular hasta los más mínimos detalles de la interacción humana.
Escrito en , cuando la cibernética estaba en su plenitud, Hayek advertía en Los errores del constructivismo:
No deberíamos sucumbir ante la falsa creencia o ilusión de que podemos reemplazarlo con un tipo de orden diferente, que presupone que todo este conocimiento puede ser concentrado en un cerebro central, o en un grupo de cerebros de cualquier tamaño factible (...) no es el problema de la ciencia el que amenaza nuestra civilización, como puede parecer a veces, sino el error científico basado generalmente en la presunción de un conocimiento que en realidad no poseemos.
La cibernética hegemónica cayó en lo que para Hayek es el peor escenario filosófico posible, el síndrome de Platón, consistente en que se puede alcanzar un conocimiento absoluto a través de una categoría especial de personas. El nuevo Platón era Marvin Minsky, que no solo pretendía prever lo que iba a ocurrir, algo plausible dentro un modo limitado, sino que convertía sus previsiones sin base en profecías pseudocientíficas, que aderezaba con maquinaria de última generación y modelos matemáticos complejos. Minsky profetizó que «cuando los ordenadores tomen el control, puede que no lo recuperemos nunca. Si tenemos suerte, quizá decidan tenernos como mascotas» ().
Minsky fue uno de los coorganizadores del congreso en el Dartmouth College de New Hampshire (1956) en el que surgió por primera vez el concepto de artificial intelligence. Minsky tenía la idea de sustituir los cerebros humanos, al fin y al cabo según su punto de vista `máquinas mojadas’, por máquinas de inteligencia artificial a las que consideraba sus hijos. ¿Sus hijos cibernéticos podrían tomar el control hasta el punto de configurar un capitalismo algorítmico tomando las decisiones siguiendo la definición de IA del propio Minsky «la ciencia de hacer que las máquinas hagan cosas que requerirían inteligencia si las hiciera un humano»?
Contra el socialismo han existido dos argumentos principales. En primer lugar, en relación con la naturaleza humana. El ser humano es demasiado egoísta en esencia para poder llegar a un tipo de distribución basada en el principio de que a cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades (véase la Crítica del Programa de Gotha de Marx). Este fue el argumento recurrente durante el siglo XIX. Sin embargo, a principios del siglo XX, propuso un nuevo argumento según el cual, aunque la naturaleza humana fuera angelical, el socialismo seguiría siendo imposible de facto:
Incluso si por el momento admitimos que estas expectativas utópicas pueden realmente realizarse, que cada individuo en una sociedad socialista se esforzará con el mismo celo que lo hace hoy en una sociedad en la que está sujeto a la presión de la libre competencia, aún permanece el problema de medir el resultado de la actividad económica en una comunidad socialista que no permite ningún cálculo económico.
En una economía de mercado son las tasas de intercambio entre productos elegidos libremente las que determinan los precios. En una sociedad socialista, sin embargo, dado que el intercambio libre está prohibido, todo el sistema de precios está distorsionado por dicha prohibición. Por ello surgen mercados negros alternativos. En dichos mercados negros sí se produce el sistema de precios que los hace emerger a partir del intercambio libre. Mientras, en el `mercado’ oficial es el Estado el que impone unos determinados precios, los cuales no quiere nadie porque ¿cómo van a saber unos burócratas lo que quieren unos ciudadanos y de qué modo? Una paradójica respuesta es que los burócratas socialistas podrían haber observado los mercados negros y copiar los precios allí producidos, de modo que en el mercado oficial intervenido, todavía cabría generar algo semejante a los precios de mercado para los bienes de consumo. Sin embargo, ¿qué mercado negro hay para los bienes usados en la producción? En este caso, el socialismo se enfrenta a un muro contra el que se estrella sin remisión.
Mises hizo ver la racionalidad invisible que opera en un supermercado. Cada vez que un cliente elige una marca antes que otra, está sin saberlo incrementado el precio de una y bajando el de otra. No solo eso, está condenando productos y servicios a la extinción; igualmente, está contratando a unos trabajadores y despidiendo a otros. Sin embargo, la planificación que apareció como una combinación de racionalidad y sabiduría quedaba reducida a capricho, arbitrariedad y, lo que es peor para un sistema que presumía de ser científico, ineficiencia: «Tenemos el espectáculo de un orden económico socialista que se tambalea en el océano de combinaciones económicas posibles y concebibles sin la brújula del cálculo económico» ().
Oskar Lange recomendó a los socialistas, con un deje de ironía no exento de seriedad, que hicieran una estatua a Mises porque les había hecho caer de cabeza de la planificación ingenua, para hacerles comprender la necesidad de un sistema adecuado de contabilidad económica para guiar la asignación de recursos en una economía socialista. decía que «La Junta Central de Planificación desempeña las funciones del mercado. [...] Una sustitución de las funciones del mercado por la planificación es bastante posible y viable.»
Hayek insistió en el argumento de Mises, pero en otro sentido. La clave reside en que los precios en una economía de mercado son el resultado de un algoritmo natural en el intercambio voluntario de bienes y servicios, de modo que la especialización a la que conduce la división del trabajo lleva a que las distintas piezas del rompecabezas económico y social encajen. El mercado es como un algoritmo que reúne la información dispersa entre la miriada de individuos que interactúan. A partir de conocimientos minúsculos emerge mediante agregación organizada según pautas una red global de información. A diferencia de Mises, Hayek considera que una economía planificada cibernéticamente sí es posible, pero constituiría una forma degradada respecto a la de mercado porque no sería capaz de procesar la información dispersa con tanta eficiencia.
Ahora bien, si el problema es el procesamiento de la información, ¿acaso no lo resuelve, o está en vía de ello, la actual era de la IA, la recopilación masiva de datos que supone el Big Data y la capacidad de procesar la información de algoritmos más complejos? No creo que Hayek considerase que la IA supone una ventaja para el lado socialista, sino al revés. Porque al tiempo que aumenta la capacidad de procesamiento de la información, también lo hace la complejidad que la propia IA introduce en el sistema.
Además, la mayor parte de la información es tácita, del tipo `no sé por qué hago lo que hago, aunque lo hago muy bien’. Es fácil que las máquinas inteligentes repliquen el conocimiento explícito, aquel que se articula mediante reglas sencillas y claras, al estilo de las que según Descartes componen el conocimiento, pero hay mucha más información de la procesable, articulándose según reglas y lógica borrosas. Este tipo de conocimiento sigue estando a años luz del saber hacer de los algoritmos, pero constituye el núcleo fundamental de la sociedad humana que es precisamente lo que el mercado sabe organizar tan bien (o tan poco mal).
De manera complementaria, Hayek destaca que la labor del empresario como catalizador del conocimiento es crucial en una sociedad abierta porque abre horizontes de posibilidad que se asientan sobre el riesgo y se incentivan por una promesa de premio cuya piedra de toque final es la realidad social. Incluso aunque una IA pudiese llevar a cabo la labor de procesamiento de la información, todavía tendría que realizar la labor de descubrimiento, apuesta y puesta en marcha de las realizaciones empresariales juzgadas en última instancia en el ágora democrático del mercado. Tanto la poesía como la prosa del empresario (héroe o burócrata del emprendimiento) y del científico (héroe o burócrata del conocimiento) encajan en esta dicotomía ().
¿Podría una economía cibernética, un capitalismo algorítmico sustituir el tipo de experimentación que realiza un empresario de carne y hueso? Podemos pensar que una IA bata a los ajedrecistas y los jugadores de Go, también a jueces y médicos, incluso a profesores, pero no veo cómo podría sustituir al empresario en cuanto agente de futuro que avanza no mediante una planificación sino mediante el ensayo y el error. Una IA haría como el habitual grupo de expertos que desecha aquello que parece inverosímil y descabellado. Un empresario hayekiano es intrínsecamente un agente de caos y disenso, allá donde la IA puede llevar a su máxima expresión el consenso, pero ni un paso más allá. El combo de riesgo-responsabilidad-propiedad privada no está, ni estará, al alcance de una máquina por muy complejo que sea su algoritmo porque, según Hayek, sigue operando la barrera tanto pragmática como metafísica del manejo siempre limitado y parcial de la información.
6. HAYEK Y EL CAPITALISMO BASADO EN ALGORITMOS
El capitalismo algorítmico presenta tanto oportunidades como desafíos para los principios liberales clásicos. Si bien los algoritmos y la Inteligencia Artificial prometen una asignación más eficiente de recursos, también intensifican procesos de concentración de poder, erosionan la privacidad, distorsionan la competencia y desplazan decisiones fundamentales fuera del control democrático. Mientras que la eficiencia constituye un criterio transversal a cualquier sistema económico funcional, la privacidad, la competencia efectiva y la democracia son rasgos normativos específicos del capitalismo liberal. En este sentido, el capitalismo algorítmico puede interpretarse como una posible culminación del “camino de servidumbre” que Hayek temía, no tanto por el retorno de la planificación estatal, sino por la emergencia de nuevas formas de coordinación centralizada bajo apariencia de mercado.
En una primera aproximación, el pensamiento de Hayek parece chocar frontalmente con el capitalismo algorítmico. Su crítica al racionalismo constructivista y su defensa del orden espontáneo descansan en la tesis de que el conocimiento relevante para la coordinación económica está inevitablemente disperso, es en gran medida tácito y no puede ser centralizado sin pérdidas irreparables. Los mercados, en este marco, no son meros mecanismos de cálculo eficiente, sino procedimientos evolutivos de descubrimiento que permiten articular fragmentos de conocimiento local imposibles de agregar conscientemente. Este argumento constituye el núcleo epistemológico del liberalismo hayekiano.
El capitalismo algorítmico parece, sin embargo, desafiar directamente este principio. Sus defensores sostienen que el aumento exponencial de la capacidad de procesamiento, junto con el acceso masivo a datos —Big Data—, permite por primera vez manejar de forma eficiente grandes volúmenes de información dispersa, haciéndola comprensible, predecible y, en última instancia, gobernable mediante algoritmos de Inteligencia Artificial. Bajo esta lógica, los mercados ya no necesitarían operar como órdenes espontáneos: podrían ser gestionados, optimizados y corregidos por actores capaces de diseñar y controlar sistemas algorítmicos complejos.
Lo que subyace a este planteamiento es una inversión significativa de la intuición hayekiana. Allí donde Hayek veía un límite estructural al conocimiento centralizado, el capitalismo algorítmico identifica un problema meramente técnico. Esta confianza se apoya, implícitamente, en supuestos como la paradoja de , según la cual tareas que resultan difíciles para los humanos —como el procesamiento masivo de información abstracta— son relativamente fáciles para las máquinas, mientras que capacidades humanas básicas siguen siendo costosas de replicar. Desde esta perspectiva, la Inteligencia Artificial podría aparecer incluso como una instancia epistemológica superior, capaz de aproximarse al ideal platónico del “filósofo rey”, pero despojada de pasiones, intereses y sesgos psicológicos.
No obstante, esta lectura pasa por alto un punto crucial del argumento hayekiano: el problema no es únicamente la cantidad de información, sino su naturaleza. El conocimiento relevante para la acción económica incluye expectativas, valoraciones subjetivas, contextos locales y saberes tácitos que no se dejan reducir sin residuo a datos cuantificables. En este sentido, el capitalismo algorítmico no refuta a Hayek, sino que reformula el problema: sustituye la imposibilidad epistemológica por una promesa tecnológica de superación del límite, una promesa que sigue siendo normativamente cargada y políticamente interesada.
Algo similar ocurre con la cuestión de la eficiencia y la evolución. Hayek concebía los mercados como sistemas adaptativos, resultado de procesos evolutivos no intencionales (). Los algoritmos de aprendizaje automático también son, en cierto modo, sistemas adaptativos que evolucionan a partir de datos. Sin embargo, mientras que el orden espontáneo emerge de interacciones descentralizadas sin un centro rector, los sistemas algorítmicos imponen criterios de optimización definidos ex ante por diseñadores concretos. La adaptación algorítmica no es ciega ni abierta, sino dirigida: presupone fines, métricas y prioridades que reflejan relaciones de poder preexistentes.
Aquí se vuelve necesaria la crítica formulada por Quinn Slobodian, sobre todo en su última obra publicada Hayek’s bastards (). Como ha mostrado de manera convincente, el proyecto hayekiano no se limita a una epistemología del mercado, sino que incluye una ambiciosa arquitectura institucional orientada a blindar el orden económico frente a la deliberación democrática. Desde esta perspectiva, el capitalismo algorítmico no aparece como una traición al neoliberalismo, sino como una de sus realizaciones más coherentes: un sistema en el que decisiones normativas fundamentales quedan incorporadas en infraestructuras técnicas protegidas por un marco jurídico que limita su contestación política.
Sin embargo, reconocer la posibilidad de esta continuidad institucional, aunque con matices que merecerían otro artículo, no nos obliga a abandonar toda posibilidad de una crítica hayekiana del capitalismo algorítmico. Más bien obliga a separar analíticamente dos niveles que en Hayek permanecen tensamente unidos: su teoría del conocimiento y su proyecto institucional. Mientras que este último podría haber facilitado históricamente la concentración de poder corporativo denunciada por Slobodian, el primero ofrece herramientas conceptuales para cuestionar la pretensión de que los algoritmos puedan sustituir sin resto los procesos descentralizados de descubrimiento propios de los mercados.
Desde esta perspectiva, una reforma hayekiana del capitalismo algorítmico no consistiría en reforzar la soberanía de los algoritmos, sino en someterlos a condiciones institucionales que impidan su cristalización como centros de planificación privada. En este sentido, y contra Slobodian, una lectura de un 'senado de sabios' no tendría que degenerar en una distopía platónica antidemocrática, sino en la creación de una agencia independiente de supervisión algorítmica dotada de mandato democrático, transparencia procedimental y rendición de cuentas ante los parlamentos —un modelo más cercano a las agencias de competencia o protección de datos que a los Bancos Centrales, cuya independencia tecnocrática Slobodian señala con razón como uno de los mecanismos de blindaje del orden neoliberal frente a la deliberación popular. Ello implicaría reabrir políticamente cuestiones que el neoliberalismo había declarado cerradas: la competencia real, el acceso a los datos, la transparencia de los criterios de optimización y los límites legítimos de la automatización en la toma de decisiones. Leído contra su propio legado institucional, o haciéndolo tan crítico del poder oligárquico empresarial como del estatal, Hayek resulta un crítico relevante del capitalismo algorítmico, no como su legitimador, sino como un recordatorio persistente de que ningún sistema —por inteligente que sea— puede reclamar para sí el monopolio del conocimiento social.
Por último, pero siendo lo más importante, Hayek era un defensor de la libertad individual, mientras que el capitalismo algorítmico plantea preguntas sobre la privacidad y la autonomía individual en un mundo donde los algoritmos influyen en nuestras decisiones ().
7. HAYEK, LOS MONOPOLIOS Y LA ECONOMÍA ALGORÍTMICA
Dos ideas fundamentan el sistema hayekiano de un sistema liberal en lo político y lo económico. Por un lado, un sistema de precios competitivos para coordinar eficientemente la actividad económica. Por otro, un sistema de separación de poderes para evitar un control tiránico sobre la información y las decisiones. Ambos se relacionan por una actitud socrática de reconocimiento de la ignorancia generalizada y una visión heracliteana de un cambio constante. Ahora bien, el mundo de Hayek donde estas ideas cristalizaron era analógico y mecánico, nada que ver con el desarrollo disruptivo de la tecnología informática, Internet y, últimamente, la IA, con un tipo de grandes empresas cuyo dominio y hegemonía es más bien frágil debido a la innovación y creatividad sin tasa en empresas disruptivas al estilo de las start-up.
Como hemos señalado, Quinn Slobodian ha ofrecido una visión según la cual Hayek y sus seguidores serían los protagonistas de este capitalismo algorítmico en camino hacia la servidumbre. Sin embargo, aunque dicha interpretación puede ser mantenida, también es cierto que la contraria que manejamos en este artículo también es factible, apuntando a la apertura de un campo de debate especialmente relevante en estos tiempos de hegemonía de lo algorítmico y de superposición de dos vías hacia la servidumbre, la estatal y la plutocrática. En relación con dicho debate que planteo, hay que distinguir entre los “bastardos” de Hayek y el propio pensador austríaco ya que la dirección que apunta hacia un capitalismo de la vigilancia por parte de grandes corporaciones encuentra en la obra de Hayek una crítica no por paradójica menos cierta. En primer lugar, en relación con los monopolios que amenazan con convertir el capitalismo en un paraíso de capitalistas y un infierno para trabajadores, consumidores y pequeños empresarios, Hayek defendió que uno de los riesgos para la libertad y la democracia es el aumento del poder de las grandes corporaciones.
Por tanto, la afirmación de que Hayek nunca identifica el aumento del poder de las grandes corporaciones como un riesgo para la libertad y la democracia es incorrecta, ya que, aunque considera que el peligro fundamental para la libertad es el poder estatal concentrado, especialmente en economías planificadas, reconoce explícitamente que los monopolios privados pueden convertirse en una amenaza cuando generan coerción y eliminan alternativas. En Camino de servidumbre, Hayek critica las políticas que conducen hacia un capitalismo monopolista (1944, 72, 129, 134, 136) subrayando que la libertad de elección depende de la existencia de competencia y que frente a un monopolista el individuo queda “a su absoluta merced”, mientras que en Los fundamentos de la libertad (1960. 59, 67, 105, 195) distingue entre organización legítima y organizaciones exclusivas, privilegiadas o monopolísticas que usan la coerción para impedir la competencia. Asimismo, defiende un rol limitado pero legítimo del Estado en la prevención y regulación de monopolios privados mediante reglas generales, con el fin de preservar un orden competitivo que proteja la libertad. Hayek diferencia entre monopolios temporales derivados de mayor eficiencia, que no considera especialmente peligrosos, y monopolios coercitivos o sostenidos por privilegios y barreras artificiales, que sí juzga incompatibles con la libertad; aunque no equipara el poder corporativo al estatal, sí lo reconoce como un riesgo real cuando se vuelve exclusivo y coercitivo.
Por el lado de la democracia hay que señalar que Hayek establece una distinción que podemos rastrear hasta Aristóteles entre positivos sistemas políticos regidos por la mayoría que persiguen el bien común y lo que el filósofo griego llama explícitamente democracias pero en un sentido peyorativo ya que serían las versiones corrompidas del real y auténtico modelo democrático en cuanto que buscan satisfacer intereses privados. Con Aristóteles, Hayek pretende conciliar la democracia de la separación de poderes y el poder residente en el pueblo con una aristocracia que ejerza el poder de una manera más basada en el “logos” de lo que podría soñar una masa de votantes. Por el lado de la economía y el poder de las grandes corporaciones, Hayek menciona varias veces la dificultad de establecer reglas generales para limitar dichos monopolios porque la dinámica de la realidad está cambiando constantemente, lo que ayuda a nuevos empresarios a asaltar el poder monopolístico en la ciudadela de las regulaciones estatales que lo favorece.
8. CONCLUSIÓN
«Cuando los ordenadores tomen el control, puede que no lo recuperemos nunca. Si tenemos suerte, quizá decidan tenernos como mascotas». Recordemos el pronóstico o profecía del gurú máximo de la Inteligencia Artificial, Marvin Minsky, poco antes de morir en 2016. Cobra cada vez más relevancia con el irresistible ascenso de grandes empresas cuyo poder de dominio se basa en algoritmos, reglas digitales que no solo nos orientan, sino que también condicionan, proscriben e incluso matan (robots asesinos, una creciente industria armamentística). La última mutación del capitalismo lo ha llevado hacia una identidad tecnológica basada en el algoritmo, de ahí que la denominación más precisa para definirlo sea precisamente `capitalismo algorítmico’, el cual no solo reorganiza la producción y el consumo, sino que redefine las condiciones mismas de la autonomía, la deliberación democrática y la libertad individual.
¿Tienen alma las máquinas que funcionan mediante algoritmos? Según Minsky, sí en el sentido aristotélico. Un alma para Aristóteles es un conjunto de tres sistemas, el pensante, el sintiente y el emocional. Los dos primeros factores están muy desarrollados, piensen en los programas que juegan al ajedrez y los aires acondicionados que se regulan ellos solos, aunque todavía no el emocional. Y falta el factor más fundamental que distingue al alma humana del resto de almas, la conciencia. Ray Kurzweil, alumno en su momento de Minsky y jefe de ingeniería en Google, ha pronosticado que el momento en el que la Inteligencia Artificial alcance un nivel de alma idéntico o superior al humano (conocido como `singularidad’) será alrededor de 2045. En su último libro () afirma que
En las décadas de 2040 y 2050, reconstruiremos nuestros cuerpos y cerebros para ir mucho más allá de lo que nuestros cuerpos biológicos son capaces de hacer, incluida su reserva y supervivencia. Con el despegue de la nanotecnología, seremos capaces de producir un cuerpo optimizado a voluntad.
¿Es realmente tan peligrosa la IA y, en consecuencia, el capitalismo algorítmico? Como vimos, Daniel Kahneman y otros expertos en diferentes campos han advertido que el actual avance incontrolado de la IA podría culminar en una pérdida de vidas y de la biosfera a gran escala. También hemos visto como en el nivel micro, Jeff Horwitz advierte acerca de cómo una de las empresas claves del nuevo capitalismo digital, Facebook, dejó que sus algoritmos se desarrollasen de manera relativamente autónoma hasta que ni los propios expertos de la compañía saben cómo trabajan.
Creo que ahora es el momento de proponer una respuesta, todavía aproximada y en grado de tentativa, a la gran cuestión con la que abríamos este artículo: ¿Cuál es la responsabilidad del sistema capitalista con respecto a la sociedad digital a la que está dando forma? ¿Qué tipo de ingeniería social está llevando a cabo de manera no explícita pero sí encubierta bajo la apariencia de la “libertad de elección”? O, dicho de otro modo, ¿es esta última versión del capitalismo en su modo algorítmico una amenaza para el paradigma liberal? Parafraseando a Hayek podríamos plantear si está produciendo un camino a la servidumbre algorítmica en el mismo marco capitalista. Si hay alguna opción genuinamente socialista se abraza a un molde cuyo desarrollo está inequívoca e inextricablemente unido a los algoritmos y la Inteligencia Artificial, como el de Paul Cockshott y su socialismo basado en la cibernética, que todavía sostiene un andamiaje teórico y propone una praxis política no sometida al capitalismo.
A lo largo de este artículo se ha sostenido que muchas de las características que Friedrich Hayek identificó como síntomas del “camino de servidumbre” —concentración de poder, erosión de la libertad individual y pretensión de un conocimiento centralizado— no son exclusivas del socialismo planificador, sino que emergen hoy con fuerza en el seno del propio capitalismo. Sin embargo, del mismo modo que Hayek advirtió contra un capitalismo del laissez faire, también cabe encontrar en su obra un correctivo frente a la deriva actual hacia un capitalismo algorítmico. Es cierto, como defiende Slobodian que el legado hayekiano presenta una ambigüedad estructural que resulta imposible de ignorar. Su poderosa crítica epistemológica al constructivismo racionalista y a la planificación centralizada convive con una concepción institucional del orden liberal que ha contribuido históricamente a blindar la esfera económica frente al control democrático, facilitando así la acumulación de poder corporativo que hoy sustenta el capitalismo algorítmico. Pero, como he expuesto, esa misma concepción institucional puede guiarse hacia una dirección contrapuesta, haciendo de las herramientas institucionales hayekianas un antídoto contra el camino de servidumbre algorítmica por parte tanto del Estado como de las grandes empresas de la IA.
Debemos tener más en cuenta que nunca la advertencia de Hayek sobre tener una confianza acrítica en una especie de cerebro central. En realidad, Hayek nos ponía en guardia respecto a una creencia de más calado: que existe una supremacía intelectual rayana en la infalibilidad. El problema es que el cerebro central al que se refería Hayek se ha convertido en un conjunto de algoritmos en los que empezamos a delegar nuestra capacidad decisoria, nuestra creatividad y nuestro destino. La cibernética está cayendo en lo que para Hayek es el peor escenario filosófico posible: la esperanza de que se puede alcanzar un conocimiento absoluto a través de una categoría especial de personas o, para el caso, entes matemáticos. Esto parece inequívocamente neutral y objetivo, pero tenemos que darnos cuenta de que las matemáticas hay que interpretarlas a la hora de aplicarlas al mundo real. Por otro lado, que no todo problema se puede resolver matemáticamente, una tradición antiplatónica que va de Aristóteles a Wittgenstein pasando por Hayek. Un algoritmo es una regla y la clave es cómo se interpreta, en qué sentido y con que alcance. Por ello, nos hemos de preguntar quién controla la interpretación de esas reglas que son los algoritmos. El colmo, y de ahí la advertencia de peligro, es que los propios algoritmos tengan la capacidad de interpretarse a sí mismos. Esa autonomía de los algoritmos es la que pone en peligro la propia existencia de la humanidad, como soñó Minsky pero se temió Kahneman.
El análisis del cibersocialismo, por su parte, muestra que la respuesta a los límites del cálculo económico no puede reducirse a una fe renovada en la computación y la cibernética. Aunque las propuestas de planificación algorítmica ponen de relieve las insuficiencias del mercado para abordar ciertos problemas colectivos, también corren el riesgo de reproducir una lógica tecnocrática que sustituya la deliberación democrática por la optimización matemática. En este punto, tanto el capitalismo algorítmico como el comunismo cibernético comparten una confianza excesiva en la capacidad de los sistemas técnicos para resolver conflictos que son, en última instancia, políticos, sociales y morales. Resulta necesario explorar marcos teóricos y políticos que incorporen la humildad epistemológica hayekiana como principio normativo, tal como han propuesto diversas corrientes del pensamiento ecológico y ecosocialista. En esta línea, John O'Neill ha argumentado que una economía plural y deliberativa —irreductible tanto al cálculo de mercado como a la optimización algorítmica— constituye la base más sólida para una política ecológica democrática (). Estas tradiciones, al subrayar la interdependencia entre sistemas sociales, tecnológicos y naturales, ofrecen herramientas conceptuales más adecuadas para enfrentar los riesgos sistémicos asociados a la Inteligencia Artificial, sin caer ni en el determinismo tecnológico ni en el fetichismo del mercado.
En síntesis, esta última mutación del capitalismo en su versión algorítmica ¿seguirá siendo liberal? Aunque en realidad habría que hablar de sociedad algorítmica porque los algoritmos no solo tienen una dimensión económica sino también social, cultural y política. Hayek advirtió que un cambio en las leyes no es bueno antes de que haya cambiado la opinión pública. Por ello, lo más importante es cambiar la opinión. Pero hoy día son los algoritmos los que producen los cambios fundamentales en la opinión pública. La cuestión que nos queda por saber es quién diseña y construye dichos algoritmos. Es lo que plantea Shoshana en su libro El capitalismo de la vigilancia.
La acumulación de libertad y conocimiento se junta con la ausencia de reciprocidades orgánicas con las personas, y ambas conspiran para crear una tercera característica peculiar del capitalismo de la vigilancia: una orientación colectivista que diverge de los tradicionales valores del capitalismo de mercado y la democracia también de mercado (...) En aras de su propio éxito comercial, el capitalismo de la vigilancia nos encara hacia el colectivismo de la colmena. Este orden social instrumentario privatizado es una nueva forma de colectivismo en la que es el mercado, y no el Estado, el que concentra tanto el conocimiento como la libertad dentro de sus dominios. (2020, 668)
Y, más allá, qué pasará cuando sean los propios algoritmos quiénes se controlen a sí mismos y, en consecuencia, pasen a tratar de controlarnos a todos nosotros. Lo que para tecnofanáticos como Minsky y Kurzweil será el cumplimiento de su utopía. Pero como nos advirtió Hayek, la utopía de los supremacistas epistemológicos se convierte ineludiblemente en la distopía de los que creen que el fundamento de la sabiduría no está en la reivindicación soberbia de la razón absoluta, ya sea humana-demasiado-humana o cibernético-algorítmica, sino en el reconocimiento de la humildad del conocimiento humano limitado que no puede ser redimido, ni falta que le hace, por ningún dios, élite o máquina.


